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Los triángulos de la muerte · Abominables hombres · El buque fantasma · Extrañas explosiones · El bondadoso habitante del lago NESS · Los que se fueron a otra dimensión · Principal
GRANDES
ENIGMAS VIVIENTES Hay
pocas cosas en la Naturaleza que sobrecojan tanto como el mar, seguramente
porque, ante su inmensidad, deja pocas cosas para ver y nos atemoriza sus
profundidades, que nos esconden secretos todavía inviolados. Teniendo en cuenta
todo esto, nos damos cuenta de lo insignificantes que somos los humanos en ese
mundo. A pesar de todo, son sus profundidades, donde la luz ya no penetra, lo
que nos atrae, a la vez que nos asustan.
En
esas profundidades, si no existieran seres extraños y desconocidos, la mente
humana debería inventarlos. Quién sabe si no ha sido así. y todas las
referencias míticas a los monstruos marinos que, de pronto, asoman para sembrar
en las costas el terror y la muerte, han surgido no como respuesta de la
realidad a nuestro interés por conocer lo que guardan las profundidades
abismales, sino por una necesidad puramente sentimental, como una respuesta a
nuestro sentimiento y a nuestra impotencia.
En
la carrera hacia el progreso, estamos empeñados en una conquista costosa para
conocer estrellas distintas, escudriñar el planeta Marte, dar la vuelta a
Saturno y reunir cuantas muestras podamos, desde fotográficas hasta químicas,
para saber cómo son, qué seres viven allí, cuál pudo ser la historia del
cosmos. Y, mientras tanto, ignoramos gran parte de lo que todavía no hemos
descubierto a nuestro alrededor, pero que está aquí, y yo diría que nos
concierne más.
Dicen
los psicólogos y psiquiatras que prolifera el síndrome de una necesidad de
escapar a la realidad que nos envuelve y no nos gusta, y eso hace dirigir la
mente hacia lo más oculto, hacia lo más lejano, en busca de lo más
inaccesible.
Y
no está mal que esto suceda, puede que se trate de un mecanismo de defensa de
lo que hoy se llama el inconsciente colectivo y que podríamos traducir como
instinto de supervivencia de la especie humana. Lo que todavía desconocemos de
nuestro entorno y de nuestra historia, no suple el motivo de nuestro interés,
no nos hace reflexionar sobre seres y acontecimientos más cercanos y más
nuestros, y desde luego tan apasionadamente.
El
día 6 de julio del año 1734, un barco cruzaba las frías aguas de Groenlandia.
El reverendo Egede, apoyado en la barandilla de la cubierta, miraba en todas las
direcciones, quizás pensando en su insignificancia ante aquella inmensidad acuática.
El barco no estaba lejos de las costas y navegaba en las proximidades del grado
64 de latitud Norte. Todo estaba tranquilo y se preveía una travesía feliz,
afortunada y relajante.
De
pronto, un movimiento brusco de las aguas, un violento chapoteo, y apareció un
monstruo ante los ojos asustados de viajeros y tripulantes. Un animal
inusitadamente espantoso, de una altura tal que su cabeza parecía llegar más
arriba que la cofa del barco. Cuando salió por segunda vez del agua, su aliento
no era tan fuerte como el de la ballena. La primera vez no lo vieron hasta que
estaba a casi un tiro de pistola por encima de ellos. Tenía la cabeza más
estrecha que el cuerpo, que parecía blando y lleno de arrugas. Tenía unas
patas muy anchas y colgantes. Después venía una cola muy larga, de mayor
longitud que la proa de un buque. Era un verdadero monstruo, enorme y terrorífico.
Muy
pocos años más tarde, en el año 1746, el gobernador de Bergen, Lorenz von
Feny, se vio obligado a confirmar oficialmente las declaraciones de dos
marineros, que aseguraban haber visto muy cerca, en una zona próxima a la
costa, una serpiente marina de 35 metros de larga, provista de una cabeza que
hacía recordar a la de un caballo y tocada con larga y abundante cabellera
blanca.
La
gente sencilla no podía creer semejante historia, y la complicada gente oficial
de las oficinas públicas, todavía menos. El gobernador, aunque hubiera
preferido no aparecer mezclado en el extraño "affaire", no tuvo más
remedio que acudir en auxilio de los pobres marineros, para que no los tomaran
por mentirosos. Confirmó lo que ya habían expuesto ellos y añadió algún
dato más, esclarecedor, y la anécdota de que él mismo, con su propia arma, le
disparó un tiro y el monstruo se sumergió sangrando por la herida.
El
padre Eigg, cura párroco que desempeñaba sus funciones evangélicas en las
islas Hébridas, una soleada mañana de primavera, después de echar la llave a
la iglesia, montó en su barquita y decidió esperar la hora de comer, meciéndose
suavemente con el vaivén de las olas plácidas de la pequeña bahía. Estaba
remando sin esfuerzo, cuando apareció una serpiente marina, justo al lado de la
pequeña embarcación, que estuvo a punto de volcarla. El cura comenzó a dar
ritmo a los remos, todo lo que sus fuerzas le permitían, pero el monstruo, no
se sabe si jugando o con otras intenciones, le perseguía y no se separaba de la
embarcación. Así cruzaron la bahía en varias direcciones, hasta que el animal
optó por desaparecer y el cura, sin resuello, desembarcó de mala manera en la
orilla y salió corriendo. El suceso lo recogieron las crónicas locales en el año
1908. Las características del monstruo no diferían de las proporcionadas por
los encuentros anteriores, pero el cura de las Hébridas suministró un dato
concreto: 21 metros de longitud,
Varios
cientos de personas presenciaron atónitas el paseo de una serpiente marina en
Gloucester (Massachusetts), junto a la costa. Paseo que se repitió un par de años
más tarde en la bahía, en las proximidades de Nasant. En ambos casos el
monstruo medía unos 20 metros. Su cabeza emergía al final de un esbelto
cuello. Era más bien pequeña y puntiaguda, y su velocidad era considerable.
