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DIAFRAGMA

 

Desde el siglo VI a.C., aproximadamente, los médicos, siempre del sexo masculino, concibieron innumerables diafragmas destinados a insertarse en el cuello de la matriz. Los médicos griegos aconsejaban a las mujeres que extrajeran las semillas de media granada para conseguir un diafragma que opusiese una barrera al esperma. Siglos más tarde, Casanova, el jugador italiano, célebre conquistador de mujeres y director de la lotería estatal francesa, que explicó sus aventuras en los doce tomos de sus memorias, ofrecía a sus amantes medios limones parcialmente exprimidos. La cáscara del limón actuaba como barrera física, y su zumo como espermicida ácido.

 

En el año 1870, apareció en Alemania un diafragma muy efectivo. Ideado por el anatomista Wilhelm Mensinga, consistía en un hemisferio de goma hueco, con un resorte de reloj alrededor para asegurado en su lugar. Conocido como “pesario oclusivo”, y popularmente como “capuchón holandés”, se le atribuía una eficacia del 98 por ciento, la misma de los actuales diafragmas.

 

DIU

 

La escasa documentación acerca de los dispositivos intrauterinos puede atribuirse a sus misteriosas propiedades para prevenir la concepción. Se sabe que durante la Edad Media los árabes utilizaban el DIU para frustrar la concepción de las camellas durante los largos viajes a través del desierto. Utilizando un tubo hueco, los pastores árabes introducían una piedrecilla en el útero de la camella. Sorprendentemente, hasta fines de la década de 1970 los médicos no comenzaron a comprender el funcionamiento de un DIU. El cuerpo extraño, actualmente metálico o de plástico, es tratado como un elemento invasor en el útero y atacado por las células blancas del cuerpo. Parte del arsenal de estas células es un compuesto antivírico conocido como interferona, y se cree que mata los espermatozoides e impide la concepción.

 

La práctica de los árabes con las camellas sugirió una amplia variedad de objetos extraños para insertarlos en úteros animales y humanos: cuentas de cristal y de ébano, metales, botones, pelos de caballo y bobinas de hilos de plata, para mencionar unos pocos. Sin embargo, la primera espiral metálica efectiva fue la llamada “espiral de plata”, ideada en el año 1928 por el médico alemán Ernst Frafenberg. Con un diámetro de poco más de un centímetro, esta espiral tenía una elasticidad adecuada, aunque, como ocurría con muchos DIU posteriores, algunas mujeres presentaron a causa de ella inflamación pélvica.

 

A lo largo de la historia, ha habido en todas las culturas médicos partidarios de que la mujer se duchara inmediatamente después del coito, convencidos de que esta medida, por sí sola, representaba un contraceptivo seguro. Sin embargo, las investigaciones modernas han demostrado que diez segundos después de la eyaculación masculina, algunos espermatozoides ya pueden haber nadado desde el canal vaginal hasta la cérvix, donde toda ducha ya es inefectiva.

 

Desde el estiércol de cocodrilo hasta la ducha, todos los métodos contraceptivos antiguos confiaban especialmente en el azar, y la prevención de la concepción recaía exclusivamente en la hembra. Más tarde, en el siglo XVI, surgió un medio efectivo de contracepción masculina: el preservativo o condón.

 

PRESERVATIVO O CONDÓN, siglos XVI y XVII, Italia e Inglaterra

 

Cabe preguntarse si antes del siglo XVi no se le ocurrió a ningún médico la simple solución de colocar una funda en el pene durante el acto sexual.

 

Conviene señalar que en la Antigüedad estas fundas eran gruesas y aminoraban el placer en el hombre. Por otra parte, en su inmensa mayoría los médicos eran hombres y, por consiguiente, rara vez recomendaban o utilizaban los preservativos. Tal vez este planteamiento sea algo exagerado, pero no mucho en realidad. Existían ya preservativos y hay pruebas de que los romanos, y posiblemente los egipcios, utilizaban para este fin vejigas e intestinos animales untados con aceite. Sin embargo, su finalidad real no fue tanto evitar que la mujer quedara embarazada, cuanto proteger al hombre de las enfermedades venéreas. En lo referente al control de la natalidad, los hombres preferían delegar la iniciativa en las mujeres.

 

Gabriel Fallopius, un médico italiano del siglo XVI que fue el primero en descubrir los dos estrechos tubos que conducen los óvulos desde los ovarios hasta la matriz, es considerado generalmente como “el padre del condón”, lo que no deja de ser un título anacrónico, puesto que el doctor Condom no haría su contribución al respecto hasta unos cien años más tarde.

