VALOR ESTÉTICO Y ARTISTICIDAD
EN LA TEORÍA DEL ARTE DE A. DANTO[1]
María José Alcaraz
(University of Sheffield)
Resumen: La
teoría del arte de Arthur C. Danto se ha constituido en parte como un
rechazo de la teoría estética del arte. Ha defendido la tesis de que el
criterio estético para distinguir el arte del no-arte es inválido; así
mismo ha defendido la idea de que la estética no forma parte de la
esencia de lo artístico. Me centraré en los argumentos que Danto ha
ofrecido para sustentar ambas tesis. Trataré de mostrar, en primer
lugar, que sus argumentos no son concluyentes y, en segundo lugar, que
su concepción de lo estético está en tensión con su propia noción del
significado artístico.

En la primera sección de
este artículo presentaré brevemente la teoría estética del arte
subrayando los aspectos que son problemáticos para Danto. En la sección
II, revisaré el argumento ofrecido por Danto contra el criterio estético
del arte. En la III, intentaré mostrar que el experimento de los
indiscernibles no es concluyente con respecto al fracaso del criterio
estético que parece seguirse de la aceptación del experimento; y,
finalmente, (sección IV) examinaré dos problemas: por un lado, (i), si
el supuesto fracaso del criterio estético implica que el valor estético
no tiene nada que ver con el concepto de arte; esto es, si el valor
estético puede considerarse, contra Danto, como un aspecto constitutivo
de lo que llamamos arte. Y (ii) hasta qué punto puede Danto defender su
concepción del significado artístico como “significado encarnado” al
tiempo que pasa por alto el modo en el que los aspectos estéticos de la
obra de arte contribuyen o constituyen su significado.
No es parte esencial del
enfoque que aquí presento ofrecer además una defensa de la teoría
estética del arte. Mi objetivo es más modesto: tratar de mostrar que la
crítica de Danto a la teoría estética es menos convincente de lo que
pueda parecer en un principio y de que lo estético tiene, y tal vez deba
tener, cabida en nuestra noción de arte –incluso dentro el marco
teórico diseñado por Danto.
I
En primer lugar, presentaré
brevemente las líneas principales de la definición estética del arte,
así como del criterio para que algo cuente como arte que se deriva de la
misma.
Existen numerosas versiones de la concepción estética del arte [3].
Algunas se centran en la naturaleza del objeto artístico y sostienen
que un objeto puede considerarse como arte si posee valor estético.
Otras enfatizan la importancia de las intenciones del productor a la
hora de crear un objeto estéticamente valioso; éstos últimos son más
flexibles a la hora de exigir que el objeto en cuestión posea de hecho
valor estético para que sea considerado arte. Ambas versiones coinciden,
sin embargo, en la importancia del valor estético como rasgo principal
del arte.
En general el valor
estético se concibe como algo que se aprehende en una experiencia
perceptiva del objeto. Las propiedades estéticas son un subconjunto de
las propiedades perceptivas y típicamente se identifican a través de un
acto perceptivo: mirar, escuchar, tocar, etc. El criterio estético es,
pues, un criterio perceptivo: juzgamos el valor estético de una obra –y
así discriminamos entre arte y no arte- a través de una experiencia
perceptiva de la misma. De este modo, una obra producida con una
intención estética será arte si posee un valor estético que podamos
reconocer a través de una experiencia.
Esquemáticamente: (i) Un
objeto es producido con la intención de provocar una experiencia
estética o de poseer valor estético; (ii) experimentamos el objeto para
valorarlo estéticamente; y (iii) decidimos si el objeto merece ser
considerado como “arte” en función de la cualidad estética de la
experiencia que proporciona.
Este criterio funcionaria
si cada obra produjera una única experiencia estética o pudiera ser
descrita exclusivamente a través de una descripción estética. Si así
fuera, podríamos decidir para cada objeto u obra si es estéticamente
valiosa simplemente experimentándola estéticamente. Sin embargo, como ya
es generalmente reconocido, cualquier objeto puede experimentarse
estéticamente de muchas formas y las variaciones en nuestras
descripciones estéticas dependen en parte de las descripciones bajo las
que percibimos la obra. Así, junto a una experiencia de la obra,
necesitamos una interpretación correcta del objeto si su valor estético
ha de identificarse correctamente. El argumento de Danto explota este
aspecto de la experiencia estética –su carácter relativo a una
interpretación- para desestimar la validez de la misma como criterio
para determinar si algo es arte.
