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IV
Iniciada la década de los años 60, nos mudamos a otro barrio, pero
esta vez de Aunque ya lo era en
esos tiempos y su autonomía la aportaban muchos factores, que en su
conjunto, hacían de él, un barrio no diferente a los otros, pero sí
subjetivamente distinto. Por sus calles empedradas con irregulares adoquines
de granito, paridos en alguna cantera caprichosa; que por lo poco transitadas,
permitían que el pasto creciera entre los pequeños y angostos espacios
lineales que los separaba.
Por sus pasajes angostos y cortadas, que aún de tierra, abortaban
destinos y no conducían a nada... Que en los días lluviosos, transformados en
fangales, con sus zanjas paralelas, servían de refugio a sapos, infaltables
ranas y alguna que otra indeseable
alimaña.
Por sus noches de verano, con grillos canta-autores, orquestas de mosquitos
zumbadores y luciérnagas que alumbraban en forma intermitente, esperanzada,
vaya uno a saber qué camino... Pero este barrio, tenía un toque distintivo y
diferente, aportado por sus olores. ¡ Sí, los barrios tenían olores!
Había barrios, que en los amaneceres y crepúsculos del mes de
noviembre, olían a flores de tilo, a azahares de naranjos silvestres o a los
dulces y también sencillos racimos liliáceos de los viejos paraísos;
simétrica y ordenadamente plantados en las aceras de cada vecino. Pero éste era un barrio especial, casi exclusivo: ¡Olía a muerte! A una muerte animal, sorpresiva pero a la vez diaria, salvaje
pero a la vez sometida. Como una
mezcla extraña y con el tiempo familiar, de carne en estado de putrefacción
combinada con el olor de los cueros chamuscados por el fuego, con que se
eliminaba a las reses descartadas en el matadero, que daba nombre al barrio. Pero
no a la muerte familiar, convencional y casi cotidiana, cuyo olor eclipsan
las ofrendas florales de las casas mortuorias, que en esos años, solían
ser nuestras propias casas. Donde se servía café, alguna grapa o un licor
para las damas. Con lloronas, que sin saberlo eran de oficio y que ocupaban
siempre el mismo lugar estratégico de la habitación que servía de lugar
físico para llevar a cabo el velatorio; que concurrían siempre con los mismos
vestidos negros y hablaban, convergente e inevitablemente, de la bonhomía del
muerto. En la puerta de la casa, sobre la acera, los hombres se turnaban como
realizando una imaginaria. Con pocos comentarios al comienzo, hasta que
avanzada la vigilia nocturna, se escuchaban risotadas apagadas que festejaban
al payador de chistes o de cuentos del momento. Y recuerdo
que esas escenas, me provocaban repugnancia, al notar en ellas la falta de
respeto y la hipocresía que dejaban escapar; casi como el aroma, empalagoso y
nauseabundo de las ofrendas florales, que impregnaban hasta el aire que se
respiraba en la vereda. Ofrendas florales, que indefectiblemente eran
contabilizadas por alguno de los presentes, para saber quién había “cumplido”
en la ocasión. Siempre me detuve a observar las caras de los concurrentes,
circunspectos, con evidencias de un respeto claramente fingido; que cambiaban
en señal de alivio, al traspasar en su salida, el marco de la puerta de
calle. El
barrio, de casas bajas y obreras, mantenía una uniformidad humilde, como la
de sus moradores. Casas con frentes acicalados periódicamente con tonos
pastel o aguamarina, ya que las pinceladas de brochas con cal coloreada, eran
lavadas inexorablemente por las lluvias ocasionales. Eran las típicas viviendas tipo “tranvía” (tranway), con un
interminable e inútil pasillo-zaguán de entrada, que desembocaba a un patio
interior, generalmente cubierto por un parral de uva “chinche” o arracimadas
glicinas de color púrpura. A este patio convergían todas las puertas de la
casa, las de las habitaciones, la de la amplia cocina y la de los sanitarios.
Puertas que, como eran vidriadas en su mitad superior, todas tenían la
infaltable cortina exterior de enrollar, compuestas por finos y paralelos
listones delgados de madera, solidarizados por cuerdas enceradas y trenzadas.
