AFINADO A LA MúSICA DE LAS ESFERAS.
10 . La Vida Armónica de las plantas.


   El experimento más extraño que llevó a cabo jamás Charles Darwin con una planta, fue sentarse delante de su Mimosa pudica, o "No me toques", y ponerse junto a ella a tocar el fagot para ver si lograba estimular sus hojuelas sutiles como plumas, y lograr que se moviesen. El experimento no le resultó, pero fue lo suficientemente extraño para impulsar al célebre fisiólogo alemán de las plantas, Wilhelm Pfeffer, autor de Handbuch der Pflanzenphysiologie (Manual de fisiología de las plantas), a intentar arrancar una reacción por medio del sonido a los estambres de la Cynararea, perteneciente a una pequeña familia de hierbas erectas, sin conseguirlo tampoco.

W. PfefferJ. Huxley

   Cuando, en 1950, el profesor Julián Huxley, biólogo nieto de Thomas Henry Huxley y hermano del novelista Aldous visitó al doctor T. C. Singh, director del departamento de botánica de la Universidad de Annamalai, al sur de la ciudad de Madras, en que se habla el tamil, lo encontró estudiando al microscopio la corriente vital del protoplasma de las células de la Hydrilla verticillata, planta acuática de origen asiático que tiene largas hojas transparentes.

Hydrilla


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   Estaba enterado de los experimentos de Darwin y Pfeffer, y se le ocurrió que con aquel aumento bastaba para que su visitante viese si el proceso circulatorio quedaba afectado por el sonido.
   Como la circulación del protoplasma en los vegetales comienza a acelerarse después de puesto el Sol, Singh colocó un diapasón operando eléctricamente cerca de dos metros de la Hydrilla, y observó por el microscopio que la nota del diapasón, transmitida durante media hora antes de las 6 de la mañana, hacia que la corriente del protoplasma fluyese a la velocidad normal en horas mucho más avanzadas del día.
   Rogó después a su joven ayudante, Stella Ponniah, violinista y bailarina notable, que tocase unas cuantas notas en su instrumento sin alejarse de la Hydrilla. Lo hizo a determinado tono, y volvió a acelerarse la circulación protoplásmica.
   El raga es una forma tradicional de canción devota del sur de la India, que tiene un sistema tonal capaz de producir en el oyente un profundo sentimiento religioso y emociones especificas : Singh decidió probar sus tonos con la Hydrilla.
   El señor Krishna, el avatar octavo y principal, y encarnación de la divinidad hindú Vishnú, había promovido, según decía la leyenda, con su música cautivadora el crecimiento y lozanía de la flora de Vrindavan, ciudad situada a la orilla del río Jainuna en la región septentrional-central de la India, famosa tradicionalmente por sus músicos santos. Dícese que, mucho después, un cortesano del famoso emperador mogol Akbar logró realizar milagros portentosos con sus canciones, como atraer la lluvia, encender lámparas de aceite, reverdecer las plantas y hacerlas florecer, con sólo interpretarlos ragas. Esta sugestiva idea está confirmada en la lectura tamil, que habla de los ojos, o capullos, de la caña de azúcar, los cuales se desarrollaban vigorosamente al zumbido melifluo de los escarabajos sin motas, y al rezumar vago del néctar azucarado de las flores doradas de la Cassia fistula, después de escuchar las melodías sentimentales con que se las recreaba.
   Singh, que conocía estas antiguas tradiciones, indicó a su ayudante que ejecutase el aire de la India meridional Moya-malaca-gaula raga para las mimosas. Al cabo de quince días, descubrió con intensa emoción que el número de estomas por unidad de las plantas experimentales era un 66 por ciento más alto, los muros epidérmicos más espesos, y las células de sus parénquimas terminales más largas y anchas que las de las plantas de control, a veces hasta en un 50 por ciento.
   Decidido a continuar su experimentación, suplicó a Gouri Kumari, conferenciante del Colegio de Música de Annamalai, que tocase un raga titulado Kara-hora-plya para algunos árboles del bálsamo.



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   Kumari, que era un virtuoso, estuvo tocando veinticinco minutos todos los días con un instrumento en forma de laúd, generalmente provisto de siete cuerdas, el veena, tradicionalmente asociado con Saraswati, diosa de la sabiduría. En el decurso de la quinta semana, los bálsamos seleccionados para el experimento empezaron a echar más brotes que sus vecinos, y a fines de diciembre, habían producido por término medio un 72 por ciento más de hojas que las plantas de control, y habían crecido también un 20 por ciento más.

