GAUDÍ

 

 

Palacio Episcopal de Astorga (1889-1893)

 

Este edificio, conocido actualmente como Palacio de Gaudí, nunca llegó a ser residencia de los obispos de Astorga, y por feliz iniciativa de uno de ellos, don Marcelo González Martín, se convirtió en Museo de los Caminos.

 

Gaudí recibió una gran alegría cuando don Juan Grau Vallespinós, promovido obispo de Astorga, le encargó en 1887 la construcción de un palacio para sustituir al antiguo, incendiado poco antes.

 

Entre Grau y Gaudí había una antigua relación de cuando el primero era vicario general de la sede tarraconense e inauguró la capilla del colegio de Jesús-María, donde Gaudí proyectó el altar de alabastro. Un perfecto entendimiento existió entre el prelado y el arquitecto, pero al ser obra costeada por el Ministerio de Justicia, ésta debió someterse a la sección de arquitectura de la Academia de San Fernando de Madrid, y el ponente formuló diversas observaciones sobre el proyecto, que exasperaron a su autor, el cual no pudo empezar los trabajos hasta dos años después. La muerte del obispo, en 1893, desencadenó unos roces constantes con los canónigos, y Gaudí se marchó disgustado. El edificio se terminó de mala manera en 1907.

 

Gaudí expresó en esta fortaleza granítica un conjunto riquísimo de símbolos religiosos y adoptó soluciones góticas “sui generis”, que envuelven de suave misterio este edificio, situado entre una muralla romana y una catedral gótico-renacentista. Grau y Gaudí quisieron expresar con el recio granito del Bierzo las ideas de la restauración litúrgica que por entonces se fraguaba en el seno de la Iglesia católica. Las obras que más tarde llevo a cabo en Mallorca y en la Sagrada Familia se fundamentan en las conversaciones que Gaudí mantuvo durante muchas horas con su amigo el obispo de Astorga.

 

 

 

Colegio de las Teresianas (1888-1889)

 

Un sacerdote amigo del obispo Grau, don Enrique de Ossó, fundó la Congregación de Santa Teresa, dedicada a la enseñanza de las niñas, que con un tesón, una fe y un espíritu cristiano admirables, en pocos años logró establecer buen número de colegios en diversas partes del mundo.

 

Adquirido un terreno en San Gervasio, en las afueras de Barcelona, se propuso construir una casa para la formación de las religiosas y un colegio. La escasez de medios le obligó a encargar un proyecto no demasiado ambicioso a un arquitecto, o posiblemente a un maestro de obras, activo en aquel entonces municipio de San Gervasio.

 

Por la razón que fuere, al llegar a cierto punto cambió de técnico y puso en manos de Gaudí la conclusión del edificio, que andaba ya por la primera planta. Parece como si Gaudí se sintiera abrasado por el fuego de la Santa Doctora y concibió el edificio como una fortaleza almenada, fortaleza nada militar sino religiosa, morada de religión y pedagogía. Nada más curioso que las birretas doctorales que colocó encima de las almenas convirtiendo una obra en origen guerrero en soporte de la birreta doctoral, símbolo de sabiduría y recta enseñanza.

 

Este entusiasmo de Gaudí, contagiado del espíritu del padre Ossó, se manifiesta igualmente en las piezas de cerámica, las cruces de cuatro brazos en las esquinas y la repetición del lema: “Viva Jesús” en toda la fachada, así como la extraordinaria cancela de hierro forjado con los corazones, el Inmaculado de María y el de Santa Teresa atravesado por el dardo del amor divino. En otro siglo y en otro terreno, este colegio teresiano tiene mucho que ver con el barroquismo del “cavaliere Bernini” en la famosa iglesia de Santa Maria della Vittoria en Roma, donde esculpió en 1647 la imagen de la santa y del ángel que atraviesa su corazón con un dardo que, en palabras de la santa: “produce un gran dolor pero tan voluptuoso que se quisiera que nunca terminara”.

