|
¿QUIÉN ES EL GREGORIO SAMSA DE FRANZ KAFKA? Dedicado a una excelente persona llamada Manuel Santamaría. Al despertar
Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo,
se encontró en su cama convertido en un
monstruoso insecto La metamorfosis
– Franz Kafka Antes de que alguien ocupe su tiempo en
averiguar si el presente título remeda el que fuera dado a una conferencia
brindada por el filósofo alemán Martín Heidegger,
“¿Quién es el Zaratústra de Nietzsche?”,
doy fe que así es. Me pareció apropiado acomodar la forma de aquel a la
intención de mostrar mis conclusiones sobre quién es el Gregorio Samsa de Franz Kafka. Debo agradecer la relectura del relato “La
metamorfosis” a un compañero de trabajo que, en algún momento,
hablando del tema, me indicó su opinión de que el mismo trataba sobre Yo no recordaba fielmente la narración y volver
a leerla resultó ser un trabajo de revisión muy gratificante. No llegué a la
misma conclusión que mi amigo; no considero que la discriminación sea el tema
que motoriza sus páginas. Pero se descubrirá -eso espero- que la transformación
que sufre Gregorio Samsa nos dice muchas cosas
sobre el propio Kafka. No me parece tampoco que yo haya descubierto
algo no sospechado, intuido o quizá dicho con anterioridad sobre este relato.
Espero, no obstante, que el presente trabajo
brinde algún elemento de interés que sea evaluado favorablemente por los
amantes del escritor checoslovaco. Me permitiré sugerir a quienes no lo leyeron o
no recuerdan bien el relato, que tomen contacto con el mismo. Esto favorecerá
la comprensión del presente análisis dado que, durante toda su extensión,
aludiré a distintos pasajes que es preciso tener frescos en la memoria. “La metamorfosis” o “La
transformación” de Kafka es una larga
narración cuya base argumental podemos sintetizar con sus palabras iniciales:
“Al despertar Gregorio Samsa una mañana,
tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso
insecto”. Luego sigue una extensa exposición de las
diversas circunstancias que se derivan de esta inaudita situación, que
culminará con su muerte. Todo lector sabe que en aquello que lee puede
encontrar elementos que reflejan el pensamiento, sentir o vida del autor. Esto es así porque el artista no puede hacer
otra cosa más que mostrar “su” visión de la realidad;
“plasmar desde el propio yo” su concepción de los objetos
a los que utiliza en el proceso de creación. El libro religioso más popular de occidente, la
Biblia, habla de un hombre hecho a la imagen y semejanza de Dios (pienso
con interés en un ensayo que examine la veracidad de esta afirmación).
Puede que no estemos en condiciones de afirmar lo precedente, pero si podemos
asegurar que es aplicable con relación al artista: Sus obras están hechas a
su imagen y semejanza. El sello personal de cada texto está constituido
por una ideología, por un sentimiento, un silencio, una necesidad, etc. que
son el reflejo (a veces parcial) del artista. ¿Quién es Gregorio Samsa?. Quiero decir: ¿Representa a alguien?, ¿Es sólo un
personaje de ficción desconectado de su autor?. Este desventurado viajante de comercio, Samsa, deambula por su cuarto elaborando miles de
conjeturas, repasando el pasado, haciendo planes, observando a su familia,
mientras desarrolla un monólogo, no mediante la emisión de palabras sino de
pensamientos. Su lenguaje, más específicamente su capacidad de comunicarse
con los demás, ya no existe. Esta es la historia de una persona que se ve a
sí misma despreciable como un insecto y, técnicamente, incapaz de contarle a
los otros lo que le pasa. Como en el caso del muñeco de un ventrílocuo,
la voz de este personaje no proviene de él mismo sino de ese otro que está
detrás y, quizá, lo utiliza para hablarnos de “su” propia
tristeza, de “su” angustiosa situación. Me refiero a Franz Kafka. ¿Leyeron ustedes la obra “Carta al
padre”? Permítanme recomendarles que lo hagan. Verán allí a un
hombre que no podía hablar de lo que le pasaba. Entonces escribe una carta