II
La crítica de Danto
al criterio estético es la siguiente: En primer lugar, muestra que
si el status artístico de un objeto se determina a través de una
experiencia del mismo, dos objetos perceptivamente indiscernibles
poseerán el mismo valor estético; por tanto, si de uno de ellos decimos
que es una obra de arte en base a la experiencia que proporcionar, lo
mismo hemos de decir del otro. Sin embargo, normalmente negamos valor
estético a copias perfectas de obras de arte o, al menos, consideramos
que su valor difiere del que poseen los originales. Lo mismo puede
decirse del valor estético de obras como los ready-mades o de obras que
resultan ser perceptivamente indiscernibles de objetos que no son arte.
En estos casos, el juicio estético que corresponde a la obra difiere del
que afirmaríamos del mero objeto que es perceptivamente indiscernible
de aquella.
Las concepciones
experienciales del valor estético no pueden explicar esta divergencia en
los juicios estéticos que corresponden a cada uno de estos objetos ya
que, en tanto que objetos perceptivamente indiscernibles, producirán, en
principio, experiencias estéticas idénticas. Por tanto, o bien
reconocemos que la mera experiencia perceptiva de la obra no nos
proporciona los elementos necesarios para juzgar el objeto estéticamente
o aceptamos que objetos perceptivamente indiscernibles nunca difieren
en su valor estético. Si adoptamos la primera de estas opciones, hemos
de conceder que la concepción experiencial del valor estético no es
suficiente como criterio para determinar si algo es una obra de arte. Si
adoptamos la segunda, nos vemos obligados a atribuir valor estético a
objetos a los que normalmente les negamos dicho valor; por ejemplo, a
falsificaciones, copias perfectas y otros objetos que resultan ser muy
similares a las grandes obras de arte pero cuya apariencia no se ha
producido intencionalmente.
Incluso si parece razonable
pensar que obras perceptivamente indiscernibles proporcionarán
experiencias estéticas similares, existe una convicción cada vez mayor
en la idea de que un mismo objeto –o un par de objetos que son
perceptivamente indiscernibles- puede satisfacer mas de una descripción
estética. Por citar solo un par de defensores de esta idea, podemos
señalar al propio Danto [4] y a Kendall Walton [5].
Así, por ejemplo, si seguimos uno de los ejemplos de indiscernibles presentados por Danto en su The Transfiguration of the Commonplace [6],
podemos imaginar un conjunto de cuadrados rojos que son perceptivamente
indiscernibles entre sí pero que pertenecen a categorías ontológicas
diferentes o son obras de arte diferentes. Con este experimento mental,
Danto espera mostrar (i) que la indiscernibilidad perceptiva es
compatible con diferencias en el status ontológico de los objetos
involucrados en el experimento; y (ii) que la descripción estética
que corresponde a cada uno de ellos es distinta en parte como resultado
de percibirlos bajo las descripciones adecuadas. Más aún, cuando una
descripción particular hace alguna referencia al status artístico del
objeto juzgado, el espectador es invitado a juzgar estéticamente la obra
de manera diferente a si estuviera juzgando un mero objeto. Pero
entonces no podemos, sin incurrir en el pecado filosófico de la
circularidad, apelar al valor estético de una obra para determinar su
status artístico.

Así, mientras que uno de
los cuadrados rojos puede ser una obra dramática, un mero cuadrado
rojo carece de
expresividad; donde uno puede ser una obra íntima, otro puede ser
aburrido o insípido. La idea de Danto es que para identificar
correctamente el valor estético de un objeto necesitamos haberlo situado
bajo la descripción adecuada y esto conlleva, entre otras cosas,
tener en cuenta si el objeto es o no una obra de arte –y si lo es, qué
tipo de obra de arte es. De este modo, de acuerdo con su teoría, solo
cuando ya sabemos si un objeto es una obra de arte, seremos capaces de
percibir correctamente su valor estético. Al decir de Danto: “Si el
conocimiento de que algo es una obra de arte involucra una diferencia en
el tipo de respuesta estética al objeto -…- entonces habría un problema
de circularidad en cualquier definición del arte en la que se hiciera
referencia a la respuesta estética como rasgo definitorio” [8].
