Vacaciones

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El vuelo 885 de la aereolínea Delta partiría a las 7:15 p.m  desde el JFK con destino a Miami. Despues de revisar impaciente mi boleto, la maleta, el cepillo de dientes, la pasta dental, el desodorante y componerme el abrigo de piel de hormiga, me senté frente aquella señorita pasada de peso. Me vio. La ví. Nos vimos en un silencio conjugando el verbo ver sin que cúpido interviniera. Saqué mi libro que llevaba en el bolsillo, el de Mariano Azuela titulado " Los de abajo" y continué en la página que contaba de el curro (personaje de la novela) y sus vendajes como médico...

       Una voz por el altoparlante se escucho: ladies and gentleman's... y siguió anunciando  que los pasajeros del vuelo 885 podíamos  abordar el avión con todo y nuestros  cachibaches. En el vuelo iba una monja, que al entrar, se santiguó tantas veces como pudo. Un hombre que tenía cara de diputado. Un árabe que si el FBI hubiera andado buscando a un terrorista el hubiera llenado los requisitos. Un puertoriqueño que cantaba bachata, un americano quejandose por la tardanza del vuelo. Una griega que no hablaba inglés y que sacaba a cada rato su  diccionario para expresarse (Me comparé a ella en eso del lenguaje)y por supuesto  bastantes cubanos que hacian el viaje desafiando el frío vestidos de shorts y camisas de palmeras y playas; y un... bueno, toda esa especie de gente que hace un vuelo de New York a Miami, mejor dicho todos los "miedosos" al frío decembrino que se cierne sobre ésta isla donde ya no existen moscos.

     Yo era de equipaje ligero: Una maleta con  cinco pantalones, cinco camisas, aunque se me olvidó la ropa interior, digo, no llevaba ropa interior en la maleta para sustituir a la que llevaba puesta, porque luego ustedes andan pensando que uno es un cochino, y no, por eso aclaro y explico ese penoso proceso de no llevar ropa interior.

     Mi asiento era el 23D y estaba situado a la izquierda,  del lado del pasillo, llendo de la cabina hacia atrás. Despues que puse la maleta en la parte de arriba, que quedaba justamente arriba de la cabeza,  y de abrocharme muy bien mi abrigo de piel de homirga, ya que con esos forcejeos de subir la maleta se desacomodó, tomé asiento y continué con la página de el libro, esa donde el curro le cura la pierna a Demetrio Macías... Estaba en eso, cuando mi sentido del olfato, alerta como siempre, me advirtió  de un olor no muy familiar, y pocas veces sentido en esos ambientes. Parecía que uno de los pasajeros había reservado uno de esos típicos gases contaminantes, digno de un estudio químico, y se le había escapado  hacia nuestra atmósfera. Tanta fue la "fuerza" de escape y su efecto que tuve que irme a marcha forzada hacia la parte trasera del avión, interrumpiendo mi lectura, ignorando al mismo tiempo quiénes iban a ser mis compañeros de vuelo. Cuando consideré que la "bombita estomacal" ya había pasado, regresé con una sonrisa dominguera y tomé asiento de nuevo. El tipo de al lado,   se me hizo el autor intestinal de aquél delito.

     Me volví a sentar a dar lectura a mi novela sin poner mayor atención a mi compañero de al lado que resulto ser  la gordita, la misma que  ví en la sala de espera y asi sin decir "agua va"  se puso amigable y me pregunta:

    ---Oiga usted es mexicano ¿Verdad?  

    ---Si ¿Por qué? ¿Dónde está la migra? -Le contesté  y me sonreí. Al tiempo que pelaba el ojo para ver quien era nuestro tercer acompañante, era el árabe que parecía estar pensando que Alah lo protegiera en el vuelo; mientras la gordita me responde con otra sonrisa y pregunta que qué estoy leyendo.    Le respondo que cosas de la revolución mexicana. Ademas argullo que me gusta la literatura equivalencia total a las mujeres.

    ---Entonces usted es mujeriego -Y con ese tonito de voz descubro que es mi paisana.

    ---!No! !Qué bah! las mujeres son muy hombreras y yo soy víctima de ellas.

    Para ese momento el capitán empieza a hablar. Les habla el capitán Charlest. bienvenidos a bordo.... esperamos que volar con nosotros les sea un placer... Mientras la azafata que tiene cara de pocos amigos empieza a dar las instrucciones de rigor.

     Ya la gordita no me habla y se concentra viendo el asiento de enfrente. Yo continúo leyendo donde el curro le insinua a Demetrio Macías que pueden repartirse las alajas que  obtuvieron del saqueo a la casa del cacique don Mónico... y he leído todo eso (29 páginas), porque verdaderamente ahora le doy la razón al americano quejista, el avión a retrasado su despegue débido al mal tiempo. Por fin, despues de dar tantas vueltas en el aerepuerto,  y escuchar las disculpas del capitán que dice llamarse Charlest  el avión despega.

     Yo me santiguo como la monja, tantas veces como puedo, aún sin ser católico. Ya tengo hambre y la comida apenas la empiezan a repartir allá en el frente. De reojo miro a la gordita que también ya le anda de hambre  porque se toca la barriga y estira los pies como incomoda. Me mira, y con esa mirada descubro que mis sospechas sobre su hambre son ciertas. Hace un puchero de niña remilgosa y yo le contesto caballerosamente con una encongida de hombros.  