Saraswati

   Hizo entonces Singh experimentos con un gran número de especies vegetales, como asters, petunias, cosmos y lirios blancos de forma de araña, junto con otras plantas económicas, como cebollas, sésamos, rábanos, boniatos y tapioca.
   Estuvo entreteniendo Singh a cada una de estas especies varias semanas antes de salir el sol, haciendo ejecutar para ellas más de media docena de ragas distintos, uno por cada experimento, con flauta, violín, armonio y veena; duraba la música media hora cada día, por octava alta, con frecuencias entre cien y seiscientos ciclos por segundo. Basándose en toda esta experimentación, pudo Singh declarar en la revista del Colegio Agrícola Bihar, de Sabour, que "había demostrado sin lugar a dudas que las ondas de sonido armonioso influyen en el crecimiento, floración, producción de frutos y semillas de las plantas".
   Ante estos resultados, empezó a pensar si con el sonido, debidamente administrado, no se podría lograr que las cosechas fuesen mayores. De 1960 a 1963 estuvo ejecutando en un gramófono, y ampliando con un megáfono, el Charukesi raga, para seis variedades de arroz "palay" temprano, medio y tardío, cultivado en siete aldeas del estado de Madrás y en Pondicherry, en la Bahía de Bengala, y logró cosechas siempre del 25 al 60 por ciento mayores que las corrientes en la región. Consiguió también hacer por procedimientos musicales que los cacahuates y el tabaco para mascar produjesen cerca del 50 por ciento más de lo normal. Además comunicó que, con sólo el baile del Bharata Natyam, el estilo más antiguo de danza de la india, ejecutado por muchachas sin ajorcas en los tobillos y sin acompañiamiento músical, se había acelerado considerablemente el crecimiento de las margaritas Michaelmas, de las caléndulas y de las petunias, haciendo que floreciesen quince días antes que las plantas de control, al parecer, porque el ritmo de las pisadas se transmitía a ellas a través de la tierra.
   Contestando a la pregunta no sentía rebullir en la mente de sus lectores, de a qué se debía exactamente ese efecto producido en las plantas, Singh explicó que, en sus laboratorios, podía demostrar visiblemente que los procesos metabólicos fundamentales de las plantas en relación con su transpiración y asimilación de carbono, bajo el estimulo del sonido musical o del golpe rítmico se acelera- ban considerablemente y aumentaban más del 200 por ciento en comparación con los controles.



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   "Las plantas estimuladas - escribía - , se energetizan y sintetizan mayores cantidades de alimentos durante un periodo determinado de tiempo, lo cual produce naturalmente mayores cosechas." Hizo público además que su método de estimulación musical ha hecho que aumente hasta el número de cromosomas de ciertas especies vegetales acuáticas, y el contenido de nicotina de las hojas de tabaco.
   Aunque los hindúes del subcontinente parecen haber sido los primeros en producir un efecto importante en las plantas con música o sonido, no son los únicos, ni mucho menos. En el suburbio de Wauwatosa de Milwaukee, Wisconsin; un florista, llamado Arthur Locker, empezó a tocar música en sus invernaderos en los últimos años cincuenta. La diferencia que observó en la producción de flores antes y después fue lo suficientemente marcada para que se convenciese de que la música ayudaba poderosamente a la horticultura. Mis plantas crecían más verticalmente, germinaban con más rapidez y florecían con mayor abundancia aseguraba. Los colores de las flores me parecían más vivos, y los periodos de floración duraban más."
   Por la misma época, un ingeniero y hacendado canadiense, llamado Eugene Canby, de Wainfleet, Ontario, hizo ejecutar las sonatas de violín de Johann Sebastian Bach en una parcela de trigo, y no sólo logró una cosecha 66 por ciento mayor que las normales, sino de granos más grandes y pesados. Al ver que el trigo sembrado en las partes de la parcela de tierra inferior se desarrolló tan bien como el sembrado en suelo mejor, le pareció a Canby que el genio musical de Bach era tan bueno o mejor para los cereales que los fertilizantes.

J.S. Bach

   En 1960, un botánico e investigador agrícola de la comunidad rural de Normal, Illinois, llamado George E. Smith, se enteró de los experimentos de Singh charlando con el reportero agrícola de su periódico local. La primavera siguiente, aunque un poco escéptico, sembró Smith maíz y soja en cantones llanos en dos invernaderos idénticos, que además tenían la misma temperatura y el mismo grado de humedad. En uno de los invernaderos instaló una pequeña grabadora, dirigiendo su bocina hacia las plantas experimentales, poniendo el disco de la "Rapsodia en azul" de George Gershwin las veinticuatro horas del día. Según dijo Smith a la compañía en que trabajaba - la Mangelsdorf and Brothers, Inc., proveedores al por mayor de granos, de St. Louis, Misuri -, aquellas simientes para las cuales se ejecutó la pieza de Gershíwn habían brotado antes que las demás, y su tallo era más grueso, duro y verde.

G. Gershwin


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   Sin embargo, Smith no quedó todavía satisfecho con sus observaciones subjetivas. Retirando de cada invernadero diez plantas de maíz y otras tantas de soja, las cortó con todo cuidado a ras de tierra y las pesó inmediatamente en una balanza delicada de farmacéutico. Con gran sorpresa vio que las diez plantas de maíz que habían disfrutado de la música de Gershwin pesaban 40 gramos, mientras que las otras no pasaban de 28; igualmente, las plantas de soja desarrolladas al compás de la música pesaban 31 gramos, y las demás 25.
   Al año siguiente, hizo tocar música continua en un pequeño quiñón sembrado de maíz hibrido Embro 44XE, desde el mismo día de su siembra hasta el tiempo de la cosecha. En aquel quiñón se produjeron 137 bushels por acre, y en otro quiñón no tratado musicalmente, pero por lo demás en las mismas condiciones, no pasó de 117 busheis la producción por acre. El bushel es igual a 0,352 hl., y el acre equivale a 0,405 ha. Smith advirtió además que el maíz tratado musicalmente crecía con mayor rapidez y uniformidad, y encañaba antes también. El rendimiento mayor por acre no obedecía al tamaño mayor de la planta, sino a su mayor supervivencia. Para cerciorarse de que los resultados no se debían al azar, en 1962 sembró cuatro parcelas del mismo maíz Embro 44XE, pero además le añadió otro tipo altamente prolífico, llamado Embro Departure. La parcela primera se trató con la música del año anterior, la segunda quedó en silencio, y las otras dos estuvieron recibiendo notas estridentes continuas, una de 1.800 ciclos por segundo, y otra de tono más bajo, de sólo 450. Al llegar el tiempo de la recolección, las plantas Departure, estimuladas con la música, produjeron 186 bushels por acre, en tanto que las que no tuvieron música no pasaron de 171. Pero las expuestas a las notas altas llegaron casi a una producción de 198, y las expuestas a las notas bajas pasaron de 200. La producción del Embro 44XE fue menor, pero Sfith no pudo explicarse el motivo de por qué había sido asi.

