LUZ ROJA

 

 Muy pero requetemuy curioso. Frené en la luz roja, y como de costumbre y en menos de lo que canta un gallo conseguí cartografiar el territorio circundante, que a primera vista se componía de cuatro esquinas y dos perros arrastrando a sus respectivos dueños.

Apuntando la mirada hacia una ventana de uno de los edificios que formaban la encrucijada, sorprendí el perfil de una anciana de cabellos blancos limpiando los vidrios, y en un giro rápido de cabeza detecté a un niño  parado frente a las vidrieras del negocio de venta de productos informáticos,  contemplando con ojos llenos de gula electrónica y deseo internético a una computadora descapotable último modelo - tan moderna en su tecnología cuanto inalcanzable en su precio.

Cambiando automáticamente el destino de la mirada, ésta se chocó sin querer contra el árbol que vivía en el rincón a mi izquierda, en cuyas ramas sorprendí a algunos pájaros que inocentes jugaban a la mancha, y al levantar los ojos descubrí en el pedazo de cielo que completaba el panorama a un par de nubes recién nacidas lloriqueando una garúa finita que se acomodaba sin prisa sobre el parabrisas del coche.

Un paisaje bastante bucólico. Lástima que todo cambió cuando inesperadamente - e ignorando la luz roja - me atropelló frontalmente una vetusta verdad que no sé si salió de la esquina de la vida, de la curva de la experiencia o del fondo de la niebla del tiempo.

Era una verdad que estaba escrita con las lágrimas de muchos, de todas las razas, de todos los credos, y decía en su melódico pregón: "la violencia que se combate con violencia aún mayor, antes de morir víctima de las armas cargadas de odio y venganza,  da a luz - en un parto dolorosísimo - a millones de gérmenes portadores de una carga de violencia inimaginable que rápidamente se instala y multiplica en el desnutrido código genético de los pueblos oprimidos o saqueados o explotados."


Fue exactamente en ese instante - justo cuando las ideas empezaban a quedar realmente nítidas - que la luz cambió de rojo a verde, y yo, sin más remedio, apreté el botón mental de Guardar como... sí, el tal de Save as... y aceleré a camino de la desesperanza, donde los titulares de los periódicos sangraban por todas sus letras mientras me esperaban sentados en las primeras páginas de la realidad.