
En 1862 el Papa
Pío IX bendijo las revelaciones de Jesús a Santa
Brígida de Suecia, y al año siguiente el Gran Congreso
de Malines las recomendó.
Estas meditaciones de origen divino, fueron fuente de piadosas prácticas
espirituales de muchas generaciones de católicos que quisieron seguir
las huellas de nuestro Salvador, y así, retratarlo en sus almas.
En la Basílica de San Pablo Extramuros en Roma todavía se puede contemplar, en la capilla del Santísimo Sacramento, el Crucifijo Milagroso ante el cual estuvo arrodillada Santa Brígida cuando recibió estas 15 Oraciones de Nuestro Señor. Allí hay una inscripción conmemorando este evento, en latín: “Pendentis. Pendente Dei verba a accepit aure accipit et verbum corde Brigitta Deum. Anno Jubilei MCCCL”
Por mucho tiempo, Santa Brígida había deseado saber cuán los latigazos había recibido Nuestro Señor en Su Pasión. Cierto día se le apareció Jesucristo, diciéndole: “Recibí en Mi Cuerpo cinco mil, cuatrocientos ochenta latigazos; son 5.480 azotes. Si queréis honrarlos en verdad, con alguna veneración, decid 15 veces el Padre Nuestro; también 15 veces el Ave María, con las siguientes oraciones, durante un año completo. Al terminar el año, habréis venerado cada una de Mis Llagas”. (Nuestro Señor mismo le dictó las oraciones a la santa.)
Santa Brígida y su marido vivieron en el convento de Alvastra a mediados del siglo XIV. Se ha dicho que Brígida se inspiró en las reglas de los monjes cistercienses para formular las de su propia orden.
Ruinas del convento de Alvastra.
APROBACIÓN
Estas
oraciones
y promesas, hechas fundamentalmente para el crecimiento espiritual
de aquella persona que aspire a unirse a Jesús todos los días
y llegar a las alturas místicas de los más grandes santos,
fueron copiadas del libro publicado en Toulose, en 1740, por el Padre Adrián
Parvilliers, de la Sociedad de Jesús, Misionero Apostólico
en Tierra Santa, con aprobación, permiso y recomendación
para propagar la devoción.
En
tiempos de Santa Brígida (siglo XIV), la imprenta no existía,
de modo que el único recurso eran los copistas. El Papa Urbano VI
fomentó la multiplicación del número de copias de
las revelaciones, en vista de que estaban siendo solicitadas por reyes,
obispos, conventos, bibliotecas y universidades.
Los
libros que contenían estas oraciones y promesas habían
sido aprobados por un gran número de prelados, entre los cuales
se encontraba Su Eminencia, el Cardenal Giraud de Cambria, en 1845 y el
Arzobispo de Florián de Toulose, en 1863. La colección de
pequeños libros, en los cuales se encontraban estas oraciones, recibió
la bendición del Papa Pío IX, el 31 de mayo de 1862. Finalmente,
esta colección fue recomendada por el Gran Congreso de Malines el
22 de agosto de 1863.
Esta
versión española fue tomada de otra en inglés. Puesto
que estas oraciones dictadas por Jesús a Santa Brígida sufrieron
incontables traducciones, de un idioma al otro (sueco, francés,
italiano, alemán, etc.), esta versión española no
pretende declararse como traducción exacta de la versión
que la propia Santa podía dar a los de su tiempo, ni siquiera las
tantas otras versiones que se produjeron en el espacio de seis siglos.
Sin embargo, dada la tremenda espiritualidad contenida en esta bellísima
versión, no queda a nadie la duda, porque nuestro Divino Redentor
lee las intenciones de nuestros corazones, y si El ve sinceridad en nosotros,
concederá sus Veinte Divinas Promesas a quien recite estas
oraciones diariamente por el espacio de un año. Solo ten fe en su
amor infinito, rézalas meditando profundamente en su contenido precioso
y El hará el resto...
Aquellos
que visiten la Iglesia de San Pablo en Roma, pueden ver el crucifijo en
tamaño natural, esculpido por Pierre Cavallini, ante el cual Santa
Brígida se arrodillaba, y la siguiente inscripción: "Pendemis,
pendiente Dei verba accepit aure accipit at verbum corde Brigitti Deum.
Anno Jubilei MCCCL", recordando las prodigiosas experiencias tenidas por
la Santa ante este crucifijo.
