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L A M E C H E . panchana@entelchile.net Eran las once y media de la noche de ese
domingo de primavera y fumábamos nuestros últimos “Flags” que nos quedaban.
Mirábamos a cada instante hacia la casa de las Bellos por si aparecía la
Meche de retorno de sus correrías dominicales. Nos sentíamos muy adultos pese a nuestros doce
o trece años. El motivo que nos unía era la Meche y esta mujer era nuestro
orgullo y nuestro secreto mayor. Ella tenía veintitrés
abriles, trabajaba como niña de mano en la casa las Bellos y sólo tenía libre los domingos para salir
después de almuerzo y hasta las doce de la noche. A veces salía con el Palote
Linguito que la pasaba a buscar en su bicicleta y se la llevaba muy sentada
en el fierro quien sabe para donde. A ella se le reía la existencia por la
cara y los ojos de puro contenta que iba. El Palote disimulaba, pero se notaba que en esas ocasiones,
en que la tenía en el fierro
como presa segura, se hacía el serio pero iba chupeteándose los bigotes. Estábamos allí por
más de una hora y media. Nuestros padres estaban en la casa de los Garcías
jugando pocker y en eso estarían hasta las doce y media o una de la
madrugada. Nuestra conversación
era incoherente y nerviosa. Pasábamos de un tema a otro, sin orden ni meta. Sólo nos unía la esperanza de que
la Meche, llegara antes de que sea demasiado tarde. Estábamos en esa
cofradía de la esperanza exaltada y erótica de los huevones calientes que
esperan a una mina que saben que es probable que les aguante la parada: el
Carlos, el Cato, el Pancho, el Melo Melo y el Tuco. Teníamos la respiración
entrecortada de solo pensar en que la Meche nos diera la pasada esa noche. El Melo Melo aseguró
que había visto entrar al
“Palena” a la Meche con el Palote Linguito en más de una ocasión y que en
esas visitas al hotel de la calle Maipú, el Palote además de entrar con
bicicleta y todo, hacía de las suyas con la Meche. En esa conversa
estábamos cuando vimos que venía llegando la mujer de nuestra espera y de nuestros
sueños y que se veía un tanto mareada pues se iba de lado a ratos, cuando
caminaba. Corrimos como despavoridos a su encuentro. Ella nos reconoció al
instante y sonrió con agrado al vernos y sentirnos cerca. “Estoy curadita y
tengo las patas como empanadas” nos confesó. “Vengo de bailar toda la noche
en el Palmar”, agregó. El Melo Melo que era
el más extrovertido y decidido del grupo le pidió que nos acompañará un
ratito a la casa del frente a tomarse una maltoca mientras conversábamos un
poco sobre como lo había pasado hoy y así no entraba antes de tiempo a la
pega. Como a la Meche le
gustaba el hueveo, accedió encantada y nos hizo presente que el asunto de la
malta era la condición principal por que tenía la boca seca con tanto
bailongo. La pasamos derechito
a la pieza de la Gregoria que andaba de vacaciones en Coigue. Esta pieza quedaba al
fondo de la casa detrás de una cocina y tenía una cama medio a medio de la
pieza. Allí se tendió la Meche y pidió de inmediato la prometida malta.
Abriéndose el abrigo de lana grueso, marrón, largo y abotonado, dejó las
blancas y largas piernas
abiertas y totalmente descubiertas, entonces se estiró y relajó como un sano animal que no teme a nada. Yo admiraba a la
Meche. Tomó negra cerveza y
se mandó en la misma botella un largo “guarguarazo” y luego preguntó: ¿Cuántos son
ustedes?. Cinco le
contestamos a coro. Bueno dijo,
que empiece el Tuco que parece que es el más apurado. Pasó a la pieza el mencionado y cerró la puerta. Los
restantes cuatro esperábamos tiritando al otro lado de la puerta como una
melgua de perros en celo. Yo trataba de no pensar mucho en la posición de la
Meche con las tetas grandes y puestas al aire y las piernas abiertas
esperando que nosotros nos montemos en su flor jugosa, caliente y amistosa.
De solo pensarlo me iría cortado. ¿Cuál iría hacer mi turno? Ella disponía el
orden, a capricho, ninguno de nosotros tenía derecho a opinar o a pedir nada.
Ella era la dueña y señora de los polvos. Tomaba con parsimonia su malta y seguía
disponiendo. A todos nos recibía con una sonrisa preciosa y con gran bondad
nos conducía. Ahora que pase
el Carlos, dijo y salió el Tuco con la verga media parada todavía y sonriendo
con cara de huevón. “La Meche es Fantástica dijo” y sacando un cigarrito
escondido de la carterita chica de su chaqueta” se fue al patio a fumar al
lado de la palmera y a mirar las estrellas. Estaba tranquilo y realizado el
hombre. Pasó Carlitos y yo seguía vibrando de pensar en lo que eso sería
de fabuloso. Estábamos los restantes muy excitados y tratábamos de no
mirarnos a los ojos por que de puro nerviosismo nos daba tentación de risa y
ese era un momento que respetábamos como serio y grave en el que debíamos ser
muy machitos y esperar callados el turno de la madame. Adentro de la pieza se
manejaba el Carlos y la Meche. Algo le decía relacionado seguramente con que
no se moviera mucho para no derramar la malta o algo por el estilo. La Meche no estaba ahí con nosotros por que fuera degenerada ni por que le faltara
amor. Estaba con nosotros por que nos quería como amigos, por que quería
tomarse la maltoca antes de entrar a la pega y porque nos quería enseñar de
primera mano lo que consideraba ella era lo mejor que sabía hacer: dar amor, para
eso era muy didáctica y discreta,
toda una maestra. Salió el Carlos con
esa sonrisa igual a la que tiene hoy en día cuando esta contento el huevo.