pero nunca se la entrega a su destinatario. Allí sabrán de una persona que se siente
menospreciada, acosada por su estado enfermizo, que elige recluirse sin
resolver, sin enfrentar la situación. Pero, ahora, indaguemos desde el principio
hasta el fin el texto de “La metamorfosis”. La
versión que utilizaré, o más bien la que leí, corresponde a la traducida por
el escritor argentino Jorge Luis Borges (colección
Biblioteca Clásica y Contemporánea, de Editorial Losada, Decimasexta
edición). La
primera cuestión que se plantea Gregorio Samsa ante
su nuevo estado es:
-¿Qué me sucedió?-. Es
una reacción natural frente al inesperado escenario que se presenta ante sus
ojos. Y resultaría aceptable si, acto seguido, se procurara la ayuda de un
tercero, un auxilio para su problema. Esa también sería una actitud
esperable; el mismo instinto de conservación parecería reclamarla. Pero
no es lo que sucede. Dirige
su mirada hacia la ventana, contempla el cielo nublado y oye el sonido de las
gotas de lluvia sobre el alféizar, entrando en una “gran melancolía”. Después
se pregunta qué pasaría si siguiese durmiendo otro rato con la esperanza de
superar esa fantasía. El
sujeto acepta el cielo gris, el repiqueteo de las gotas de lluvia, pero
ofrece resistencia a ver lo que le pasa a él. Y no
es porque verdaderamente dude que se trata de un
hecho concreto, verdadero. Esto
lo confirmamos, inmediatamente, cuando se lamenta ante su nueva conformación
física que no le permite adquirir la postura acostumbrada en su cama,
impidiéndole retomar el sueño. Entonces,
busca justificativos para no pensar en lo que le está sucediendo. Piensa
en lo agobiante de su profesión; en la buena vida que llevan algunos de sus
pares; en que esto no le pasaría si no fuera por la deuda que sus padres
tienen con su jefe. Tan
cierta es su conciencia de la nueva condición que, dándola por irremediable,
su interés pasa a centrarse en levantarse como sea, para tomar el tren que
sale a las cinco, tal como había proyectado la noche anterior. Para
su sorpresa advierte que ya son las seis y media. No entiende por qué no
escuchó el despertador a las cuatro y lo atribuye a su sueño intranquilo. Se
alarma al comprender que debe alcanzar el tren de las siete y que, en tal
caso, un empleado de su jefe lo verá e informará de su impuntualidad. La
voz de la madre suena desde el otro lado de su habitación, a las siete menos
cuarto, preocupada por su tardanza. Mientras
Gregorio disfruta la dulce voz de la madre, se horroriza ante la propia que
sale mezclada con un zumbido, por lo que decide contestarle brevemente. Samsa no quiere que se revele su
actual condición, a la que ahora debe agregar un nuevo descubrimiento: la
mutación de su voz. Ya
no le pueden caber dudas de que no se trata de una fantasía. Se
suma el llamado del padre y de su hermana, inquietos porque advierten que él
no partió como suponían. A
ambos les contesta que ya está listo. Insisto:
no pide ayuda. Ya sabe bien que lo que está viviendo es real pero se interesa
en guardar la apariencia de una situación normal y controlada. ¿Por
qué Samsa hace esto? Ninguna
de sus justificaciones ante su actual estado guardan la seriedad y reflexión apropiadas
al caso: sólo buscan dilatar el enfrentamiento del problema. El
personaje quiere creer que puede hacer pasar desapercibido su conflicto. Las
dificultades que, por el momento, le impiden bajarse de la cama lo hacen
admitir que todo sería más fácil si vinieran en su ayuda; pero no se resuelve
a pedirla. Pronto
escuchará que llaman a la puerta, alarmándose al imaginar que sea alguien del
almacén. Como
este trabajo no se trata de un análisis literario de “La
metamorfosis” sino de develar qué es aquello que Gregorio Samsa, su personaje principal, es como reflejo de su
creador, Kafka (si acaso fuera verdad esta
sospecha), debemos preguntarnos: ¿Hay algún lector que, ante una situación
similar, se preocuparía por su trabajo de este modo? ¿Acaso pensaría en ello?