Santa
Brígida, hija de la princesa de sangre real de Suecia, Birgir, nació
por el año de 1302, de padres muy piadosos. Su virtuosa madre murió
al darla a luz, por lo que la niña fue cuidada por una de sus piadosas
tías. Brígida no pudo hablar hasta la edad de 3 años,
pero tan pronto pudo hacerlo, comenzó a rezar a Dios.
Aún
en su temprana infancia, sintió atracción por los discursos
serios, y las lecturas piadosas eran sus favoritas.
A
la edad de 10 años, Brígida se sintió conmovida por
un sermón que oyó sobre la Pasión de Nuestro Señor.
A la noche siguiente tuvo un sueño en el que vio a Nuestro Señor
clavado en la cruz y cubierto de sangre y heridas, al mismo tiempo una
voz le decía: "MÍRAME, HIJA MÍA" -¡Oh, mi Señor!-
respondió Santa Brígida -¿Quiénes te han tratado
tan cruelmente?- Nuestro Señor le respondió: "AQUELLOS QUE
ME DESPRECIAN Y SON INSENSIBLES A MI AMOR POR ELLOS".
Este
misterioso sueño dejó una impresión tan profunda en
ella, desde entonces, meditó continuamente en los sufrimientos de
Nuestro Señor Jesucristo, y siempre lloraba al hacerlo.
A
la edad de 15 años, por obediencia, Brígida se casó
con el príncipe Ulf, un joven muy piadoso, y tuvieron ocho hijos
(una de sus hijas llegó a ser Santa Catalina de Suecia). Más
que instrucciones, fueron sus ejemplos los que santificaron su numerosa
familia.
Sus
revelaciones y otras gracias celestiales hicieron de ella una verdadera
santa. Murió en Roma en 1373, después de regresar de una
peregrinación a la Tierra Santa.
Santa
Brígida de Suecia meditaba diariamente en la vida y sufrimientos
de Nuestro Señor Jesucristo.
LAS
PROMESAS
El
Crucificado prometió a Brígida los siguientes privilegios,
con la condición de que ella fuera fiel a la diaria recitación
del santo oficio. Y se garantizaban también a todo aquel que diga
las oraciones devotamente cada día por el espacio de un año,
las siguientes promesas:
1.-
Cualquiera que recite estas oraciones, obtendrá el grado máximo
de perfección.
2.-
Quince días antes de su muerte, tendrá un conocimiento perfecto
de todos sus pecados y una contrición profunda de ellos.
3.-
Quince días antes de su muerte le daré mi precioso cuerpo
a fin de que escape del hambre eterna; le daré a beber de mi preciosa
sangre para que no permanezca sediento eternamente.
4.-
Libraré del purgatorio a 15 miembros de su familia.
5.-
Quince miembros de su familia serán confirmados y preservados en
gracia.
6.-
Quince miembros de su familia se convertirán.
7.-
Cualquiera que haya vivido en estado de pecado mortal por 30 años,
pero si recita o tiene la intención de recitar estas oraciones devotamente,
Yo, el Señor le perdonaré todos sus pecados.
8.-
Si ha vivido haciendo su propia voluntad durante toda su vida y está
por morir, prolongaré su existencia
9.-
Obtendrá todo lo que pida a Dios y a la Santísima Vírgen.
10.-
En cualquier parte donde esté diciendo las oraciones, o donde se
digan, Dios estará presente con su gracia.
11.-
Todo aquel que enseñe estas oraciones a los demás, ganará
incalculables méritos y su gloria será mayor en el cielo.
12.-
Por cada vez que se reciten estas oraciones, se ganarán 100 días
de indulgencia.
13.-
Será liberado de la muerte eterna.
14.-
Goza de la promesa de que será contado entre los bienaventurados
del cielo.
15.-
Lo defenderé contra las tentaciones del mal.
16.-
Preservaré y guardaré sus cinco sentidos.
17.-
Lo preservaré de una muerte repentina.
18.-
Yo colocaré mi cruz victoriosa ante él para que venza a sus
enemigos.
19.-
Antes de su muerte vendré con mi amada Madre.
20.-
Lo recibiré muy complacido y lo conduciré a los gozos eternos.
Y habiéndolo llevado allí, le daré de beber de la
fuente de mi divinidad.
ORACIONES:
Señal
de la Cruz.
Para
empezar, recemos un Credo al Sagrado Corazón de Jesús, haciendo
un acto de Fe.
PRIMERA
ORACIÓN
(Padre
Nuestro, Ave María)
¡Oh
Jesús mío! ¡Oh eterna dulzura para los que te amamos!
