De la noche insomne

( A la luz de Sun-Tzu y Roberto Juarroz )

OÍR EL LLAMAMIENTO y presentarse. En el patio de honor tomar el arma - la lumbre genital en la batalla -. Celarla antes, después y en la faena. Alistarse. Entrenarse permanentemente. Partir de madrugada. Irse al frente. A primera línea o retaguardia, con trinchera o sin trinchera, enfrentando enemigo fuego a fuego, defendiendo, atacando, resistiendo. Calada en el fusil la bayoneta, empuñar la destreza necesaria. Sentir el apoyo del certero impacto de los misiles - los ángeles custodios de la justa -. Oír rumores, nunca divulgarlos. Saber que el arte es una guerra en grande.

Hablar de vez en cuando de temas menores. Ir formando gestos, lentamente. Usar la propia mano como almohada. Trasplantar los recuerdos. Hacer correr un pedazo de oscuridad sobre otro. Recortar el espacio que queda entre las cosas. Sacar de circulación nuestra imagen. Cambiar la propia imagen periódicamente. Cambiar de imagen cada tanto como se cambia de sueño cada noche.

Crear un marco para cada cosa. Cuidarse de poseer características ajenas a nuestro destino. Aceptar el precio de la justicia por rápida, segura, funcional y ordenada. Oír todas las verdades y todas las mentiras. Descifrar cuidadosamente cada una de las sorpresas vespertinas o de fines de semana, fin de año o fin de siglo. Cambiar de voz, de nombre y de oficio para averiguar lo imposible. Comprender la semiótica de las iguanas y las lagartijas.

Subir a la locura por la parte más accesible. Evitar aparecer en las páginas sociales de los diarios. Preparar el pensamiento para a los escamoteos de las cosas. Escapar de las miradas de los otros; después, de la propia mirada; luego, de la mirada de las cosas. Aprender a olvidarse del recuerdo. Desmadejar las líneas de la mano. Entremezclar los ojos y las cosas. Desencajar el silencio del sueño.

Recoger lo poco que existe y crear lo que no existe. Empezar a no reflejarnos ya en los charcos. Disolver para siempre nuestro grotesco oficio de encuadernar la nada. Rechazar cualquier condecoración. Adorar hasta la demencia la rebelión de Adán y Eva. Dar una vuelta a la palabra cuando haya moros en el cable. Tomar en cuenta las notables diferencias entre un Pontífice y un Poeta de la Liberación. Valerse de la ocasión para renovar las seguridades de alta y distinguida consideración.

Aprender a afinar la guitarra con la puntería exacta del fusil para marchar al combate con el pueblo. Conocer los secretos de la lluvia y sus modales. Quebrar el hipnotismo de las cosas. Desenfrentarse de la vida y mirar hacia un ojo que no nos hipnotice. Inventar respiraciones nuevas. Inventar el regreso del mundo después de su desaparición. Llevar una mirada de repuesto o comprar alguna en el mercado: inventar otra mirada. Y si aún faltare algo, inventar también otra forma más concreta del hombre.

Reconquistar nuestro origen. Reconocer que no hay quejido mayor que el del amor. Estar atento al parte de guerra. Saber que existen caminos que no hay que seguir, ciudades que no hay que asediar o atacar, ejércitos que no conviene hostigar, preguntas que no hay que contestar y hasta órdenes que no hay por qué cumplir.

Saber lo estrictamente indispensable. Participar en el engaño, en el ardid, la situación o la apariencia. Llevar la astucia al máximo posible. Adaptarse a la situación, sobre todo a la situación ajena. Avanzar por caminos tan insólitos que nunca el adversario logre descubrir. Dar con el más vulnerable de los puntos. Batirse en retirada o perseguirla. Contar con la moral, el ánimo, el terreno, el clima, el mando, la ocasión y la doctrina.