 

A mediados del siglo XVI, Fallopius o Falopio, profesor de anatomía en la Universidad de Padua, ideó una funda sanitaria de lino que se ajustaba al glande, el extremo del pene, y quedaba sujeta por el prepucio. Constituyó el primer profiláctico claramente documentado para el miembro viril. Al poco tiempo, aparecieron también preservativos para los hombres circuncidados. Tenían una longitud de veinte centímetros y se aseguraban en la base con una cinta rosada, al parecer para atraer a la mujer. El invento de Fallopius fue puesto a prueba con más de un millar de hombres, “con un éxito total”, como comunicó el propio doctor. En aquella época, se le dio el nombre eufemístico de “abrigo”.

 

Inicialmente, Fallopius no concibió el preservativo como un medio de contracepción, sino como una defensa contra las enfermedades venéreas, que entonces habían adquirido carácter epidémico. Precisamente se cree que, a partir de este brote europeo del siglo XVI, los marinos que viajaban al Nuevo Mundo introdujeron entre los amerindios la bacteria de la sífilis, Treponema pallidum.

 

En el siglo XVI, los preservativos eran muy gruesos, ya que se fabricaban con una tripa animal y membranas de pescado, además de lino. Puesto que reducían el placer del acto sexual y sólo rara vez impedían el contagio de enfermedades (se utilizaban inadecuadamente, y su uso era repetido, sin lavado siquiera) alcanzaron muy escasa popularidad entre los hombres y eran objeto de irrisión. Un marqués francés resumió sarcásticamente la situación cuando calificó un preservativo fabricado con intestino de rumiante que había utilizado, como “armadura contra el amor y telaraña contra la ingestión”.

 

¿Cómo llegaron a ser denominados los “abrigos” de Fallopius condones?

 

Dice la leyenda que esta palabra procede del conde de Condom, médico personal del rey Carlos II de Inglaterra a mediados de siglo XVII. Las aficiones de Carlos a los placeres sexuales eran notorias, pues tuvo innumerables amantes, entre ellas la actriz más célebre del momento, Nell Gwynn, y aunque murió sin herederos legítimos, produjo innumerables bastardos a lo largo y ancho del reino.

 

Al doctor Condom se le pidió que ideara no un método seguro de contracepción, sino un medio para proteger al rey de la sífilis. Su solución consistió en una funda de tripa de oveja estirada y aceitada. No se sabe si conocía el invento de Fallopius cien años antes, pero se dice que, durante toda su vida, el doctor Condom luchó contra el uso de su nombre para designar su invento. El preservativo de Condom llamó la atención de los nobles de la corte, que adoptaron este profiláctico, pensando también en una protección contra las enfermedades venéreas.

 

El hecho de que las enfermedades de transmisión sexual fueran mucho más temidas que la concepción de hijos ilegítimos puede comprobarse en varias definiciones de los condones en diccionarios de los siglos XVII y XVIII. Por ejemplo, un Classical Dictionary of the Vulgar Tongue, publicado en Londres en el año 1785, define un condón como “la tripa seca de una oveja, utilizada por los hombres en el acto del coito para prevenir la infección venérea”. Esta entrada contiene varias frases adicionales, pero no menciona en absoluto la contracepción.

 

Tan sólo en este siglo, cuando la penicilina disipó en parte el temor de la sífilis, el condón pasó a ser considerado una protección primariamente dirigida contra el embarazo.

 

En la década de 1870, apareció un preservativo de goma vulcanizada, y desde buen principio recibió el nombre popular de goma. Todavía no era una funda delgada, estéril y desechable, y se recomendaba al hombre que lavara su goma antes y después del coito, pero que siguiera utilizándola hasta que se agrietara o rompiera. Aunque efectivo y relativamente cómodo, este preservativo seguía siendo visto con recelo a causa de la disminución de sensaciones durante el acto, pero los preservativos modernos de látex, mucho más delgados, no aparecerían hasta la década de 1930.

 

Los preservativos de goma fueron denunciados por grupos religiosos, y en 1880, en Nueva York, el servicio de correos confiscó más de sesenta y cinco mil condones que iban a venderse a reembolso. Se catalogaron como “artículos para fines inmorales”, y la policía detuvo y multó a más de setecientas personas que fabricaban y difundían estos productos.