Solo evaluó diciendo “Putas la Meche que es buena” Se escuchó la tercera
sentencia que decía así: “Que adentre el Cato ahora que este cabrito la tiene
bien grande”. Sabia la Meche. Don Cato, que siempre
se las traía de hombre grande, se demoró su buen rato y escuchamos que la
Meche se reía mucho en la pieza dándole a su tercer participante algunos
sabias recomendaciones. Salió el Cato muy
compuestito, como si nada hubiese pasado, de marrueco muy cerrado y con cara
de pocker. También partió a la palmera a fumarse un puchito. ¿Quien más queda?,
preguntó tranquila la Meche. El Pancho y el Melo
Melo, respondimos nerviosos. Ya, dijo, que adentre
el Melo Melo que tiene sus problemas. El Melo Melo tenía
catorce años y había tenido un accidente en una motoneta. Había chocado en un
amanecer con un camión basurero de donde resulto lanzado por el aire hasta la
parte superior de un árbol, en donde se engancho de los huesos de la pelvis
en unos ganchos que lo retuvieron salvándole la vida, pero cobrándole como
desquite o pago de tamaña transacción un testículo. El derecho. Era su
orgullo mostrarse empelotas con noble verga y su mono coco. Pasó a su clase de
amor el Melo Melo, nervioso pero controlado. Escuché que la Meche
le conversaba en forma tranquilizadora y lo rodeaba de frases suaves y
amorosas, casi maternales. Por los crujidos me
percate que el Melo Melo se había montado y estaba dándole a la Meche. En
esta ocasión nuestro amigo no esperó nada ni tuvo problemas, la calentura
social lo había dejado más que preparado para la cabalgata inmediata. Salió el cuarto jinete
de la pieza de la Gregoria y al instante pidio la Meche: Que pase el Pancho
que me está dando un poquito de sueño. Estas últimas palabras las dijo
bostezando manifiestamente. Pesé como pasaría el
último de los Moicanos. Tiritando de emoción, asustado y caliente hasta la
alucinación. Yo era el más chico, el más flaco y el menor. La Meche me miró de
reojo, desde su posición tumbada y se sonrió. Me estiró los brazos y me dijo
amorosamente. “Venga para acá mi pendejito chico. También quiere dárselas de
hombre grande”. No dije ni pio, pero adopté la actitud más digna y adulta que
creí conseguir. Acepte el abrazo. Me besó la Meche. Me besó los ojos y la
boca y me puso encima de ella y me indicó con franca intuición e inequívoca
precisión todas sus coordenadas del más fantástico amor que yo halla conocido
en esos once o doce años. La Meche me apretaba y me desapretaba, me decía
cosas que yo no entendía. Yo la sentía muy perdida y muy soñolienta. Estaba
ardiendo por todas partes y la malta refrigerante se le había agotado. De
pronto mi ritmo de calentura y de animal reproductor inexperto comenzó a
tomar un ritmo más acelerado y
comencé a sentir sensaciones formidables que me provenían de zonas muy
profundas y que no reconocía como habituales. Entonces abrace a mi Meche y le
dije que la amaba y que sería mi única mujer en la vida, le tome la cabeza con mis pequeñas manos de
infante aprendiz y le di un feroz y radical beso de amor. Estaba perdido en
el retorno de mi orgasmo cuando sentí el inequívoco ronquido de la Meche, Al
inspirar y botar el aire con la potencia de un jabalí. Me bajé dignamente de
la Meche y salí ante el honorable publico que me aguardaba. ¿Qué le hiciste
huevón, me dijo el Tuco y el Carlos, quienes por lo que pude notar estaban
listos para la segunda vuelta. ¿Cómo lo podemos
hacer nos preguntábamos todos para despertarla y sacar la otra.? Eran apenas
las once y media. Nos quedaba media hora. Le trajimos otra
malta y la despertamos tirándole agua en la cara. Se despertó, nos sonrió, se
puso los calzones, se paró y nos dijo: Corten el hueveo
cabritos, estoy raja de cansada y me voy. Y se fue. Nos hizo a un lado, cruzó
la casa, salió a la calle, nos hizo adiós con su mano gordita y abrochándose
su abrigo largo marrón con muchos botones cruzó la calle y se perdió en la
casa de las Bellos, hasta el final de los siglos. ¿Dónde estas Meche? |