Dios y yo.

 

Sé que es tarde, pero esto era algo que debía hacer. Sé que ya no hay nada que pueda hacer, pero debo contarlo, porque es una cruz con la que yo no puedo cargar, y necesito que alguien me comprenda, aunque sólo sea superficialmente. Todo empezó cuando tenía 34 años recién cumplidos. Nunca fui una persona muy sociable, así que no tenía muchos amigos, tan sólo Víctor y Elena, dos ex-compañeros de facultad. Con ambos me unía una relación muy especial, sobre todo después de estudiar juntos 5 años. Los tres nos habíamos graduado en periodismo, y despues de estar un tiempo en varios periódicos y revistas, nos atrevimos a montar nuestra propia revista. Trataba básicamente de literatura, pues los tres éramos amantes de las buenas historias y nos unía una especial predilección por el escritor H.P. Lovecraft.

 

Hasta aquí todo podría parecer muy bonito y muy idílico, pero había algo que no marchaba demasiado bien, aunque no lo supe a tiempo. Ese algo era que Elena estaba enamorada de mí, y no me enteré hasta que me declaró su amor abiertamente. Ocurrió una noche, cuando salíamos de la oficina. Habíamos estado trabajando en el último número de nuestra revista y nos salimos de allí hasta las dos y media de la madrugada. Víctor, como siempre, se fue solo, pues vivía en dirección contraria a nosotros. Elena y yo nos fuimos calle abajo, caminando, pues Elena me dijo que antes de coger un taxi tenía que hablar conmigo. No le dí importancia alguna a que estuviera tan nerviosa. Entonces me lo dijo, me lo soltó como una bomba que explotó en mis oídos. Casi sin mirarme a los ojos, agachando la cabeza y sonriendo me dijo que me quería. Que me quería desde hacía mucho tiempo. Yo le respondí que ya lo sabía. Ella dijo que se refería a quererme de otra forma y me dió un beso en los labios. No supe como reaccionar y me quedé quieto. Elena me preguntó que qué sentía por ella. Y yo no pude mentirle. Le dije que la quería, pero como un amigo. Su rostro cambió de expresión lentamente. De alegría exultante pasó a reflejar una seriedad absoluta. Su cara era completamente opaca, no dejaba traspasar ningún tipo de emoción. Pensé que no se lo había tomado mal. Me preguntó que si ya había alguien en mi corazón, a lo que yo dije sí. De nuevo, pregunta. ¿Quién es ella? Yo no debía contestar a eso, pero me presionó con dulces palabras y se lo acabé diciendo. Es Víctor. Ahora su cara era realmente desconocida, como si los más profundos sentimientos (en este caso de repulsa) que tenía dentro de ella hubieran sido desatados en ese preciso instante. Me miró fijamente a los ojos y comenzó a andar hacia atrás. No dejó de clavarme sus ojos hasta que se dió la vuelta y se fue sin decir nada.

 

Al día siguiente Víctor me llamó por teléfono para decirme que Elena había dejado la revista. Bueno, que le íbamos a hacer. Ella no tenía la culpa. Su familia la educó en el catolicismo más cerrado y radical. Pero no creo que deba entrar en ese tema, pues sería bastante imparcial.

 

La salida de Elena hizo dar un giro a la situación y Víctor y yo comenzamos a vivir juntos. Compartíamos alegrías y tristezas, besos y abrazos. Pero sólo hasta el momento en que alguien se empezó a fijar en mí. Quizás de una manera obsesiva.

 

En esa época yo estaba trabajando en un nuevo proyecto. Una revista que tratara desde un punto de vista científico la religión e intentara explicar los enigmas de la creación. Había contratado ya a varios reconocidos teólogos y científicos para publicar sus artículos, e incluso yo había escrito uno. Se me notaba estar claramente influenciado por el libro "El Anticristo" de Friedrich Nieztche, que me tocó tanto que decidí dar a conocer mis ideas sobre la religión, y su arraigamiento en la sociedad contemporánea. Básicamente éstas se referían a que nadie debe pensar que está por debajo de nadie. Simplemente vive tu vida. No pienses ¿si hago esto iré al infierno? Haz lo que te reconforte mental y físicamente. Sólo así serás feliz. No creas que hay alguien allá arriba vigilándote. La esencia de mi artículo (desde un punto de vista metafórico, por supuesto) podría decirse que era la famosa frase: Prefiero ser rey en el infierno que esclavo en el cielo.