Maiz

   Cuando sus vecinos de diversos condados contiguos le preguntaron insistentemente qué razón podía dar de aquellos resultados, les contestó que podía ser que la energía sonora incrementase la actividad molecular del maíz, y añadió que los termómetros instalados en las parcelas en cuestión indicaban que la temperatura del suelo frontero a la bocina era dos grados más alta, sin que tampoco pudiese explicarse por qué. Quedóse perplejo al ver que los bordes de las hojas de las plantas situadas en la tierra con ligeramente mayor temperatura parecían un poco quemadas, pero lo atribuyó a una exposición posiblemente excesiva a las vibraciones musicales. Había muchos misterios por resolver, y uno de sus amigos de Kansas le dijo que las ondas de alta frecuencia se habían empleado con éxito para alejar los insectos del trigo ya entrojado, y que ese mismo, sembrado más tarde, germinaba con mayor rapidez que el grano no tratado.



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   Las frecuencias del espectro sonoro, como pudiéramos llamarlo, a diferencia de las del espectro electromagnético, están relacionadas con las vibraciones del medio en que viajan, y son resultado de su comprensión y expansión. Así, una onda sonora puede pasar a través del aire, del agua, de otros fluidos, de una barra de hierro, de la superficie superior de una masa, de un ser humano o de una planta. Como el oído del hombre sólo puede captar frecuencias que fluctúen entre 16 y 20.000 ciclos aproximadamente por segundo, se llaman frecuencias "de audio", "sónicas o sonoras". Por debajo de ellas, hay frecuncias subsónicas inaudibles, algunas de las cuales resultan de una presión aplicada poco a poco, como la ejercida por un gato hidráulico, y son tan lentas que no se miden en ciclos por segundo, sino en segundos por ciclo. Por encima de ellas, están las frecuencias ultrasónicas, también inaudibles para el oído humano, pero que afectan al hombre de múltiples maneras no del todo conocidas. Las frecuencias extremadamente altas de este espectro, que fluctúan de centenares a millares de millones de ciclos por segundo, pueden percibirse en forma de calor en la piel, por lo cual se denominan "térmicas", aunque podrían considerarse como ultrasónicas, porque tampoco pueden oírse.

P. Belton

   Cuando se dio a conocer su experimentación en toda Norteamérica, Smith recibió una carta de Peter Belton, de la rama de investigadores del departamento canadiense de Agricultura, refiriéndole que había logrado controlar con emisiones de ondas ultrasónicas el desarrollo de la polilla europea perforadora del maíz, cuyas larvas constituyen una verdadera plaga para el crecimiento de la planta. "Al principio, estudiamos y probamos la capacidad de oír del gusano de la polilla - escribió Belton -. Era evidente que estos insectos podían oir sonidos de 50.000 ciclos aproximadamente. Estos agudos sonidos se parecen mucho a los que producen los murciélagos, enemigos naturales de la polilla. Sembramos de maíz dos parcelas de unos tres por seis metros aproximadamente cada una y las separamos con cortinas de plástico de unos dos metros y medio de altas, que podían interceptar esta, frecuencia sonora. Entonces transmitimos un sonido parecido al que hacen los murciélagos sobre dos de las medias parcelas, desde el oscurecer hasta el amanecer, durante el periodo en que ponen los huevos las polillas." Belton informó a Smith de que el 50 por ciento aproximadamente de las hojas maduras del maíz estaban dañadas por las larvas de las parcelas que no tenían música, pero que sólo el 5 por ciento de las parcelas en que las polillas habían sospechado que rondaban los murciélagos habían recibido daños. Al comprobar la cuenta exacta, se vio que en las parcelas que habían recibido el sonido había un 60 por ciento menos de larvas, y que las plantas eran tres pulgadas más altas.



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   A mediados del decenio de 1960, los esfuerzos desarrollados por Singh y Smith despertaron la curiosidad de los investigadores de la Universidad de Ottawa, Canadá, Mary Measures y Pearl Weinberger. Lo mismo que L. George Lawrence, estaban enterados por los descubrimientos de los rusos, canadienses y norteamericanos, de que las frecuencias ultrasónicas afectan positivamente a la germinación y crecimiento de la cebada, los girasoles, los abetos, cierta variedad de pino, el guisante siberiano, y otras simientes y esquejes. Los experimentos indicaron, aunque sin poderlo explicar, que la actividad enzimática y la respiración de las plantas y su semilla aumentaba, cuando estaban estimuladas por frecuencias ultrasonoras. Sin embargo, las frecuencias que estimulaban el crecimiento de algunas especies entorpecían el de otras. Measures y Weinberger querían saber si determinadas frecuencias audibles del campo sonoro eran tan eficaces como la música para fomentar el desarrollo del trigo.
   En una serie de experimentos que duraron más de cuatro años, las dos biólogas expusieron a vibraciones de alta frecuencia granos y pies de planta de trigo de primavera y de invierno, y descubrieron que, según el tiempo que hubiesen estado "vernalizadas" respondían mejor a una frecuencia de 5.000 ciclos por segundo.
   Desorientadas por los resultados, no podían explicarse las investigadoras por qué el sonido audible había acelerado tan notablemente su crecimiento, que parecían prometer las plantas una cosecha doble. Aquel efecto no podía haberse producido quebrantando las afinidades químicas de las semillas, escribían en el Canadian Journal of Botany, puesto que para ello se requería una energía mil millones de veces mayor que la que aportaban las frecuencias sonoras. Indicaban, en cambio, que las ondas sonoras acaso produjesen un efecto resonante en las células vegetales, con lo cual la energía se acumulaba e influía en el metabolismo de las plantas. En julio de 1968, J. I. Rodales decía en la revista Prevention que Weinberger "está llegando a pensar que, en el equipo agrícola del futuro, habrá un oscilador para producir ondas sonoras, y una bocina".
   Al preguntársele si sus experimentos podrían traer como consecuencia la aplicación del sonido a sembrados extensos, la doctora Weinberger contestó en 1973 que se estaban realizando pruebas a gran escala en Canadá, Estados Unidos y Europa para determinar la viabilidad de su idea.