Descubrir el esquema general del enemigo. Como el agua, adaptarse a las formas nuevas. Usar ataques directos e indirectos. Pulsar la ventaja y desventaja de la hazaña. Protegerse del árbol que se agita, del pájaro que se espanta, del polvo alborotado, del llanto de la bandera en el contrario frente.

Distinguir claramente entre terreno accesible, deleznable, angosto, accidentado, fronterizo, clave, convergente, difícil o mortal. Conocer al enemigo como a sí mismo para que nunca la victoria sea amenazada. Conocer las fuerzas naturales: el fuego, el risco, el agua por la escarpa. Contar con el agente secreto inevitable. Administrar pertrecho y proyectil.

Adelantar, vivir, sobrevivir. Resistir hasta el último combate. Cuidar con tiento cada retirada. Huir de frente, atacar de retirada, volver caras, triunfar en la derrota. Ir entre escaramuza y sorpresivo encuentro halando la explosión del lauro. Rechazar la sentencia de la muerte. Asumir alto el triunfo de la vida.

Blandiendo diapasones subversivos, llevar hasta la cima la bandera y desplegarla en rancho en cada aldea hasta colmar la lágrima del pueblo. Coronada la lucha, asegurar la militancia plena por la belleza y la verdad del hombre, como un golpe de amor en cada miedo, como un claro de tierra en la mirada de cada madre que se muera.

NOSOTRAS Y NOSOTROS

poetas de un siglo moribundo, náufragos de apabullantes hormigueros de concreto. Hijos de Bolívar y del Che. Del sol, del viento y de las lluvias. Hermanos de Violeta, Alí, Víctor, John Lennon y sus guitarras vivas. Camaradas de la rosa, de Aquiles, de Argimiro. A poco de ver nacer el siglo que evocará nuestros nacimientos y barbaridades, al terminar de pintarle de rouge los labios a la luna.

CONSIDERANDO

En frío, imparcialmente, que el hombre es un animal lóbrego, mamífero, que suda, almuerza y se abotona.

Lo cercano de la belleza, hecha catarata en nuestras montañas.

El enorme embrutecimiento, somnolencia y parálisis en que discurre nuestro pueblo, enloquecido con tanta publicidad ajena y propia.

Que la alegría es el único bien que, repartiéndolo, aumenta siempre.

Que se precisa una gran dosis de insomnio para ocuparnos de las sombras de los sueños, esas tremendas largas sombras legañosas.

Que no ha habido obra maestra que no provenga del insomnio.

Que son las horas de vigilia las que deparan las mayores recompensas a las artes, al universo poético del hombre.

La necesidad del fusil allá en las tierras de Cantaura, Boca de Monte o Tancipay. Timotes, El Morro, Tabay, Chachopo o Las Piedras.

La necesidad imperiosa de desarrollar la parte femenina del hombre y la parte masculina de la mujer, pudiendo estos procesos ser irreversibles.

Que para descubrir, revelar o reinventar todos los palomares requeridos por la paz, el insomnio es totalmente indispensable, ineludible.

Que el día por desgracia es de los vivos; en tanto que la noche, pletórica, de sabios.

DECRETAMOS

Que sólo haya día para el hombre.

Que se acaben las almohadas, las cobijas y que sólo haya ruanas para estar con el relente de las horas y saber qué nos dice cada noche el conticinio, cuando todas las cosas callan.

La diurnidad en las veinticinco horas de los relojes, sean de tierra, cuarzo o sol.

La vigilia permanente hasta que "al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entremos en espléndidas ciudades".

La visión permanente de la noche para escudriñarle sus secretos y ver en las madrugadas el alumbramiento o desbotonadura de las rosas.

En una palabra, el insomnio.

Insomnio en todo el territorio nacional culto, intelectual o no; urbano, campesino, rural o burocrático.

Insomnio para la creación de una Compañía Cafetalera o de Frailejones al servicio del insomnio, capaz de cubrir los trasnochos derivantes.

