Llamado
Abrió sus ojos al río que le ofrecía
la vida, con agua fría y muy blanca, caída de la
montaña. Con lechos de arena y piedra, con
remansos apacibles y torrentes imbatibles, que hasta el
destino arrastraban. Sin duda no estaba sólo, pero así lo
aparentaba aprendiendo a protegerse entre
guijarros con musgo, algún tronco derribado y
resplandeciente grava. Pero algo lo llamaba, pero algo lo
llamaba... Evitando salamandras y potenciales
peligros apeteciendo libélulas y alguna que otra
larva, se enamoró de aquél río y de su vieja
montaña. Pero algo lo llamaba, pero algo lo
llamaba... Guiado por la corriente y envuelto por
remolinos, en noches de luna nueva fue
descendiendo caminos. El agua sabía a sal y ya no estaba tan
fría, cuando como sin saberlo se encontró
frente a la ría. De la ría al mar jugaba, por laberintos
de algas, ante sí un mundo nuevo, con anhelos y
acechanzas. Problemas no bien resueltos y a medida
que avanzaba, deslumbrado, se quedaba boquiabierto.
Ya crecido y vigoroso, aparecieron molestias, como penas que volvían, como saudades a
cuestas. Como pesadas morriñas que no quería
cargar y decidió dar la vuelta, sin medir las
consecuencias. Qué difícil desandar lo que uno ha
transitado, sobre todo cuando piensas que se anda a
contramano. Su decisión era firme y estaba
determinado porque desde muy adentro, algo lo había
llamado... Volvió a la ría y sus algas le
mostraron el camino, la nostalgia de su brújula lo guiaba
hasta el río. Reconoció aguas arriba a cada canto
rodado, le estallaba la alegría en los saltos
remontados. Sentía que su regreso le iba restando
las fuerzas, por momentos la corriente detenía su
avanzada. Descansaba en un remanso para volver a
empezar. Porque algo lo llamaba, porque algo lo
llamaba... Cuando pasó bajo el puente, no lo podía
creer, sus viejos arcos romanos, a retazos, le
entregaban su niñez. Y saltaba sobre el agua con voluptuoso
placer, sin saber que esa alegría cargaba la
inmediatez. Con la música del agua se dejó ir a la
orilla, protegido por la sombra de aquella
fraga amarilla. Supo que lo había hecho, respondiendo a
ese llamado y que el río agradecido, lo mecía en su
regazo. Contaba toda su historia a pequeñas
bocanadas, sentía que se dormía y por veces
despertaba. Que su río lo arrullaba con canciones
olvidadas y su montaña decía : era yo quien te
llamaba... |