11-M

 

Recordó el café que había dejado

a medio tomar,

se puso el abrigo que siempre llevaba

por si hacia frío,

subió al vagón de Cercanías en Alcalá

con sus veinte años.

Y a las siete y diez, como todos los días,

eligió la butaca en que se iba a sentar.

 

Cuando Santa Eugenia quedaba a su espalda

miró a su reloj de hora tranquila,

tocó la cartera apoyada en su asiento,

como todos los días, casi por rutina.

Vallecas pintaba sus techos con luz

y al cruzar la Av. del Mediterráneo,

realizó el habitual gesto involuntario

de acomodarse el pelo con la mano.

 

Mirando la escuela familiar del Pozo

repasó tareas dejadas pendientes,

para no olvidarlas otro día más.

Era el mismo viaje, como tantos otros,

a la antigua tienda del viejo Madrid

donde trabajaba como dependiente,

era un día mas que dejaba atrás

a Palomeras Bajas y algunos sueños rotos.

 

El tren le avisaba con marcha más lenta

que pronto debía bajar en Atocha,

colgó su cartera en el hombro derecho

arregló sus bucles de cabello rubio

se alisó la falda y se puso a andar,

pero a diferencia de todos los días

escuchó explosiones salvajes y bárbaras

que la sorprendieron camino al hangar.

 

De pronto el silencio que lo cubre todo

a los veinte años no pudo llorar,

dejando el recuerdo de primera plana

de un rostro sin vida con mueca de asombro.

Fue hallada entre hierros crispados y escombros

por esos bomberos y un paramédico

que escuchaba mudo, con los ojos húmedos,

mientras la llamaban en su celular.