   Un azafato (Versión masculina de azafata) viene entregando unos sangüichitos, que así a ojo de buen cubero, no llenarían ni la panza de  los insectos himenópteros  que mataron para hacer mi abrigo.  De todas formas estoy ansioso a que lleguen hasta donde estoy. Ya me andaba de hambre y los
asientos que faltaban  se me hacian eternos. Al fin llegaron al asiento anterior al nuestro, al que la gordita continua viendo con cara de filósofa. Para desgracia nuestra, mía y de la gordita, los sangüichitos se terminaron exactamente en el asiento que le sirve a ella  para filósofar; el azafato dice que en un momento regresa.

    Pero las azafatas que viene repartiendo los "chescos" (refrescos o sodas) ya van bien avanzadas, como queriendo acabar rápido la repartición, así que nos entregaron primero los chescos y continuan repartiendo y yo muriendome de hambre. Pongo una cara de extriñido, seña de que ya estoy molesto, pero la azafata con cara de pocos amigos me aplaca con una sonrisa de esas que sólo
ellas se saben echar, y con la experiencia que han adquirido en eso de andar todo el tiempo en el aire. Así que como el carrito le estorba al azafato para llegar hasta donde nosotros, ya que ellas están en el pasillo, al azafato se le ocurre una "genial idea" y para no perder tiempo, empieza esta vez desde la parte trasera.

    Estoy que me llevan los diez mil demonios encalzoncillados (Ellos si llevan ropa interior)  y la gordita que ya se ha vuelto mi amiga para ese momento, apoya mi teoría del reclamo. Se burla diciendome  que según, Delta airline fue escogida la mejor del año de 1998, frase que leyó en la servilleta que le dieron con el "chesco". Sí, le respondo, pero no la de 1999. !Me lleva la que me trajo! y nos hacemos socios allí mismo. Prometimos quejarnos a la gerencia una vez estuvieramos en  Miami. Yo entonces  de coraje le echo mas ganas a la lectura. Ya el curro le envía una carta a Venancio (otro personaje de la misma novela) desde el Paso Texas, donde le explica que: ... después de todo no era de admirarse que el Pancracio y el Manteca se hayan apuñalado despues de una partida de naipes y que sentía mucho no poder comunicarse con Margarito para hacerle presente sus felicitaciones mas calurosas, pues el acto más hermoso de su vida fue ése...!El de suicidarse!...y como el azafato no llega me da un poquito de sueño y cierro los ojos, y así entre disvaríos, veo en el pasillo, a la altura del primer asiento al árabe que se descubre el vientre lleno de explosivos y dice " sera un placer volar con ustedes ..." entonces despierto y volteo a ver a mi mano derecha, pero no, el árabe sigue allí sentado y en paz, me consuela verlo de esa manera y pienso !que canija es el hambre!

      Al fin nos llega el sangüichito y el azafato dice excuese me sir, I'm really sorry mientras pone una cara de afligido. Le contestó que yo lo siento más, y que si fuera revolucionario y tuviera uno de esos fusiles que usaban en la revolución, allí mismo lo mandaba a fusilar como mandaba a fusilar a los federales el Centauro del norte, Pancho Villa, y cuando digo Pancho Villa, trata de explicarme algo acerca de éste, y como ya no hay nadie más a quien darle sangüichitos, ya que fuimos los últimos, se queda un ratito más, repitiendo !Yea! Pancho Villa, Pancho Villa y se va entusiasmado repitiendo Pancho Villa. Y entreverando lectura- sangüichito se me viene un son muy revolucionario, el de la Adelita al unísono de imaginarme disparos aquí y allá mientras avanzo en la lectura...

      Casi terminando de comer, el capitán Charlest anuncia que en tres minutos aterrizaremos y que debemos abrocharnos el cinturón. La gordita se apresura y ya para ese momento vamos de "enamorados", ella de la revolución que le he venido contando parte del camino, y yo enamorado del pasado recordando mis años de escuela.

      Al fin pisamos tierra Miamense y el avión parece que está ponchado de las llantas porque repara como pasando por unos enormes baches hasta que para, se estaciona y todos empiezan a bajar.

     En la puerta del avión el capitán dice thank you y todos al pasar  frente a él lanzan una sonrisita de satisfacción. Todo estaba bien hasta que al llegar a la puerta para salir a la sala de espera, unos hombres vestidos de verde me interceptan,  cuestionandine  sobre mis papeles  Let me see your papers? y  les pregunto que cuáles, si el New York times o la Prensa en español, me responden you are so funny yo en mi nerviosismo contesto you too. El rostro les cambia de beatíficos a la de orangutanes a medio morir.

    La gordita que venía atrás de mí me grita !Corre! !Corre! !Que no te alcancen esos desgraciados! Yo le obedezco y  me acuerdo del azafato diciendo excuese me sir, I'm sorry , y tiro a unos cuantos aquí y allá, hasta que por gracia divina logró escapar al aventarme por la banda que lleva las maletas. !Uff! respiro aliviado, !Esto de andar tomando vacaciones cuando se es ilegal si que está del carajo! Y juro por mi madre jamás volver a salir de New York, claro, si es que estos cabrones de la migra no me descubren. Y ya abajo de una palmera me entero que al pie de una resquebrajadura enorme y suntuosa como pórtico de vieja catedral, Demetrio Macías, con los ojos fijos para siempre, sigue apuntando sigue apuntando con el cañón de su fusil... y yo volteo a ver el cielo azúl y estrellado de Miami preguntandome que si el  tal Demetrio Macías también vio las mismas estrellas que yo estoy viendo, y pensando cómo voy a regresar a New York cuando se acaben mis "vacaciones".