¡Oh gozo supremo que supera todo gozo y deseo! ¡Oh salvación
y esperanza nuestra! Infinitas pruebas nos has dado de que tu mayor deseo
es estar siempre con nosotros; y fue estesublime
deseo, ¡Oh bendito amor! El que te llevó a asumir la naturaleza
humana. ¡Oh Verbo Encarnado!, recuerda aquella Santa Pasión
que abrazaste por nosotros, para cumplir con el divino plan de reconciliación
de Dios con su criatura. Recuerda Señor tu última cena, cuando
rodeado de tus discípulos, y después de haberles lavado los
pies, les diste tu precioso cuerpo y sangre. Recuerda también cuando
tuviste que consolarlos al anunciarles tu ya próxima Pasión.
Fue
en el huerto de los Olivos, ¡Oh Señor!, donde se escenificaron
los peores momentos de tu Sagrada Pasión: porque fuiste invadido
por la más infinita de las tristezas y por la más dolorosa
de las amarguras, y que te llevaron a exclamar todo lleno de horror y de
angustia: "¡Mi alma está triste hasta la muerte!"... Tres
horas duró tu agonía en aquel jardín; y todo el miedo,
angustia y dolor que padeciste allí, ¡fueron tan grandes!,
que te causó sudar sangre copiosamente. Aquello escapaba a toda
descripción, hasta tal punto que sufriste más allí
que en el resto de tu Pasión, porque ante tus divinos ojos desfilaron
aquellas terribles visiones de los pecados que se cometieron desde
Adán y Eva hasta aquellos mismos instantes, y los pecados que se
estaban cometiendo en aquellos momentos por toda la faz de la tierra, y
los que se cometerían en el futuro, ¡siglos enteros!, ¡hasta
la consumación de los tiempos!
Pero,
¡Oh amor que todo lo vence! A pesar de tu temor humano, así
contestaste a tu Padre: "¡No se haga mi voluntad, sino la tuya!"
E inmediatamente, tu Padre envió aquel precioso Ángel para
confortarte... Tres veces oraste, y al final llegó tu discípulo
traidor, Judas. ¡Cuánto te dolió aquello!
Fuiste
arrestado por el pueblo de aquella nación que Tú mismo habías
escogido y exaltado. Tres jueces te juzgaron, falsos testigos te acusaron,
cometiendo el acto más injusto de la historia de la humanidad, ¡condenando
a muerte a su Autor y Redentor! ¡A aquél que venía
a regalarnos la vida eterna!
Y
te despojaron de tus vestiduras y te cubrieron los ojos... e inmediatamente
aquellos soldados romanos comenzaron a abofetearte, y llenarte de salivazos,
y golpes llovieron contra tu delicado cuerpo. Y te retaban a que les dijeras
quién era el que te lo hacía. De repente, aquella corona
de espinas te la incrustaron mutilando tu cabeza de mala manera; ¡rompiendo
carne, venas y nervios! Para contemplar la mofa a tu condición de
Rey, te dieron un cetro: una vulgar caña que colocaron en tus sagradas
manos.
¡Oh
sublime enamorado de nuestras almas!, recuerda también cuando te
ataron a la columna. ¡Cómo te flageló aquella gente!...
No quedó lugar alguno en tu maravilloso cuerpo que no quedara destrozado
bajo los golpes de los látigos. Otro cuerpo humano hubiese muerto
con menos golpes... La escena era terrible: ¡huesos y costillas podían
verse! ¡Cuánta furia desatada contra el Hombre-Dios!
Oh
Jesús mío, en memoria de aquellos crueles tormentos que padeciste
por nosotros antes de la crucifixión, concédenos antes de
morir un verdadero arrepentimiento de nuestros pecados, que podamos satisfacer
por ellos, que hagamos una santa confesión, te recibamosen
la Santísima Eucaristía, y así, alimentada nuestra
alma, podamos volarhacia Ti.
Así
sea.
(Padre
Nuestro, Ave María)
SEGUNDA
ORACIÓN
¡Oh
salud y alimento de mi alma, libertad verdadera de ángeles y santos!,
¡Paraíso de delicias! Recuerda el horror y la tristeza que
sufriste camino al lugar donde te aguardaba una cruz, cuatro clavos y los
verdugos cuando toda aquella turba se apretujaba a tu paso, y te golpeaba
e insultaba impunemente, haciéndote víctima de las más
espantosas crueldades. Pero más te dolía la ingratitud de
ellos, que los golpes que te infligían, pues era precisamente por
ellos y por todo el género humano, que llevabas aquella Cruz sobre
tus hombros destrozados.
