Colorín colorado

 

El hecho de ser daltónico, o sea, mi total incapacidad de distinguir algunos colores, es lo que me animó a lanzarme a la tarea de pintar un cuadro, y entonces le permití al niño travieso que me habita elegir el pincel y la acuarela, que junto al lienzo inmaculadamente blanco empezaron a invitarme a cometer mi obra prima.

A la purísima blancura del lienzo la transformé en un cerrar de ojos en el escenario sobre el cual los colores dirían sus verdades, y con el pincel en el bolsillo decidí empezar a dibujar en mi imaginación la escena que mereciera la pena ser contada con todos los colores del abecedario.

Me acerqué a la escena del crimen e inmediatamente me asaltó una sombra de un ayer indefinido que exigía un papel en la obra, y antes que pudiera contestarle una voz que salía del tubo de pintura blanca murmuraba su intención de no permitir que el gris le hiciera sombra.

Pensaba contestarle que no se preocupara, pero de la punta del pincel caían palabras sobre mi imaginación, que sumadas mostraban un espejo en prosa y verso.

Apagué la luz para poder leer el discurso que el espejo recitaba, y solamente pude ver reflejado en sus cristales un lienzo inmaculadamente blanco.

Aturdido por lo absurdo del momento, me enojé con todos los colores, e imaginando el resultado de la mezcla del rojo con el aliento y del azul con la esperanza y del negro con el silencio y del verde con el cansancio, terminé de pintar el cuadro que jamás será pintado.

 

Eso sí, antes de volver a mi tarea de tallar cuentos y cincelar poemas, me acerqué al lienzo blanco, y mirándolo con orgullo de padre lo firmé para que se sepa quién fue el artista que pudo decir tanto sin decir nada. Modestia a parte, me siento bastante orgulloso de mi obra, a la que le pondré el nombre de Arco Iris en Fa mayor para ciegos, charlatanes y poetas.