VOCACIONES

Un abad de un monasterio veía con preocupación la falta de vocaciones que había para el convento, y como la armonía de entre los frailes se iba deteriorando.

Reunió a todo los monjes del convento y les comunicó su preocupación, insistiendo en la falta de amor que había entre ellos, llegando todos a la conclusión de que era por el mal carácter de algunos.

Alguien insinuó que porqué no se iba a hablar con un ermitaño de la montaña y contarle sus preocupaciones, que según corría por el pueblo tenía fama de santo, todos quedaron de acuerdo en que iría el mismo abad para hablar con este ermitaño.

Este ermitaño estaba a un día de camino de ida y otro de vuelta, después de realizar la subida penosa de la montaña, al fin consiguió llegar hacia la cueva, no sin antes haber resbalado varias veces por las piedras humedecidas y cortantes.

No tardó en mucho en localizarle ya que la cueva no era muy profunda, era un hombre corpulento que vestía con ropas de saco, y su bondad se reflejaba en su cara. Se alegró mucho el ermitaño en encontrar compañía y pronto hicieron amistad, por el buen carácter y alegre de los dos.

El Abad le expuso el problema rápidamente, mientras observaba el silencio reinante en la montaña, y la gran vista que se observaba desde allí arriba.

El ermitaño sin más preámbulos le dijo: que todo venía desde que nuestro Señor bajó al convento y se hace pasar por un fraile, cosa que no detectaron porla falta de amor entre ellos, y le insistió en que debían localizar al Señor y rendirse todos a sus pies.

El abad quedó muy agradecido porla información y decidió comunicárselo a los demás frailes.

La bajada de la montaña no le pareció tan penosa como la subida, ya que iba contento por la gracia que nuestro Señor les había hecho de habitar entre ellos.

Una vez en el monasterio, lo recibieron impacientes por oír lo que le había dicho el ermitaño.

Él les comunicó lo mismo que el ermitaño le había dicho que nuestro Señor viendo el problema que había entre los frailes decidió pasarse por monje, y que Él estaba entre ellos, hasta podía ser uno de ellos, y tenían que buscarlo.

No quedaron muy contentos por la explicación pero algunos decidieron buscar al Señor.

Y así pasaban los días, cuando algún fraile se iba a quejar del cocinero porque la comida se le había quemado, pensaba dentro de sí: a ver si va a ser este el Señor y le estoy ofendiendo,

Cuando el abad reprendía a algún fraile, este pensaba: aceptaré la regañona no vaya a ser que sea el Señor y se haga pasar por él.

Cuando un enfermo se quejaba tanto el hermano enfermero se decía para sí: lo aceptaré con amor, no vaya a ser que el Señor se haga pasar por enfermo.

El hermano portero dejó de protestar cuando le ensuciaban la portería con el barro cuando llovía, y así comenzó a haber armonía en el convento y a aceptar cada uno los errores del otro, hasta tal punto que llegaron a amarse renovando con fuerza la oración.

Los pueblos de alrededor se dieron cuenta del cambio, y comenzaron a frecuentar el convento, y hubo muchas vocaciones, siendo el convento lugar de grandes santos.

Máxima: el Señor lo tenemos todos dentro, y tenemos que buscarlo en el corazón, y cuando hacemos el bien a otros, se lo hacemos al mismo Dios. Y cuando hacemos silencio en nuestro corazón, dejando los pensamientos del mundo, oiremos la voz de nuestro Dios que nos habla en nuestro interior.