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CONTROL DE NATALIDAD, hace 6 millones de años, África y Asia

 

El concepto “control de natalidad” fue acuñado en 1914 por la enfermera de origen irlandés Margaret Sanger, que tenía diez hermanos y es considerada como la “madre de la paternidad planificada”. Sin embargo, este concepto ya es muy antiguo, puesto que se puso en práctica en las sociedades primitivas y surgió a partir de un impresionante cambio biológico que tuvo lugar en el ciclo reproductivo femenino hace unos seis millones de años.

 

Este cambio afectó al estro o celo. En aquellos tiempos, las hembras del linaje que después sería conocido como Homo Sapiens, empezaron a cambiar en su receptividad sexual: de períodos limitados, pasaron a estar disponibles permanentemente. Con ello, de concebir durante un breve período (el control de natalidad propio de la naturaleza), la hembra evolucionó hasta poder reproducirse durante todo el año.

 

Teorizan los antropólogos que esta evolución fue paralela a la de la posición erecta. Para conseguir el equilibrio en esta postura erguida, se estrechó el canal pélvico, lo que se tradujo en unos embarazos difíciles y a menudo fatales. La selección natural empezó a favorecer a las hembras con una proclividad al parto prematuro, es decir, a tener unos bebés suficientemente pequeños para que pudieran atravesar este canal estrechado. Estas crías prematuras requerían unos cuidados posnatales más prolongados, y en consecuencia la hembra se hizo cada vez más dependiente del macho en lo referente a la alimentación y la protección. Y se aseguró a sí misma y a su descendencia la satisfacción de estas necesidades ofreciendo al macho, a cambio, sus favores sexuales durante períodos de tiempo cada vez más largos. Las hembras que sólo mostraban períodos limitados de estro se extinguieron gradualmente y no tardaron en verse sustituidas por generaciones portadoras del gen que permitía la continuada receptividad sexual. Con esta evolución, llegó el control de la concepción indeseada.

 

Durante decenas de miles de años, el único método contraceptivo fue el “citus interruptus”, en el que el hombre se retira para eyacular fuera del cuerpo de la mujer: el pecado bíblico de Onán. Con la aparición de la escritura hace unos 5.500 años, entró en la historia un registro de los métodos de control de la natalidad, desde los más extraños hasta los prácticos.

 

Toda cultura buscó su propio método seguro para prevenir la concepción. En la antigua China, se aconsejaba a las mujeres ingerir mercurio calentado en aceite, procedimiento que pudo haber dado resultado puesto que el mercurio es muy tóxico y probablemente envenenaba el feto... y con menor intensidad a la mujer.

 

Las mujeres egipcias adoptaron un procedimiento menos nocivo. Antes del coito, se insertaban en la vagina una mezcla de excrementos de cocodrilo y miel. Si bien la viscosidad de la miel pudo servir como obstáculo temporal para impedir que el esperma entrara en contacto con un óvulo, lo más probable es que el ingrediente principal fuera el estiércol de cocodrilo, ya que su intensa acidez podía alterar el PH necesario para la concepción, matando los espermatozoides. En realidad, éste fue el primer espermicida de la historia.

 

Los métodos de control de natalidad egipcios son los más antiguos que han quedado registrados. El Papiro de Petri, escrito hacia el año 1850 a.C., Y el Papiro Eber, redactado trescientos años más tarde, describen numerosos métodos para evitar el embarazo. El hombre, además del coitus interruptus, practicaba el coitus obstructus, que es el acto sexual completo, pero forzando la eyaculación en la vejiga, a través de la depresión en la base de la uretra. (Estos papiros contienen también una primera mención acerca de las costumbres de las mujeres egipcias durante la menstruación. Se aplicaban una especie de tampón de fabricación casera a base de borra de lino y polvo de ramas de acacia, lo que más tarde se conocería como goma arábiga, y que es una emulsión estabilizadora utilizada en la fabricación de pinturas, caramelos y medicamentos.)

 

Los métodos contraceptivos adquirieron notable importancia en Roma en los siglos II y III d. C., pues dominaban las costumbres licenciosas. Sorano de Éfeso, un ginecólogo griego que trabajaba en la capital imperial, comprendió claramente la diferencia entre los contraceptivos, que impiden que se realice la concepción, y los abortivos que expulsan el óvulo después de fertilizado, y enseñó (correctamente, aunque no sin peligro) que se podía conseguir la esterilidad femenina permanente provocando repetidos abortos. También aconsejó (erróneamente) que inmediatamente después del acto sexual las mujeres tosieran, saltaran y estornudaran para expulsar los espermatozoides, y sentó la hipótesis de unos días infértiles o “seguros” en el ciclo menstrual.

 

Los espermicidas constituyeron un método de control popular en el Próximo y Medio Oriente. En la antigua Persia, las mujeres empapaban esponjas marinas en una variedad de líquidos que, según se creía, mataban los espermatozoides (alcohol, yodo, quinina y anhídrido carbónica) y las insertaban en la vagina antes de practicar el coito. Las esponjas sirias, procedentes de las aguas locales, eran muy apreciadas por su buena absorción, y el agua de vinagre perfumado, muy ácida, era uno de los espermicidas predilectos.