PAPEL HIGIÉNICO: (1817, Estados Unidos)

 

El primer papel higiénico empaquetado que se comercializó fue presentado en el año 1857 por el norteamericano Joseph Gayetty, pero el producto, disponible en paquetes o en hojas individuales, tuvo muy escasa venta y no tardó en desaparecer virtualmente de los estantes en las tiendas de comestibles y artículos de limpieza. En aquella época, pocos podían comprender que se justificara un gasto en papel cuando sus baños y sus retretes estaban ampliamente provistos de catálogos comerciales de años anteriores, periódicos atrasados, folletos y anuncios que, al mismo tiempo, proporcionaban material de lectura.

 

En Inglaterra, el fabricante Walter Alcock intentó lanzar al mercado papel higiénico en 1879, pero, en vez de ofrecer hojas planas, concibió la idea de un rollo de “hojas para arrancar”, separadas por líneas de perforaciones. Pero inventar era una cosa, y comercializar un producto inmencionable en la época victoriana resultaba una ardua empresa: Alcock tuvo que pugnar casi toda una década para lograr la producción de su papel a gran escala y verlo anunciado y aceptado por el público en aquel período de pudibundez.

 

Al otro lado del Atlántico, en el Estado de Nueva York, dos emprendedores y barbudos hermanos trataban también de interesar al público en sus manipulados de papel, entre los cuales figuraban los rollos de papel higiénico. Triunfarían en el campo en el que Alcock y Gayctty habían fracasado.

 

Edward y Clarence Scott se llevaban 3 años y habían nacido en el condado de Saratoga. En el año 1879, el año en que Alcock perfeccionó su rollo perforado en Inglaterra, los Scott vivían en Filadelfia, donde habían comenzado un negocio de manipulados de papel que, por ser generalmente indispensables, asequibles y no reutilizables, prometían hacerlos ricos. Y el artículo que indiscutiblemente parecía cumplir mejor estas tres condiciones era el papel higiénico. El timing de los Scott fue mejor que el de Joseph Gayetty.

 

En la década de 1880, muchos propietarios de casas, hoteles y restaurantes instalaban ya elementos modernos de fontanería para fregaderos, duchas y retretes, y en las grandes ciudades se montaban sistemas de alcantarillado público. En Bostón, Tremont Housc se jactaba desde hacía tiempo de ser el primer hotel que ofrecía a sus huéspedes wateres de cisterna y baños convenientemente instalados: “8 retretes y 8 cuartos de baño” (aunque todos ellos se encontraban en el sótano). Filadelfia se enorgulleció de ser la ciudad mejor dotada de wateres y de bañeras totalmente equipados (1.530 bañeras en 1836), que obtenían el agua de la compañía Schuykill Water Works. En la parte baja de Manhattan, se incrementaba el número de viviendas en las que varias familias compartían instalaciones sanitarias, y fabricantes y comerciantes pregonaban las últimas novedades en asientos de water europeos, como el de marco ovalado, y el último grito en tazas: el “Pedestal Vase”, de cerámica y de una sola pieza, que obtuvo la medalla de oro de diseño sanitario al ser presentada en la British Health Exhibition de 1884. El cuarto de baño cambiaba y el clima se hacía propicio para el papel higiénico.

 

A diferencia del papel de Gayetty, sólo disponible en grandes paquetes de quinientas hojas, el producto de los Scott se ofrecía en rollos de pequeño formato. Se vendía con envoltorios de papel corriente y encajaba en el “retrete americano” que. En aquellos tiempos era conocido, eufemística y acertadamente, como “el cuarto más pequeño de la casa”.

 

Después de los envoltorios de papel ordinario, el producto evolucionó y adquirió el nombre prestigioso de Waldorf Tissue, para convertirse más tarde en el Scot Tissue, ostentando cada rollo el eslogan de “suave como lino viejo”.

 

Como ya habla sucedido con la publicidad del papel higiénico británico, las primeras campañas de anuncios de los Scott mantuvieron un tono bajo, como deferencia a la sensibilidad del público en lo referente al producto. El Waldorf Tissue parecía más que apropiado para reposar junto a un Pedestal Vase rematado por un asiento ovalado tipo Picture Frame, pero después de la primera guerra mundial la empresa trató de aumentar el mercado mediante una publicidad más agresiva, que trataba de apelar al esnobismo impugnando las marcas de los competidores. Era típico en este aspecto un anuncio que rezaba: “Tienen una casa preciosa, mamá, pero su papel higiénico lastima.” No obstante, el mercado era lo bastante amplio para soportar a numerosos competidores, pues, tal como los hermanos Scott habían comprendido, el papel higiénico era, en verdad, indispensable, asequible y no reutilizable.

 

 

TOALLITAS DE PAPEL

 

Un error de producción de una fábrica, en 1907, dio como resultado las primeras toallitas de papel americanas, comercialmente empaquetadas y desprendibles. Aquel año, el negocio papelero de los hermanos Scott era todo un éxito comercial. Su papel higiénico suave y de alta calidad, llegaba desde una gran factoría en grandes rollos, que se cortaban a las medidas convenientes. Un envío de la fábrica resultó defectuoso, pues el rollo original era excesivamente grueso y presentaba numerosas arrugas. Inadecuado para confeccionar los rollos de papel higiénico, iba a ser devuelto cuando un miembro de la familia Scott sugirió perforar el grueso rollo para convertirlo en hojas tamaño toalla pequeña. Este producto podía ser anunciado como “toallas de papel desechables”.