Una de las consecuencias de
este razonamiento es que la mera experiencia del objeto no es
suficiente para captar el valor estético del objeto. Necesitamos algo
más, esto es, necesitamos información sobre las intenciones involucradas
en la producción de la obra, el periodo histórico en el que se produjo,
el estilo y el género dentro de los que la obra ha sido concebida, el
status artístico del objeto, etc. Por todo esto, de acuerdo con Danto,
la concepción experiencial del valor estético fracasa y con ella el
criterio estético para identificar el arte. Sin embargo, Danto va más
allá y afirma que este fracaso indica además otro hecho importante
acerca del arte: la independencia total del arte de la estética. Si el
criterio estético no puede ayudarnos a distinguir el arte del no-arte,
entonces el arte no puede definirse en términos estéticos. Así, Danto
considera que el fracaso del criterio estético para la identificación
del arte es un síntoma de la imposibilidad de definir el arte en
términos estéticos y, de manera más contundente, de la independencia del
arte de lo estético [9].
Ahora bien, ¿es
realmente el criterio estético un mal criterio? Y si lo es, ¿implica
este fracaso que el arte y la estética recorren caminos separados? En
las siguientes secciones trataré de contestar a ambas cuestiones.
III
Creo que debemos aceptar
las tesis de Danto sobre el modo cómo identificamos el valor estético de
las obras de arte. De hecho, esta concepción puede extenderse a otros
objetos producidos por los seres humanos que a menudo caracterizamos
estéticamente. Sin embargo, creo que Danto yerra al determinar el tipo
de información que es necesaria para describir correctamente las
propiedades estéticas de un objeto [10]. Es cierto que para que nuestra
valoración estética de un objeto sea adecuada es necesario cierto
conocimiento sobre el tipo de objeto que estamos juzgando, el periodo,
las intenciones y el género dentro del que el objeto ha sido producido.
La valoración estética de un objeto será diferente si el objeto en
cuestión es una pintura o una escultura (un bajo-relieve, por ejemplo) o
si ha sido producido en un período u otro. Incluso puede que sea
necesario saber que el artista que produjo la obra pretendía hacer una
obra de arte.
Sin embargo, contra Danto,
esto no implica que necesitemos saber antes de juzgar estéticamente el
objeto que éste es una obra de arte; basta con que sepamos que fue
producido con la intención de que lo fuera. Una vez que sabemos esto es
entonces tarea de nuestro juicio estético determinar si la obra merece
el status de arte o si simplemente aspira a él. Saber que ha sido
producido con la intención de ser una obra de arte nos ayuda a percibir
el objeto bajo cierta luz y expectativas. Sin embargo, solo si la obra
es valiosa estéticamente podremos considerarla como arte propiamente
dicho. Así, al exigir que sepamos si el objeto es arte o no para
determinar su valor estético, Danto está introduciendo un requisito que
no es en absoluto necesario para determinar la cualidad estética de la
obra que estamos juzgando. Es más, al caracterizar de este modo el
criterio estético él mismo introduce los elementos que posteriormente le
servirán para establecer su acusación de circularidad.
De la crítica de Danto
podemos rescatar la idea de que para valorar correctamente una obra
hemos de percibirla bajo una descripción adecuada y que distintas
descripciones pueden dar lugar a distintas valoraciones estéticas. Un
mismo objeto puede satisfacer más de una descripción pero solo una de
ellas será correcta y solo bajo ella podemos capturar el valor estético
que el objeto posee.
Ahora bien, ¿está este
aspecto de la experiencia estética en conflicto con la caracterización
del criterio estético tal y como lo presentamos anteriormente? Esto es,
¿podemos determinar el valor estético de un objeto a través de una
experiencia perceptiva del mismo? En mi opinión no hay conflicto alguno.
El énfasis de Danto en el papel de la información relevante para
determinar correctamente el valor estético de un objeto parece alimentar
la idea de que la mera experiencia del objeto no puede ayudarnos a
distinguir el arte del no-arte. Ha defendido la idea de que para
determinar el status artístico de un objeto necesitamos apelar a cierto
tipo de información que no es dada en la mera percepción del objeto. Sin
embargo, si adoptamos una concepción más amplia de la percepción que la
adoptada por Danto, podemos proporcionar una concepción de la
experiencia estética que acoja como elementos constituyentes de la
experiencia aspectos contextuales del objeto.