El
investigador Oudemans recopiló y analizó todos estos encuentros y publicó un
extenso informe, en el año 1892, que sembró de inquietud todos los ambientes
científicos de Europa y de América. El hecho comenzó a tener carácter
oficial y serio, y todos los zoólogos con vocación, y algunos gobiernos muy
responsables, tomaron cartas en el asunto, que ya exigía investigaciones
serias.
Se
recordó entonces que noticias acerca de monstruos marinos en particular, y de
toda clase de monstruos en general, habían existido ligadas a la historia de la
Humanidad, desde los tiempos más remotos. Ya el poeta Virgilio, cuando componía
los versos del Canto II de la Eneida, recogió una leyenda mucho más antigua,
en la que se contaba que el sacerdote Laoconte murió, juntamente con dos de sus
hijos, delante mismo de la ciudad de Troya, destrozados los tres por los ataques
de un terrorífico monstruo que había salido del mar. Y así lo dejó escrito
en su famosa epopeya.
El
filósofo Aristóteles, que pasa por ser uno de los pocos padres verdaderos de
la ciencia del pensar, se ocupó de las serpientes marinas en su conocida
"Historia animalium". El filósofo, en su estudio, tratando de
reconstruir la vida de tan extraordinarios animales, afirmó que preferían
vivir en los lugares próximos a las costas del norte de África, que no solían
alejarse en demasía de las orillas, que se refugiaban en grutas bajo el mar, y
que solamente se acercaban a tierra, y salían del agua para buscar alimentos.
Los
antiguos marinos, en una época anterior a Jesucristo, creían que la presencia
de estos seres monstruosos, con aspecto de serpientes gigantes, era una de las
señales inequívocas de que encontrarían tierra muy pronto, creencia que
apareció recogida mucho después, cuando Niebuhr publicó en Copenhague, en el
año 1774, un tratado sobre el mar y sus circunstancias.
Pero
tal vez una de las descripciones más antiguas escritas que se conocen, y que
arrojan más luz sobre el caso, se deba a Olaus Magnus en su "Historia
gentium septentrionalium" del año 1555, que dice así:
"Todos
los que navegan por las costas de Noruega, se dedican a la pesca o practican el
comercio, coinciden en la extraña noticia de que por esos sitios aparece una
monstruosa serpiente marina de hasta 200 y más pies de longitud y hasta 20 pies
de gruesa. Vive entre las rocas y en cuevas cercanas a las costas, cerca de la
ciudad de Bergen, abandonando su escondrijo únicamente durante las claras
noches de verano y devorando terneros, corderos y cerdos, o penetrando en el mar
para alimentarse con pulpos y cangrejos de todas clases. Tiene inquietos y
llenos de miedo a los navegantes, pues levanta la cabeza y se yergue lo mismo
que un poste, llevándose entonces a los hombres para devorarlos."
Hubo
una fuerte oleada de apariciones de la serpiente marina ya avanzado el siglo
XIX, precisamente cuando se intensificó la navegación. Fue vista por distintas
dotaciones de buques de guerra, y por tripulantes y viajeros de barcos de
pasajeros en muchas ocasiones:
En
el año 1883, cerca de Halifax.
En
el año 1884, junto al cabo de Buena Esperanza, por la dotación del "Dédalo",
que la describió como un animal de unos 20 metros de longitud y con cabeza
parecida a la de las focas, que avanzaba por el mar calmosamente.
En
los años 1848, 1856, 1877 y 1879, coincidiendo las descripciones en sus
aspectos esenciales.
El
día 26 de julio del año 1883, el capitán Hollman, del buque "Elisabeth",
dejó anotado en el diario de a bordo que entre un grupo de ballenas había
podido observar un animal, con aspecto y movimientos que le habían hecho
recordar a una serpiente.
Su
color era claro y con frecuencia alzaba la cabeza, sobre la superficie del mar
hasta unos 18 pies, mientras la parte restante del cuerpo formaba al moverse
algunas ondulaciones. Su longitud podía alcanzar los 70 pies, y su cabeza era
oscura y en forma de espátula.
También
submarinos alemanes las vieron volar por los aires a consecuencia de explosiones
de cargas de profundidad en distintos mares.
En
el año 1928 volvió a aparecer junto a las costas de Irlanda, en esta ocasión
con una cabeza que hacía recordar a la de un gato, cerca del cabo Guardaful. La
vieron los tripulantes del buque "Oronsay", y fue reproducida en un
amplio dibujo por el "Illustrated London News".
Alguna
vez se asoció la presencia de las serpientes marinas a la aparición de otro
tipo de monstruos, marinos también, que desde luego no eran serpientes. Es
digno de destacar el caso del calamar gigante y monstruoso que puso en un trance
difícil a los tripulantes del buque "Alecton", cerca de Tenerife, en
noviembre del año 1861. Tenía un cuerpo de 6 metros y larguísimos tentáculos
de 40 m. Su fuerza era terrible. Su peso no debía ser inferior a los 25.000
kilos. Este tipo de calamar, por llamarlo de alguna manera, ha sido observado en
fechas distintas, pero las referencias han resultado excesivamente vagas y poco
aclaratorias. |