Insomnio para la editorial de la esperanza, para las creaciones que provengan de las medianoches y de las madrugadas, de mano con la brisa.

Insomnio para la suspensión provisoria de los debates sobre el orgasmo, el divorcio, el adulterio o el aborto.

Insomnio para la meditación general sobre nuestras cosas, verdades, engaños, dolos y mentiras.

Insomnio para la resurrección de Maiakowski, Baudelaire, el Chino Valera Mora, Ramos Sucre, Zalamea; Otero Silva y Rimbaud. Su resurrección en cada uno de nuestros actos y nuestros orgasmos, creadores o no creadores y procreadores.

Insomnio para el reconocimiento de los hijos del padrastro o del Espíritu Santo en pleno insomnio.

Insomnio para la gente, las flores, las ventanas, los cafetales, azulejos, espejuelos y apamates.

Insomnio para el serenatero, la chícara, las orquídeas y alambiques.

Insomnio contra el espantoso cáncer diurno que se cuela por las calles ciegas de concreto.

Insomnio para el viento, los torrenciales, las mariposas, los ventisqueros, pastizales y gusanos.

Insomnio para el ciego y sus costumbres.

Insomnio sin meleril, ativán, stelazine, sinogán o fenobarbital especial, que tanto daño hacen al insomnio. Para que dejen libres las aspas de la vida de una vez por todas.

Insomnio para cada uno de nuestros zancudos, implacables camaradas camuflados en los sueños, para que nos ayuden a despertar las piernas, la arrechera, nuestras ojeras, nuestros ojos

Insomnio para los espejos, las arrugas y caderas.

Insomnio general, con permiso de los psicólogos y sus hermanos, los psiquiatras.

Insomnio para los burócratas de manera que justifiquen las mañanas libres, tendidos nada más sobre "lo pendiente" de sus Planes Operativos.

Insomnio para que se acaben las misas matutinas y cada quien las celebre en su hogar, al mediodía o en la tarde, con su mujer y sus hijos o sus nietos, los gonzalitos, las golondrinas, los turpiales y las paraulatas.

Insomnio para verle las rosas pestañas a la aurora, la que será de ahora en adelante nuestra primera camarada, hasta darle un viraje a tanta sombra, puesta la mano en los arietes.

Insomnio para las enfermeras, de modo que no dejen morir las nuevas criaturas, los poetas que demanda la aurora del dos mil.

Insomnio a partir de la muerteviva de quien sabemos renace cada cien años cuando despierta el pueblo, siendo roja la rosa que recuerde su paso.

Insomnio para los diciembres, electorales o no, los que falten para verle la cara a la esperanza.

Insomnio para dar con el alma del paisaje o con el arma errante de Cantayumare, la que ha de acompañarnos en la lucha de este tiempo sin nombre todavía.

Insomnio para la paz entre nosotros, nuestros hormigueros, enramadas, bosques, solares, farallones y neblinas.

Insomnio en cada aldea del planeta, la más pobre en esta noche, la que no haya sabido de ningún milagro, la que esté virgen todavía o en el desierto gima.

Insomnio para que nazcan flores en las plazas y los campos y llevemos a pasear las mariposas a La Romería, La Parada, Mesa de Aura, París, Roma o Buenos Aires. A Los Chorros, a Los Médanos, a Canaima, Cachamay, La Hacienda o La Llovizna. A Las Coloradas, El Tequendama, El Chimborazo o Santa Marta.

Insomnio para los impotentes que no saben que el coito mayor se hace con el alma como los ouroboros cuando se desguazan a sí mismos con el alba.

Insomnio porque hay mucho que ver y que mirar mientras nazca la paz entre los hombres.

Insomnio para irnos con la noche y con la luna a buscar los duendes de la aldea.

Insomnio de ahora en adelante, Insomnio desde este ventanal iluminado, desde esta azulada atalaya enrojecida, para seguirle el paso a las batallas y emprender las que hagan falta todavía.