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   Las observaciones de Weinberger están siendo corroboradas por cuatro científicos de la Universidad de Carolina del Norte, en Greensboro, que han descubierto que el sonido experimental "rosa", el cual suena al oído a una frecuencia de 20 a 20.000 ciclos por segundo y 100 decibeles, más o menos lo mismo que el ruido que produce a unos 30 metros de distancia un jet 727 próximo a despegar, hacía que los nabos creciesen mucho más rápidamente que los que se criaban en silencio. El profesor Gaylord T. Hageseth, físico y director del equipo investigador, dice que sus descubrimientos han despertado el interés del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, el cual está estudiando su proposición de estimular sembrados de regiones cálidas, como el Valle de San Joaquín en California, donde las temperaturas superiores a 38 grados centígrados adormecen a las semillas de la lechuga. Si se las despierta con una irradiación de sonido, pueden producir dos cosechas por estación en lugar de una, aseguran Hageseth y sus colegas, quienes además proponen que se utilicen las ondas sonoras para ímpulsar la germinación de la maleza antes de sembrar una tierra. Después podrían escardarse para que la cosecha se desarrollase en un campo limpio.
   Como el estruendo de aviones en las emisiones no tiene nada de atractivo, el equipo de Carolina del Norte ha estado trabajando, como Measures y Weinberger, para encontrar longitudes de onda o combinaciones particulares con que producír los efectos deseados a un nível menor de decibeles. A comienzos del año 1973, habían descubierto que el ritmo de germinación de los nabos parecía acelerarse cuando quedaban expuestos a una frecuencia de 4.000 ciclos por segundo.
   Inicióse una sede interesante, que más tarde dio lugar a grandes controversias, de experimentos sobre los efectos de la música en las plantas, cuando Dorothy Retallack, organista y mezzosoprano profesional que había dado conciertos en el Beacon Supper Club de Denver, entre 1947 y 1952, se sintió un poco sin saber qué hacer cuando sus ocho hijos se fueron al colegio. Para no ser el único miembro de la familia que no tuviese grado alguno, anunció a su marido, físico sumamente ocupado con su trabajo, su decisión de matricularse en el Temple Buell College para obtener un grado en música. Al tener que realizar un experimento biológico de laboratorio, se acordó vagamente de un artículo en que se decía que George Smith tocaba discos y dirigía la palabra a sus maizales.

D. Retallack

   Siguiendo su idea, la señora Retallack se asoció con una compañera estudiante, cuya familia les proporcionó una habitación vacía en su casa y dos grupos de plantas, entre las cuales había filodendros, maíz, rábanos, geranios y violetas africanas. Las neófitas experimentadoras colgaron sobre un grupo lámparas Gro-Lux y hacían sonar cada segundo las notas musicales si y re tocadas al piano y grabadas en una cinta magnetofóníca, alternando cinco minutos de aquellos sonidos aburridos y monótonos con otros cinco de silencio.



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   La cinta estaba ejecutándose sin interrupción doce horas al día. Durante la primera semana, las violetas africanas que decayeron y se ajaron al empezar el experimento, resucitaron y empezaron a florecer. Parecieron animarse durante diez dias todas las plantas del segundo grupo, pero, al cabo de dos semanas, las hojas del geranio comenzaron a amarillear. Al terminar la tercera semana, todas las plantas, algunas de las cuales se apartaron de la fuente del sonido como si las desviase un viento fuerte, habían perecido, con la notable excepción de las violetas africanas, que seguían exteriormente igual, sin que pudiese explicarse por qué. El grupo de control, que se habia desarrollado en paz, floreció.
   Cuando la señora Retallack comunicó estos resultados a su profesor de biología, Francis F. Broman, preguntándole si podía realizar un experimento más minuciosamente controlado para hacer méritos en su curso, él asintió, aunque a regañadientes. La idea me hizo exhalar un respingo de desaprobación - dijo Broman después -, pero, como se trataba de algo nuevo, le di mi visto bueno, si bien la mayor parte de los estudiantes soltaron la carcajada." Broman puso a su disposición tres cámaras biotrónicas ambientales marca III, de 17 metros de largo, 8 de alto, y 5½ de profundidad, compradas hace poco por su departamento, que tenían una forma parecida a los acuarios domésticos, pero mucho mayores, en las cuales se podía controlar con toda exactitud, la luz, la temperatura y la humedad.

