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| IMPRESIONISMO El Impresionismo
es considerado el movimiento más importante en la pintura de las últimas décadas del siglo XIX. En estas fechas, el marco artístico, dominado por
un eclecticismo que se estaba moviendo ya en
un callejón sin salida, era forzosamente poco satisfactorio para cualquier
espíritu creador y empezó a fomentar lo que se ha llamado la generación de
las rupturas estilísticas, una serie de rupturas que darán personalidad
propia al arte contemporáneo. La
primera de ellas o, si se prefiere, su preámbulo, es el Impresionismo, un
movimiento, resultado de una prolongada evolución, que coloca definitivamente
al siglo XIX bajo el signo del paisaje y que busca un lenguaje
nuevo basado en un naturalismo extremo. La mayor parte de la
generación impresionista nació entre 1830 y 1844,
pero no se encontraron en París hasta la década de 1860.
El acontecimiento decisivo no ocurrió hasta 1869,
cuando Renoir y Claude Monet pintaron juntos en La Grenovillére, sin
duda el año más importante para el movimiento impresionista. Fue allí donde
ambos descubrieron que las sombras no son pardas ni negras, sino coloreadas en
su periferia, y que el color local de los objetos queda modificado por la luz
que los ilumina, por reflejos de otros objetos y por contrastes de colores
yuxtapuestos. Los dos pintores comenzaron a usar con creciente frecuencia
colores puros y sin mezcla, sobre todo los tres colores primarios y sus
complementarios, y a prescindir de negros, pardos y tonos terrosos. Aprendieron
también a manejar la pintura más libre y sueltamente, sin tratar de ocultar sus
pinceladas fragmentadas y la luz se fue convirtiendo en el gran factor
unificador de la figura y el paisaje. Aún tenían que pasar cinco años para la
inauguración de la primera exposición impresionista, pero lo cierto es que el
Impresionismo había nacido ya. A finales de 1869
los principales pintores impresionistas ya se conocían bien unos a otros.
La actitud de solidaridad de los impresionistas a comienzos de la años 1870 se expresa de un
modo muy revelador en algunos retratos de grupo. 1873
marcará un giro característico del Impresionismo: el paso de
la fase preparatoria a la fase de florecimiento. Los tanteos estaban olvidados
y el trabajo adelantado. Pisarro y Monet habían hecho en Londres estudios de
edificios envueltos en nieblas; Alfred Sisley, aún más vaporoso, se les
había adelantado por ese camino; Renoir se hallaba, de momento, bajo la total
influencia de Monet; y Edgar Degas empezaba a tratar los tutús de
sus bailarinas del mismo modo que Monet o Renoir las flores del campo. Todos los impresionistas eran
ya conscientes de formar un grupo y de tener iguales objetivos que defender. Su
primera aparición pública como tal se estaba fraguando. A fin de pesar más a
los ojos del público intentaron atraerse a otros artistas y fundaron una
Sociedad anónima de pintores, escultores y grabadores que, por fin, en 1874,
logró organizar una muestra en los salones del fotógrafo Nadar. En total
participaron treinta y nueve pintores con más de ciento sesenta y cinco obras
de las que diez eran de Degas, la mayor aportación individual del grupo, y
entre las que estaba la ya legendaria Impresión: sol naciente de Monet que,
burlonamente citada por un crítico, dio nombre al grupo. Económicamente la exposición fue un desastre pero consiguió dar cohesión a los impresionistas y sirvió de precedente para más afortunadas empresas futuras. Dos años más tarde abrieron una nueva muestra, y luego, en 1877, una tercera. Sin embargo, el público no cesaba en su hostilidad y hasta 1879 el número de visitantes no creció. El éxito había de llegar, lento pero seguro, aunque será precisamente el éxito del grupo lo que pondrá fin a estas muestras colectivas. En principio, los impresionistas sentían una profunda aversión por toda pintura que fuese demasiado formal o estuviese demasiado trabajada. En ningún momento intentaron llevar al lienzo conceptos románticos como la profundidad,la soledad, el silencio o el misterio de la naturaleza, porque creían que la misión de la pintura consistía sobre todo en representar la naturaleza desde el punto de vista óptico exclusivamente. La tradicional ley de la mímesis (la imitación de la realidad) fue interpretada por ellos con una radicalidad sin precedentes y lo que había sido criticado por la mayoría de las posturas estéticas del pasado (la captación puramente aparente de la realidad) se erigió en credo absoluto para el Impresionismo. La representación artística, según este movimiento, no debía estar mediatizada ni por la imaginación ni por la razón, sino que tenía por único objetivo trasladar a la obra las impresiones impregnadas en los sentidos y en la retina. En este sentido el Impresionismo iba a defender un arte vinculado a la apariencia, deseoso de reflejar la temporalidad del fenómeno e indiferente por completo a la esencia oculta de la naturaleza. |
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