La versión naïf del
criterio estético puede caracterizarse del siguiente modo: el valor
estético de un objeto se aprehende en una experiencia perceptiva del
objeto independientemente de cualquier tipo de información sobre éste;
esto es, basta con percibir su color, forma, tamaño, etc., -lo que
comúnmente se denominan propiedades formales. Ya hemos establecido, en
parte siguiendo la crítica de Danto, que esta concepción es defectuosa
por dos razones: En primer lugar, porque el mismo objeto puede
experimentarse estéticamente en más de un modo, de manera que no podemos
saber cual de estas experiencias captura realmente su verdadero valor
estético; y en segundo lugar, porque para percibir el valor estético de
un objeto se requiere algo más que prestar atención a sus propiedades
formales, es necesario además que situemos el objeto adecuadamente. Así,
¿cómo podemos corregir esta concepción si ha de servirnos como criterio
para discriminar el arte del no-arte?
Creo que podemos resolver
las insuficiencias de la concepción estética si comprendemos las
adscripciones estéticas como dependiendo no solo de las propiedades
formales del objeto, sino siendo igualmente determinadas por la
identidad histórica del objeto. Esto no conlleva, como pueda parecer sin
embargo, el abandono del carácter perceptivo de la identificación del
valor estético. En mi opinión las propiedades estéticas han de
entenderse como relaciones triádicas, esto es: una propiedad estética es
una que (i) un objeto posee en virtud de (ii) su apariencia para un
sujeto que (iii) está bien informado acerca de las condiciones dentro de
las que el objeto ha sido producido así como de las intenciones que han
gobernado su producción.
La concepción naïve
construye erróneamente el carácter perceptivo de las propiedades
estéticas porque asume que éstas solo pueden ser genuinamente
perceptivas si se reducen a los aspectos formales del objeto. Sin
embargo, el hecho de que el mismo objeto pueda ser descrito
estéticamente en más de un modo debería ser ya una razón suficiente para
dudar de este presupuesto de la concepción naïve. Si el contenido
estético de la obra dependiese meramente de sus aspectos formales, no
habría modo de explicar la variedad de adscripciones estéticas que un
mismo objeto puede soportar. Así, debe haber algo que justifique que una
descripción estética es válida del objeto frente a otras posibles
descripciones y esto puede bien ser una propiedad relacional que sitúe
al objeto en cierto contexto histórico. Por ejemplo, la valoración
estética de una sonata será diferente si sabemos que fue compuesta por X
en el siglo XVIII en lugar de haber sido compuesta por Z en el siglo
XIX. Incluso si las partituras son idénticas –es decir, están compuestas
por las mismas notas y en el mismo orden-, el valor estético diferirá
una vez que tenemos en cuenta el contexto histórico en el que cada una
de estas obras ha sido producida. Así, aunque las propiedades
estéticas se aprehenden siempre a través de una experiencia perceptiva
del objeto, dicha experiencia es sensible a la información histórica y
será adecuada solo cuando esté informada por dicha información.
Así, si asumimos esta
concepción de la experiencia estética, parece plausible que podamos
determinar el valor estético de un objeto a través de una experiencia
adecuada del mismo -esto es, teniendo en cuenta la información relevante
sobre su producción- y, de este modo, determinar si el objeto merece o
no la etiqueta de “arte” [11].
Aunque esto puede parecer
una defensa de la teoría estética del arte, la concepción aquí
presentada solo pretende bloquear la objeción de Danto derivada de su
experimento de los indiscernibles.
IV

En segundo lugar, Danto
puede querer decir otra cosa distinta y, en cierto sentido, más
controvertida: que el valor estético de una obra de arte es irrelevante
para su valor artístico [13]. De acuerdo con esta tesis, una obra
puede poseer un escaso valor estético, pero ser una gran obra de arte;
o, viceversa, puede poseer un gran valor estético pero carecer de
interés artístico. Dicho brevemente, el valor artístico de una obra es
independiente de su dimensión estética. De este modo, el valor estético,
aunque puede ocasionalmente contribuir al valor artístico de una obra,
no lo hace de forma necesaria y, en consecuencia, el valor artístico no
es siempre sensible al mérito estético. Si podemos dar sentido a la idea
de que una obra pueda poseer cierto valor estético y que este no
contribuya a su valor artístico, entonces la mera presencia de ese valor
estético no conlleva que una obra sea mejor gracias a ello. Una
propiedad estética puede contribuir o ser neutral con respecto al valor
artístico de una obra [14]. Por tanto, tenemos razones para dudar que el
valor estético, cuando está presente en una obra, siempre contribuya
positivamente al valor artístico.