Insomnio cargado de neblina, siempreviva, amorardiente y también con las aguas del Torbes y del Quinimarí; del Albarregas, Cabriales, Orinoco o Caroní; Guanda, Plata o Tuira. Unas para espantar al diablo. Otras para enamorar las rosas y las abejas que aparezcan detrás de los caminos.

Insomnio quisqueyano, nicaragüense, andino. Oriental, cubano. Central, mundial, argentino. Peruano, maracucho o mejicano. Insomnio para el llano que duerme con la luna. Insomnio para el infortunio de Caracas que no sabe que tiene un ángel despierto entre su alma.

Insomnio hecho en Venezuela al lado del Caribe. Pensando en América, la Patria. Para el mundo de hoy de mañana. Con la gracia imponente de recias madrugadas.

Insomnio para los puentes colgantes, a riesgo, de nuestros mutuos ríos.

Insomnio hasta el último aliento de la vida.

Insomnio nada más para la noche.

JURAMOS

No dar descanso a las pestañas hasta dar con la unidad de nuestro pueblo - nuestros pueblos - y el espacio verbal intelectual, en el que ha de renacer la Poesía que irá por las calles del dos mil con nuestras firmas y nuestra propia sangre, alegre, entre las venas o corriendo por Cantaura, por Yumare, El Amparo. Guantánamo, Chiapas, Santa Cruz o Valle Grande.

Insomnio, apuntala nuestros días, sepulta nuestros odios, enrumba nuestra paz y nuestras armas cargadas de futuro.

Definitivamente,

Insomnio, insomnio, insomnio, insomnio, insomnio.

Luz, luz, luz, fuera de la luz la muerte.

Insomnio, insomnio, insomnio, insomnio, insomnio.

Luz, luz, luz, fuera de la luz la muerte.

Tras un amanecer que al fin alumbre

un día con la noche esclarecida

de azul mañana que la fe vislumbra.

Insomnio, insomnio, insomnio hasta la muerte.

Luz, luz, luz, fuera de la luz la muerte.

¡Insomnio para el hombre de este tiempo!

Tras un amanecer que al fin alumbre

un día con la noche esclarecida

de azul mañana que la fe vislumbra.

Insomnio, insomnio, insomnio hasta la muerte.

Luz, luz, luz, fuera de la luz la muerte.

¡Insomnio para el hombre de este tiempo!

NOSOTROS

que por fortuna tenemos la montaña que el dolor apacigua con neblina, sin saber de tanta llamarada viva

que pendemos del azul, de los troncos, los bejucos, los colores y las flores

que sabemos de los sueños de nuestros abuelos, los que se llevaron los peces de las quebradas entre los piélagos del viento

que cultivamos las herejías

que exprimimos los segundos de nuestros días y apretamos los hilos del tiempo en los peldaños del aire

que no hemos derramado ni una gota de hambre y menos una de sangre como aquéllas

que podemos desafiar la muerte de mentiras en plena madrugada, camuflados en neblina

que podemos oír riachuelos, radios y cascadas a las dos de la mañana

que le oímos a Álvaro Carrera su rabia constreñida entre sus dientes y su barba aquí en Tribuna

que a diario somos atracados por tantos seguros sanguijuelos, vagabundos, extranjeros

que estábamos sin saberlo enamorados de Karina y su guao erótico, carnal, desnudo

que empezamos a oírle los trenos a la noche, a sentirle a los perros sus pisadas

que no sabemos qué diéramos por una guama de aquéllas que guindaban de la boca de la maestra de nuestra infancia o por una taza de café o unas onzas del tiempo en la quebrada

que en el año nuevo oímos que sollozaba nuestro lamento, cuando honda desolación cruzó nuestro ser, al vernos en los umbrales de nuestro aliento

que también salimos corriendo en busca de nuestros hijos al liceo, llenos de miedo caraqueño, boliviano, nacional, chileno, latino, colombiano