Podemos generalizar que: No. Entonces, ¿Qué refleja este comportamiento de Samsa? ¿Por qué al advertir que la visita es el mismísimo
principal de la tienda se excita a tal punto que se arroja desde la cama al
piso? ¿Cómo podríamos definir a la persona que tiene un comportamiento como
el descrito en la narración? Me
permito dar una primera respuesta: Gregorio Samsa
es “un hombre dominado por la mirada de los otros”; un
dependiente de la opinión de terceros que, además, se siente atado a una
obligación que sabe ajena pero que no considera digno en él dejar de
cumplirla. A
esta altura, es dable enumerar algunas particularidades que definen su
carácter: a) niega su problema; b) desvía su atención del
asunto apelando a elementos como el estado del tiempo, la hora, el excesivo
trabajo; c) no pide ayuda pese a la gravedad del hecho; d) la
voz de la madre le da serenidad (voz dulce) no así la de su padre o la
del principal (hombres); e) aun con todas las pruebas frente a
sí que dan cuenta de su alarmante situación, solo está interesado en poder
levantarse y tomar el tren como si su problema fuera menor; f) nuestro
hombre resulta ser una persona que no sabe resolver ni pedir auxilio y sigue
adelante hacia el mismísimo abismo. Samsa oye la voz del principal
del negocio comentando que escuchó un ruido proveniente de la habitación. Su
hermana, desde la pieza contigua, también le informa la presencia de ese
hombre en la casa. El padre le pide que le abra la puerta de su
cuarto al visitante. El principal lo saluda tras la puerta
amablemente. La madre interviene para justificarlo aludiendo
que, sin duda, no se siente bien. El pulso de Samsa se
acelera y responde que irá enseguida. El padre se impacienta e insiste. La voz del principal sonará retumbante: -¿Qué
significa esto?- seguida de un discurso sobre el cumplimiento de sus
obligaciones. Gregorio, fuera de sí, olvidándose de la
mutación de su voz, lanza una extensa justificación. La situación comenzará a ser definida sólo
gracias a este estado de presión que precipita a todos los personajes. Kafka nos dice que, a esta
altura, Gregorio deseaba poder abrir Indudablemente, esta reducción del problema a
esas dos posibilidades, sustentadas sobre el “hacer de los otros”,
nos muestra a un sujeto que en ningún caso se considera parte activa en este
conflicto sino sólo un elemento que actuará en función de lo determinado por
terceros. Asimismo, da cuenta de la falta de justa valoración de su drama. También nos muestra a un autor, Franz Kafka, que delinea
asombrosamente bien a una persona de tales características. Desde luego,
puede tomarse esto como una capacidad indiscutible del creador. Sin embargo,
veremos que toda la narración nos llevará a un desenlace desagradable,
frustrante, cargado de fracaso. Y entonces, me pregunto: ¿Por qué Kafka decide rematar los pesares de su personaje con la
muerte?; ¿Qué lo lleva a pensar o determinar que la muerte es el final
apropiado?; ¿Por qué no hay otra esperanza, otra oportunidad? Quiero comentar un suceso personal
reciente, vinculado a este análisis. Advierto esta mañana que mi inconsciente ha
querido (o necesitado) meditar sobre estas cosas. Y es así que anoche soñé
que Kafka había escrito el siguiente párrafo en su
relato: -La locura se adueñó de “La metamorfosis” la
escribió en 1912. Siete años después (1919) ¿Serán los tres escritos uno sólo? Si así
fuera, la muerte de Kafka ¿Estará de algún modo
preanunciada por su propio puño y letra?, ¿Será una especial forma de
suicidio? Habíamos llegado hasta el punto en que
Gregorio, fuera de sí, olvidándose de la mutación de su voz, lanza una
extensa justificación hacia el principal del negocio que está fuera del
cuarto. Ante ello el visitante le pregunta a los
padres: -¿Han entendido ustedes una sola palabra?-, agregando después:
-Es una voz de animal-. La madre pedirá a la hermana que vaya urgente a
buscar a un médico. El padre le dirá a la criada que traiga un
cerrajero. Gregorio, desde el cuarto, escucha el correr de
las jóvenes y advierte que no se produce ningún portazo por lo que deduce que
dejaron la puerta de calle abierta “como suele suceder en las casas
donde ha ocurrido alguna desgracia”. Y así es en realidad. La tragedia, dentro de
poco, se mostrará a todos los presentes como lo que es: un monstruo que
devora la felicidad; un ser amorfo empecinado en destruir los naturales
deseos de dicha de los hombres. Acto seguido se nos cuenta que Gregorio está
más tranquilo. ¿Por qué? Porque “los otros” (su familia)
