|
Juicio
sumario
Hoy
tempranito - un poco antes de despertarme - recibí una extraña llamada.
Una voz desconocida aunque muy seductora me invitaba a ser
miembro del jurado en un juicio.
"¿El 31 de diciembre?... " pregunté medio desconfiado, e
inmediatamente me constestó que sí, que se trataba de algo urgente e
inaplazable, lo que se denomina un juicio sumarísimo.
Como no había planeado ninguna actividad para este feriado le contesté que
bueno, que aceptaba la invitación. Entonces me dijo que pasaría a
buscarme dentro de una hora.
Me vestí con la ropa más invernal porque el clima no ayudaba para
nada. La nieve y el viento y el frío insoportable me miraban desde el
otro lado de la ventana, frotándose las manos anticipadamente al imaginar el
momento en que abriría la puerta para salir.
Cuando se cumplía exactamente la hora de espera apareció un trineo - porque
la verdad es que la ruta no estaba para otro tipo de transporte - y luego de
las presentaciones de costumbre emprendimos el camino.
La neblina
era tan espesa que daba la impresión de que el viaje transcurría
entre nubes, pero sea como sea llegamos al local donde en muy pocos
minutos daría comienzo el espectáculo judicial.
Ni
bien entré, y antes de recibir las instrucciones y tener tiempo de
ocupar el asiento que me había sido asignado, reconocí la cara del juez,
ya que su larga barba era inconfundíble. Me quedé lo que se dice
estupefacto, ya que creía que San Pedro era muchísimo más viejo de lo que su
rostro aparentaba.
Como
es fácil de imaginar, mi curiosidad iba en aumento, porque no todos los días
uno tiene la oportunidad de ser protagonista de un episodio de tal
envergadura.
Golpeando severamente con su martillo de madera sobre la mesa, el magistrado
daba inicio a los trabajos anunciando que haría todo lo posible y
lo imposible para que el veredicto fuera justo, "como era habitual
en el último par de milenios".
A continuación llamó al acusado, el cual, apoyado en un par de muletas y
caminando con muchísima dificultad, se acercó y se presentó al referido
magistrado.
Fue en ese instante cuando entendí la grandeza del momento, ya que se
trataba ni más ni menos de un juicio contra el Año 2002, quien tendría que
defenderse de las acusaciones que presentarian en su contra los días que
él mismo había creado.
No entraré en los detalles de las declaraciones, ya que sería demasiado
pesado. Diré apenas que los testigos de la acusación presentaron argumentos
contundentes.
Entre los que declararon contra el 2002 estaban, entre otros, África, los
masacres de Argelia, los suicidas palestinos, la hambruna endémica, Afganistán,
los fabricantes de los daños colaterales producidos en todos los conflictos,
los asesinatos selectivos, los explotadores de los indefensos, los
brutales atentados y las no menos brutales respuestas a esos brutales
atentados, y la insensatez de los gobernantes, y el odio gratuito, y la
elegante indiferencia.
Cada uno de esos testigos declaró bajo juramento haber practicado - o
permitido que se praticaran - los actos más terribles, con la pasiva
complicidad del acusado, quien según ellos no movió ni siquiera un
minuto de su tiempo para intentar impedir los atropellos.
En ese punto - debo confesar - consideré que el caso estaba definido en
contra del Año 2002, y mirando la cara del acusado no entendí la razón de su
sonrisa confiante.
Transcurrido el intervalo de costumbre, llegó la hora de que el propio
acusado declarara, aunque antes el tribunal le leyó la larguísima lista
de los delitos que se le atribuían.
Bueno, después de haber escuchado todas las acusaciones y preguntado si las
aceptaba, confesándose el autor intelectual y material de los crímenes, el
2002 se levantó indignado y dijo:
-
¡Puro blablablá.
Probaré mi inocencia y cabezas coronadas caerán! –
Comenzó
su defensa pidiendo al ilustrísimo juez que ordenara llamar a su único
testigo, cuyo testimonio consideraba fundamental y decisivo para probar su
inocencia.
- ¿Y quién es?... le perguntó San Pedro sin poder esconder su curiosidad
y al mismo tiempo su impaciencia -.
- Su jefe - ... le respondió el Año 2002 mirándolo fijamente.
Este, sorprendido al principio e indignado después, vociferó:
- ¿Cómo se atreve? ¿Cómo se atreve?... –
No los cansaré con los detalles, sino que apenas diré que el reo,
usando y abusando de los recursos legales que la legislación le
permitía, probó que no se puede negar al acusado el derecho de presentar los
testigos que entienda convenientes para su defensa.
Ante tal situación de impasse, San Pedro impuso un receso a la Corte
y se retiró, porque - según sus propias palabras - debía "deliberar
com las instancias superiores".
Pasado un tiempo que no sé definir en horas o minutos, volvió el Santo
Magistrado y con voz firme y cristalina - aunque dejando
transparecer un no sé qué de impotencia secular en su mirada - leyó el
mensaje que a seguir resumo:
"Teniendo
en cuenta la natureza de los hechos y la maniifesta buena voluntad detectada
en los actos del acusado, esta sala retira todas las acusaciones contra el
Año 2002, y como prueba de reconocimiento por los servicios prestados a la
humanidad lo manda de vuelta para asesorar al Año Nuevo, ayuda que este
Tribunal desde ya agradece".
Yo,
claro, escuchando tal discurso y adivinando las razones que lo generaron, no
esperé el trineo, y montado en una desilusión que no me era extraña regresé a
mi casa, me senté frente a la computadora para escribir este mensaje, y
ahora, después de remitirlo, me vuelvo a la cama tratando de hacer de cuenta
que nada de lo que acabo de contar ha ocurrido.
|