Creo que tanto si lo
entendemos de la primera forma como de la segunda, la tesis de Danto es
errónea. Es más, si Danto estuviera comprometiéndose con el segundo modo
de entender esta tesis, entonces tendría que revisar la coherencia de
su propia concepción del significado artístico a la luz de aquella.
Ahora bien, ¿se compromete Danto con estas dos formas de entender su
tesis de la independencia del arte y la estética? En mi opinión lo hace,
pero, una vez más, hemos de mirar a su experimento de los
indiscernibles para mostrar cómo esto es así.
Una forma de resumir el
razonamiento de Danto sería el siguiente: puesto que el arte y el
no-arte pueden ser perceptivamente indiscernibles, ningún criterio
perceptivo puede ayudarnos a distinguir el arte del no-arte. El criterio
estético es un criterio perceptivo; por tanto, debemos abandonar el
criterio estético. Si el valor estético de una obra es irrelevante para
determinar su status artístico, entonces (i) el valor estético de las
obras de arte es un rasgo contingente de las mismas: algunas obras
pueden poseer valor estético pero esto no es lo que las hace ser arte;
además, (ii) el valor estético no es un rasgo necesario de las obras de
arte. Una determinada obra puede carecer de valor estético y aún así ser
una obra de arte o, incluso si posee alguno, puede suceder que dicho
valor sea irrelevante para nuestra valoración del objeto como obra de
arte; esto es, podemos apreciar su valor artístico independientemente de
su dimensión estética. Por tanto, el arte no tiene ningún lazo
necesario con los aspectos estéticos de la obra de arte.
En mi opinión hay un paso
erróneo en este argumento, que trataré de señalar a continuación. La
conclusión del experimento de los indiscernibles de Danto es que el
valor estético no es suficiente para determinar el status artístico de
una obra, no que sea innecesario. No es incompatible con las
consecuencias del experimento que el valor estético sea una condición
necesaria para el arte –aunque parece que resulta más difícil establecer
que también sea una condición suficiente. Por tanto, la conclusión de
Danto de que lo estético “no pertenece realmente a la definición del
arte” [15] sería un a non-sequitur. Incluso
si el valor estético no nos es de ninguna ayuda a la hora de distinguir
el arte de los meros objetos, no se sigue de este hecho que la cualidad
estética sea un rasgo contingente del arte; puede ser perfectamente un
rasgo necesario y, por tanto, lo estético pertenecería a lo que Danto
llama la “esencia del arte”. En este sentido, no podría haber arte
estéticamente pobre o arte sin valor estético alguno. Lo que necesitamos
si hemos de mostrar que lo estético es completamente irrelevante para
el arte sería una prueba de que puede haber arte sin estética, de que
existen tales obras o pueden existir [16]. Sin embargo, esto es algo que el experimento de los indiscernibles esta lejos de haber mostrado.

Ahora bien, ¿podemos
realmente sostener que el valor estético de una obra es escaso pero que
la obra como tal es una gran obra de arte? Podemos, pero hasta cierto
punto este tipo de afirmaciones parecen entrar en tensión con la
concepción del significado artístico defendida por Danto; pues, para él,
la dimensión estética de la obra está en parte determinada por el
carácter simbólico de la obra. Para Danto, la descripción
estético-perceptiva de la obra depende del contenido, o significado, que
supuestamente porta la obra. Brevemente, su valor estético no es
independiente de su contenido artístico. Ahora bien, si ya ha reconocido
que el valor estético de una obra es relativo a su correcta
interpretación, no tiene mucho sentido hablar de la dimensión estética
como si fuera algo independiente de la misma interpretación que, en la
concepción de Danto, constituye la obra en tanto que la obra de arte que
es. Esto es, una vez que aceptamos la concepción presentada por Danto
del significado artístico resulta incoherente considerar la dimensión
estética de la obra como algo independiente de la interpretación que la
constituye. En este sentido, el valor estético de la obra de arte
debería considerarse como siendo de una pieza con otros aspectos que
consideramos relevantes a la hora de determinar el valor artístico de
una obra.
