V

        

Esos días transcurrían en tiempos diferentes, no mejores, sino diferentes...

Las amistades eran pautadas tácitamente, predominando el pensamiento uniforme y masivo del pequeño grupo. Crecíamos siguiendo normas directrices básicas y el que se apartaba de ellas, rápidamente era aislado y al final, excluido. Pobre del que caía en esa desgracia, estaba condenado a ser ridiculizado por todos y en forma cruel, como suelen hacerlo los niños.

 

         Creo que estas experiencias, pese a mis pocos años, ya me hacían vislumbrar que las relaciones humanas no eran para siempre. Que nada era para siempre. Que todo comienzo se coronaba según el caso, para bien o para mal, con un final. Aunque me esforzara en desear que los momentos placenteros no terminaran o que todo lo desagradable ocurriera rápido. Lo agradable terminaba y lo que me disgustaba, era ineludible. Pero sin duda, nada era para siempre...

 

Lo mismo ocurrió con mis amigos de la niñez, con quienes mantenía una relación entrañable, pensando que eran para siempre. Todos y cada uno en su tiempo, nos fuimos desgranando del grupo. Poco supe de ellos en lo mediato, tan sólo me enteré del vuelo levantado por Carlos, en forma temprana. Cobardemente, ni siquiera atiné a concurrir a su entierro, algo se había muerto dentro de mi y decidí llorarlo en soledad.

  

 Mi niñez fue transcurriendo en etapas no pautadas, pero marcadas por hechos puntuales y precisos, que aunque inesperados y no provocados, definían claramente, que de ellos en más nada sería como antes.

 

Aproximadamente a los 11 años de edad, comencé a percibir que nuestro grupo de amigos (sólo varones), estaba destinado a la extinción.

 

Jugando a las escondidas, reconocí en un cuarto a oscuras, el significado del silencio y de una mirada suave de Graciela (de mi edad) que precedieron a las caricias temerosas y reiteradas, selladas con un beso ingenuo pero honesto en mis labios. Creo que en ese momento, pese a lo grato, me encendí como una zarza que iluminaba el pequeño cuarto, sintiendo por primera vez que una mujer puede hacerte tener luz propia. Conocí la desagradable pero necesaria  impresión de la primera experiencia sexual consumada en un extraño y mimetizado lupanar del vecindario del barrio  fabril y húmedo de Avellaneda.

Al que por motivos ineludibles, pero sin sustento, el grupo adolescente concurrió en la tarde de un sábado lluvioso, con un viaje de ida alborotado y expectante, que contrastó con el regreso silencioso, cargado de desilusión y frustración, que impedía comentario alguno.

 

Pero estábamos ingresando a la vida, con torpeza e incertidumbre en la mayoría de los casos, intentando aprobar el examen tácito, que nos permitiera pasar a la próxima estación de la adolescencia.

 

Y el viaje continuaba, geográfico y cultural en su inicio, para transformarse luego en una búsqueda permanente en mi propio interior. Seguían acompañándome retazos de mi niñez, a quien creía perdida en el olvido; pero que reaparecía cuando me sorprendía a mi mismo pensando en mi lengua natal. Dicen los que saben, que el concepto de “patria” lo construye la impronta de la niñez y mi niñez había sido dicotomizada por un gran océano; será por ese motivo que siempre sentí pertenecer a dos “patrias” y algunas veces a ninguna…

 

En definitiva, nuestro transcurrir en la vida, nuestro tránsito, es también un viaje, en el que llevamos como equipaje a nuestro pasado, nada sabemos del presente y mucho menos del futuro. Pasado que indudablemente se vuelve atávico, sensorialmente primitivo.

 

Tiene siempre presente imágenes agradablemente inolvidables pero fugaces, olores indelebles que lo definen todo, sabores tan exactos que sientes exclusivos , un tacto dispuesto a dar o a recibir caricias y un oído atento a la música  acompasada del viento...

 

Y en cada estación de ese viaje iba incorporando hechos de vida que, sin saberlo, se engarzarían en mi personalidad en formación, como sucesos trascendentes o secundarios en importancia, según la atención en que focalizara mi cambiante e incipiente escala de valores.

 

         Habitualmente, todo se resumía a una reunión  que acontecía con un cumplimiento periódico y horario, aunque no la hubiéramos acordado previamente. Cada uno de nosotros y todos a la vez, buscábamos la penumbra que nos hiciera pasar desapercibidos. Como pequeños delincuentes, nos mirábamos sentados uno al lado del otro, en el umbral de la puerta de siempre. Con el temor absurdo y vergonzoso de ser vistos, encendíamos nuestros cigarros. Siendo en ese preciso instante cuando surgía la primera risotada, que como un relámpago, canallesca, afilada y humillante, hería al que no sabía “tragar” el humo todavía, que debía aceptarlo en silencio y con ese rubor tan pueril. Luego, nuestras miradas se dirigían al más experimentado según nosotros, ya que tenía dos o tres años más; quien comenzaba a vomitar sus relatos, cargados de obscenidad e inmundicia.

 

Elementos imprescindibles, para que nuestros sentidos se alimentaran de la agudeza necesaria, que nos hiciera llegar al máximo de atención. Y así, todos caíamos en esa especie de ritual pagano, que sólo era interrumpido por el ruido de voces o de pasos; para continuar luego con más ansiedad, con más inmundicia exageradamente inexperta. Que nos llegaba hasta los ojos y que sólo nos dejaba ver lo que escuchábamos.

 

         Pero no todo sonaba absurdo o inconducente, nada ni nadie podrá borrar de mi memoria la espera de las noches de luna nueva en el estío, bajo el amplio cielo de casas bajas y escasa luz artificial. Noches impregnadas de aromas de azahares y de silencios envolventes, en que nos sentábamos para capturar con nuestros ojos a las estrellas fugaces sorpresivas y sorprendentes. En ese corto tiempo, intentábamos adornarlas con un sueño, que no siempre era un deseo, y cuando lo lográbamos, al desaparecer parecían más bellas.

 

Las cosas ocurrían teniéndome como actor impensado y como espectador ávido. Las vivía como si estuviera sentado en el ajado banco de un andén de alguna pequeña estación de ferrocarril. Las retenía en imágenes embaladas, como se recuerdan los viejos trenes que en tantas oportunidades hemos visto partir, con cierto dejo de tristeza,  desconociendo si llegaban a su destino.

 

De vez en cuando, sigo viendo al niño que desandaba recuerdos incipientes, para poder pisar con firmeza algún camino seguro. El que, sin proponérselo, aprendió a mirar horizontes; por veces, de la mano de un mar del norte y muchas otras, esperando respuestas que  nunca llegaban.

 

         Quien conoció la crueldad y el despojo a corta edad, cuando cruzaba un ecuador abstracto, intangible y salado, que obligaba a tirar afectos por la borda.

 

Al que le otorgaron un viaje de 18 días de gracia con sus noches, para poder ovillar su pasado de esparto y así aferrarse al cabo suelto de la esperanza. A ese niño, que con un gorro de cotillón y un simple globo rojo, descendió paso a paso las escalinatas del gran barco, con el que había realizado su viaje al sur...