D. Retallack y Broman

   Destinó una cámara al grupo de control, y utilizó las mismas plantas, a excepción de las violetas, como en el primer experimento, colocándolas en suelo idéntico y proporcionándoles cantidades iguales de agua a horas determinadas. Con objeto de seleccionar la nota musical más eficiente para reanimarlas, cada día tocaba la nota fa sin interrupción durante ocho horas en una cámara y durante tres horas en otra. Las plantas de la primera murieron a las dos semanas, pero los de la segunda se desarrollaron mucho más sanas que las de control, las cuales quedaron en silencio.
   La señora Retallack y el profesor Broman no sabían a qué carta quedarse con estos resultados, porque no tenían la menor idea de a qué se debían reaciones tan diferentes, y no sabían si las plantas habían muerto de cansancio o tedio, o sencillamente, si "habían perdido la cabeza y se habían vuelto locas". Aquellos experimentos levantaron una verdadera polvareda en el departamento de biología, habiendo alumnos y profesores que consideraban todo aquello como una superchería o como una pérdida inútil de tiempo, aunque otros estaban intrigados con tan inexplicables resultados.



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   Dos estudiantes decidieron imitar a la señora Retallack e iniciaron un experimento de ocho semanas con calabazas de verano, transmitiendo a sus cámaras música de dos estaciones de radio de Denver, y de dos estilos : uno de rock, y el otro de música clásica.
   Las cucurbitáceas no fueron indiferente ni mucho menos a ambos estilos musicales : las expuestas a las piezas de Haydn, Beethoven, Brahms, Schubert, y otros autores europeos del S. XVIII y XIX, echaron tallos en dirección a la radio de transistores, y uno de ellos se enroscó amorosamente en tomo al aparato. Las otras calabazas se desarrollaron como huyendo de los discos de rock, y hasta trataron de treparse por las paredes resbaladizas de su caja de cristal.

HaydnBeethoven
BrahmsSchubert

   Impresionada con el éxito de sus amigas, la señora Retallack organizó una serie de intentos semejantes a principios de 1969 con maíz, calabazas, petunias, cinias y caléndulas, con las que obtuvo el mismo resultado. La música de rock hacia que creciesen algunas plantas al principio anormalmente altas y con hojas excesivamente pequeñas, o que se paralizasen. Al cabo de quince días, todas las caléndulas habían muerto, mientras que florecían otras idénticas a sólo dos metros de distancia, a donde llegaban los compases de música clásica. Ocurrió algo más interesante todavía : durante la misma primera semana, las plantas expuestas a la música de rock consumían mucha más agua que las expuestas a la música dásica, aunque la disfrutaban menos, puesto que, al examinar sus raíces el día 18, se advirtió que estaban escuálidas y sólo tenían por término medio una pulgada de longitud, en tanto que las del otro grupo eran gruesas, espesas y cuatro veces más largas.
   Estando así las cosas, diversos críticos indicaron que los experimentos eran inválidos, porque no se habían tomado en cuenta factores como el tarareo de sesenta ciclos, el "sonido blanco", que se oía por una radio sintonizada con una frecuencia no ocupada por ninguna transmisora, ni por las voces de los anunciadores o locutores. Para satisfacer a estos criticones, la señora Retallack tomó grabaciones de música de rock en discos. Seleccionó las piezas más estruendosas de Led Zeppelin, Vanilla Fudge y Jimy Hendrix. Al apartarse las plantas, como podían de esta cacofonía, giró los tisetos 180 grados, con lo que las plantas se desviaron en dirección contraria. Esto convenció a la mayoría de los críticos de que las plantas reaccionaban indiscutiblemente a las estridencias de la música de rock.

Led Zeppelin
Vanilla Fudge
J. Hendrix

   Para determinar qué era lo que molestaba tanto a las plantas en aquel tipo de música, estuvo dándole vueltas en la cabeza la señora Retailack y sospechó que podía deberse al elemento percusivo de la música, por lo cual inició otro experimento en otoño.



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   Seleccionó el aire hispano popular titulado "La Paloma" y ejecutó una versión del mismo a base de tambores de acero en una de las cámaras de las plantas, y otra versión a base de instrumentos de cuerda en la segunda. La primera hizo que las plantas se desviasen de la vertical 10 grados, aunque era mucho menos que lo que se desviaban las expuestas a música de rock. En cambio las que habían "escuchado" las armonías de los violines se acercaron 15 grados al lugar de procedencia de la música. Obtuviéronse resultados muy semejantes al repetirse durante 18 días el mismo experimento, en cámaras con veinticinco plantas, entre ellas calabazas obtenidas de semillas, y plantas florecidas y foliáceas de invernadero.
   Ahora la señora Retallack se quedó cavilando sobre la causa de que arrancase reacciones "placenteras" a las plantas, "la música intelectual matemáticamente sofisticada del este y del oeste". Como era directora de programas del Gremio Norteamericano de Organistas, escogió preludios corales de Johann Sebastian Bach, Orgelbiichlein, y los compases clásicos del Sitar, versión hindú menos complicada del veena del sur de la India, ejecutado por el brahmán bengalí Ravi Shankar.

R. Shankar

   Las plantas manifestaban positivamente sus preferencias por Bach, puesto que se desviaron hacia los preludios en un total sin precedentes de 35 grados. Pero todavía fue más positiva su reaccion a la música de Shankar : se inclinaron, en su esfuerzo por llegar a la música clásica hindú hasta la mitad de la horizontal, en ángulos de más de 60 grados, y una de las plantas se acercó tanto que casi abrazaba la bocina.
   Para no dejarse llevar por su afición personal a la música de ambos hemisferios, la señora Retallack, a petición de centenares de jóvenes, interpretó después de Bach y Shankar, música popular y del "oeste campesino". Las plantas no parecieron reaccionar más activamente que las de la cámara silenciosa. Sumida en un mar de conjeturas, la señora Retallark se preguntaba : "¿ Estaban las plantas en completa armonía con esta clase de música terrestre, o no les importaba ni le dejaba de importar cualquier tipo de música?"
   El jazz le deparó una verdadera sorpresa. Cuando sus plantas "escucharon" grabaciones tan heterogeneas como la de "Soul CalI" de Dake Ellington, y dos discos de Louis Armstrong, el 55 por ciento de las plantas se inclinaron de 15 a 20 grados hacia el altavoz, y se desarrollaron más exuberantemente que las de la cámara silenriosa. Además, estos distintos estilos musicales influían positivamente en el indice de evaporación de agua destilada que había dentro de las dependencias. En éstas, se evoporaron entre catorce y diecisiete mililitros, durante un determinado periodo de tiempo, de las vasijas llenas mientras que, bajo la influencia de Bach, Shankar y el jazz, se evaporaron de veinte a veinticinco mililitros; sin embargo, la desaparición observada con la música de rock era de cincuenta y cinco a cincuenta y nueve mililitros.

