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No
sé si fue la falta de inspiración o la ausencia de talento o la carencia de
principios o todo eso junto u otra cosa lo que me indujo hace muchísimos años
a iniciarme en el arte de plagiar.
Probablemente el hecho de que me guste escribir sea el culpable
de que haya incurrido reiteradamente en lo que algunos sin ningún
rigor científico definen como plagio literario.
Confieso que en casi todo lo que escribí - desde los albores de
mi juventud hasta el día de la fecha - he incluido ideas ajenas con
mayor o menor grado de fidelidad a la versión original de las mismas.
Hoy entretanto, con el deseo de protagonismo bastante
amortiguado por el peso de los años, creo que le debo a muchos un sincero mea
culpa, para que sepan – aunque con retraso – que no he sido
yo el autor único de casi todo lo que firmé.
De esa larga lista de transgresiones literarias elijo mencionar
- sin obedecer a cualquier orden cronológico - algunas de las muchas que mi
memoria mantiene prisioneras.
Les cuento entonces que no pocas veces he plagiado el
despiadado silencio de la solitud, y para camuflar mi fechoría lo he
vestido con palabras que lo muestran como si fuera el hijo predilecto de mi
chispa creativa.
En no menos ocasiones plagié dos miradas que se encuentran y
unos labios que se tocan y dos cuerpos que se suman, y para engañar al
prójimo incrusté esas miradas en mis ojos, y mis labios visitaron otras
bocas, y mi cuerpo desmayó entre las piernas de la amante real o imaginada.
El trinar de los pájaros y el reflejo de la luna en mi
ventana también cayeron víctimas de similar atropello, pues no pocas
veces en las frases que escribí el gorjeo del ruiseñor jugaba al escondite
entre sus letras, y la luna a menudo se hamacaba en los renglones
iluminando el panorama y mis ideas.
He plagiado la melancolía de una hoja al despedirse del árbol
en otoño, transformando tal evento en un adiós en prosa y verso, y de
la placidez del río me adueñé en un párrafo al que colmé de peces
transitivos y tortugas sustantivas.
He plagiado sin remordimientos la angustia de esperar en vano y
el sinsabor de perder sin dar batalla, y a la esperanza la transformé en
alma máter de mis prosas y mis versos.
Si todo eso fuera poco, he llegado al colmo de
plagiarme, intentando con sonrisas de antaño anestesiar penas de
hogaño, o escribiendo y reescribiendo lo ya dicho y repetido tantas veces,
cambiando apenas las palabras y manteniendo intacto el contenido.
Qué decir entonces de las veces en que eché mano de angustias
pretéritas, de amores fallidos, de sueños ajenos, e imitando a un
monseñor en su faena los bauticé con mi nombre y apellido, y los sentí
tan míos que hasta llegué a pensar que sí lo eran, pagando mis cuentas
a la vida con historias y poemas fabricados a destajo en la penumbra de la
punta de un lápiz o bajo la sombra protectora de un teclado.
He tenido la osadía de plagiar ni más ni menos que al Señor de
todos los Señores, transformando hojas en blanco en planetas de todos los
colores, y sin descansar en el séptimo día continué creando mares y cielos,
ideas y conceptos, amores y fracasos, verdades y mentiras. Único Dios de mi
mundo, le concedí vida a las palabras y esencia a las personas.
Sí. He pecado y lo confieso. He plagiado la vida y sus actores;
sus valores y temores; sus temblores y clamores; sus amores y
dolores. Con más o menos arte he usado lo poco que sé para sentar cátedra
sobre lo mucho que ignoro.
Mi único consuelo es saber que no estoy solo, porque quien
escribe sabe muy bien que no estoy solo; porque quien mira por la ventana
donde no hay ventanas o cierra los ojos para mirar al mundo, sabe que no
estoy solo, y quien descifra ensoñaciones propias y ajenas o ve allende las
palabras, sabe también que no estoy solo.
Lo que sí sé con certeza es que la circunstancia de no ser el
único plagiador no me concede el beneficio de la duda, porque atreverse a
usar la vida como la he usado para atreverse a contar la vida como la he
contado no es cosa que en los tiempos que vivimos se perdone fácilmente, ya
que en este mundo virtual que nos digitaliza y ningunea, que nos
estandariza y etiqueta, o nos deshumanizamos o desaparecemos.
En mi caso – fiel a mí mismo - elijo seguir plagiando.
Quien pueda quiera y se atreva, que arroje la primera piedra.
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