Reencontrar el Espíritu en el Pranayama
En el Asthanga Yoga de Patanjali se exponen los
diferentes miembros, angas, del Yoga. Después de
Asana, la postura correcta, viene Pranayama. Su
nombre nos habla de un alargamiento, o también
de un control, respiratorio. A un nivel físico o
biológico, se nos puede aparecer como una
técnica interesante y conveniente, pero, aunque
el Pranayama se
pueda alcanzar gracias a una técnica, su
dimensión, va más allá de unos determinados
efectos físicos o biológicos y nos introduce en
una variedad, yo diría que infinita, de
ambientes internos que recorren todos los niveles
del ser: físico, energético, mental y
espiritual.
La técnicas que nos introducen al Pranayama
pueden ser muy sencillas: como poner simplemente
las manos en el vientre y escuchar allí la
respiración; o pueden llegar a ser
complicadas, como las cuentas de tiempos o los
diferentes ritmos que se pueden experimentar.
Pero sea cual sea esa técnica, nos conduce a
algún sitio, a un espacio de experiencias en el
que nuestro pequeño ser va a descubrir nuevas
realidades.
Cuando mis manos se depositan sobre mi vientre,
noto la fuerza del acto respiratorio, la densidad
de mi organismo, mi ser vital, pronunciando el
suave mantra de la respiración. Allí comienza
el Pranayama, escuchando, siendo sensible a los
mensajes de mi ser interior que, poco a poco y
con la sutilización de mi percepción, alargará
mi respiración, haciéndome más agradables y
ricos los tiempos de suspensión del aliento,
permiténdome escuchar cada vez más fuerte el
dulce canto de mi interior.
Todo el esfuerzo que yo realice para acercarme a
una nueva técnica de Pranayama lleva consigo el
premio de un nuevo ambiente, de una nueva
habitación interior que conocer. Las técnicas
mas sencillas me aproximaran a niveles de
consciencia claros y concretos y las técnicas
complicadas, que requieren una mayor capacidad de
concentración y por ende una mayor consciencia,
me van a permitir adentrarme en las sutilezas de
la danza del Espíritu.
En el Nadi Sodana, la respiración alternada, ese
fluir de mi parte Yin o femenina a mi parte
masculina, Yang, me arrulla como la dulce nana de
mi infancia, o el suave mecimiento de las olas
del mar. Fuerza y sensibilidad irán nivelando su
acción y como en una orquesta, armonizaran mi
ser, mi energía, mi mundo interior, con el ritmo
cósmico más eterno.
En el Mahamudra, la sensación de plenitud, o de
vacío, me arrebatará en un gesto de
complacencia, de serenidad activa frente al
infinito, y en mi corazón una tenue caricia
luminosa me hablará de ese centro de mi ser, del
alma henchida de bienestar que se esconde en mi
pecho.
En la danza de los Preliminares, se unificarán
tantas percepciones que podré trascender hacia
ambientes que de otra manera no me seria posible.
Los rizos de la energía, los vacíos del
espacio, el ritmo de las olas del movimiento, y
una nueva realidad más fina y silenciosa:
la presencia del alma vital.
En la quieta práctica sentada, se manifestará
el poderoso transitar por la vida con pocas
ataduras, las justas: una postura cómoda,
unos mínimos movimientos. Allí podremos
notar las presencias más intangibles de lo sutil
acercándose en el silencio.
O, a lo peor, esa
sensación del cuerpo mal situado, o el ahogo de
una voluntad demasiado dominante pueden
resituarme y enseñarme los bordes del camino.
¡Hay tantos,... !
Más allá del esfuerzo físico, el prana
adquiere realidad como ese hilo de conducción
del movimiento sutil de la mente. Las imágenes,
los espacios de la energía (cakras) o los
circuitos (nadis) se van descubriendo como las
carreteras y las ciudades del viaje. Allí puedo
encontrar la realidad de un nuevo cuerpo de
energía que hace un tiempo podía
parecerme fruto de imaginaciones calenturientas.
Pero hay que probarlo, hay que iniciar el viaje,
si puede ser en buena compañía, para gozar de
los paisajes del Pranayamakosha, y de los otros
mundos sutiles a los que desde ahí pueda
acceder.
En todos los Pranayamas se nos acerca la luz del
Espíritu, la presencia del ser más sutil que se
manifiesta, que traduce voluntad en experiencia y
que con la riqueza de lo intemporal nos muestra
los aspectos de su plenitud.
Pronto, sin importarme cual sea la técnica,
encontraré a mi ser dispuesto para esa
experiencia, para un nuevo abandono hacia esa
inmensidad del Espíritu y sea cual sea el
ambiente: material, vital o mental, en donde me
deslice, el gozo y la satisfacción
estarán prestas a manifestarse.
Siempre que la calma sea mi guía, que mi
respiración natural no se transtorne con
la experiencia, Pranayama se nos aparecerá como
un gran paso hacia el autoconocimiento, hacia la
experiencia global del ser que el Yoga nos
propone
Mario
Balagué
Tortosa,
Septiembre de 1997
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