Este patio interno, en el estío, era nuestra gran sala de reunión de los
atardeceres, donde sentados sobre las inolvidables sillas de paja con respaldo
de madera y con una mesa improvisada en el centro, se realizaban las
tertulias familiares; que para esos años habían crecido en número, porque
todos los hermanos de mi madre y los abuelos maternos, habían tomado la
decisión de viajar al Sur. Si bien fue cierto que había logrado recuperar afectos que creía
perdidos, en cada relato que escuchaba detenidamente en mi idioma natal,
notaba al entrecerrar mis ojos, que mi paisaje cada vez se alejaba más... Eran casas que, dentro de su humildad, esbozaban categorías
sociales en gestación. La mayoría tenían cielo raso de material y techos de chapa, que
cada tanto había que reparar con el oportuno alquitrán, para vencer las
inesperadas goteras, que nos sorprendían en el lugar y momento menos
deseados. Pero había otras de frentes ridículamente ostentosos, con
llamativos y coloreados azulejos, ya que en esa época todavía no se
comercializaba en el país la cerámica italiana. Por último,
estaban las casas de frentes sobrios y ampulosos, revestidas con grandes
placas de mármol negro o marrón. Por supuesto que este tipo de casas tenían
terraza, ya no el plomizo y luego ocre por el óxido, techo de zinc. Estas
terrazas tenían varias utilidades, la principal era para colgar en un alambre
tensado la ropa recién lavada. La secundaria, pero seguramente más importante
para su propietario, era apostarse en ese eventual mirador y poder averiguar
detalles de la vecindad: horarios de llegada; si eran mujeres, solas o
acompañadas y poder observar las charlas prolongadas de las amas de casa, que
con sus escobas en la mano, nunca terminaban de barrer la vereda. Creo que éste, era el ritual social más difundido. Pero, el elemento indiscutible, que no podía estar ausente,
era el gallinero. Todas las casas, sin importar su aspecto exterior, tenían
un gallinero con un gallo bataraz en los fondos y hasta había audaces
que lo complementaban con palomares, jaulas para conejos y ruidosos
patos con ridículos y rudimentarios estanques. Por veces, lo
imaginé como un barrio herido. Con una gran cicatriz, marcada por la trocha
angosta del pequeño tren que cargaba las reses muertas. Vías y durmientes,
eran las estructuras fronterizas que dividían solapadamente al barrio, de la
gran villa miseria que estaba a su lado y que siempre se llamó “ciudad oculta”.Esta
“ciudad”, que no estaba “oculta”, sino que era negada por todos los
habitantes del barrio, nunca fue llamada “villa miseria”, absurda e
irrealmente era nombrada como el “barrio de emergencia”.
Tenía en su corazón geográfico, el esqueleto edilicio de un hospital
al que todos llamaban “el hospitalito”, que nunca fue terminado, salvo en su
planta baja, donde funcionaba el único laboratorio gratuito para la población
de la zona; porque su construcción ( como tantas otras ) había sido iniciada
en los tiempos del segundo gobierno peronista, argumento político absurdo que
lo detuvo todo, lo bueno y lo malo ... En la “ciudad oculta”, habitaban
numerosos compañeros de la escuela primaria municipal, a la que concurrí. Tal
vez, por esa razón, era uno de los pocos que tenía el privilegio de poder
transitar la villa, sin tener problemas.