ya se han dado cuenta de que sucede algo extraño y marchan en su ayuda. Hay en este acto un reconocimiento implícito
por parte del personaje de que nada puede hacer por sí mismo. Esto que sucede
ahora es fruto de su incontenible excitación ante la presencia del principal
que lo llevó a hablar de manera irrefrenable. No resulta de la búsqueda de
ayuda. Luego, es la intervención de “los otros”, que temen
algo grave, la causa de su alivio. Mientras espera, sigue imaginando sobre el
“hacer” de los otros afuera. Conjetura que quizá estén
alrededor de la mesa del comedor o con sus oídos pegados a la puerta. La mirada y los pensamientos de Samsa se dirigen a la superficie más tosca de las cosas,
jamás a la profundidad. Alguien pudiera decir que la decisión de pedir:
la madre un médico y el padre un
cerrajero, surge luego de
la intervención del
principal cuando dice:
-Es una voz de animal-. Antes de esto, nadie entre ambos pensó
en médico o cerrajero alguno. Pero aquí el caso es distinto. Se trata de dos
personas entradas en edad que hasta ese momento no habían sospechado nada
malo, solo una tardanza. Además, por esto y, porqué no, por su compromiso
económico con el empleador de su hijo, se ven movidos a ser atentos al
comentario del principal, mostrándolo en actos. Gregorio Samsa
comenzará a desplazarse en dirección a la puerta con el objeto de girar la
llave en Afuera advertirán su acción. En su inquebrantable deseo de ser tenido en
cuenta por los demás, él deseará que lo alienten –¡Adelante,
Gregorio!- No sucederá. Finalmente, la puerta se abre de modo tal que
queda tapado por ella. Esa será la puerta abierta que igualará esa
casa a aquellas otras en “donde ha ocurrido alguna desgracia”. El primero en entrar es el principal del
negocio, luego la madre y después el padre. Cada uno de ellos manifiesta una reacción
diferente. El principal lanza un -¡Oh!-
que suena como el bramido del aire, tapa su boca y retrocede movido por el
pánico de la visión. La madre lo ve, avanza dos pasos y se
desvanece. El padre amenaza a Gregorio como empujándolo al
interior de la habitación, sale hasta el pasillo, se tapa los ojos y llora
profundamente. La escena es terrible, horrorosa. La actitud de los tres personajes se ajusta a
lo prescripto para el caso. Vemos al principal espantado y, sin pensar en
el mal de Gregorio, movido a retroceder ante su presencia. Donde esperaba ver
a un empleado lo sorprende un insecto espantoso. La madre y el padre, en cambio, serán presas
del dolor que provoca una situación impensable y trágica sobre un ser
querido. Ella se desvanecerá; él llorará amargamente. Tras la puerta de la
habitación esperaban encontrar a su hijo, quizá algo indispuesto, quizá
pálido y ojeroso, pero humano, carne y sangre suya. En su lugar ven un
monstruo, un insecto agitando sus patas. Gregorio, lejos de toda realidad, queriendo
pasarlo todo por alto, habla de cambiarse, tomar el muestrario y marchar al
trabajo. Le dice al principal que si bien él ahora se encuentra en un grave
aprieto trabajando saldrá del mismo y que no le cuente nada al dueño de Es notorio que nuestro personaje es una persona
fuera de sí. Pero este “fuera de sí” no nace con esta
particular situación. Se trata de un “fuera de sí” añejo,
anterior a su mal actual. ¿Cómo podría una persona actuar de esta manera si,
previamente, durante largo tiempo, no viniera ocultándose a sí misma,
sistemáticamente, sus cambios negativos, sus frustraciones? ¿No vemos en esta
conducta cierto acostumbramiento al dislate? ¿Cómo puede decir que todo
saldrá bien cuando se hace evidente que está en medio de la peor de las
catástrofes? ¿Cómo entender que postergue la reflexión, el necesario
reconocimiento del problema y la búsqueda de una solución? Por eso digo que
el personaje es una persona “fuera de sí” en el sentido de
“inconsciente de sí mismo”, resuelto a permanecer ajeno a
su realidad. Dejo pendiente una pregunta: ¿Hasta qué punto Franz Kafka, según veremos en
“Carta al padre”, refleja un proceder similar al de
Gregorio Samsa? El principal se marchará espantado. La madre lo volverá a ver y a desvanecerse. El padre, valiéndose del bastón olvidado por
el principal, intimidará a Gregorio hasta que este penetre en su cuarto. Logrado esto, se cerrará la puerta. Hay algo que me llama la atención en el remate
que el autor hace de este episodio. Nos dice: “Luego, la puerta fue cerrada con el bastón, y todo volvió a la
tranquilidad”. ¿Tranquilidad? ¿De qué habla el autor? ¿Cómo
puede describir este cerrar la puerta como un volver a la tranquilidad?