 

 

 

Casa de los Botines (1892-1893)

 

Aprovechando sus estancias en Astorga. a veces de varios meses, Gaudí aceptó el encargo de una casa de pisos en la plaza de San Marcelo de León. Este proyecto venía a ser como un descanso, en comparación con el profundo estudio litúrgico y constructivo que llevaba a cabo en Astorga.

 

La casa de los señores Fernández y Andrés no tenía tales complejidades, sólo un sótano-almacén, una planta baja para oficinas y unos pisos de viviendas. Con piedra caliza levantó un edificio de sabor neogótico con cuatro torres angulares, rodeado de un foso y cubierto con armaduras de madera y pizarra. Un San Jorge, del que había una réplica en las Escuelas de la Sagrada Familia que levanto en 1909, completa la sobria fachada de esta casa, que se culminó en 1892. Quizá su característica más importante es la de ser un edificio terminado totalmente por Gaudí, ya que la mayoría se quedaron sin conclusión gaudiniana.

 

Atreverse a levantar una obra neogótica en León, donde hay una catedral, la “pulchra leonina” ejemplo destacadísimo de aquel estilo medieval, restaurada además mediado el siglo XIX. Era empresa difícil, de la que Gaudí salió airoso, pues no imitó nada ni con nada desentona su obra en el centro de León.

 

Algunas modificaciones que se realizaron más tarde en la planta baja, la supresión del tímpano de forja de la puerta principal y el cambio de forma de las escaleras de subida a los pisos diferencian la obra original de Gaudí de lo que hoy existe, aun cuando los volúmenes generales se conservan intactos.

 

 

 

Casa Calvet (1898-1900)

 

En el número 68 de la revista “Hispania”, de 16 de diciembre de 1901, hay un artículo, firmado con el seudónimo “Jacobo de Vignola”, en el que, refiriéndose a la casa Calvet, dice: “El adusto arquitecto de la casa de los Botines en León, el babilónico constructor de la Sagrada Familia de Barcelona, ha querido mostrarse idílico, risueño, esta vez. Proponiéndose elaborar algo como un nido alegre y cómodo, que sirviera de plácido albergue a los individuos de una familia.” Esta familia era la viuda de don Pedro Mártir Calvet Carbonell, Juliana Pintó Roldós, y sus tres hijos, Pedro, Eduardo y Elisa, que formaban la sociedad Sucesores de Pedro Mártir Calvet, comerciantes de tejidos.

 

El 21 de enero de 1897 compraron un solar en la calle Caspe, número 62 (luego 60 y, desde el 18 de octubre de 1910, 48) de 636,64: m2. Gaudí firmó el proyecto el 29 de marzo de 1898, y el 26 de mayo lo informó el arquitecto municipal Pedro Falqués pidiendo una modificación en el remate, que se presentó el 24 de noviembre y obtuvo el permiso el 28 de diciembre de 1898, festividad de los Santos Inocentes. Sin embargo, las obras habían comenzado el 1 de agosto de 1898 y hubo varias denuncias de la guardia urbana. La casa ganó el premio al mejor edificio terminado el año 1900, otorgado por primera vez por el Ayuntamiento. Fue ponente del jurado Buenaventura Bassegoda Amigó, que propuso esta casa hallando gran resistencia en sus compañeros, por lo que la concesión se hizo por mayoría y no. por unanimidad. En lo alto de la fachada Gaudí mandó poner los bustos de San Pedro Mártir, San Ginés de Arles, notario, y San Ginés de Roma, histrión, patronos de Vilassar, de donde procedían los Calvet.

 

Esta familia vendió la casa en 1927 a Juan Boyer Vilaseca, cuyos descendientes son los actuales propietarios. La piedra artificial, de Salvador Boada, la forja de Luis Badia, y la carpintería, de Casas y Bardés, componen el conjunto armónico de esta fantasía barroca gaudiniana, en cuyo patio se lee el lema de los Juegos Florales: “Fe, Patria, Amor”.