II 

          Lamentablemente, aunque busque en mi memoria personal, no logro recordar a las pequeñas aldeas gallegas de San Julián del Yermo y de Santa María de Mera; ambas pertenecientes al Ayuntamiento de Santa Marta de Ortigueira, situadas al nordeste de la provincia de La Coruña y donde comienza el mar Cantábrico.

 

     De una aldea a la otra, comenzaron mis primeros años de vida, que se iniciaron con la ayuda de mi abuela materna, como partera  de oficio, un 10 de octubre de 1.952.

 

        Años que fueron discurriendo entre ambas aldeas, donde los abuelos maternos Constantina y José, la abuela paterna Dolores junto con el resto de mis familiares, me obsequiaban con porciones de cariño, cuya sumatoria se tornaba sobreabundante y me permitía licencias que daban rienda suelta a mis caprichos, que pasaban desapercibidos.

 

        Me enteré por relatos familiares, que el abuelo José, en un confuso altercado con otro aldeano, se trabó en lucha y terminó hiriéndolo de muerte; por lo cual estuvo detenido hasta que fue liberado por buena conducta y por las declaraciones en su favor de los familiares del muerto.

 

        Siempre comentaba que ese tiempo de privación de la libertad, le había permitido aprender a leer y escribir. Lo recuerdo encendiendo el cigarro de hoja con su viejo yesquero, costumbre que había adquirido en su estadía en Cuba, en el intento de “hacer la América”, como tantos otros. Pero esa experiencia sólo le había alcanzado para ahorrar el dinero del pasaje de regreso a su aldea.  Comentaba con cierto orgullo, que había nacido en el año 1.895, abriéndole la puerta al siglo, mientras me miraba esperando alguna reacción de mi parte.

 

     Supe también, del cuidado diario y casi rutinario de mis mayores por las pequeñas aves de granja, que al atardecer debían ser apropiadamente resguardadas del acecho del zorro (o golpe), en sus incursiones nocturnas.

          Que el andador que me enseñó a dar los primeros pasos con mis manos apoyadas en su grupa se llamaba “capitán”, un mastín de raza indefinida y nobleza pura, que no se movía un ápice mientras me servía de bastón, aunque fuera amenazado.

 

         De mis cabalgatas sobre los hombros de mis tíos maternos, Juan y Ángel, mientras me llevaban a pastar el ganado, tarea que debía realizarse todos los días, sin importar las condiciones climáticas. Aprendí , por los comentarios de mi padre, a recorrer la entrañas de los bosques vírgenes gallegos que llamábamos “fragas”, como el de “a xandoca” habitado por impresionantes castaños, robles y pinos que terminaban dando sombra a una pequeña represa para salmones sobre un recodo del río Mera. Sabía desde temprana edad, que un “ferrado” era la palabra más precisa para definir una unidad de superficie, que por su fragmentada distribución resumía un sistema rural minifundista, que sólo permitía cosechar pobreza y deudas a las familias labriegas; que generalmente, eran numerosas en hijos y en obligaciones. Del esfuerzo estéril y rutinario del campesino, que próximo a un hastío mezclado con derrota, iniciaba un éxodo penoso, silencioso e involuntario, en busca de nuevas oportunidades y no de nuevos horizontes.

 

          De ese modo y seguramente por esas causas, comenzó a desgajarse el compacto grupo familiar que había echado raíces en la pequeña aldea de San Julián del Yermo.

 

         Como las raíces de los robles, de los abedules, de los pinos, de los castaños, de los laureles, perales y manzanos; pero ellos no abandonaban ese paisaje, mientras observaban nuestra silenciosa diáspora, adornada por cercos de mirtos y perplejas silveiras. Pero lo que más se había adentrado en lo recóndito y precoz de mi memoria, había sido mi paisaje aldeano. Con sus fragas de múltiples verdes, sus labradíos de abanicados ocres y sus viviendas: todas con su cuadra en la planta baja para proteger de las inclemencias del crudo invierno al ganado, tesoro familiar que por su reducido número, nos permitía jerarquizarlos a modo de pedigrí, con un nombre a cada uno de ellos.

