poética obliga

Al parecer, es condición indispensable asemejar la poesía y hacer una metáfora de ella y con ella, compararla con una guirnalda de flores o abducciones metafísicas. Decir, por ejemplo, que es un don divino o un don del vino (nunca he sabido muy bien cómo apreciar ese matiz diferencial, la verdad). Y los más osados escriben que es un acto parecido a una sobredosis de ácido lisérgico. Discúlpenme si me aparto de tal o cual opinión y me distancio de la posibilidad de lanzar una poética de la cual me arrepienta dos o tres meses más tarde (como suele ocurrir). Sólo diré que la poesía es algo que está ahí, dentro de cada uno. Pero hace falta reconocerla, cultivarla. En mi caso, creo que la poesía me sirve única y exclusivamente para entenderme un poco, intentar ser mejor persona, y para disfrutar unos cuantos grados más de la vida. Para eso la necesito y para eso escribo. No he buscado nada más. Algunos amigos, sufridores de las pruebas que han terminado hoy en sus manos, dicen que peco de lúdico en mis versos, o que dejo en mera anécdota alguno de mis poemas. Bien puede ser cierto, pero creo que los que hoy en día aspiran a superar en genialidad a autores de la talla de Borges, Pessoa, Cernuda (no digamos ya a Homero o a Quevedo) están perdiendo un tiempo precioso que mejor dedicarían a sus seres más queridos. Sólo los que apuestan por propuestas sencillas y sin pretensiones se mantendrán. Podría dar un par de ejemplos bien cercanos, pero, por lo que he visto y oído, muchos - aquellos a los que la envidia no les deja reconocer la evidencia - no me lo perdonarían.