RIMINI (ITALIA), 2 mayo (ZENIT.org).- El próximo jueves 4 de mayo, en el Ateneo Pontificio «Regina Apostolorum» de Roma, tendrá lugar el congreso «Los mártires de la Europa del Este y del nazismo». Esta iniciativa quiere ser una ocasión de estudio y profundización, con vistas a la ceremonia jubilar en la que Juan Pablo II recordará a los Testigos de la fe del siglo XX, el próximo 7 de mayo. Entre los ponentes se encuentra Peter Gumpel, prestigioso historiador y postulador oficial de la Compañía de Jesús, quien afrontará el controvertido tema de las relaciones entre la Iglesia católica y el nazismo. Zenit le ha entrevistado:

    «Antes de la llegada de Hitler al poder -explica el padre Gumpel, que vivió en persona aquellos años- el Episcopado alemán condenó, categórica y repetidamente, el movimiento nacionalsocialista; prohibió a los católicos asociarse al mismo y votar a favor de él. La inmensa mayoría de los fieles siguió estas instrucciones. De las estadísticas relativas a las votaciones políticas que tuvieron lugar el 30 de enero de 1933 y también de las del 5 de marzo del mismo año, se desprende de modo evidente que la casi totalidad de los católicos había permanecido fiel al partido cristiano, el «Zentrum», notoriamente opuesto al partido hitleriano. Esta vehemente oposición del Episcopado alemán y de los fieles católicos estaba basada esencialmente en el hecho de que en su libro, «Mein kampf», y en sus discursos, Hitler llevó al extremo la supremacía del Estado, hasta el punto de suprimir la libertad de los individuos. Además su ideología era totalmente pagana y racista, en conflicto con la abierta y firme condena del antisemitismo proclamada por el Santo Oficio por orden de Pío XI ya en 1928. En fin, Hitler era un puro oportunista, que pública y conscientemente mentía, y era por lo tanto alguien que nodespertaba la menor confianza».

-Zenit: ¿Qué tiene que ver en todo esto el cardenal Eugenio Pacelli, futuro Pío XII, a quien se le acusará de no haber denunciado suficientemente el nazismo, o incluso de ser «El Papa de Hitler»...
-Gumpel: La toma de posición del Episcopado alemán coincidía perfectamente y era además sostenida por Eugenio Pacelli, nuncio apostólico en Alemania, quien a principios de 1930 fue nombrado Secretario de Estado por Pío XI.
    Durante su estancia en Alemania, Pacelli pronunció 44 discursos públicos y en 40 de ellos atacó las tesis fundamentales del comunismo y del nacionalsocialismo.
    Como explicaba su colaboradora cercana, sor Pascalina y confirmaron otros testigos, Pacelli, futuro Pío XII, decía de Hitler: «Este hombre está completamente exaltado; todo lo que dice y escribe lleva la marca de su egocentrismo; este hombre es capaz de pisotear cadáveres y eliminar todo lo que le sea un obstáculo. No llego a comprender cómo hay tantas personas en Alemania que no lo entienden y no saben sacar conclusiones de lo que dice o escribe. ¿Quién de éstos al menos se ha leído su espeluznante "Mein kampf"?».