El deseo de Danto de negar a
la estética un papel esencial en el arte reside, en mi opinión, en una
mala comprensión de lo que es una propiedad estética; a su vez, esta
mala comprensión de lo estético se debe a que Danto asume como modelo de
la teoría estética el modelo formalista o concepción naïf que hemos
caracterizado anteriormente y que él mismo ha criticado en otras partes
de su obra. Sin embargo, si aceptamos, como Danto mismo ha hecho en
ocasiones, que lo estético es sensible a algo más que las propiedades
formales de las obras, entonces no necesitamos rechazar el valor
estético como criterio para el arte. Ahora bien, ¿por qué Danto asume
esta concepción de lo estético cuando él mismo se ha encargado de
mostrar su insuficiencia? Parte de la respuesta reside, creo, en la
identificación que Danto lleva a cabo entre propiedades estéticas en
general con “belleza” entendida en el sentido kantiano. Y, de hecho,
Danto ha correctamente señalado que las teorías estéticas se inspiran en
gran medida en la Crítica del Juicio de Kant.
Sin entrar a discutir hasta
qué punto la concepción de la belleza heredada de la obra kantiana
determina una concepción estrecha de lo estético, podemos decir que
Danto no necesita, en absoluto, asumirla. Es más, al hacerlo está
caracterizando esta concepción de lo estético y su relación con el arte
de una forma que hace imposible que lo primero nos sirva de criterio
para lo segundo.
Finalmente, puede ser
cierto que la estética, entendida en un sentido estrecho –esto es, en un
sentido estrictamente formalista- no nos sea de gran ayuda para
distinguir el arte del no-arte o para valorar artísticamente un objeto.
Sin embargo, como he tratado de argumentar, ésta no solo es una forma
errónea de caracterizar la naturaleza de las propiedades estéticas, sino
que conlleva una mala comprensión del papel de la estética en el arte.
No es que apelemos al valor estético de un objeto para determinar su
valor artístico; más bien, dado el tipo de objeto que estamos
experimentando, su valor estético está integrado con su cualidad
artística –incluso si otras consideraciones pueden ser también
relevantes para determinar su valor artístico [17].
1 Este
artículo ha sido posible a la financiación del proyecto de
investigación "La expresión de la subjetividad en las artes"
HUM2005-02533 por el Ministerio de Educación y Ciencia y a la beca
postdoctoral EX-2006-1137.
2 A. Danto, ‘A Future for Aesthetics’, Journal of Aesthetics and Art Criticism,
1993, 51 (2), pp. 271-277: ‘my view was that aesthetics does not really
belong to the essence of art.’ (las traducciones de las citas de A. C.
Danto son de la autora del artículo)
3 M. Beardsley, ‘An Aesthetic Definition of Art’ in What is Art?, Hugh Cutler (ed.), (New York, Haven Publishers, Inc., 1983), pp. 15-29; H. Osborne, ‘What is a Work of Art?, British Journal of Aesthetics, vol. 23 (1981),pp. 1-11; W. Tolhurst, ‘Towards an Aesthetic Account of the Nature of Art’, The Journal of Aesthetics and Art Criticism, vol. 42 (1979), pp. 1-14; M. Budd, Values of Art, (London, Penguin Books, 1995); James C. Anderson, ‘Aesthetic Concepts of Art’, en Theories of Art Today,
Noël Carroll (ed.), (Madison, The University of Wisconsin Press, 2000),
pp. 65-92; Marcia M. Eaton, ‘A Sustainable Definition of “Art”’,
en Theories of Art Today, Noël Carroll (ed.), (Madison, The University of Wisconsin Press, 2000) , pp. 141-159.
4 En su The Transfiguration of the Commonplace, (Cambridge,
Harvard University Press, 1981) experimento se pueden encontrar
numerosos ejemplos del experimento de los indiscernibles de Danto.
5 Kendall Walton, ‘Categories of Art’, en Aesthetics. A Critical Anthology Dickie, George, Sclafani, Richard & Roblin, Ronald (eds.), (New York, St Martin Press, 1989), pp. 394-414.
