Ayer...


".....mientras como de costumbre la tarde  se arrugaba poco a poco, acurrucándose junto a los pies de la noche, pensé que podría inventar un rompecabezas hecho de palabras de todos los colores y sentidos, y que una vez  armado fuera  el cincel con el cual  tallar en la piedra de la vida un teorema que apenas pudiese ser demostrado por aquellos que piensan y sienten, y no por los tantos que piensan que sienten.  


Sí. Un mensaje en la botella cibernética  que  fuera el pasaporte de mi sensibilidad,   mostrándome no de frente y de perfil  como la burocracia lo exige, sino de adentro hacia afuera, como debe ser y como soy.


Deseaba que  las palabras fueran un gesto, una oferta, un voto, y por qué no, una caricia, aunque mezclada con un no sé qué oliendo a cansancio.


Temas no me faltaban. Pensé escribir sobre las muchas incógnitas que la vida nos regala, o sobre lo tanto que la experiencia nos ayuda a equivocarnos, o sobre la tristeza que nos atrapa cada vez que las respuestas nos dejan sin preguntas,  o, por qué no, tratar de definir el contenido mágico de la esperanza, que cuanto más se aleja más se agranda.  


Planeé discursar sobre la importancia de la angustia para los poetas, y mencionar la emoción que produce el ser cómplice del amanecer después de una larga noche de vigilia, y contar a respecto del aroma picante de ciertos silencios que gritan palabras de humo.


Deseaba poder encontrar las frases justas para ayudar a que la ignorancia adquiriese el protagonismo que se merece; para que de una vez por todas olvidáramos pensar a respecto de la esencia de las cosas; para que nunca más tratáramos de descubrir las trampas que la vida nos tiende a lo largo del camino; y principalmente, para convencernos que la sabiduría y la experiencia son enfermedades letales.


También quería decir que deseo sinceramente que podamos dejar de entender la vida y parar de buscarle sentido a las cosas, o de  empeñarnos en hallar una rima en el verso de la naturaleza humana.


Buscaba una forma convincente de decir que hay que esforzarse para olvidar todo lo aprendido; que hay que parar de tratar de medir la distancia que existe entre la intención y el gesto, entre el quiero y el puedo, entre el dolor y la lágrima, porque si lo consiguiéramos, finalmente nos transformaríamos en seres totalmente ignorantes, esencialmente apáticos, definitivamente robóticos y automáticos, alcanzando así la felicidad de ser iguales a casi todos los que nos rodean. No más seres pensantes, sino simples transeúntes. Nunca más la duda de los que saben, sino la certeza de los ignorantes. Jamás volver a emocionarnos com la sonoridad de las palabras, ni a temblar ante el contenido de una mirada, ni a llorar de emoción, ni a reir de alegría, ya que habríamos alcanzado el grado de alienación en el cual no sobreviven las hipótesis. Nada a no ser la nada en la que el mundo nada.


Me gustaría saber tocar al violín la única frase musical que hace bailar al reumático y oxidado homo sapiens: La ignorancia es el pa-raiiiiii-soooooo... tantantan!...  Sería sin duda la victoria definitiva de las frases rotundas, del arrodillarse ante el más fuerte: "No piense. Acepte y calle."


Quisiera poder decir en palabras ciertas y cortas y duras y graves, y al mismo tiempo dulces y rítmicas y limpias y sabias, que si nada de lo dicho sirviera para algo,  que por lo menos quedara claro que en los muchos pajares desparramados a lo largo de la geografia, existe un pequeño gran ejército de agujas que también - como muchos de nosotros - rechazaron la tranquilidad de los pobres de espiritu.

 

Sí. Pensé dibujar con palabras y metáforas una tarjeta postal, pero como siempre valió más la intención que el resultado. La próxima vez trataré de terminar de escribir la carta que me proponga.


Ahora es hora de ponerme las gafas de sol. Las necesito para saludar la llegada del invierno sueco, que está tocando el timbre de mi vida. Seguro que como de costumbre me traerá de regalo  sus dias a cada hora más nocturnos y sus noches a cada día más soturnas.