¿Acaso no ha pasado nada? o lo que es peor ¿Acaso no es esto más bien algo
que podríamos llamar el inicio de una “ampliación territorial de la desgracia”? ¿No es como
tapiar la casa frente a la inundación sabiendo que inevitablemente se perderá
todo bajo el agua? Donde Kafka dice
“y todo volvió a la
tranquilidad”, yo diría “y todo el sabor de la desgracia, como una peste, comenzó a instalarse
sobre cada miembro de la casa”. A continuación se describe la soledad de
Gregorio Samsa en su cuarto, sus pensamientos sobre
como acomodarse a la nueva situación y, especialmente, la importante
intervención de la hermana como nexo con su familia. Será ella quien comprenda y acierte en
entregarle alimentos no frescos, tras ver sin consumir el tazón con leche y
trocitos de pan que había dejado a Gregorio mientras este dormía. Queda fijado el tiempo de entrega de la comida
diaria: A la mañana y poco después del mediodía; en otras palabras,
aprovechando que los padres aún duermen o sestean. Nos enteramos, concordando
con lo expuesto algo más arriba, que esto era para ahorrarles a sus
progenitores “una pena más
sobre lo que ya sufrían”. Voy a hacer un alto en este punto. Quizá no se trate de una circunstancia
relevante, pero observo que hasta aquí el autor utilizó algo más de una
tercera parte del relato para darnos los detalles de las “primeras
horas” de ¿Por qué Kafka dedica
mayor espacio a la descripción en detalle de las primeras horas? ¿Por qué,
comparativamente, sintetiza el desenlace? Repito, quizá esta observación no sea
significativa pero, antes de seguir, quiero escudriñar esta cuestión. Podemos compendiar de que trata esta primera
parte del relato del siguiente modo: a) Un hombre “joven”
despierta convertido en insecto; b) De diversas maneras muestra su negación a
asumir que se encuentra frente a un gravísimo problema; c) No puede
comunicarse con los otros, les habla pero no logra ser entendido; d) Se
muestra obsesionado por sus obligaciones –trabajo, el principal,
horarios- por encima de su propio bienestar; e) Depende del hacer de los
otros; f) La voz de su madre lo conmueve; g) La actitud de su padre lo lleva
a recluirse; h) constantemente se refugia en divagar sobre elementos menores
para distraer el efecto adverso de la realidad sobre sí mismo. Veamos si encontramos elementos en común con el
propio Kafka. El relato “La condena”, ya
citado, cuyo tema es un muchacho (un hombre joven) que se va a comprometer,
le escribe una carta a un amigo lejano y termina siendo condenado por su
padre a morir ahogado (final trágico) y “La metamorfosis”,
habrían sido escritas en 1912. Kafka tenía menos de
treinta años. Esto
último es muy importante porque, tras escribir una carta que jamás entregará
a su destinatario (lo que muestra por sí solo cuánto pesaba en su vida la
figura paterna), la descalifica como un simple juego de palabras propio de
abogados. Sin embargo, basta leerla para comprender su profundo y dramático
contenido y la dolorosa experiencia de su hacedor. Si ya han sumado a la lectura de “La
metamorfosis” la de “La condena” y “Carta
al padre” comprenderán que hay elementos en común entre Franz Kafka y Gregorio Samsa y también con Georg Bendemann, el joven comerciante de “La condena”. Por
mi parte, me permito adelantarles mis propias conclusiones. Hay mucho en
común. Aquel que escribió Franz Kafka
le confiesa a su padre: “siempre escribía acerca de ti...”;
luego, pienso que ya tenemos la respuesta al enigma que titula a este
trabajo: “¿Quién es el Gregorio Samsa de Franz Kafka?”. Como quedó dicho, el resto de la obra abarca un
período de “meses” hasta la muerte de Gregorio. Más que tratar detalles del personaje, apunta a
informarnos sobre el desenvolvimiento familiar; el cómo se enfrenta la nueva
situación. Samsa se lamentaba porque si
bien él no lograba hacerse comprender por nadie, no hubo quien supusiera que
él sí podía comprender a los otros. Quizá ello habría provocado otro tipo de
desenlace. Y alguien pudiera ver aquí cierta indiferencia