6 A. C. Danto, 1981.
7
‘My own view is that a work of art has a great many qualities of a
different sort altogether, than the qualities belonging to objects
materially indiscernible from them but not themselves artworks. And some
of these qualities may very well be aesthetic ones, or qualities one
can experience aesthetically or find “worthy and valuable”. But then in
order to respond aesthetically to these, one must first know that it is
an artwork, and hence the distinction between what is art and what is
not is presumed available before the difference in response to that
difference in identity is possible.’ A. C. Danto, 1981, p. 94.
8 ‘If
knowledge that something is an artwork makes a difference in the mode
of aesthetic response to an object … then there would be a threat of
circularity in any definition of art in which some reference to
aesthetic response was intended to play a defining role.’ A. C. Danto,
p. 91.
9 Aunque el propio Danto ha atenuado esta tesis en sus obras posteriores y especialmente en su libro The Abuse of Beauty, su rechazo del criterio estético fue y es una razón para descartar la concepción estética del arte.
10
De una forma similar a la que ofrece Walton en su ‘Categories of Art’ o
Jerrold Levinson en su The Pleasures of Aesthetics (Ithaca, Cornell
U.P., 1996) y ‘What Are Aesthetic Properties?’ Proc. Arist. Socy.
Suppl., 79, 2005.
11
Además, esta concepción no viola en absoluto otra de las máximas
reconocidas a las que a menudo se apelan cuando se discute la naturaleza
de las adscripciones estéticas: esta máxima dice que no existen leyes
estéticas. No hay leyes que determinen cuando un determinado predicado
estético se dice verdaderamente de una obra.
12
En palabras del propio Danto: ‘aesthetics seems increasingly inadequate
to deal with art after the 1960s –with “art after the end of art” as I
have elsewhere termed it.’ A. C. Danto, After the End of Art,
Contemporary Art and the Pale of History, (Princeton, Princeton
University Press, 1997), p. 85. Más aún, ha sostenido que considerar las
pinturas rupestres o algunas obras arquitectónicas -como las pirámides-
como obras de arte conlleva una comprensión totalmente errónea de la
naturaleza y el propósito con el que fueron producidos aquellos objetos.
Como ha señalado Danto: ‘It would be a mistake to suppose that
contemplation belongs to their essence as artworks, for it is almost
certain that the people who made them had little interest in their
contemplation’, ibid, p. 95.
13
‘I am uncertain that one can come up with a sort of “unified field
theory of artistic goodness” …. But I at least know that it is bad
critical practice to dismiss works which lack aesthetic goodness in
Greenberg’s terms as artistically bad’, A. C. Danto, Ibid, p. 85.
14
Dejo abierta la posibilidad de que Danto también se comprometa con la
tesis de que el valor estético pudiera también contar contra el valor
artístico de una obra.
15 The aesthetic ‘does not really belong to the essence of art’, Ibid.
16
En este sentido, se ha sugerido que el arte conceptual puede ser
considerado como un contraejemplo a la teoría estética del arte; debido a
su naturaleza no-perceptiva, las obras de arte conceptual suponen un
desafío a la idea de que toda obra de arte ha de proporcionar una
experiencia estética o poseer valor estético. A menos que sea posible
proporcionar una visión más amplia de las propiedades estéticas de
manera que podamos incluir propiedades estéticas no-perceptivas, el arte
conceptual sigue suponiendo una dificultad para el establecimiento de
la concepción estética del arte. Se han llevado a cabo algunos intentos
de incluir este tipo de propiedades entre las llamadas propiedades
estéticas de manera que el arte conceptual deje de ser un impedimento
para la generalización de la concepción estética. Entre ellos,
podemos citar los trabajos de R. Hopkins, ‘Speaking Through Silence.
Conceptual Art and Conversational Implicature’, en Conceptual Art, Peter
Goldie y Elisabeth Schellekens (eds.), Oxford University Press, 2006;
J. Shelley, ‘The Problem of Non-Perceptual Art’, British Journal of
Aesthetics, Vol. 43, Nº 3, October, 2003, pp. 363-378 y Carroll’s
‘Non-Perceptual Aesthetic Properties: Comments for James Shelley’
British Journal of Aesthetics, Vol. 44, Nº 4, October, 2004, pp.
413-423.
17
Quisiera agradecer a Robert Hopkins, Francisca Pérez Carreño,
Alessandro Bertinetto y a la audiencia del Master en Estética y Teoría
Contemporánea del Arte por sus útiles comentarios.
María José Alcaraz León
M.Alcarez-Leon@sheffield.ac.uk
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