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DAMAS

 

El juego de las damas se inició en Egipto como una forma de pronóstico militar hacia el año 2000 a.C., y se conocía como alquerque. Había piezas “enemigas”, movimientos “hostiles” y “capturas”. Se han encontrado ejemplares de este juego en tumbas egipcias y, junto con las pinturas murales, revelan que el alquerque era un juego para dos, en el que cada jugador movía hasta una docena de. piezas a través de una matriz cuadriculada. Adoptado con ligeras modificaciones por griegos y romanos, el juego de las damas se convirtió en el favorito de los aristócratas.

 

PARCHÍS, 1570, India

 

El parchís tuvo su origen en la India del siglo XVI, y precisamente como juego real y eminentemente machista.

 

El «tablero» original del juego fue el patio real del emperador mogol Akbar el Grande, que gobernó la India desde 1556 hasta 1605. Las fichas, que se movían de acuerdo con la puntuación que arrojaba el dado del emperador, eran las muchachas más bellas de la India, que se desplazaban desde una casilla a otra entre los arbustos y matorrales del floreciente jardín.

 

Los dados eran cauríes, unas conchas de molusco de vivos colores y especial brillo que en otro tiempo sirvieron como moneda. Una concha que cayera con su abertura hacia arriba contaba como un paso para una ficha. Las mujeres más exquisitas del país se disputaban el honor de actuar como piezas en esta diversión del emperador, llamada pacisi, en hindú “veinticinco”, el número de conchas lanzadas en una serie.

 

Durante la era victoriana, este juego indio entretuvo la sobremesa de los británicos. La trayectoria de forma estrellada, atravesada por las fichas de marfil, era una copia de los senderos en el jardín de Akbar. El centro del tablero, o sea el lugar de destino para los jugadores, representaba el trono situado en el jardín de Akbar. Uno de los jardines indios utilizados para este juego subsiste todavía en el palacio de Agra.

 

MONOPOLY, 1933, Pennsylvania

 

Como reacción contra la pobreza creada por la Gran Depresión, Charles B. Darrow, un ingeniero sin trabajo, oriundo de Germantown, Pennsylvania, creó el juego del Monopoly, basado precisamente en grandes jugadas financieras y compra y venta de propiedades inmobiliarias.

 

Prácticamente sin recursos y muy deprimido, Darrow pasaba largas horas en su casa ideando juegos de sobremesa para entretenerse. La escasez de medios convertía la consecución de un dinero fácil en la característica esencial de sus pasatiempos, y las noticias que aparecían a diario en los periódicos acerca de quiebras y liquidaciones de propiedades sugerían la existencia de “hipotecas”, “hoteles” y “casas” que podían conseguirse, y también perderse con el simple lanzamiento de un dado. Un día de 1933, los elementos propios de la fácil consecución del dinero y del carácter efímero de la propiedad se unificaron al recordar Darrow unas vacaciones que se había tomado en otros tiempos mejores en Atlantic City, Nueva Jersey. Las calles de aquel centro turístico se convirtieron para él en cuadrados de un tablero de juego, y también las grandes fincas del lugar, situadas en los puntos más céntricos de éste. Los amigos y la familia de Darrow disfrutaron tanto con este entretenimiento hogareño, que en 1934 le persuadieron para que se dirigiera a la firma Parker Brothers, especialista en juegos de salón. Los ejecutivos de la empresa probaron el Monopoly y después lo rechazaron por unanimidad, alegando que el concepto era aburrido, la acción muy lenta y las normas desesperantemente complicadas.

 

Darrow perseveró, y en los almacenes Wanamaker's de Filadelfia conoció a un ejecutivo que no sólo disfrutó jugando al Monopoly, sino que se ofreció para ponerlo a la venta. Con préstamo de sus familiares y amigos, Darrow se hizo fabricar cinco mil juegos de Monopoly y los entregó a la firma Wanamaker's. Cuando la Parker Brothers descubrió que el juego se vendía bien, volvió a estudiarlo y descubrió que era imaginativo, rápido y sorprendentemente fácil. El juego obtuvo su patente en el año 1935 y al poco tiempo los talleres de aquella empresa producían veinte mil tableros de Monopoly por semana.

 

Sin embargo, los altos ejecutivos de la firma todavía tenían sus reservas. Creían que el juego era propio tan sólo para el mercado de los adultos, y que su práctica constituía un capricho que no duraría más de tres años. En diciembre del año 1936, convencido de que la popularidad del juego tocaba a su fin, George Parker, presidente de la compañía ordenó a su fábrica que “cesara inmediatamente en la producción de más tableros o cajas de utensilios”. Y añadió: “Dejaremos de fabricar el Monopoly ante la posibilidad de un declive inmediato.

 

Desde luego, este declive no se produjo, y Charles Darrow, en otro tiempo un ingeniero cesante, se hizo millonario gracias a los royalties, mientras su juego se hacía popular en veintiocho países y diecinueve idiomas. Hay pruebas de que este tablero capitalista sirvió incluso como juego en la Unión Soviética, puesto que seis tableros de Monopoly expuestos en la Exposición Nacional Americana en Moscú, en el año 1959, desaparecieron misteriosamente. Curiosamente, en España este juego se llamó popularmente “el palé” cuando las partes del tablero representaban la ciudad de Madrid. En cambio, cuando la urbe puesta en juego era Barcelona, conservó su nombre original. Hoy en día, el Monopoly sigue siendo uno de los dos juegos de sobremesa más vendidos en este siglo. El otro es el Scrabble.

 

SCRABBLE, 1931, Nueva Inglaterra

 

Como el inventor del Monopoly, Charles Darrow, el hombre que concibió el Scrabble, Alfred Butts, se quedó sin empleo durante la Depresión. A diferencia de Darrow, en cambio, que tradujo la pobreza en un juego en el que se manejaban fortunas fantásticas, Butts se entretuvo en su casa con un puro escapismo, traduciendo la manía nacional de los crucigramas a un intrigante juego de sobremesa al que dio el poco sorprendente nombre de Criss Cross.

 

Tal como fue concebido en el año 1931, el Criss Cross consistía en un centenar de fichas de madera, cada una de las cuales llevaba pintada una letra del alfabeto. Sin embargo, las reglas finales del juego, así como el valor de puntuación de cada letra, basado en la frecuencia de su uso, exigieron a Butts casi una década para llegar a su cabal perfeccionamiento.

 

Alfred Butts no tenia prisa, puesto que el Criss Cross era un entretenimiento hogareño para su familia y sus amigos. Fue un amigo suyo, James Brunot, quien en el año 1948 le convenció de las posibilidades comerciales del juego y le persuadió para que lo patentara con el nombre de Scrabble.

 

En el curso de una serie de pruebas el Scrabble interesó a la empresa Selchow & Righter, especializada en juegos de sociedad, y que ya se había anotado en Estados Unidos un best-seller con el parchís. Tal como había ocurrido con la Parker Brothers, convencida de que el Monopoly seda un capricho pasajero, la Selchow & Righter también estaba segura de que el Scrabble, una especie de refrito de los crucigramas, no se vendería más de un par de años. Sin embargo, se convirtió en uno de los juegos de sobremesa más vendidos de todas las épocas, fue traducido a diversos idiomas e incluso se fabricó una versión Braille para los ciegos. Todavía hoy sigue vendiéndose en grandes cantidades.