o desinterés. Es cierto. Pero es un elemento más del relato que nos pinta el
comportamiento de una época. Como bien señala el escritor Jorge Luis Borges en el prólogo, y me parece que eso apoya de
algún modo lo que digo: “La opresión de la guerra está en esos
libros”. Sabemos bien que el tratamiento familiar con cierta
aceptación de planos de igualdad entre los miembros, mutuo respeto y ayuda,
es algo más común a nuestra época y que aún no está instalado en todo el
planeta, ni siquiera en todas las familias de una misma sociedad. No se trata
por tanto, en el relato, de desinterés. Vimos y veremos que la situación es
dolorosa para el resto no solo por ellos mismos sino por la impotencia que
sienten. Sí podemos hablar de una postura habitual a ese
tiempo (sostenida por el no cuestionamiento a la estructura y al manejo de
las relaciones familiares) que provoca una involuntaria desatención a la
profundidad de los hechos, una falta de estimulo para ver más allá. Allí, en Continuemos,
aunque no estimo necesario extender este estudio mucho más, con lo que sigue
al momento en que “la puerta fue cerrada con el bastón”,
con el aislamiento de Samsa y el inicio de una
desgracia familiar. Para mantenerse conectado con el exterior
Gregorio toma por costumbre estar atento a las conversaciones. Así advierte
que él es tema central. De ese modo, escucha el pedido de la criada rogando
ser despedida y prometiendo mantener todo en secreto. Así sucederá. La madre y la hermana se ocuparán de cocinar
aunque, comida y bebida, ya no es algo importante en la casa; todos se muestran inapetentes e incluso el
padre se desinteresa ante el ofrecimiento de beber cerveza. Entre las charlas escucha la vinculada a la
forma de subsistencia que en adelante deberán llevar. Vivirán de los ahorros
reservados por el padre; apenas útiles para un par de años. También se verán
obligados a conseguir trabajos. Todo es pesar fuera del cuarto de Samsa y también dentro donde él, sumido en profunda
“pena y vergüenza” ante la situación, decide dejar de
escuchar y se arrastra hasta la ventana para perder su mirada en el
horizonte. En esta actitud descubre un nuevo y dramático
cambio: su vista pierde claridad. La hermana ingresará diariamente en el cuarto.
La madre querrá hacerlo pero será persuadida en contrario por ésta y por el
padre. Más tarde, descubriendo que Gregorio utiliza
paredes y techos para desplazarse, Grete se inclina
a pensar que es necesario despojar la habitación de muebles para facilitarle
los movimientos, además de ser innecesaria la presencia de los mismos para
él. Le requerirá ayuda a la madre que asentirá con alegría. Durante la ausencia del padre, ambas mujeres
ingresarán al cuarto. Gregorio, que tras horas de esfuerzo dispuso
una sábana que lo cubre por completo y que evita ser expuesto a la mirada de
sus visitantes, está feliz aunque no vea a su madre, con solo saber de su
presencia. Sin embargo esta determinación de la hermana
tendrá un final inesperado. A poco de iniciar la tarea, ambas mujeres
expondrán una diferencia de criterios sobre los muebles. Para la hermana
sacarlos dará mayor holgura para el desplazamiento de él, recalcando además
que de nada le sirven; la madre sentirá que vaciar el cuarto es un
equivalente a considerar a Gregorio como algo definitivamente separado de lo
humano. Las palabras que Kafka
pone en boca de la madre me recuerdan su “mamá recurría a la bondad”
que comenta en su “Carta al padre”; la hace decir: “¿No
parecería entonces que, al retirar los muebles, indicáramos que renunciamos a
toda esperanza de mejoría y que lo abandonamos... a su suerte?”. Samsa, al oír este argumento
asiente. Realmente, él mismo, sin ese cambio en su cuarto, ya había comenzado
a olvidarse de su condición humana. Pero la voluntad de la hermana se impondrá y
las mujeres continuarán con la tarea. En esto, desesperado, buscando aferrarse a algo
que lo ligue a lo humano, se abraza a un cuadro en la pared. Al volver la hermana lo ve, procura impedir que entre la madre pero no
