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VASECTOMÍA, ESPERMATOZOIDE Y ÓVULO, siglo XVII, Inglaterra y Países Bajos

 

En el mismo siglo en que, según se dice, el doctor Condom introdujo los preservativos en Inglaterra, otros médicos británicos realizaron la primera vasectomía. Aunque los medios para cortar y cauterizar los conductos seminales eran toscos, se suponía que esta intervención quirúrgica era efectiva, aunque irreversible, al igual que la vasectomía de nuestros días.

 

Fue también en el siglo XVII cuando se confirmó un importantísimo principio en la reproducción humana: la unión de espermatozoide y óvulo.

 

Los médicos de la Antigüedad no comprendieron que la concepción exigía que un espermatozoide entrara en contacto con el óvulo. Durante siglos, nadie sospechó siquiera que existiera tal huevo. Los hombres, y sólo los hombres, eran los responsables de la continuidad de la especie. Los médicos suponían que la eyaculación contenía homunculi o “personas diminutas”, que se convertían en seres humanos después de ser depositados en el útero. Los métodos contraceptivos eran un medio para detener la marcha de los homunculi hacia la matriz. En el siglo XVI, Gabriel Fallopius describió los tubos que comunican los ovarios con el útero, y en el año 1677 un tendero holandés construyó el primer microscopio de calidad e identificó las células del esperma, o sea la mitad de la historia de la reproducción.

 

Antonie van Leeuwenhoek nació en el año 1632 en Delft, Paises Bajos. Se dedicaba al negocio de los tejidos, y en sus horas libres experimentaba con la fabricación de lentes de precisión. Al producir microscopios de alta y gran claridad, casi por si solo puso los cimientos de la microbiologia.

 

Introduciendo continuamente nuevos especimenes bajo sus lentes de gran definición, Leeuwenhoek realizó numerosos e importantes descubrimientos. Observó que los pulgones se reproducían por partenogénesis, proceso en el que los huevos femeninos se fertilizan sin intervención del macho. Utilizando su propia sangre, dio la primera descripción precisa de los glóbulos rojos, y empleando su saliva dejó constancia de los miles de bacterias que habitan en la boca humana. Utilizando su propia eyaculación (lo cual suscitó protestas públicas a causa de la inmoralidad del acto), descubrió los espermatozoides. Fue evidente entonces que el semen no estaba formado por homúnculos, sino que el espermatozoide había de unirse con un óvulo, y las mujeres, por tanto, aportaban un cincuenta por ciento en la producción de la descendencia, papel que en el pasado se les había negado con harta frecuencia.