que comenzamos a despertarnos con tanto baño de sangre, tanta gente, tanto paria sin rumbo, tanta cara de tanto yo no fui, tanta carne de cañón en cada niño, tanto acaparamiento al desnudo, militar y militante, tanto hermano de sueños que se va allí en Colombia a cada instante sin decir ni adiós, tanto terror inundando nuestra acera, tanta, tanta sombra agazapada en los rosados apamates

que a ciencia cierta no sabemos si creemos en Dios y menos en que estemos vivos, perdiendo como estamos la costumbre vieja de ir por la mañana a la huerta, los mercados

que no sabríamos qué hacer ahora: si gritar, pelear, trabajar o meditar

que no sabemos si seremos capaces de aguantar tanto cuándo, cuándo, cuándo y tanto tanto y tanto que nos roerá de ahora en adelante

que nos vemos a cada momento interrogados, despellejados, descuerados, desaparecidos, arrastrados en medio de las aguas de los ríos

que fuimos testigos del escalofrío que sintiera Bolívar al ver una de sus espadas, camino de la subasta londinense, ultrajada, en el Banco Central de su país

que no sabemos hasta cuando mantendremos disimulada nuestra locura o nuestra paciencia, este simulacro, esta farsa, que llevamos y bailamos en nuestra garganta

que presentimos que caerán al infinito nuestros muertos, al voleo, que arderán las esperanzas, que volverán los grillos, cepos y Rotundas

que no sabemos a quién creerle: si a la Francia de hace dos siglos, al Mayo aquél, al golpe claro, clarísimo, de la impaciente helada o al de Caracas de estos días

que no comprendemos qué hicimos con la luz de Reverón, con los Poderes Creadores del Pueblo, con los ríos que reinaban en la patria ni con el momento en que se imponen las cosas, el vino, la verdad, el hombre, Ludovico, Rafael

que oscilamos entre cavilaciones, tormentos, necedades, desconfianzas, páramos, temores, arrecheras y berridos

que hemos sabido de ventisquero amargo, de cementerios enyerbados, de riscos, farallones, auroras, cangilones y veredas

que tenemos la suerte de vernos acompañados de una paledonia, una chinotto, una horchata y un pasillo en las claras madrugadas

que esperamos que algo ha de pasar para bien de las estrellas

que confiamos plenamente en que algo de nosotros quedará; así no sea más que nuestro polvo, nuestros sueños, nuestros árboles, sombras, ladrillos o empedrados

que estamos convencidos que nuestra victoria también será de los vencidos

que asistimos a la farsa más equinoccial del tiempo, a los funerales del petróleo antes que a los de nuestros padres, las flores y los mirlos

que aprenderemos inglés para no caer en la tentación de abrirle, sin más ni más, nuestra alma a algún malvado de la CIA

que a esta hora hubiéramos preferido no haber aprendido a escribir, a leer, respirar, oír, tocar, gustar, oler y menos a rezar el padrenuestro

que terminamos jugando a la paz sin saber qué cosa sea esa vaina

que no distinguimos todavía a nuestra madre

que nos alegramos de que nuestro padre sea también caballo viejo

que por fortuna reconocemos Las Brisas del Pamplonita y El Alma Llanera que se oyen en Yumare, Cantaura y El Amparo junto al alma en penas de Camejo y sus compinches

que a última ahora supimos de la libertad de Álvaro Carrera, como sabemos que el Chino Valera amanecerá de bala nuevamente, como sabemos que Crisantos Mederos seguirá vivo en La Casa de Las Américas, así lo hayan matado dos días antes de su muerte

que, sordos de nación, somos incapaces de cantar y menos entonar o presidir el Himno Nacional de nuestro país, sabiendo, sin embargo, que algún día lo cambiaremos junto con Bandera y Escudo, cuando dejemos de ruborizarnos con el Héroe

que nos hemos vuelto cada día más vulgares, hepatíticos, sarnosos, casi perros prostitutos, maldonados

que no sabemos qué hacer con nuestra barba, nuestros anteojos, nuestras locuras, nuestras andanzas, frazadas y asonadas subversivas.