lo logra. Ésta, tras un “¡Ay Dios mío!”, se desvanece al
contemplar a su hijo transformado en una mancha negra sobre la pared. Será la primera vez, desde la metamorfosis, que
su hermana le dirija Ella saldrá del cuarto en busca de
medicamentos, él la seguirá provocando que se asuste al verlo y se le caiga
un frasco. Con el pie Grete cerrará la puerta del
cuarto de Gregorio. Todo quedará en silencio y él se llenará de remordimiento
y de nerviosismo. A poco llega el padre que advierte en el rostro
de Grete que algo malo pasó. Ella contará el
desmayo de la madre, su mejoría y que Gregorio se escapó de su cuarto. No habrá por parte de la hermana otra cosa más
que una catarata de palabras que no serán una adecuada referencia de lo
acontecido; tampoco el padre efectuará una indagación que busque esclarecer
lo que realmente ocurrió. Así las cosas, el padre terminará por empujar a
Gregorio hacia su cuarto valiéndose de manzanas a modo de proyectiles. Un
golpe certero dará contra su cuerpo, clavándose en él. Samsa,
presa de un intolerable dolor, se desvanece levemente. Con la vista nublada
verá como su madre se abraza a su padre rogándole que perdone la vida a su
hijo. La herida tarda un mes en reponerse y a modo de
compensación (¿remordimiento?) todas las tardes se abrirá la puerta del
comedor para que, desde la sombra, sin ser visto por los demás, pueda ver a
su familia en derredor de la mesa. De todos modos esa manzana se pudrirá sobre su
lomo, nadie se la sacará, y será la responsable de que pierda libertad de
movimientos. La tendrá sobre sí cuando haya muerto. Con el tiempo, Gregorio dejará de comer y una
noche, luego de otro tristísimo episodio, sentirá que ha llegado la hora de
desaparecer. Poco después de que el reloj de la iglesia
marque las tres de la madrugada, expirará. Antes
de finalizar quiero remarcar dos breves fragmentos de “La
metamorfosis” en los que advierto que Franz
Kafka habla, indudablemente, de sí mismo bajo la
envoltura de Gregorio Samsa. En
alusión a su propio padre: “...ya sabía, desde el primer día de su
nueva vida, que al padre la mayor severidad le parecía poco con respecto al
hijo”. Teniendo
presente su propio mal, la tuberculosis: “Bien es verdad que tampoco
en su estado anterior (humano) podía confiar mucho en sus pulmones” Me preguntaba yo a mitad de este ensayo:
“la muerte de Kafka ¿Estará de algún modo
preanunciada por su propio puño y letra?, ¿Será una especial forma de
suicidio?”. También el “¿Por qué... dedica mayor espacio a la
descripción en detalle de las primeras horas?”. Desde
luego, no puedo presumir de tener la respuesta correcta. Pero me permito, una
vez más, expresar otra sospecha o, más
bien, una inferencia. Recuerdo
un párrafo de su “Carta al padre” donde menciona cierta
actitud de su progenitor para con un empleado; dice: “tu manera de
hablar de aquel empleado tuberculoso: ¡Ojalá que
ese perro enfermo reviente de una vez por todas!”. Kafka, a sabiendas de su propia enfermedad,
la tuberculosis, debe haber recordado muchas veces ese horrible comentario.
Se habrá sentido como un perro para su padre; recordemos la escena en la que
narra que a Gregorio Samsa le abren la puerta del
comedor para que, desde la distancia, pueda observar a su familia en la mesa;
eso remeda cierta imagen propia para un perro más que para un insecto. Con
un padre con el que siempre mantuvo una relación tormentosa; sintiendo a su
progenitor por encima suyo; que sería aplastado bajo sus pies; que era como
ese “perro enfermo” de tuberculosis; Kafka
solo necesita hablar de cómo se inició el mal de Gregorio que no es otra cosa
que hablar, encubiertamente, de su propia metamorfosis. El
final no podía guardar ninguna sorpresa. Irremediablemente
Kafka comprendió, mucho antes de escribir la carta
a su padre que, como el empleado, como un perro, como una mosca, como un
insecto, su destino inequívoco, “la condena”
que, según supuso, su propio padre había fijado para él era: “reventar
de una vez por todas”. |