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III Temprano
me di cuenta, que las fotografías sólo detienen imágenes, pero no muestran
realidades y mucho menos, sus detalles. Tal vez, descubrí sin quererlo, que
las expresiones de los rostros que en ellas parecen como eternas,
corresponden siempre a momentos idos, vagamente recordados y que inútilmente
intentan recrearse en el presente. Que las sonrisas o las miradas serias que
nos muestran, son como muecas que pueden ocultar otros sentimientos; que ya
no recordamos cuando las volvemos a ver. Sólo vemos
figuras y rostros, que aunque sean propios o conocidos, no pertenecen al
momento en que los observamos. Recurrir
a las fotografías en forma compilatoria, es como escarbar con una vara las
cenizas en busca de alguna brasa ya extinguida; perteneciente a un fuego que,
si bien existió, ya no nos deja sentir su calor. Pero, particularmente, las
fotografías nunca me gustaron, porque siempre ofrecen miradas alegres,
melancólicas o hasta por veces perdidas; a una lente y no a quien las mira. Por otra parte, me
desagradaban todas, las viejas y las nuevas. Las fotografías viejas por el
color sepia que las volvía distantes, brumosas, como si les faltara o
hubieran perdido el afecto necesario, para definir claramente el contorno de
las figuras que contenían. Resultando
ser como pequeñas estampas de recuerdos ya perdidos, a los que el tiempo
había vencido. Pero no por el tiempo transcurrido, sino por el manto de la
bruma del olvido. A las fotografías nuevas, que en esos tiempos sólo eran en
blanco y negro, las miraba con recelo; sabía que en pocos o más años terminarían como la otras,
con la misma palidez amarillo-terrosa, confirmando un adiós preanunciado. Ya
a esa corta edad, comenzaba a comprender en forma vaga, el concepto de lo
perecedero. Casi todo era limitado, modificado o descompuesto por el tiempo,
como si fuera el gran enemigo de la eternidad de un momento.
Y yo no estaba dispuesto a desprenderme con tanta liviandad, de
afectos, paisajes y recuerdos, que conformaban mi único equipaje y me
resultaban tan agradables, hasta el punto de haber quedado marcados en mi
memoria como a fuego... Traíamos
como bagaje, un gran baúl de madera de castaño construido por mi abuelo
paterno Jesús, a quien no conocí porque había muerto en la adolescencia de mi
padre. Ese baúl, ya había transportado las quimeras del abuelo, durante 10
años a Cuba y volvió sin ellas. Siempre lo consideré como el baúl de las
penas, del desarraigo, de las nostalgias; pero aún lo conservo, porque
seguramente, no sé bien de que manera, también representaba al baúl de la
esperanza...
Nos acompañaban en el viaje, algunas fotos de la ciudad de Buenos
Aires; plagadas de “grandes” promesas, “medianos y ocultos” sinsabores,
además de las “pequeñas y futuras” sorpresas. Pero sólo veíamos en las fotos,
que cada esquina de esa ciudad, nos ofrecía una posibilidad de mejorar. Así
comenzamos a darnos de narices con la realidad, confirmando otra vez, que las
fotografías sólo ofrecen mentiras en poses y ocultan lo esencial o lo
desvanecen.
La primera “residencia” que habitamos fue un típico conventillo de la
época, en la periferia sur del cono urbano de la ciudad; sobre la calle
Carlos Fiorito, de una barriada llamada Valentín Alsina. Con habitaciones
pintadas con cal y paredes tan delgadas, que transformaban la convivencia de
la “vecindad”, casi en promiscua. Cercano
al conventillo, el riachuelo, que antes de desembocar en el Río de la Plata,
como una gran cloaca a cielo abierto, esparcía generosamente sobre todos
nosotros su nauseabunda brisa. En esa primera vivienda comunitaria, habitada
por paisanos nuestros y circunstanciales argentinos procedentes del interior
del país, a los que llamaban despectivamente “cabecitas negras” sus propios
compatriotas, residimos durante 1 año. La ciudad y sus alrededores, aún
conservan ese perfecto trazado, a modo de tablero de ajedrez, con sus calles
paralelas y las transversales precisas y geométricamente perpendiculares. Los
trolebuses y tranvías desaparecieron, como cortando el endeble cordón
umbilical que los unían a los cables aéreos, para proveerse de la energía que
impulsaba sus motores. Los transportes públicos colectivos, que eran
utilizados en la época veraniega, sin techo, a los que llamaban “bañaderas”,
también fueron guardados en los galpones del pasado. Al igual que el extraño
vecino que vivía en una parcela tapiada en todo su perímetro y que en su
centro habitaba una casilla amplia de madera. Este personaje, además de descansar todas las tardes en
una reposera al sol, recibía silenciosa, periódica y llamativamente, un lote
de muebles nuevos, que no sé si entraban en su precaria casa. Nosotros sólo nos
conformábamos mirando los escaparates de la fábrica de muebles “Imán”, ya
desaparecida, seleccionando a aquellos que nos gustaban más; luego volvíamos