que creemos en la fe del hombre y en los sueños dormidos de Fidel, de Bolívar, de Sandino y del Che y de Zamora, es decir, en la belleza y la verdad del hombre

que no acabamos de entender qué se hicieron los hombres de Petare, de Guarenas, Guarataro, El Silencio, Tancipay, Llano de Plátano o Llano de Ratón, el alma de esta tierra yéndose para la Luna

que no hemos conocido el mar y menos el primer pozo petrolero, sino en fotografías

que como el Señor del Limoncito andamos por allí husmeando calles, colores que casi nadie ve o algún pedazo de cielo vacilante entre la noche, en los cocuyos

"que poco nos ha faltado para echar a correr por la calle

que nos hemos vuelto el hazmerreír de mucha gente por vivir en el limbo

que no encontraremos nunca quien nos soporte

que fuimos preteridos en aras de personas más miserables que nosotros

que todo el día tapamos nuestra rebelión

que no hemos ido a las guerrillas

que no hemos hecho nada por nuestro pueblo

que no somos de las FALN y nos desesperamos por todas estas cosas y por otras cuya enumeración sería interminable

que perdimos el hilo del discurso que se ejecutaba en nosotros y no hemos podido encontrarlo

que no lloramos cuando sentimos deseos de hacerlo

que llegamos tarde a todo

que hemos sido arruinados por tantas marchas y contramarchas

que nos creímos predestinados par algo fuera de lo común y nada hemos logrado

que hemos percibido por relámpagos nuestra falsedad y no hemos podido derribarnos, barrer todo y crear de nuestra indolencia, nuestra floración, nuestro extravío una frescura nueva, y obstinadamente nos suicidamos al alcance de la mano

nos levantaremos del suelo más ridículo todavía para seguir burlándonos de los otros y de nosotros hasta el día del juicio final"

en que nazca esta derrota, esta tarde, esta noche, este ahora, este nunca o este siempre

QUEREMOS

un arte del hombre, con el hombre, para el hombre. De cara al hombre y a pesar del hombre. Un arte que tenga que ver con el jardín, con la ventana, el mirar y el mirador. Un arte que deforme lo real para formarlo. Un arte que parta de la vida, vuelva a la vida y cree la vida. Un arte para las causas, las cosas y las casas. Un arte capaz de ridiculizar. Insatisfecho, suelto, desencadenado. Político, económico, alucinado, espiritual. Una arte para gritar a tiempo. Un arte en situación, en tensión, en explosión. Un arte en el que no falte nada del mundo, nada del hombre. Nada del aire, ni del fuego, ni de la tierra, ni del mar. Un arte para aprender el tiempo, para aprender la vida, para aprender la muerte. Para leer la luna con el alma mientras canjea el puesto con la muerte. Un arte para empeñar la guerra, para empuñar la Paz.

Queremos un arte crispado de alarido y grito. De venturosa rabia. Desesperadamente tierno. Un arte que interrogue, descubra, revele y distribuya. Un arte que indague, encuentre, sintetice, opere. Un arte transparente, relativo, incierto, probable, explicativo. Un arte para el insomnio de la razón. Un arte que motive, insinúe y multiplique. Un arte para convivir a solas. Un arte para convivir con todos. Un arte para con-saber, co-crecer y con-llevar.