L. Armstrong


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   Cuando la oficina de información pública del Temple Buell se enteró de que la primera abuela que iba a graduarse en el colegio era la señora Retallack, comunicó a Olga Curtís, reportera del Post de Denver, los extraordinarios resultados que estaba obteniendo con las plantas. Entonces ella organizó para la Curtis otro experimento totalmente nuevo, en que comparó los efectos de la música de rock con cuartetos de cuerda de compositores del S. XX, por el estilo de Schoenberg, Webern y Berg. La razón de escoger la música de doce tonos de gran parte de estos neoclásicos, era comprobar si sus disonancias iban a "escandalizar" a las plantas, como las estridencias del rock. Pero no ocurrió así. Al examinar sus raíces, se pudo notar que los especímenes de la cámara de rock estaban enclenques y esmirriados, en tanto que los que se expusieron a la música de vanguardia seguían más o menos como las plantas de control.
   El 21 de junio de 1970, el suplemento de fin de semana del Post, titulado Empire Magazine, salió con un desplegado de cuatro páginas a color, titulado "Música que mata a las plantas, con el cual mereció Olga Curtis un premio anual de la Federación Nacional de Mujeres Periodistas. Sindicada por Metro Sunday Newspapers, la pieza se distribuyó por todo Estados Unidos, provocando una nueva generación de artículos, que llevaban títulos como "Bach o el rock : Pregúnteselo a sus flores", "Mamá está tejiendo orejeras para nuestras petunias", y otros más alarmantes todavia, como "No se merecen esto nuestros jóvenes". Relacionando la música de rock con la proliferación de drogas entre los muchachos norteamericanos, un colaborador de la popular publicación derechista Christian Crusade Weekly escribía sentenciosa y devotamente : "Las Escrituras mandan al perezoso observar a la hormigas. ¡Quizá debiera el drogadicto observar las plantas!"
   De la avalancha de correspondencia que recibió, dedujo la señora Retallack que sus experimentos habían despertado interés vivísimo en centenares de lectores, entre ellos, a todo un grupo de profesores que le pedían las obras científicas que hubiese publicado. Espoleada por aquel interés oficioso, la señora Retallack, junto con el profesor Broman, preparó un ensayo científico de nueve páginas, titulado "Reacción de las plantas ... a su ambiente sonoro", y lo envió a la Bio-Science Magazine, publicación del Instituto Norteamericano de Ciencias Biológicas. Fue rechazado por su revisor, el doctor Robert S. Leisner, quien declaró que, aunque podría deducirse una conclusión "sumamente tentativa" de que el sonido afecta al crecimiento de las plantas, ya no constituía novedad ninguna el trabajo de Retallack-Broman, después de la obra publicada en Ottawa por Weinberger y Measures.



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   Mientras tanto, la señora Retallack fue invitada por la cadena de televisión CBS para que presentase un experimento de la música rock-versus-Shankar, para filmarlo y proyectarlo. Llena de nerviosidad ante el temor de que sus plantas no trasmitiesen su mensaje para los técnicos de la CBS, aceptó el ofrecimiento y respiró por fin desahogadamente cuando sus queridas plantas actuaron como si supiesen que las estaban viendo toda la nación. Transmitido el programa por Walter Cronkite el 16 de octubre de 1970, la montaña de correspondencia que recibió se convirtió en cordillera, parte de la cual eran diversos informes que querían compartir con ella los investigadores de toda la nación.

W. Cronkite

   Dorothy Retallack se enteró por ellos de que dos profesores de la Universidad del Estado de Carolina del Norte, L. H. Royster, del Departamento de Ingeniería Mecánica y Aeroespacial, y B. H. Huang, del Departamento de Ingeniería Biológica, se habían asociado con un investigador de las industrias de la fibra, de la ciudad de Chelby, llamado C. B. Woodlief, para realizar un experimento, que se llamó en el Journal of tite Acoustical Society of America, "Efecto del mido en el crecimiento de las plantas", comprobaron que los efectos de la proliferación de la contaminación sonora en los animales y en el hombre habían sido estudiados, pero que se habían pasado por alto estos efectos en los sistemas vegetales, y pusieron doce plantas masculinas y estériles de tabaco en una cámara de control ambiental, en que se conservaron iguales y constantes las condiciones del suelo y la temperatura. Con un generador de ruidos al azar Bruel and Kraer, sometieron a las plantas a frecuencias sonoras que fluctuaban entre 31,5 y 20.000 ciclos por segundo, y observaron que el indice de crecimiento disminuyó en cada una de las plantas en un 40 por ciento.
   Otro de los que estuvieron en relación con ellos y con su experimento, fue el doctor George Milstein, de Long Island, City, Nueva York, dentista retirado, que ahora se dedicaba a enseñar horticultura en el Jardín Botánico neoyorquino. Algunos de sus pacientes le habían regalado plantas exóticas, cuyo nombre no conocían con seguridad los floristas. Milstein investigó en fuentes autorizadas botánicas y quedó fascinado con el mundo vegetal, comenzando a cultivar exóticas y vistosas Bromeliadas, de una gran familia vegetal, a la que pertenecen especímenes tan diversos como la piña y el musgo hispánico.
   Al enterarse de las investigaciones que estaban realizándose en Canadá, decidió comprobar por sí mismo de qué manera afectaba el sonido a otras plantas.