El hecho de “ser amigo de”, otorgaba sin discusión, el pase libre en su
peaje, sin padecer molestia alguna. Yo concurría por las tardes a la casillas
de la villa, donde habitaba algún compañero de escuela, con la frecuencia que
requerían las tareas grupales escolares. Y en esas casillas, fui honrado
humilde y afectuosamente, con un vaso con mate cocido acompañado por alguna
que otra galleta insípida y marinera, que ponía a prueba nuestros dientes. Sabía,
además, que me obsequiaban con esa merienda y que para ellos también sería
cena; situación que no darían a conocer a otro, despidiéndome con un
“terminemos chicos, que hay que preparar la cena”... Eran
esas cuestiones, de humildad extrema llevadas de la mano con una honradez de
perfil bajo, las que me conducían al caer la tarde; cavilando de regreso a mi
casa, por las estrechas calles del corazón de la villa, bajo la mirada
disimulada pero atenta, de mi compañero de colegio y de sus padres, dando a
entender al resto de los habitantes de la “ciudad”, que estaban despidiendo a
un amigo de la familia. Ese simple código visual era suficiente y por demás
elocuente, para dejar por sentado a los que me miraban, que no debía ser
molestado. A un costado de
la “ciudad oculta”, estaba la fábrica Pirelli, donde íbamos a pertrecharnos
del material elástico necesario para confeccionar nuestras “gomeras”, que
según la intensidad de las batallas, eran cargadas con frutos verdes de
paraísos o, si nos batíamos en retirada, directamente usábamos cantos rodados
( piedras chinas, para nosotros) como munición. Cuando éramos vencidos, sólo
atinábamos a huir sobre el viejo tren que se dirigía al matadero, escapando
de alguna arma de fuego, que disparada al aire, claramente nos dejaba en
inferioridad de condiciones para presentar batalla. Recuerdo a un amigo, que
ya no está, tomado prisionero por nuestros ocasionales y cambiantes enemigos,
que finalmente fue entregado negociando su libertad a cambio de sus zapatos,
de ficticio cuero de cocodrilo, llamativos y de moda en la época. Esas
batallas no tenían un botín ni un territorio en disputa, sistemáticamente
eran organizadas para cada día sábado por la mañana. Sabíamos que el escenario siempre iba a ser al cruzar las vías y
que, según cómo terminaran, irían modificando por una semana y sólo hasta el
próximo sábado, el liderazgo del clan de amigos que participábamos. Como nunca le presté atención a las “grandes” promesas de las fotografías
que me acompañaron en el viaje, detalles como los de la “ciudad oculta”,
formaron parte de los “medianos y ocultos” y hasta agregaría injustos
sinsabores de mi aún no concluido viaje. Todo, además de mi paisaje, junto
con mi lenguaje; continuaban cambiando abrupta e involuntariamente, la
mayoría de las veces a mi pesar ... Superados
por acostumbramiento, esos pequeños detalles, con el paso de los años,
comenzó a parecerme un barrio pintoresco. De indudable prosapia arrabalera. Además, este barrio ofrecía opciones. Podíamos ver la vuelta oscilante de
los reseros solitarios, que totalmente alcoholizados, volvían a sus casas
solidariamente guiados por sus caballos, que al caer la tarde, conocían de
memoria el camino del regreso. Mientras tanto nosotros, munidos de los tubos
de vidrio de los sifones que nos regalaba Hugo, el hijo del dueño de la
fábrica de soda de la zona y a modo de cerbatanas, esperábamos escondidos
detrás de los gruesos troncos de los viejos plátanos, para descargar
apuntando con pequeñas pero molestas municiones a las verijas de la montura,
intentando que se levantara de manos y con un poco de suerte, festejar la
caída del jinete, ebrio de aguardiente y soledad. Si eso no
ocurría, debíamos dispersarnos, porque comenzaban las persecuciones de la
pobre víctima, que girando en elípticas órbitas sobre un eje que había perdido
su verticalidad, intentaba con su rebenque en lo alto, asestarnos algún
castigo, que nunca llegaba a su destino. Los días festivos y patrios con cuadreras, carreras de sortijas,
competencias de embolsados, bombas de estruendo, alguna piñata de arcilla que
derribé con los ojos vendados y el insufrible e inalcanzable banderín del
extremo del palo enjabonado. La meticulosidad disimulada
de la experiencia, con que seleccionábamos las cañas tacuaras que crecían en
los terrenos baldíos anegadizos, para confeccionar los barriletes que en los
días domingos, probábamos en los cielos azules y sin cables aéreos. A
los que en su multicolor cola de tela, anexábamos algunas hojas de afeitar,
para ver cómo se perdía, ya fuera de combate, el más competitivo o envidiado
por nosotros. Nuestras
salidas, los sábados por la tarde a los esteros del bajo Flores, donde con el
agua a media pierna y con redes de copo caseras, intentábamos obtener la mejor pieza de mojarra “arco iris”.