-Zenit: Algunos autores sostienen que la relación entre Iglesia y nazismo cambió después del Concordato entre la Santa Sede y Alemania de 1933.
-Gumpel: Como la propia autoridad vaticana y los católicos más perspicaces habían previsto, Hitler no tuvo nunca intención de respetar el Concordato, antes bien, a excepción de las funciones estrictamente litúrgicas o paralitúrgicas, el resto de las actividades de la Iglesia fueron sistemáticamente obstaculizadas y después gradualmente suprimidas. Los periódicos, las revistas y los libros publicados por parte católica fueron enseguida severamente censurados y después eliminados. Los colegios confesionales fueron obstaculizados con métodos fraudulentos en su actividad y después cerrados. Las numerosas asociaciones católicas fueron obligadas a agregarse a las asociaciones nazis, o bien directamente prohibidas y disueltas. Los funcionarios estatales de cualquier nivel eran despedidos si existía la simple duda de que no aprobaban la ideología nazi. Con todo tipo de pretextos, los conventos y las casas religiosas fueron confiscadas. Sacerdotes y religiosos fueron sistemáticamente espiados incluso en las mismas iglesias, y denunciados a la Gestapo si habían expuesto la doctrina católica de un modo que no fuera del gusto de los nazis. Cerca de un tercio del clero diocesano y regular sufrió persecuciones por parte de la policía política y un buen número de ellos terminó en las prisiones o en los campos de concentración, donde varios murieron. La misma suerte corrió un número elevado de laicos aborrecibles para los nazis porque, contraviniendo a las prohibiciones, continuaron desempeñando aquellas actividades que el mismo Concordato garantizaba. Chicos y chicas que no formaban parte de la «Juventud hitleriana» no fueron admitidos a los exámenes de graduación y menos aún a la universidad, ni pudieron encontrar trabajo en las fábricas, en los comercios o en la artesanía. En los periódicos y en las revistas, así como en las transmisiones radiofónicas, se condujo una campaña sistemática contra la Iglesia católica, el Papa, los sacerdotes, los religiosos y los creyentes en general que fueron marcados como enemigos del Reich y acusados a menudo de manera obscena de toda suerte de crímenes contra la moral. La opinión pública se vio constantemente influenciada por las grabaciones en las que se mostraban representaciones y cantos anti-católicos. Los obispos y la Santa Sede protestaron pero el gobierno alemán no respondía.
    Por este motivo en 1937, cuando el vaso ya había desbordado, la Santa sede
publicó la Encíclica «Mit Brennender Sorge» («Con ardiente preocupación») cuyos resultados fueron, sin embargo, dramáticos, porque desencadenó una violenta reacción por parte de los nazis, aumentando de manera tremenda la persecución de la Iglesia en Alemania.

-Zenit: ¿Podría hacer un balance del comportamiento de la Iglesia católica en el afrontamiento de Hitler y del nacionalsocialismo?
-Gumpel: Desde el principio Hitler y sus más íntimos partidarios estaban animados por un odio patológico hacia la Iglesia católica, a quien justamente consideraban como el más peligroso opositor de aquello que pretendían realizar en Alemania. De esto dan fe, entre otros, los discursos (ya publicados) que Hitler tuvo en el ámbito de sus más cercanos (los llamados «Tischgesprache»), el diario de Joseph Goebbels, las ordenanzas de Martin Bormann, las delirantes diatribas de Alfred Rosenberg, las órdenes dadas por Heinrich Himmler a las SS y a la Gestapo.
    Entre los nazis y la Iglesia católica existía una radical divergencia, y no podía ser de otra manera. Hitler y sus más estrechos colaboradores no actuaron ateniéndose a las más elementales normas morales, sino a fuerza de criterios de absoluto relativismo, dialéctico y oportunista, que no tenía en cuenta ni la verdad ni los derechos más fundamentales del individuo y de las instituciones. Todos los que no adherían incondicionalmente a su modo de pensar y de proceder fueron considerados y tratados como enemigos que debían ser aniquilados. Esta actitud debía, por fuerza, determinarle a dirigir una lucha enfurecida contra el cristianismo, y de modo particular, contra la Iglesia católica, que por su misma índole y naturaleza no podía consentir ni mostrarse cómplice con un sistema radicalmente criminal.
    Frente a un Estado totalitario los católicos fieles a Cristo y a la Iglesia disponían sustancialmente sólo de las armas del espíritu, la fe, la esperanza y la caridad. En última instancia, sólo podían sufrir la persecución, permanecer firmes para no ceder y, si fuera el caso, estar dispuestos a sufrir el martirio. Como de hecho sucedió en muchos casos.


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El Padre Emiliano, profeta de Medjugorje

     El relato que sigue lo escuché del P. Emiliano Tardif en ocasión de una anterior visita suya a la Argentina. Fue después de la Misa y de su prédica en la Iglesia del Sagrado Corazón, en Barracas. Antes de la Misa, habíamos convenido que al finalizar la celebración podría entrevistarlo. Como era previsible, cuando concluyó la reunión las personas lo rodeaban y era acosado por pedidos de todas partes y de todo tipo, desde bendiciones hasta solicitudes periodísticas. Pese a todo tuvo la deferencia de acordarse de mí y apartándonos, pude lanzarle la pregunta cuya respuesta conocía indirectamente, por boca del Coordinador de la Renovación Carismática de Italia, Mons. Dino Foglio.

     La introducción que hice lo desconcertó. Le dije:

     -"Padre Tardif, le pediría que vayamos atrás en el tiempo, para situarnos en 1981."

     El P. Emiliano frunció el ceño.

     -"Sé que en mayo del 81 usted estuvo en Roma, en el encuentro de líderes de la Renovación. Algo pasó allí que tuvo que ver con Medjugorje", continué. Cuando pronuncié la palabra "Medjugorje" el P. Emiliano sonrió francamente.

