ANAMORFOSIS

 

Hola. Mi nombre es Ana, mido 32 centímetros y hoy cumplo 68 años. Desde el lugar en que me encuentro es difícil lograr una imagen amplia de lo que me rodea, especialmente porque el líquido en el que me encuentro suspendida no permite que mis ojos logren ver con claridad las cosas. Durante el día vienen desde lejos a observarme, como turistas en búsqueda de una curiosa maravilla. Ahí, parados frente al estante donde me encuentro se inclinan a leer el que ahora será para siempre mi único nombre: For. Caso -DR.548S.

 
Desde el otro lado del cristal puedo sentir el asco y la nausea cuando fijan  sobre mí su mirada. Siento vergüenza, me olvido del dolor que me producen las distintas tiras de cuero que me han puesto para disimular la herida más extensa y evitar así el riesgo de que en cualquier momento mi rostro simplemente explote.

 
Por las noches, todo vuelve a ser silencio.

 

Me convierto en Ana nuevamente, la mujer, la esposa, y vuelve a mí el recuerdo de esa oscura hora en que él entró a mi cuarto y el ruido metálico del hacha atravesándome la cara, ese ruido que sonó como una sinfonía triste pero hermosa.