Queremos un arte nudo, virgen, cristalino, araguaney. Paradisíaco, galáctico, motriz. Salvajemente manso, sin harapos. Muy descaradamente azulmarino. Campana, pájaro, caballo, sueño. Playa, niño, arco iris, girasol. Un arte greda, vida, vino y pan. Bandera, puerta, asilo, ventanura y ventanal. Alegremente loco. Forzadamente cuerdo. Silenciosamente espejo. Aguerridamente ladrador. Un arte mástil, proa, timón y timonel. Un arte rastro, rostro, estrella o estelar. Un arte lluvia, trueno y tempestad. Un arte montañoso, resonante, inacabado, vasto, centelleante. Herbáceo, candente, aluvional. Singularmente brioso, barragán. Crepitante en tristumbre y vendaval. Disyuntivo, angustiado, peculiar. Un arte anhelo, adviento, atajo, afán. Sol en solemne agosto en soledad. Inagotablemente fraternal.

Despertador, filántropo, ecuménico. Dionisíaco, cósmico, apolíneo. Paisajístico, cáustico y orgiástico. Real, histórico, escolar, puntual. Un arte vaticinio, adivinación. Telúrico, genuino, plurisocial. Poético, consciente, sabio, pastoral. Permanente, heterónomo, omnicomprensivo, omnicontextual. Orgánico, preciso, concreto, proposicional. Autónomo, silvestre, ilimitado. Perfectible, frutal, equinoccial.

Un arte irrefrenablemente plástico. Vigilia y resplandor en espiral. Kaki, Kandinsky, Klee, Quinimarí. Muy orinocamente reverón. Un arte Popol Vuh, maíz, panal. Marcial, candial, guerrero, azul de Prusia. Azul sajón, turquí, azul de mar.

Atlántico, volcánico, auroral. Un arte andino, acción, transformación. Alternativo, armado, tropical. Caribe, aldeano y espacial. Un arte leve, múltiple y holístico. Imagen, barro, alma, fragua, fe. Signo, significado e ilusión.

Visión, fuerza, misterio, subversión. Magia, magma, hojarasca, huracandad. Macho, hermafrodita, semen, flor. Un arte vigilante, duradero. Heroica y plenamente vagabundo. Caballerosamente mensajero. Enteramente lírico, carnal. Sonoramente estremecido en luz. Como si nunca hubiera de morir. Definitivamente heliokinésico.

Un arte a sangre y fuego. A paso largo. ¡Capaz de amar! ¡Capaz de armar la Paz! ¡Capaz! ¡Capaz! ¡Capaz! ¡Capaz! ¡Capaz!

SE ROMPERÁN LAS VOCES

aquel día. Cambiarán de camino los carteros. No serán más de arena los castillos. Daremos con la lumbre asendereada, senderuelo que lleva a las estrellas. Desenfundando selvas y llanuras, la misma sombra que ayer nomás venía, la ceniza siempre entre la huella.

Está escrito. Acaecerá. Es una designación. A puño cerrado, con buen aire, un golpe impetuoso de mar cargará con la espuma de las hambres. Lenguas de fuego, fogonazos, darán fin a tristumbre y orfandad. Ten buena sombra, gracia de niño y juego de palabras, con la gloria impecable de la piedra.

A título particular, universal, haremos llamamiento. Otorgaremos la heredad al trigal y al pregonero. Debajo de las aguas sacaremos polvo, haremos divinidades, arderemos en candil, seremos chispa, fuga, fuego, viento, huida. Suerte y verdad echaremos a las cruces, las caras quedarán en su reverso, jugando jabalinas y garrochas.

Con todos los rastrojos y las trampas, una vez dentro del juego, no nos será difícil la salida a la calle, a la encrucijada, a la sierra o al rodeo. Arderemos, inflamaremos, incendiaremos, quemaremos, atizaremos, avivaremos, despabilaremos, alumbraremos. Cargaremos, descargaremos, volaremos, estallaremos. Foguearemos, desfogonaremos, encañonaremos, dispararemos. Bloquearemos, represaremos, torpedearemos, sentenciaremos.

Nos haremos a la mar, quebraremos olas, hasta dar con aquél que nos robó los sueños. Marineros de agua dulce, hijos del agua, alzaremos velas, ganaremos viento, tomaremos puerto, navegaremos hacia neblinas, nubes, madrugadas.

