EL TEATRO MEDIEVAL

 

La Edad Media, “enorme y delicada” como la llamara Víctor Hugo, vio morir y renacer muchas cosas. Entre otras, el teatro. Las tinieblas medievales se extendieron primero. sobre el arte escénico para luego prestarle más difusión y relumbre. El corrompido espectáculo romano dio paso a una nueva versión del teatro. Y fue la Iglesia, su enemigo de los últimos tiempos, la que se encargó de ponerla en práctica. Los monasterios bizantinos restauraron la antigua tragedia, con abundantes elementos griegos, pero adaptados a temas cristianos: la Pasión de Cristo, la Caída de Adán, etc.

 

La falta de espacio en las iglesias y el celo religioso obligaron a trasladar las representaciones, cada vez más numerosas, a la plaza de la iglesia o a cualquier otro punto exterior del templo. La puesta en escena medieval inventó así el decorado simultáneo. En la época de los grandes Misterios (siglos XIV y XV), la puesta en escena alcanzó una rara complejidad. Los tres lados de la plaza estaban cubiertos por las tribunas destinadas al público. En el cuarto lado, y adosado a la iglesia o a algún otro edificio, se erigía un estrado: la escena, el locutorio, que podía alcanzar una extensión de cincuenta metros. El área de la escena, bastante levantada, estaba separada del público por una barrera. El decorado presentaba, pues, uno junto a otro y simultáneamente, todos los lugares donde la acción debía irse desarrollando. Cada uno de estos lugares, cada elemento del decorado, se llamaba sede o mansión, y tenía su telón particular. Cuando el número de las sedes había de ser muy considerable, se superponían unas a otras.

 

Unas telas de fondo tendidas tras las mansiones cerraban el horizonte del teatro. A veces, los juegos escénicos eran complicados y exigían numerosos accesorios, así como maquinarias ingeniosas movidas por cabrias y contrapesos. Había apariciones de ángeles y demonios, figuras que escapaban de las llamas infernales donde aullaban los condenados, movimientos del mar, tormentas y tempestades, bestias mecánicas y monstruos que atravesaban la escena. Descubríanse radiantes esplendores paradisíacos y sustituíanse los actores por maniquíes cuando incorporaban personajes que habían de ser sometidos a tormento. La representación de un misterio requería la colaboración de toda la ciudad, de todas las clases, agrupadas en torno al clero, de las Hermandades y de las Corporaciones.

La Edad Media, con todas sus sombras, supo recrear, no obstante, el gusto multitudinario por el teatro. Y aún son muchas las tradiciones que conservan el sabor dramático medieval. Recordamos, entre otras, el Misterio de Elche y la Pasión de Oberammergau. En cuanto a España, el teatro medieval nos llega por las fronteras francesas, con los trovadores provenzales y con la boga de los Misterios de Limoges, de Orleáns, etc. La festividad del Corpus, establecida en honor de la Santa Eucaristía por Urbano IV, tiene gran importancia en la historia de nuestro arte dramático. Durante ella se celebraban procesiones casi escenificadas, Misterios, Autos y Milagros, tanto en el interior de los templos como en las calles. El Auto de los Reyes Magos es la primera obra de la historia del teatro español. Aunque ha llegado a nuestras manos incompleta. En cuanto al famoso Misterio de Elche, que aún se representa cada año en esta ciudad, aparte del mérito que supone su vigencia, es de destacar el fabuloso aparato escénico con que se monta su representación, .la cual dura dos días.

 

Suprimidas las representaciones en los templos, la tradición teatral salió a la calle y corrió a cargo de elementos seglares. Se realizaban en escenarios múltiples, compuestos de entarimados portátiles o de carretas, que a veces se presentaban colocados en serie, uno a continuación de otro, a medida que lo exigían las necesidades de la obra, el paso de un lugar de acción a otro, etc. Ya a comienzos del siglo XIV tenemos referencias de estas representaciones al aire libre. Uno de los más antiguos tablados escénicos de que se tiene noticia es el que el marqués de Villena levantó en Zaragoza en ocasión de unas fiestas populares Organizadas para dar solemnidad a una visita real. En este tablado se representaba un castillo, con cuatro torres en las esquinas y una más alta en el centro. Con ayuda de una rueda cobraba movimiento el interior del castillo, que iba mostrando al público, sucesivamente, sus diferentes moradores. El modelo de este artilugio escénico fue pronto imitado en otras ciudades importantes, como Barcelona, Sevilla y Valencia.

 

La escenografía de estos tablados y carros solía reducirse a unos lienzos pintados que servían de fondo. Sobre este fondo tenían lugar todos los efectos escénicos, conseguidos mediante tramoyas. Paulatinamente se fueron perfeccionando los artificios y juegos espectaculares: terremotos, fuentes de agua auténtica, incendios reales, explosiones, etc., hasta alcanzar su apogeo más tarde, en la gran tramoya de los autos sacramentales calderonianos.