Por
todos aquellos tormentos y ultrajes, y por las blasfemias proferidas en
contra Ti, te rogamos, ¡Oh dueño de nuestra alma! que nos
libres de nuestros enemigos, visibles e invisibles, y que bajo tu protección
logremos tal perfección y santidad, que merezcamos entrar contigo
en tu Reino.
Así
sea.
(Padre
Nuestro, Ave María)
TERCERA
ORACIÓN
¡Oh
dueño de nuestra existencia! Tú que siendo el Creador del
Universo, del Cielo y de la Tierra, de ángeles y hombres, a quien
nada puede abarcar ni limitar y que todo lo envuelves y sostienes con tu
amoroso poder, sin embargo, te dejaste matar por tu obra maestra, el hombre,
para justificarlo ante Ti mismo.
Recuerda
cada dolor sufrido, cada tormento soportado por nuestro amor, cuando los
judíos con enormes clavos taladraron tus sagradas manos y pies.
¡Que espantosa escena se produjo cuando con indescriptible crueldad,
tu cuerpo tuvo que ser estirado sobre la Cruz para que tus manos y pies
llegaran hasta los agujeros previamente abiertos en el madero! ¡Con
cuánta furia agrandaron aquellas heridas! ¡Cómo agregaron
dolor al dolor, cuando tuvieron que estirar tus sagrados miembros violentamente
en todas direcciones! ¡Oh Varón de dolores!
Recuerda
cuando tus músculos y tendones eran estirados sin misericordia,
y tus venas se rompían, y tu piel virginal se desgarraba horriblemente,
y tus huesos eran dislocados.
¡Oh
Cordero divino! en memoria de todo lo ocurrido en la colina del Gólgota,
te rogamos nos concedas la gracia de amarte y honrarte cada día
más y más.
Así
sea.
(Padre
Nuestro, Ave María)
CUARTA
ORACIÓN
¡Oh
divino mártir de amor! ¡Oh médico celestial que te
dejaste suspender en la Cruz para que por tus heridas las nuestras fueron
curadas! Recuerda cada una de aquellas heridas y la tremenda debilidad
de tus miembros, que fueron distendidos hasta tal punto que jamás
ha habido dolor semejante al tuyo. Desde la cabeza a los pies eras todo
llaga, todo dolor, todo sufrías; eras una masa rota y sanguinolenta,
y aún así llegaste, para sorpresa de tus verdugos, a suplicar
a tu Padre, eterno perdón para ellos diciéndole: ¡Padre,
perdónalos porque no saben lo que hacen!
¡Oh
Cristo bendito! En memoria de esta gran misericordia que tuviste, que muy
bien pudiste lanzar a todo aquel mundo malvado a los abismos infernales
con un solo acto de tu poderosa voluntad, por aquella tan grande misericordia
que superó a tu justicia divina, concédenos una contrición
perfecta y la remisión total de nuestros pecados, desde el primero
hasta el último, y que jamás volvamos a ofenderte.
Así
sea.
(Padre
Nuestro, Ave María)
QUINTA
ORACIÓN
¡Oh
Jesús, Oh esplendor de la eternidad! Recuerda cuando contemplaste
en la Luz de tu Divinidad, las almas de los predestinados que serían
rescatados por los méritos de tu sagrada Pasión, también
viste aquella tremenda multitud que sería condenada por sus pecados.
¡Cuánto te quejaste por ellos! Te compadeciste, oh buen Jesús,
hasta de aquellos réprobos, de aquellos desafortunados pecadores
que no se lavarían con tu sangre, ni se alimentarían con
tu Carne Eucarística.
Por
tu infinita compasión y piedad, y acordándote de tu promesa
al buen ladrón arrepentido, al decirle que aquel mismo día
que estaría contigo en el Paraíso, ¡Oh salud y alimento
de nuestra alma! muéstranos esta misma misericordia en la hora de
nuestra muerte.
Así
sea.
(Padre
Nuestro, Ave María)
SEXTA
ORACIÓN
¡Oh
Rey muy amado y deseado ¡ acordaos del dolor que sufriste, cuando
desnudo y como un criminal común y corriente, fuiste clavado y elevado
en la Cruz. También fuiste abandonado de todos tus parientes y amigos;
con la excepción de tu muy amada Madre y tu discípulo Juan.