     -"¡Oh, sí!", dijo, "fue exactamente el 16 de mayo de ese año."

     Para mejor ubicarnos en el tiempo, hacía apenas tres días que habían atentado contra el Santo Padre en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano.

     -"El P. Tomislav Vlasic, de la orden franciscana, quien representaba a la Renovación de la entonces Yugoslavia, había pedido oración de sanación para la Iglesia de aquel país, seguramente en vista de los conflictos que existían con el gobierno comunista. Entonces, le pedimos al P. Tomislav que se adelantara y se ubicara en el medio del grupo para poder orar sobre él. En el momento de la oración recibí las palabras del Señor. Con total nitidez decía: "No te preocupes, dentro de poco enviaré a mi Madre".

     Quienes han conocido al P. Emiliano Tardif saben que el Señor le había regalado, entre muchos carismas y junto al de sanación, el don de la palabra de ciencia o de conocimiento, esto es, el mostrarle internamente, a veces en forma de locución -como fue en esa ocasión- lo que debía anunciar, fuese una sanación que Él estaba obrando en alguien, como una profecía. Esto último era lo que acababa de manifestar en su relato. Y agregaba, el Padre Emiliano:

     -"En ese momento yo no tenía la menor noción del alcance de esa profecía. Lo único que hice fue transmitir dócilmente lo que había recibido".

     Al mes siguiente, exactamente el 24 de junio de 1981, comenzaban las profetizadas Apariciones de la Santísima Virgen en Medjugorje, en donde se daría a conocer bajo el título de Reina de la Paz.

     Pero además, aquel franciscano que había pedido la oración de sanación para la Iglesia de Yugoslavia, el P. Tomislav Vlasic, habría de ser el párroco que sucedería al P. Jozo Zovko cuando éste, a raíz de su defensa de las Apariciones, fuese encarcelado por los comunistas.

     De aquel encuentro de Roma participaba, también, Sor Briege McKenna, otra gran carismática. Cuando oraban por el P. Tomislav tuvo la Hermana Briege una visión: lo vio sentado, rodeado de una multitud de jóvenes y una iglesia de donde fluía un río. Esto también se cumpliría. En efecto, la iglesia sería reconocida por la misma Sor McKenna años más tarde, en su visita a Medjugorje, como la parroquia de Santiago Apóstol. Por otra parte, el P. Tomislav tiene un gran ascendiente ante los jóvenes. Luego de haber sido guía espiritual de un grupo de oración -pedido por la Virgen- y constituido por gente joven, fundó -a partir de ese mismo grupo- una comunidad mixta, de hombres y mujeres, que sigue la espiritualidad de Medjugorje, y en la que fluye abundante la gracia de Dios.

     Regresando a la entrevista al P. Tardif, las preguntas que siguieron fueron dirigidas a la visita que, dos años después, hizo a Medjugorje. Ya para ese entonces el párroco era el mismo P. Tomislav. En palabras del P. Emiliano: " el P. Tomislav nos invitó a concelebrar la Misa vespertina (en ese viaje el P. Tardif estaba acompañado de Philippe Madre, diácono de la Comunidad de las Bienaventuranzas y de otro sacerdote canadiense). Más de 3.000 personas participaron de la Misa (era al tercer año de las Apariciones, en 1983). Oramos por los enfermos y hubo muchas curaciones, las personas daban sus testimonios y al siguiente día los que participaban eran ya más del doble. Las noticias, de cómo estaba el Señor sanando, corrían rápidamente".

     Pero, esas noticias llegaban también a los comunistas. El resultado: terminaron los tres en la cárcel acusados de ¡haber pertubado la paz! y de predicar sin autorización del gobierno y, finalmente, fueron expulsados de Yugoslavia.

     Cuando aún estaban en Medjugorje, la Madre de Dios, por medio de Marja, la vidente, le había dado su mensaje personal al P. Emiliano: "Donde vayas no dejes nunca de hablar de Jesús". Concluyendo el relato, el padre Emiliano me decía: "Como has visto, soy obediente y no dejo de hablar de Él."

     P. Emiliano Tardif, ministro del Señor por el Espíritu, estarás ahora ya no hablando de Él sino con Él.

     Con este recuerdo en homenaje del P. Tardif me uno a todos aquellos que dan gracias al Señor por tan gran sacerdote y celebran su victoria.

Justo Antonio Lofeudo

junio de 1999

     El Padre Emiliano Tardif partió a la Casa del Padre el 8 de junio de 1999, cuando estaba en Córdoba impartiendo un retiro para 250 sacerdotes.