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   Seleccionó una amplia variedad de plantas domésticas y dos plátanos, y los sometió a vibraciones sonoras transmitidas directamente por el aire, o bien a través de la tierra de sus tiestos, o por sus tallos. Ayudado por un ingeniero de sonido de la NBC, observó que un zumbido bajo y continuo de 3.000 ciclos por segundo aceleraba el crecimiento de la mayor parte de las plantas, y hasta llegó a provocar que algunas floreciesen seis meses enteros antes de su tiempo normal.
   Pip Records, división de la Pickwick International, Inc., le rogó que preparase un disco de sonidos estimuladores para las plantas, pero que también tuviese algo de música. Milstein incorporó entonces el zumbido estimulante al disco de selecciones musicales. Junto a su titulo, que decía : "Para cultivar plantas en casa", presentaba una información precisa sobre las condiciones óptimas de luz, humedad, ventilación, temperatura, riego, abono y tiestos; y decía que, de la misma manera que el desarrollo de las flores y el crecimiento de las plantas se estimulaban con vibraciones luminosas, era lógico suponer que las vibraciones de la energía sonora ejerciesen también influencia benéfica en la horticultura. Recomendaba que se tocase diariamente el disco para obtener resultados mejores y más seguros.
   El disco atrajo la atención general de Estados Unidos y otros países, debido a lo cual asediaron a Milstein por correo y por teléfono centenares de personas que deseaban saber cuál era la clase mejor de música para las plantas, y si su investigación se compaginaba con la llevada a cabo por Dorothy Retallack y tenía que ver con la de Cleve Backster. Milstein perdió los estribos. Los experimentos de la señora Retallack, dijo, no tienen nada que ver con la ciencia, porque "las plantas no oyen". Irritado por la patraña absoluta de comparar a las plantas con las personas, y asqueado por la "falta de honradez" de los que promovían el disco, dijo que estaba ya harto de que se le invitase repetidamente a utilizar la música para intensificar el desarrollo de las plantas.
   Se le rogó que comentase la obra de Cleve Backster, a lo que replicó : "Backster está equivocado en el mejor de los casos, porque nadie que haya estudiado botánica o fisiología puede concebir que las plantas, cuyos tejidos difieren completamente del de los animales y el hombre, tengan mente o emociones, y pueden asustarse con una amenaza mental."
   Siendo secretario de la Sociedad de Magos Norteamericanos, Milstein, que se había dedicado a la magia o a la prestidigitación para abrirse camino hacia la universidad y costearse sus estudios, dijo que habia investigado centenares de los llamados "fenómenos síquicos y que nunca habla visto a nadie realizarlos sometido a condiciones de prueba, aunque alardease de tener facultades síquicas". "Por lo menos Backster no está cobrando dinero como tantos otros charlatanes - dijo - , pero no quiero tener la menor parte en su investigación, porque puede refutarse todo lo que dice haber descubierto."



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   La aseveración dogmática de Milstein venia a ser parecida a las declaraciones de diversos profesores de Temple Buell. El New York Times, que publicó un articulo destacado sobre el trabajo de la señora Retallack el 21 de febrero de 1971, afirmó que los académicos parecían "demacrarse y morir", como las plantas expuestas por Dorothy Retallack al ácido del rock, cuando se les aseguraba que Backster había realizado en serio sus experimentos. "Les parece que todo ello no es sino una superchería vergonzosa", decía el Times, citando a continuación la frase de un biólogo del colegio : "Se nos ha puesto en ridículo profesionalmente." El doctor Cleon Ross, fisiólogo vegetal de la Universidad del Estado de Colorado, accedió, aunque no sin resistencia, a discutir el tema del efecto de la energía sonora sobre las plantas con el reportero del Times, Anthony Ripley, al rogársele que hiciese algún comentario sobre el descubrimiento de que las plantas reaccionaban al pensamiento humano, realizado por Backster, a lo que contestó con la siguiente exclamación airada : "¡Basura completa!"
   El doctor Frank B. Salisbury, del Departamento de Ciencias Vegetales de la Universidad Estatal de Utah, fue algo más benévolo en su comentario : "No sé a qué carta quedarme en todo este asunto - declaró, al hablar sobre el efecto de la música en las plantas - . La cosa viene rodando desde 1950. En el Congreso Botánico Internacional, presentó el año 1954 un informe de cierto individuo procedente de la India, que tocaba el violín a las plantas. No quiero decir sin más ni más que todo esto sean tonterías, pero ha habido mucha seudociencia en este campo desde hace años. La mayor parte de estas actividades no se están desarrollando con la experimentación debida. Mientras no se haga así, no creo una jota de ello."
   Los mismos resultados indiscutibles obtenidos por la señora Retallack la hicieron temer que la locura, nacional entre la generación joven por el ácido del rock pudiera ser perjudicial para el desarrollo de sus experimentos. Sus dudas sobre los efectos del rock aumentaron al leer un articulo publicado en el Register, de Napa, California, según el cual dos médicos habían a comunicado a la Asociación Médica de California que, de cuarenta y tres músicos ejecutantes de piezas amplificadas de rock, cuarenta y uno habían experimentado pérdida permanente de la audición.
   Algunos fanáticos del rock de Denver parecieron también impresionarse hondamente con los experimentos de Dorotk Retallack.