 

     Esas viviendas, tenían todas las serias y seguras monotonías de sus techos, de pizarra gris-negruzca, que a modo de tejas irregulares, nos protegían de la inagotable llovizna de la región, durante los cortos días de otoño e invierno. Esos ríos, como el Mera, que pasaba por detrás de la casa paterna, con sus riberas acompañadas por manzanos. Esas aguas, frías y transparentes, a las que mis tíos paternos concurrían, casi a diario, en busca de alguna trucha, salmón o reo. Entre ellos, el que más se destacaba era Alfonso, que con su fisga o su nasa, siempre traía como trofeos a casa, algunas piezas festejadas por su tamaño y que eran bienvenidas porque la comida no era abundante.

 

         Toda mi familia paterna tenía y sigue teniendo un apodo, un mote, el de “los Lucas”; como el nombre de un clan, que tácitamente los llenaba de orgullo y los hacía sentirse respetados. Ese nombre, según me explicó mi padre, provenía del nombre de un bisabuelo suyo y quedó como referencia familiar para todas las aldeas vecinas. Recuerdo la silueta con vestimenta enlutada de la abuela paterna Dolores regresando del río con un balde en su mano, apresurando sus zuecos para poder preparar a tiempo la crema de leche que tan cariñosamente ofrecía a su nieto.

 

         Sé que desde esos tiempos, aprendí a respetar y a querer al viento...

 

             A respetarlo, si su furia hacía peligrar la precariedad de los pajares ( palleiros, para nosotros) que tanto esfuerzo en construirlos había costado a mi familia,  hombres y mujeres. A quererlo, cuando como brisa me envolvía con esa especial alquimia, que entremezclaba en forma homogénea aromas de pinos, eucaliptos y el indudable condimento del mar, componente inseparable de mi paisaje. Aprendí a apreciar la belleza sencilla y no simple de las flores silvestres del tojo y las retamas (do toxo e das xestas), cuando la primavera se abría paso con hilos de agua que surgían imperceptiblemente de la nieve, que aún se resistía a dejar la nueva estación . El tojo (toxo), es un arbusto bajo de pequeñas ramas  y aguzadas espinas; cuyos troncos secos servían para prender y mantener  el fuego ( o lume) de la cocina aldeana gallega. Este lugar de la casa, el lar ( a lareira), era el centro de reunión de la familia. Quizá porque su fuego ,casi eterno, lo transformaba en el lugar más iluminado y cálido, cuando caía la noche. Permitiéndonos, luego de cenar, una pequeña sobremesa con comentarios habitualmente domésticos de lo ocurrido en el día, hasta que el sueño iba venciendo primero a los más pequeños y luego a los adultos más agotados por la jornada laboral. Es un arbusto tosco, pero útil, con flores pequeñas de un color amarillo intenso, que no se pueden arrancar, pertenecen a la planta madre y con ella mueren; pero su presencia forma parte del paisaje y despierta alegría.

 

Surgiendo así las canciones populares, como:

 

                                        Ay amor,

                                        quién te dijo a ti,

                                        que la flor del tojo

                                        se llama alecrín ...

 

Posteriormente, el lar gallego, fue  reemplazado por la cocina económica alimentada a leña; pero no era lo mismo ...                                                                                            

 

           Me enseñaron a reconocer la sabiduría del búho, la precisión del aguilucho, los cantos breves y crepusculares de las palomas y la persistente e inagotable tozudez del cuervo.

 

Gustaba de mirar en nuestra ría de Ortigueira, la entrada y salida de pequeñas barcas a vela, timoneadas por expertos y callados pescadores que se codeaban con un mar azul y bravío, frente al Cabo Ortegal.

 

     Adiviné, sin que me lo explicaran, el porqué de los sombríos colores de las ropas de la mayoría de las mujeres de las aldeas de pescadores, con sólo mirar los impresionantes acantilados de Estaca de Bares.

 

      Incursioné en el porqué y el para qué, preguntas que me acompañaron desde esa corta edad y que recibían respuestas poco precisas, pero honestas; ya que los que me respondían de esa forma, demostraban que tampoco los tenían muy claros. La concurrencia a la escuela rural por parte de mis mayores, había sido muy espaciada y generalmente estaba condicionada por cuestiones climáticas. Esa escuela, como tantas otras, construida por la bondad de algún indiano, reunía en un mismo grupo y horario a todos los alumnos de diferentes niveles y edades. Generalmente, muchos suplicaban la autorización para concurrir a ella, no por ansias de aprender, sino para evitar las penosas tareas labriegas.

