LOS ISABELINOS INGLESES

 

Una de las épocas más gloriosas del teatro universal es la comprendida entre finales del siglo XVI y principios del XVII en la Inglaterra isabelina. Durante el reinado de Isabel I el arte teatral cobró extraordinaria importancia. Las compañías de actores y los teatros, en un principio regidos por los güilds o gremios, ocuparon un puesto destacado en la vida nacional, y sobre todo en la londinense. La compañía más farinosa fue la constituida por el conde de Leicester bajo la dirección de James Burbage. A ella perteneció Shakespeare y en ella representó sus obras. También fue Burbage el que construyó en Londres el primer teatro “de madera, barro, cal y ladrillo” (1576), que luego sería el teatro del “Globo”. Era éste un recinto hexagonal, sin techo, rodeado de galerías. Los nobles y elegantes se sentaban a ambos lados del escenario, dejando libre el centro para los actores,

 

Las representaciones se daban por la tarde, a la luz del día, y apenas se usaban decorados, aunque sí un mobiliario y unos accesorios variados y abundantes. Otros teatros públicos de la época isabelina fueron el Courtain (1576), el Rose (1587), el Swan o Cisne (1594), el Fortune (1600), el Red Bull y el Hope. Conviene distinguir estos teatros públicos de los llamados privados. Estos últimos eran cerrados, se destinaban a espectadores selectos y sus representaciones se hacían a la luz de antorchas y candilejas. Entre estos últimos se destacan el Blackfriars, adquirido en 1608 por otro Burbage y el más elegante del Londres isabelino, el Whítefriars y el Phoenix (también llamado Cockpit), situado en Drury LaNe, desde entonces famoso emplazamiento teatral. Casi todos esos locales fueron construidos por Phílip Henslowe. En unos y otros teatros, tanto en los públicos como en los privados, presentaron sus obras todos los dramaturgos de esta gran época de teatro inglés: Shakespeare, y sus antecesores, y a ellos acudía una multitud abigarrada y multiforme.

 

El edificio, construido de madera, solía ser redondo o poligonal (La estructura cuadrada apareció más tarde) a imitación de las salas de los castillos o de los colegios, y sobre todo en los teatros privados. El escenario, adosado al muro del fondo, proyectaba su plataforma hasta el, centro del patio y admitía espectadores en tres de sus lados. Se componía de tres lugares escénicos: un proscenio de ocho a doce metros de ancho, una escena protegida por un techo de paja sostenido por pilotes, y una escena de fondo, que se cerraba con una cortina y que estaba dotada de puertas que daban acceso a los pasillos. Por encima de este plano, y en el fondo, un segundo piso, con una ventana a cada lado, ofrecía otra escena cubierta, con telón, y practicable de una ventana a la otra. Finalmente, había un tercer piso que podía ser utilizado por los actores o por los músicos, según los casos. De éste modo, él escenario isabelino se emplazaba en un espacio cuyas tres dimensiones contribuían a los efectos escénicos; la altura, la profundidad y la anchura tenían su papel. El proscenio se destinaba a las escenas al aire libre, mientras que la escena del fondo servía para los interiores. Los planos superpuestos figuraban ventanas, balcones o murallas; desde ellos se desplegaban las oriflamas o se lanzaban los desafíos o los apostrofes líricos. En la plataforma estaba dispuesta una trampa o escotillón. No había telón, ni lienzos pintados, ni decorado propiamente dicho. Sin embargo, se empleaban accesorios con función simbólica o para proporcionar una ilusión real. La música estaba íntimamente ligada a la acción, subrayando el lirismo y la pasión, adornándola con arabescos y canciones. Su función era más de sugestión activa que de acompañamiento, añadiendo sus sortilegios a los del verbo poético.