 

Esta primera toalla recibió aquel mismo año el nombre de Sani-Towel, y fue vendida principalmente a hoteles, restaurantes y estaciones de ferrocarril, para su uso en los lavabos públicos. Las amas de casa ofrecieron resistencia a las toallas de papel por razones económicas. ¿Por qué pagar por una toalla que sólo se utiliza una vez y luego se tiraba, cuando una toalla de tela podía lavarse y reutilizarse indefinidamente? Pero al reducirse de modo gradual el precio de las toallas de papel, el público se aficionó a ellas, y en 1931 la marca Sani-Towel se convirtió en Scot ToweIs: un rollo de doscientas hojas se vendía por un cuarto de dólar. El papel higiénico se había hecho indispensable en los cuartos de baño, pero las toallas de papel no tardarían en constituir una gran comodidad en casi todas las dependencias del hogar.

 

 

KLEENEX: (1924, Estados Unidos)

 

Hoy utilizamos este tejido como pañuelo desechable, pero no fue ese su propósito original, tal como lo concibió su fabricante después de la guerra 1914-1918. Al iniciarse la contienda había escasez de algodón, y se creó un sucedáneo de notable absorbencia como vendaje quirúrgico en los campos de batallas y en los hospitales de sangre. Una versión todavía más absorbente de este material encontró uso como filtro del aire en las máscaras antigás. La compresa, semejante al algodón y producida por KimberIy-Clark con el nombre de Cellucotton, fue fabricada en cantidades tan enormes que, después de la guerra, sus excedentes llenaron almacenes enteros.

 

La compañía buscó entonces un uso en tiempo de paz para aquel producto cuyo perfeccionamiento había requerido años. Una aplicación posterior para el Cellucotton sería el Kotex, una nueva compresa femenina, pero su primer éxito rotundo en la posguerra fue un producto de belleza, un tejido impregnado en colcrén y empleado por las estrellas de Hollywood y Broadway para eliminar el maquillaje.

 

Con el nombre de Kleencx Kerchiefs, fue objeto de una intensa promoción como sustituto desechable de las toallitas para la cara, y un paquete de un centenar de unidades se vendía a sesenta y cinco centavos. En los anuncios publicados en las revistas aparecían celebridades tales como Helen Hayes, Gertrude Lawrence y Ronaid Colman, y se explicaba a las mujeres americanas que los Kleenex Kerchiefs eran un medio “científico” y elegante para eliminar el colorete, la base, los polvos y el rojo de labios. Esta campaña en la que colaboraron estrellas funcionó a la perfección, y durante cinco años las ventas de Kleenex aumentaron sin cesar, pero después se produjo un fenómeno inesperado. Cartas y más cartas de los consumidores llegaron a la central de la empresa, alabando el producto como pañuelo desechable. Los hombres preguntaban por qué no se promovía en este sentido, y las mujeres se quejaban de que sus maridos se sonaban con sus Kerchiefs al colcrén.

 

El correo de la clientela se incrementó a fines de 1921. Este año, Andrew Olsen, un inventor de Chicago, había ideado una nueva y revolucionaria caja dispensadora de cuadrados de tejido, que la KÍmberly-Clark había empezado a producir. Su contenido consistía en dos capas de tejido separadas y dobladas sobre sí mismas. Con el nombre de Serv-a-Tissue, este producto convenció todavía a más usuarios gracias a su rápida y fácil accesibilidad, que representaba una genuina ventaja para bloquear un repentino estornudo.

 

La dirección de la KimberIy-Clark, confusa y dividida, decidió en 1950 sondear el mercado para dejar bien aclarada la doble finalidad del tejido. Un grupo de consumidores de Peoría, Illinois, fue invitado a remitir a la empresa uno de los dos cupones que se les hicieron llegar. En uno se leía: “Estamos convencidos de que no hay nada como el Kleenex para eliminar el colcrén.” El texto del otro cupón estaba redactado en estos términos: “Estamos convencidos de que el Kleenex es maravilloso como pañuelo.” Los cupones podían cambiarse por una caja gratis en las farmacias y las tiendas locales. Cuando se contaron los votos, los números resultaron decisivos: el sesenta y uno por ciento de los remitentes de cupones se habían pronunciado por el uso como pañuelo,

 

La compañía empezó entonces a promover su producto como pañuelos desechables, y la campaña tuvo tal éxito que la dirección de la empresa concibió más de una docena de usos hogareños para el Kleenex, tales como limpieza y pulimento de muebles, eliminación de restos de comida en el interior de cacerolas y sartenes, escurrido de la grasa en las patatas fritas, y abrillantado de parabrisas. De hecho, una nota insertada en 1936 en los paquetes de Kleenex enumeraba cuarenta y ocho usos prácticos para el producto. No obstante, el público seguía comprándolo sobre todo para sonarse la nariz.