 

         Formábamos una familia campesina, que apenas alcanzaba a cubrir sus necesidades básicas de subsistencia y cuando lo lográbamos, entrábamos en una especie de estado de dicha que nos unía mucho más, haciendo que nuestro transcurrir tuviera guirnaldas de alegría.

 

   Me fui dando cuenta, aún con recuerdos tenues, que esos pocos años me impregnaron para siempre; que dejaron en mí  la impronta de la morriña, el estigma de la nostalgia, la dulce sombra de la saudade; por la pérdida repentina de todos esos detalles que, sin darme cuenta , me hicieron feliz. Debido a mi corta edad, socialmente expresaba alegría  y entusiasmo por el inminente viaje, pero no entendía porqué lo debía hacer sin mis afectos familiares, mis paisajes, mi todo…

 

    Pese a que supuestamente, el viaje se realizaba para lograr un futuro mejor, la despedida fue penosa. Familiares y vecinos, lloraban como si hubiera fallecido un ser querido y en cierto modo era así, ya que a muchos de ellos no los vimos más.

 

            Vagamente, en mi memoria se presenta el viejo micro de línea que nos trasladó  a mis padres ( Angelita y Rosendo) junto con mi hermana Teresita a la ciudad de La Coruña, por entonces capital de la región gallega. El quejoso tren de trocha angosta, que nos depositó en el puerto de la ciudad de Vigo, sobre el Atlántico pontevedrés, desconocido y deslumbrante para quien sólo podía imaginar la inmensidad de su pequeñez aldeana. Pero ese día sentí que los árboles no se mecían, que las aves no cantaban; que el silencio  lo abarcaba todo. Me pareció estar viendo algo semejante a la primera fotografía desagradable y dolorosa, que inevitablemente debía inaugurar el álbum de mis recuerdos.

 

 El buque de bandera inglesa  que inició el viaje, llamado Highland Brigade, había zarpado de la ciudad de Londres el cuatro de junio de 1955, recalando en el puerto de Vigo el día siete del mismo mes, donde nos alojó en “amplios” camarotes de 8 cuchetas cada uno, destinados a hombres y mujeres ( con o sin niños ), en forma separada. Así fuimos hacinados en la 3º clase situada en la bodega del buque, pero con el meritorio privilegio de disponer de “ un ojo de buey con vista al mar “. Esta pequeña lupa al exterior, nos permitía regodearnos con el paisaje marítimo y visualizar, de tanto en tanto, unos extraños cardúmenes de peces voladores, que yo imaginaba como  “truchas con alas”. A modo de generoso esparcimiento, teníamos asignado un sector limitado de cubierta, que nos dejaba ver como otros pasajeros ( seguramente diferentes a nosotros ), podían disfrutar de mejor manera  los 18 días que duró el viaje.

 

      Este buque inglés transportaba 29 pasajeros en 1º clase y la mayoría, el sobrante de un total de 120, fuimos embalados como bultos en sectores de bodega disfrazados de camarotes comunitarios.          Embarcado, conocí las penurias y miserias humanas. Penurias, por el dolor silencioso y las carencias elementales insatisfechas que  nos acompañaban. Miserias, que ponían en evidencia supuestos amigos de mis padres, compañeros de viaje, que guardaban importantes sumas de dinero en el taco de sus zapatos y pese a ello, sin vergüenza alguna, compartían nuestra única pieza de jamón que en el viaje complementó la magra comida que nos ofrecían.

 

Y fue en ese viaje, donde comencé a guardar en mi memoria , como pequeños destellos,  sentimientos no deseados y tristes; como el desarraigo involuntario, la nostalgia por lo dejado ( que para mi mundo: paisaje y seres queridos, lo era todo), junto con la incertidumbre, embrionaria por mi edad,  ante lo desconocido. Todos ellos, a modo de atado, fueron a dar en mi pequeña espalda, como una mochila invisible, pero que ya pesaba.          Pensaba y hablaba en el idioma gallego que había mamado.

 

Fue en ese idioma que contesté el 25 de junio de 1.955 al periodista del diario “ Crítica ” mientras me tomaba una fotografía, que venía dispuesto a convertirme en un criollo de mate y poncho, al desembarcar en el puerto de la inmensa ciudad de Buenos Aires, capital de la República Argentina.

 

Pero, realmente, no creo que hayan sido mis palabras, expresaban un objetivo simple y  muy claro; y yo estaba muy confundido...