a casa y mi madre acomodaba los pliegues de las pequeñas cortinas de los
cajones de manzanas procedentes de Río Negro, que verticalmente reemplazaban
a las mesas de noche de esa mueblería, de impecable y reluciente ébano. En ese lapso y a los 6 meses de haber
desembarcado, padezco una hepatitis fulminante, que en diciembre del año
1.955, me permite conocer los interiores de la sala de internación pediátrica
del Hospital Fiorito. Y fue en ese hospital donde estuve 2 meses internado, 1
día en coma y según las palabras del médico tratante, con pocas esperanzas... Esperanza,
palabra que casual o premonitoriamente, acompañó desde nuestra partida del
puerto de Vigo, cada hecho de nuestras vidas; pero siempre tiznada con
sospechosas manchas de dudas. En esa
internación, mientras me recuperaba de la enfermedad, solía despertarme
llorando y en mi idioma natal, llamaba al resto de la familia que había
quedado en Galicia; como acusando recibo de la carencia de su presencia y del cariño que me habían regalado. Y
aunque no lo decía, continuaba extrañando inmensamente a mi paisaje y sus
aromas, que persistieron instalados en mí, en forma indeleble. Durante ese
año, mi padre, leñador de oficio, que cubicaba listones en pulgadas precisas
con sólo mirar un árbol, comenzó a trabajar en la industria metalúrgica
(presagio llamativo: una fábrica de cadenas); en una empresa que aún creo que
existe (al menos su fachada) llamada Cataldo Hnos. , en Av. Cobo y Beauchef,
de esta capital. Para esos
tiempos, ya nos habíamos mudado a la calle Rivadavia del mismo barrio, con
los mismos olores. Pero
esta vez, a una “residencia” muy particular; el Club Social Paraná, que en el
piso superior tenía 3 coquetos ambientes con ventana a la calle. En la planta
baja, estaban la deslumbrante pista o salón de baile, con el correspondiente
escenario y a un costado de ese salón, los baños para “Damas” y “Caballeros”,
que durante la semana laboral eran “privados” para nosotros. Sobre el
frente de la nueva residencia recuerdo las grandes bocinas-parlantes de color
gris sucio, que todas las tardes anunciaban, con la persistencia inagotable
del grifo que gotea, el baile de las noches del sábado y domingo siguientes. Bailes
que eran animados por orquestas “típicas” de tango como las de D´Arienzo o
Alfredo De Angelis y cantantes, entre los que recuerdo, particularmente, a
Argentino Ledesma y al polaco Goyeneche.
Hay dos tangos que quedaron grabados en mi memoria como una letanía,
“La Calesita” y “La Pastora”,a los que escuchaba insistentemente por los
parlantes del club-vivienda. También fue a los 6 meses del desembarco, que
comencé a concurrir a un “jardín de infantes” municipal, ubicado en el centro de una plaza pública, sita en la intersección de las calles
Giribone y Domínguez, del mismo barrio. Debido a que mi madre comenzó a coser
ropa ajena y tenía que cuidar a Teresita, mi concurrencia a ese jardín de
infantes era muy particular: de lunes a viernes, de 07-17 hs. En ese lugar,
me hartaron con guisos de lentejas y algún trozo de carne camuflado, como
almuerzo, coronado por el típico e insípido “postre”de gelatina. Supe de ritos
pedagógicos, como el de dormir la siesta, para lo cual éramos obligados a
reclinarnos sobre los pupitres, apoyando la cabeza sobre nuestros antebrazos
cruzados a modo de almohada y se nos cubría con una pequeña manta de viaje,
que no debíamos levantar durante 2 hs. Conocí también extrañas formas de
castigo, donde el “condenado” era obligado a permanecer sentado en el centro
de un gran patio interno, durante la hora que duraba la clase ( a solas,
salvo ocasionales miradas despectivas de maestros que lo cruzaban) y el
correspondiente recreo posterior,
con la consabida mirada o comentario burlón de algún grupo de
compañeros. Nunca entendí esa forma de castigo, siempre lo interpreté como un
modo de autoritarismo con fines humillantes; que no ejercía ninguna
influencia correctiva en nuestras “inconductas”. A todo esto y al
año de haber ingresado al país, mi padre cambia de trabajo, pasando a
desempeñarse como camarero del bar-lácteo “La Martona”, ubicado sobre Av.
Rivadavia, frente a la plaza
“Primera Junta”, en el barrio llamado Caballito. Por
supuesto que más de 14 hs. diarias de trabajo y sin un solo día franco,
deterioraron su salud, hasta terminar padeciendo una tuberculosis pulmonar,
que fue tratada en forma ambulatoria. Este trabajo, con sus correspondientes
traslados en transportes públicos colectivos, le permitían poder ver a sus
hijos ya dormidos en casa, cuando llegaba y cuando salía. Pero esta conducta laboral, penosa por
cierto, le aseguraba el ahorro de casi todo su sueldo; mientras nos
alimentábamos y vivíamos del ingreso que aportaba mi madre, con su trabajo
casero. Más
adelante, supuestamente mejoraron nuestras condiciones económicas y nos mudamos a otra casa, de
otro barrio, ya en la Capital Federal. |