En tu agonía Ella permaneció fiel junto a Ti, luego la encomendaste
a tu fiel discípulo, diciendo a María: “¡Mujer, he
aquí a tu hijo!” y a Juan: “!He aquí a tu Madre!”
Te
suplicamos, oh nuestro Salvador, por la espada de dolor que entonces atravesó
el alma de tu Santísima Madre, que te compadezcas de nosotros en
todas nuestras aflicciones y tribulaciones tanto corporal como espiritual,
y que nos asistas en cada prueba, especialmente en la hora de nuestra muerte.
Así
sea.
(Padre
Nuestro, Ave María)
SÉPTIMA
ORACIÓN
¡Oh
Rey de Reyes! ¡Fuente de compasión que jamás se agota!
Recuerda cuando sentiste aquella tremenda sed por las almas y que te llevó
a exclamar desde la Cruz: "¡Tengo Sed!" Si, no solamente tenías
sed física, sino sed insaciable por la salvación de la raza
humana.
Por
este gesto de amor por nosotros, te rogamos, Oh prisionero de nuestro amor,
que inflames nuestros corazones con el deseo de tender siempre hacia la
perfección en todos nuestros actos, que extingas en nosotros la
concupiscencia de la carne y los deseos de placeres mundanos.
Así
sea
(Padre
Nuestro, Ave María)
OCTAVA
ORACIÓN
¡Oh
constante dulzura nuestra! ¡Oh deleite diario de nuestro espíritu!
Por el sabor tan amargo de aquella hiel y vinagre que te dieron a probar
en lugar de agua, para aplacar tu sed física, te suplicamos que
aplaques nuestra sed por tu vivificadora sangre, y nuestra hambre por tu
redentora carne, ahora y siempre, y que no nos falte en la hora de nuestra
muerte.
Así
sea.
(Padre
Nuestro, Ave María)
NOVENA
ORACIÓN
¡Oh
Jesús, Virtud Real y gozo del alma! Acuérdate del dolor que
sentiste, sumergido en un océano de amargura, al acercarse la muerte.
Insultado y ultrajado por tus verdugos, clamaste en alta voz que habías
sido abandonado por Tu Padre Celestial, diciéndole: “Dios mío,
Dios mío, ¿Porqué me has abandonado?” Por
aquella angustia que padeciste en aquellos momentos finales de tu Pasión,
te rogamos oh nuestro Salvador que no nos abandones en los terrores y dolores
de nuestra muerte.
Así
sea.
(Padre
Nuestro, Ave María)
DÉCIMA
ORACIÓN
¡Oh
Jesús, que eres principio y fin de todo lo creado , virtud, luz
y verdad! Acuérdate que por causa nuestra fuiste sumergido en un
abismo de penas; sufriendo dolor en todo tu santísimo Cuerpo: En
consideración a la enormidad de tanta llaga que te hicimos los hombres;
enséñanos a guardar por puro amor a Ti, todos tus Mandamientos;
cuyo camino de Tu Ley Divina es amplio y agradable, para aquellos que te
aman.
Así
sea.
(Padre
Nuestro, Ave María)
UNDÉCIMA
ORACIÓN
¡Oh
Jesús mío!, abismo insondable de misericordia, te rogamos
en memoria de tus heridas, las cuales penetraron hasta la médula
de tus huesos y hasta lo más profundo de tu ser, ¡que nos
apartes para siempre del pecado! ¡que no te ofendamos más!
Reconocemos con bochorno que somos unos miserables pecadores y que
te hemos ofendido ¡tantas veces! Que tememos que tu divina justicia
nos condene.
No
obstante, acudimos presurosos a tu misericordia infinita, para que nos
escondas urgentemente en tus preciosas llagas, y así, ocultados
de tu indignado rostro, pueda tu amante Corazón una vez más,
lavar nuestras culpas con tu sangre liberadora. De esa forma Redentor nuestro,
tu enojo e indignación cesarán de inmediato. ¡Gracias
Señor!
Así
sea.
(Padre
Nuestro, Ave María)
DUODÉCIMA
ORACIÓN
¡Oh
Jesús, eterna verdad, símbolo de la perfecta caridad y de
la unidad! Te suplicamos que te acuerdes de aquella multitud de laceraciones,
de aquellas horribles heridas que te hicimos la humanidad pecadora que
querías salvar. Estabas hecho un guiñapo humano, enrojecido
por tu propia sangre. ¡Que inmenso e intenso dolor padeciste en tu
carne virginal por amor a nosotros! ¡Oh dulzura infinita!, ¿qué
pudiste hacer, que ya no hayas hecho por nosotros?
