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Control de natalidad

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Vasectomía, espermatozoide y óvulo

 

PÍLDORA ANTICONCEPTIVA, década de 1950, Shrewsbury, Massachusetts

 

Ningún acontecimiento en la historia de la contracepción ha tenido un efecto más profundo sobre el control de la natalidad que la aparición de un contraceptivo oral. La “píldora”, como pronto llegó a ser conocido este anticonceptivo, contiene unas sustancias de tipo hormonal que se introducen en la sangre e interrumpen la producción de óvulos. Aunque a mediados del siglo XIX ya se pronosticó la aparición de unas píldoras anticonceptivas, éstas no se convirtieron en realidad hasta la década de 1950, como resultado de las investigaciones médicas y del estímulo dado por Margaret Sanger, organizadora del movimiento de paternidad planificada en Estados Unidos.

 

La píldora tuvo su origen en un descubrimiento que se hizo inesperadamente en las selvas tropicales de México en los años treinta. Allí, el profesor de química Russel Marker, que se encontraba de vacaciones, estaba experimentando con un grupo de esteroides vegetales conocidos como sapogeninas, que en el agua producen una espuma parecida a la del jabón, cuando descubrió un proceso químico que transformaba la sapogenina diosgenina en progesterona, es decir, en la hormona sexual femenina. El ñame silvestre mexicano, conocido como “cabeza de negro”, de mostró ser una rica fuente de este precursor de la hormona.

 

En aquellos tiempos, la progesterona se utilizaba para corregir los trastornos menstruales e impedir los abortos, pero sólo disponían de esta droga los laboratorios farmacéuticos europeos, y los métodos para prepararla eran tan laboriosos como costosos. Por otra parte, Marker no consiguió respaldo financiero de ninguna compañía farmacéutica norteamericana para proseguir las investigaciones sobre la progesterona sintética. Alquiló entonces un laboratorio en Ciudad de México, reunió diez toneladas de ñames y, corriendo él con todos los gastos, sintetizó más de 2.000 gramos de progesterona, cantidad que en aquella época costaba 160.000 dólares.

 

La síntesis era mucho más sencilla que los métodos tradicionales, y con el tiempo rebajaría el precio de los esteroides sexuales de 80 dólares a 1 dólar el gramo.

 

A fines de la década de 1940, los investigadores empezaron a evaluar de nuevo la posibilidad de un contraceptivo oral barato. En el año 1958, el químico Gregory Pincus, de la Worchester Foundation for Experimental Biology, en Shrewsbury, Massachusetts, probó en 1.308 voluntarias de Puerto Rico un inhibidor de la ovulación, derivado del ñame. De este modo, resolvió problemas de regularidad menstrual además de verificar que era un contraceptivo efectivo.

 

La Searle Pharmaceuticals solicitó la aprobación oficial para poner a la venta este producto y, a pesar de la intensa oposición de grupos religiosos contrarios al control de natalidad, continuaron las investigaciones y las ventas hasta que, en 1960, entraron en contacto con el Enovid, el primer contraceptivo oral de la historia.

 

Aunque la píldora suscitó una considerable condena moral, las cifras de venta revelaron que, en la intimidad de sus hogares, las mujeres en general no se oponían a tomarla con regularidad. A fines del año 1961 medio millón de norteamericanas ingerían la píldora, y este número se dobló sobradamente el año siguiente.

 

Desde entonces, los laboratorios han trabajado para crear una variedad de versiones más seguras en el campo de los contraceptivos orales, con menos efectos colaterales. Ninguno de los actuales contraceptivos orales, que toman muchos millones de mujeres en todo el mundo, contiene hoy el derivado original del ñame.

 

PATERNIDAD PLANIFICADA

 

La mujer que alentó al químico Gregory Pincus a perfeccionar la píldora fue Margaret Sanger que, nacida en el año 1833, había tenido diez hermanos y había presenciado las dificultades por las que atravesó su madre irlandesa, con unos embarazos casi continuos y en medio de una pobreza crónica, para terminar muriendo prematuramente.

 

Como enfermera de un centro de maternidad en Manhattan al comenzar este siglo, se sintió igualmente impresionada por el elevado índice de embarazos no deseados y abortos inducidos. Ella creía que menos hijos y más espaciados podían permitir a muchas familias conseguir un mejor nivel de vida, pero cuando intentó averiguar algo más acerca de la planificación familiar, descubrió que no existía ninguna información válida al respecto.

 

La razón de que fuera así estaba bien clara. La Comstock Act del año 1873 había catalogado como “obscena” toda información sobre las medidas contraceptivas, y por tanto no había nada publicado. Los médicos a los que Sanger interrogó se mostraron reacios a discutir incluso el control artificial de la natalidad, por temor a ser citados y después acusados en aplicación de la Comstock Act.

 

Para hacerse con la información existente, Sanger viajó por Europa en el año 1913 y un año más tarde regresó a su país provista de bibliografía y nociones sobre los métodos. Publicó información contraceptiva en su propia revista mensual, titulada Woman Rebel, lo que le valió nueve acusaciones de quebrantamiento de la Comstock Act, y el servicio de correos se negó a difundir su publicación. En el año 1916, inauguró la primera clínica de control de natalidad en todo el mundo, en Brooklyn. Allí se ofrecía a las mujeres consejo práctico y estudiado para evitar el embarazo y planear el número de hijos.

 

La policía de Nueva York no tardó en cerrar la clínica como “molestia pública”, y diafragmas, condones y folletos fueron confiscados. A Margaret Sanger la encarcelaron. Finalmente, el Tribunal de Apelación dictaminó que los médicos podían facilitar dispositivos profilácticos a las mujeres estrictamente para la “curación y prevención de enfermedades”, pero no para la contracepción. En el año 1927, Margaret Sanger organizó la primera Conferencia de la Población Mundial, y veinte años más tarde puso en marcha la Federación Internacional de Paternidad Planificada.

 

A principios de los años cincuenta, Sanger visitó el laboratorio del doctor Gregory Pincus, en Massachusetts, y le convenció de que era necesario un contraceptivo oral sencillo, invención que ella patrocinó hasta su muerte en el año 1966. Para entonces, la píldora llevaba ya seis años en el mercado y cuatro millones de mujeres norteamericanas consumían anualmente 2.600 toneladas de píldoras anticonceptivas.