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   Un músico de larga cabellera le dijo al meter la nariz en la cámara biotrónica resonante de rock : "Si el rock hace esto a las plantas, caray, no sé lo que me estará haciendo a mi." La señora Retallack quiere continuar sus experimentos para recoger datos científicos suficientes con que dar al joven músico, y a todos los músicos jóvenes una respuesta razonada. Entre las pruebas que planea, está el ejecutar las cintas magnerofónicas musicales al revés, para ver sí producen en las plantas efectos parecidos o diferentes que cuando se tocan las piezas al derecho, o sea, normalmente.
   Cuando empezó a escribir un pequeño libro sobre sus experimentos, The Sound of Music and Plants (El sonido de la música y las plantas), publicado a principios de 1973, le causó profunda impresión y le dio optimismo un verso doble de Oscar Hammerstein, que ella misma cantara años antes, cuando era estrella de The Sound of Music, en la ópera de verano de Denver : "Las montañas reviven con el son de la música, con las canciones que han entonado desde hace mil años."

O. Hammerstein

   Rebuscando en las bibliotecas para encontrar material con qué dar un fundamento filosófico a su trabajo experimental, descubrió una declaración del Libro de los secretos de Enoch, en que se decía que todo lo que hay en el universo, desde la hierba del campo hasta las estrellas del cielo, tienen un espíritu o angel individual, y se enteró de que Hermes Trismegisto había afirmado que las plantas tienen vida, mente y alma como los animales, los hombres y los seres superiores. Hermes, a quien los griegos llamaron "el tres veces grande", y del que deriva el adjetivo "hermético", fue considerado como el iniciador del arte egipcio, de la ciencia, de la magia, de la alquimia y de la religión.
   El profesor de química, ahora retirado después de una larga carrera en la Universidad de Johns Hopkins, Donald Hatch Andrews, asegura que el sonido musical vibra en los corazones mismos de los átomos. En su libro, The Symphony of Life (La sinfonía de la vida), invita a sus lectores a emprender con él un viaje imaginario dentro de un átomo ampliado de calcio tomado del hueso de la punta de su dedo índice. Dentro de ese átomo, dice Andrews, hay docenas de octavas agudas, muy por encima de los tonos más altos de un violín : es la música del núcleo atómico, la partícula microscópica que constituye el centro del átomo. Escuchando de cerca, continúa, se percibe que esta música es mucho mas compleja que la que se ejecuta en una iglesia. Hay en ella muchas cuerdas disonantes, como en la de los compositores de la música moderna.

D. H. Andrews

   El objeto exclusivo de la música disonante, según Cyril Meir Scott, compositor y teósofo inglés, era destruir formas de pensamiento que, al invadir paises enteros con toda su población, los sumen en un letargo paralizante o los vuelven locos.

C. M. Scott


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   Es un hecho musical oculto, dice Scott, que lo discordante - en sentido moral - sólo puede destruirse con lo discordante, porque las vibraciones de la música intrínsecamente bella están demasiado enrarecidas para afectar a las toscas y bastas de las cosas que pertenecen a un plano mucho más inferior.
   Hasta ahora, ningún investigador parece haberse interesado por las correspondencias entre las formas de las plantas y las notas musicales, a excepción de Hans Kayser, autor alemán de Harmonía Plantarum (La armonía de las plantas) y otros libros de fondo matemático sobre la relación de los intervalos sonoros con el desarrollo de las plantas. Kayser observó que, si se proyectan todos los tonos dentro del espacio de una octava, de la forma en que el astrónomo y astrólogo Johannes Kepler lo explicó en su Harmoniae Mundí (Armonías del mundo) al hablar del sistema planetario solar, y se dibujan sus ángulos de una manera específica, se obtiene el prototipo de la forma de la hoja. El intervalo de la octava, base de la música y de toda sensación, contiene, por tanto, la forma de la hoja.

H. Kayser

   Esta observación no sólo corrobora con un nuevo apoyo "sicológico" la metamorfosis de las plantas de Goethe, que derivan su desarrollo de la forma de la hoja, sino que proyecta nueva luz sobre el ingenioso sistema clasificador de Linneo. Cuando se piensa, dice Kayser, que una pasionaria contiene dos proporciones, un arreglo de cinco partes de pétalos y estambres , tres partes de pistilos, aunque se rechace que tenga una inteligencia que razone lógicamente, hay que admitir que en el alma de las plantas existen ciertos prototipos dotados de forma - en la pasionaria, terceras y quintas musicales -, que contribuyen, como la música, a modelar como intervalos las formas de la flor. Visto Linneo desde este ángulo, su sistema se rehabilita "síquicamente", concluye Kayser, porque, con su esquema de clasificación "sexual", el famoso botánico sueco dio en el nervio síquico de las plantas.
   Lo que los humanos son capaces de percibir conscientemente con sus limitados sentidos, no es sino una pequeña fracción de lo que los afecta vibratoriamente. La llamada margarita sin perfume acaso tenga la delicada fragancia de la rosa, pero la gente necesitaría una capacidad olfatoria especial para detectar las partículas que exhala. Los esfuerzos desarrollados por demostrar que una determinada vibración sonora afecta a las plantas o al hombre, en lugar de resolver la interacción de la música y la vida, quizá sólo desplieguen un tapiz maravillosamente resonante de influencias, separándolas o deshilachándolas en las diversas hebras que lo componen.



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