Sucumbe ante las caricias…

 

Sucumbe ante las caricias que se ingnoran,

palpitan sus recuerdos abrasados por un beso.

Atrás, los paseos sin luna inflamados de ira callada.

Otra laguna. El ocaso no fue una escena

sangrienta. Solamente el azul endiablado de

tu deseo muerto puede silenciar el corazón

que ahora destruyes. Herido, por vanidad, no

por la inercia desesperada del tiempo.

Me descubro porque me vences, te llamo a gritos

y se sonrojan mis insultos.

Y te temo por la verdad sin heroicidades

y te desvelo cadenas

y te hiero.

Cristales en tu boca, desierta tu cintura

en la pantalla invisible de felicidad.

Lees letras de sal en un tobogán

de adoraciones.

 

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El silencio de la inutilidad…

El silencio de la inutilidad y nuestra vida

decidiéndose en oquedades. Vencedores

que no se miran en ningún espejo.

La dureza de la convivencia satisface a

los mitos clásicos.

Arremetemos sin despistarte contra relojes perdidos.

Horas y horas que te alcanzan sin que lo pidas

y que te duelen sin respirarlas.

Tu comunicación entrecortada es un hábito,

es decir, un cuadro pintado al revés en una

plaza sin sombras y sin perros.

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