Nada falta. Todo lo has cumplido
Ayúdanos,
Oh Señor, a tener siempre presente ante los ojos de nuestro espíritu,
un fiel recuerdo de tu Pasión, para que el fruto de tus sufrimientos
se vea continuamente renovados en nuestra alma, y para que tu amor se agrande
en cada momento más y más en nuestro corazón, hasta
que llegue aquel feliz día en que te veamos en el cielo, y ser uno
contigo, que eres el tesoro y suma total de todo gozo y bondad.
Así
sea.
(Padre
Nuestro, Ave María)
DÉCIMA
TERCERA ORACIÓN
¡Oh
dulce consuelo de nuestra alma, maravilloso liberador, Rey inmortal e invencible!
Recuerda cuando inclinando tu adorable cabeza, toda desfigurada por los
golpes, la sangre y el polvo del camino, exclamaste: "Todo está
consumado"... Toda tu fuerza mental y física se agotaron completamente.
Por
este Gran Sacrificio y por las angustias y tormentos que padeciste antes
de morir, te rogamos, Oh buen Jesús, que tengas misericordia de
nosotros en la hora de nuestra muerte, cuando nuestra mente esté
tremendamente perturbada; y nuestra alma sumergida en angustia.
Así
sea.
(Padre
Nuestro, Ave María)
DÉCIMA
CUARTA ORACIÓN
¡Oh
doliente Jesús, oh incomprensible Segunda Persona de la Trinidad,
esplendor y figura de su esencia! Recuerda cuando con gran voz entregaste
tu alma a Tu Padre Celestial diciéndole: "¡Padre, en tus manos
encomiendo mi espíritu!" Tu cuerpo estaba despedazado, y tu corazón
destrozado, pero tus entrañas de misericordia quedaron abiertas
para redimirlos! Así expiraste , oh amor infinito...
Por
tu Dolorosa Muerte; te suplicamos, Oh Rey de Santos y Arcángeles,
que nos confortes y nos ayudes a resistir al mundo con sus errores, a Satanás
con sus pérfidas, y a la carne con sus vicios, para que así,
muertos a los enemigos de nuestras almas, vivamos solamente para Ti. Por
eso te rogamos, Oh Dulce Redentor y Salvador, que a la hora de nuestra
muerte recibas nuestras pobres almas desterradas que regresan a Ti.
Así
sea.
(Padre
Nuestro, Ave María)
DÉCIMA
QUINTA ORACIÓN
¡Oh
vencedor de la muerte! ¡Vid verdadera y fructífera! Recuerda
a aquel torrente de sangre que brotó de cada parte de tu Bendito
Cuerpo, igual que la uva exprimida en el lagar.
De
tu Costado perforado por un soldado con la lanza, brotó Sangre y
Agua, hasta no quedar en Tu Cuerpo Gota alguna. Finalmente como un haz
de mirra, elevado a lo alto de la Cruz, la muy fina y delicada Carne tuya
fue destrozada; la Sustancia de tu Cuerpo fue marchitada, y disecada la
Médula de tus huesos.
Por
esta amarga Pasión, y por la Efusión de Tu divina Sangre,
te suplicamos oh dulcísimo Jesús, que recibas nuestra alma,
cuando estemos sufriendo en la agonía de nuestra muerte.
Oh
maravillosa realidad, escándalo para los infieles, ¡gozo indescriptible
para los que te amamos! Ese tu infinito sacrificio pagó el rescate,
y al resucitar y ascender gloriosamente al Cielo, ¡dejaste bien abiertas
las puertas para aquellos que quisieran seguirte! Oh Señor, por
tu amarga Pasión y preciosa sangre, te rogamos traspases nuestros
corazones, para que nuestras lágrimas de amor, adoración
y penitencia, sean nuestro alimento noche y día. Haz que nos convirtamos
totalmente a Ti, que nuestros corazones sean tu perpetuo lugar de reposo;
que nuestras conversaciones te sean siempre agradable; y que al final de
nuestra vida merezcamos que graves, Oh Dios de amor, el Sello de Tu Divinidad
en nuestra alma, para que tanto el Padre como el Espíritu Santo,
te vean bien reproducido en nosotros, y poder así ser contados entre
tus Santos para que te alabemos para siempre por toda la eternidad.
Así
sea.
(Padre
Nuestro, Ave María)