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LUZ ROJA Muy pero requetemuy curioso. Frené en la luz roja, y como de
costumbre y en menos de lo que canta un gallo conseguí cartografiar el
territorio circundante, que a primera vista se componía de cuatro esquinas y
dos perros arrastrando a sus respectivos dueños. Apuntando la mirada hacia una
ventana de uno de los edificios que formaban la
encrucijada, sorprendí el perfil de una anciana de
cabellos blancos limpiando los vidrios, y en un giro rápido de cabeza detecté
a un niño parado frente a las vidrieras del negocio de venta de
productos informáticos, contemplando con ojos llenos de gula
electrónica y deseo internético a una
computadora descapotable último modelo - tan moderna en su tecnología cuanto
inalcanzable en su precio. Cambiando
automáticamente el destino de la mirada, ésta se chocó sin
querer contra el árbol que vivía en el rincón a mi izquierda,
en cuyas ramas sorprendí a algunos pájaros que inocentes jugaban a
la mancha, y al levantar los ojos descubrí en el pedazo de cielo que
completaba el panorama a un par de nubes recién nacidas lloriqueando una
garúa finita que se acomodaba sin prisa sobre el parabrisas del coche. Era una verdad que estaba escrita con las
lágrimas de muchos, de todas las razas, de todos los credos, y decía en
su melódico pregón: "la violencia que se combate con violencia aún
mayor, antes de morir víctima de las armas cargadas de odio y venganza,
da a luz - en un parto dolorosísimo - a
millones de gérmenes portadores de una carga de violencia inimaginable
que rápidamente se instala y multiplica en el desnutrido código genético
de los pueblos oprimidos o saqueados o explotados."
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