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ÁNGELES MUERTOS Escrito por: Tanausú Rodríguez Sólo en el instante en que sobre el
cielo se tejió una fina capa color sangre pude escuchar con claridad los
aullidos de los ángeles que uno a uno caían sobre la árida tierra que ya no
rebosaba vida. Esqueletos de árboles secos suplían su falta de hojas con los
cuerpos de los ángeles caídos que quedaban ensartados en ellos como si de
macabros adornos navideños se tratase. La tierra muerta sobre la que se
derramaba la sangre pura de los alados succionaba con avidez el exquisito
néctar. El cielo era cada vez más rojo y los ruidos que provenían de el eran
cada vez más y más ensordecedores. La única explicación que tengo a ello es
que en el cielo se estaba librando una batalla de la que nosotros seríamos
las víctimas, nos gustase o no. Unas horas después dejaron de caer ángeles
muertos de las alturas y, aunque estábamos en pleno mediodía, el sol se puso,
quizás resguardándose de la letal batalla. En una oscuridad total y absoluta
como nunca nadie vió, el sentido auditivo se agudizaba e incluso, si
escuchabas bien, podías oír el entrechocar de espadas y los lamentos de los
ángeles que sucumbían en el cielo. El sol no salío en más de una semana. Al
cabo de este tiempo, en el cual estuve refugiándome en el sótano de mi casa,
salí para ver aún no sé el qué. Lo primero que observé fué que ya no había
ángeles muertos en ninguna parte, cuando antes todo el campo estaba sembrado
de ellos. No intenté buscar ninguna explicación lógica porque hacía tiempo
que me había dado cuenta de que la lógica se había ido a la mierda. Ahora no
valía nada de lo aprendido antes, las leyes cambian y el mundo también.
Comenzé a andar lentamente por el viejo camino que había recorrido tantas y
tantas veces a lo largo de mi vida, pero que ya no sabía adónde llevaba.
Según iba pasando el tiempo , me sentía cada vez más extrañado de no ver nada
ni nadie. Cuando digo esto me refiero a ningún rastro de ser viviente, ya sea
humano, animal o vegetal. Al cabo de dos días, en los cuáles no
había probado bocado y no me sentía debilitado ni hambriento, ví, apoyado en
una gran roca que había a mitad del camino, a un ángel que lloraba
amargamente y el sentimiento que me provocó fue tan intenso que también
comencé a llorar, sin saber ni siquiera por qué. Le faltaba el ala derecha, y
un río de sangre caía por su espalda hasta el suelo. Cuando el ángel se dió
cuenta de mi presencia secó sus ojos y me habló. - ¿Qué haces aquí? - No lo sé - respondí yo, con timidez -
¿Qué ha pasado? - Dios ha muerto - dijo sin immutarse. Yo, la verdad, no supe qué responder a
eso y además, me encontraba incómodo por lo surrealista de la situación. Al
cabo de unos minutos de extraño silencio acerté a preguntarle: - ¿Porqué ya no hay nada? ¿Porqué no hay
vida ya? - Porque todo eso eran creaciones de
Dios. Cuando él murió todo lo vivo se desvaneció. - ¿Y qué pasa conmigo? ¿Acaso estoy
muerto? - No, no estás muerto. - ¿Y porqué yo no he desaparecido? - Por una razón muy sencilla: tú no eres
obra de Dios. El ángel se incorporó y echo a andar unos metros. Se paró al filo de un gigantesco acantilado que yo nunca había visto, y que incluso no percibí antes. Miró al cielo unos segundos y se lanzó hacia abajo. |