Trofeo que sería llevado vivo a alguna de nuestras casas, para formar parte
del acuario primitivo y precario, del que estábamos orgullosos. La rutina
inexplicable y cruel, que en las tardes de verano, nos agrupaba para
esqueletizar ramas de paraísos y dar caza a nubes de mariposas, para ser
premiados con algún desprevenido y hermoso “galerón limonero”.
Las cacerías con las olvidadas “gomeras”, en los montes de eucaliptus
vecinos a las vías del tren, de las palomas monteras, que por suerte
agradecían nuestra mala puntería; las bandadas de hermosos jilgueros y
azabaches renegridos, que huían ante nuestra importuna e inquietante
presencia, con el centinela y molesto canto de las diminutas “ratuchas” y el
astuto tero. El mes de junio
(época de la poda de los árboles), nos avisaba que debíamos prepararnos
para edificar las estructuras que, a modo de antiguas tiendas indígenas,
con ramas entrelazadas, debían tener el suficiente espacio interior para
transformarse en la gran sala callejera que nos brindaba la intimidad necesaria
para contar nuestras historias, que nunca eran ciertas. Efímeras historias y
tiendas, que indefectiblemente llegaban a su fin con las fogatas de San Juan
y San Pedro, las noches del 24 y el 29 de junio, respectivamente. El incansable e
injustificado acoso que ejercíamos sobre la ferretería, en las horas de la
siesta, en que sus propietarios ( una pareja de inmigrantes ucranianos)
dejaban la persiana del local a media asta, no en señal de duelo, sino de
descanso. Sus siestas puntualmente eran
interrumpidas por una salva de cohetes a modo de ráfagas de ametralladoras,
coronados de insultos distorsionados por la mezcla con su idioma de origen de
las pobres víctimas.
Los juegos con agua en la época de carnaval, donde desaparecían las
diferencias domésticas vecinales, para encontrarnos en persecuciones
estratégicamente planificadas con baldes llenos de agua o con ataques aéreos
desde alguna terraza cómplice, lanzando una cortina de bombas “sin humo” al
circunstancial caminante.
El “guapo” Rodríguez, que dejó como recuerdo el reguero de su sangre
sobre las baldosas pálidas, gastadas por el andar del tiempo... Era un
híbrido destinado a la desaparición, mezcla de gaucho y delincuente, que
había atado las riendas de su montura en el palenque de la esquina, que
todavía existía, para ver a su novia Rosita, dependiente de la panadería. Se
suponía que el “aguantadero” estaba en algún lugar de “ciudad oculta”, él
sabía que lo estaban esperando y fue abatido por las balas policiales,
decidido a encontrarse fatalmente con su novia. Con el progreso
paulatino, los carros con ruedas hechas con rulemanes, descendían
vertiginosamente por la pendiente de alguna calle ya tapizada con pavimento.
Proponiéndonos la desafiante incógnita del futuro que nos esperaba al cruzar
cada bocacalle, sujetos al “volante” de esparto entrelazado, a modo de
riendas que controlaban el eje delantero de esos prototipos sin frenos.
Este barrio, en sus mañanas tranquilas laborables, podía obsequiarnos
con la sorpresa de la huída de alguna res de los corrales del matadero, que
en forma desenfrenada por esas calles apacibles, espantaba a los viejos
sentados en las sillas, que ya eran parte del paisaje cotidiano, junto a las
puertas de las casas de zaguanes largos, escudriñándolo todo, sin detenerse
en nada; como esperando ver pasar, vaya a saber qué ... De estas situaciones
peligrosas, mi abuelo materno José escapó en varias oportunidades, rescatando
su silla personal con respaldo de paja, perdiendo sistemáticamente en la fuga
su cigarro de hoja encendido. Y recuerdos rostros, amigos y nombres; algunos que no llegaron a
ser hombres, pero todos forman parte del pasado, como ese barrio ... |