 

¿Saben lo más gracioso? Pues que me equivoqué. Dios existe. Sí, no es broma. me dí cuenta de esto cuando fallecí. Por favor, no dejéis que los prejuicios invadan vuestra mente. Simplemente leed. Después ya tendréis tiempo de juzgarme. En fin, ya he dicho que fallecí, pero no como. Pues de una manera natural, de un ataque al corazón mientras dormía. Algo un tanto extraño para un hombre joven como yo. Al menos no sufrí. No me preguntéis acerca de eso del "túnel de la muerte" o de la "luz al final del túnel" porque yo no ví nada de eso. Simplemente dejé el mundo físico y pasé al mundo etéreo. Recuerdo que al despertar, no estaba en mi cama, sino en un lugar sumido en penumbra. Me asusté y grité, pero el sonido de mi voz sólo lo percibí en mi mente. Tardé bastante en asimilar que no tenía cuerpo. Era sólo una mente, un espírito, energía. Y me asusté aún más cuando llegaron a mis oídos chillidos, gañidos y gritos de dolor. También oí ruidos de cadenas y de metal y madera entrechocando, que traían a mi mente la imagen de máquinas de tortura medievales. Así que los pensamientos inconscientes afloraron y me dije:

 

- ¿Es que acaso estoy en el purgatorio?

 

- No, pero estás muy cerca de él - respondió una voz en la oscuridad.

 

Contrariamente a lo que podría paracer la reacción más natural, el miedo, una tranquilidad y un sosiego me invadieron por completo.

 

- ¿Quién eres? - pregunté -  ¿Dónde me encuentro?

 

- No estás en el cielo, si es a eso a lo que te refieres. Y quién soy no tiene importancia ahora, simplemente soy tu amigo.

 

Desde ese momento ese sujeto y yo nos hicimos inseparables. Solía quedarse en mi prisión particular todo el tiempo y conversábamos durante horas, hasta que caía la noche. El tema que más solíamos tocar era el religioso. Sin duda, yo ya no sabía qué creer. Estaba muerto, pero no estaba en el cielo. ¿Dónde estaba entonces? Y mi nuevo amigo no ayudaba a desvelar secretos, pues cuando sacaba el tema el lo eludía discretamente. ¿Quién o qué era él? tampoco lo sabía, pero quizás fuera mejor así. debo decir que en el lugar donde me encontraba, las emociones no se percibían de igual manera que en la tierra. Prácticamente, lo único que podía sentir a todas horas, como una punzada en el alma, era el dolor de no ver a Víctor, de no poder estar junto a él. ¿Porqué tuve que morir tan pronto? Podíamos haber disfrutado de toda una vida.

 

le conté todo esto a mi amigo y él pareció entristecerse. Sé que tenía un alma pura y bondadosa, y por eso me lo dijo. me contó que, si tanto quería saber si Dios existía, él me daría la respuesta a mi interrogante.

 

- ¿Porqué no me lo dijiste antes? - le pregunté yo.

 

- Pronto lo comprenderás - respondió él - Sí, Dios existe. Y soy yo.

 

Me quedé estupefacto y no acerté a decir nada en varios minutos. Sólo conseguí balbucear como un bebé. No sé como, pero supe que no mentía, que no se burlaba de mí. Él lo único que hizo fue llorar desconsoladamente y pedirme perdón.

 

- ¿Por qué? - le dije - ¿Por ocultármelo?

 

- No, por algo peor - me confesó - Yo provoqué tu muerte. Fue un acto agoísta, lo sé, pero incluso yo tengo defectos. ¿Parece increíable verdad?

 

- ¿Porqué lo hiciste? Me lo has quitado todo. Me has quitado la vida.

 

- ¿Que por qué lo hice? - dijo él, entre sollozos - Por amor. Sí, por amor. Te quiero. Te quiero desde que naciste. Te he estado vigilando durante años y quise hacerte mío. Pero no puedo cambiar tus sentimientos hacia Víctor. Es superior a mis poderes.

 

Seguro que ahora estaréis pensando en cómo volví a la vida para poder contaros todo esto. Muy fácil. Dios me la devolvió. Me reencarné en un niño que iba a nacer. Dios también me prometió una cosa. Me prometió que me encontraría con Víctor en algún momento de mi nueva vida. Y estoy esperando todavía.

 

Y por eso ahora creo en Dios. Y creo más fervientemente que cualquier fanático cristiano. Porque yo le conocí, y conocí sus debilidades. Y ahora, podéis creerme o no, pero esta es mi historia, y no puedo cambiarla, puesto que siempre formará parte de mí.

 

Epílogo

 

- Roberto. Oh Roberto. Maldita sea, estás despierto. Te quiero, Roberto, te quiero. Nunca me vuelvas a dar un susto así.

 

- ¡Víctor! Oh Dios mío, eres tú, Víctor.

 

- Roberto, has estado dos semanas en coma después del ataque al corazón. Has despertado, oh, Roberto, te quiero, de verdad, te quiero.