A la caída de la hoja, remontaremos aguas atrás. Desandaremos, desenseñaremos, desenterraremos, desenredaremos, desaprenderemos, despellejaremos. Desembocaremos, aterrizaremos, atracaremos, arribaremos, llegaremos. Viaje en romería, en romeraje, a ramalazos.

Con pie derecho y reposadamente, quietamente, obviaremos la quimera. Pondremos en el cielo el grito grande. Gritaremos que hay hambre en oleada atroz, que hay hambre junta y a montones, que sin moneda no se compra pan.

Nos emboscaremos. Salvaremos la celada. Fijaremos contraemboscada. Trasnocharemos. Endesertaremos. Enselvaremos. Guarneceremos plaza, sueño, buque, oasis y espejismos.

Acecharemos. Acorazaremos. Acodearemos. Daremos caza. Orden de marcha y contramarcha. Espiaremos. Cuidaremos olla, fuego, recámara y torpedo. Cuidaremos el aire. Distinguiremos la pólvora de papel de la del fusil y del cañón. La de la guerra, de la viva y de algodón La progresiva, de la detonante, la fulmínea o la química. La de mina, la de caza, el polvorín.

Entre andamios, maderos, enramadas, tejados; butacas, trastos, tramoyas, tornavoces; pescantes, taquillas, señas, contraseñas; entradas, tablados y carteles; armaremos la armadura a pecho descubierto, a pleno sol.

En razón solamente y sólo al tiempo, nos daremos la mano con la sombra, dialogaremos con la estrella, nos entenderemos con el viento, le haremos al atajo estricto caso, tornaremos por huellas al regreso, aunque al silencio nunca comprendamos.

Presentes en audiencias pretoriales, daremos familiares tratamientos; muy tranquilos, palabra por palabra, de verdad, en verdad, a la verdad, trocaremos torpezas por trabajo; vendaval y miseria capearemos; esparciremos tierra y sembradura; testigos sin pensarlo lo seremos de cargo, tempestad, taladro y trueno; de tallos y talentos y ternezas; del grito señorial de la tormenta; del aullido terrible de los hombres.

Tomaremos la ocasión por el copete. Urgentemente, individualmente, solidariamente, copulativamente, en un abrir y cerrar de ojos, unificaremos en racimos los uveros o quinientos.

De buena voluntad, otearemos al vinagre y al vil y las vilezas. Vigilaremos bien nuestra victoria; a víboras y víctimas y vidas. Que caiga nuestra cara de vergüenza por toda la verdad que nos espera, por toda la ventaja que nos llevan; por toda la vagancia que verdece; por toda la venganza que nos quema.

En la yema del yugo está escondido el sueño que desyugará yerbajes, yacimientos, cocuyos y yagrumos.

Zurciremos zarpazos y zarcillos. Tejeremos azufres y cloratos. Guayabos, yaravíes y yaceres. Guayacanes, guayucos y yucales. Yeguas, araguaneyes y guayoyos. Zapatos, zahoríes y zodíacos. Zozobras y zambombas y zorzales. Y, a zancadas, zarandas y esperanzas.

ENTRE MAGIA, GOZO Y GUERRA

haremos lo que nos falta sin cortarle la cabeza a la nueva, vieja Libertad. Esquivando ruinas, rendijas y tragedias, por la puerta grande entraremos al futuro. Procuraremos que no se desvanezca más la Fraternidad, la legalidad de nuestras cosas y modales entre la humana bruma. Reconoceremos, entre lluvias, quebrantos y derrotas, la Igualdad que todavía no conocen las palomas.

Desde las costas de la divina antigüedad, iremos al cósmico descubrimiento de nuestros descubridores, descubiertos ahora entre su selva oscura. Demostraremos que la historia comienza allí donde los monumentos empiezan a ser inteligibles como el indio que llevamos repleto de claves para el mundo y su conquista. De pueblo sin memoria que se dijo, responderemos por la historia nueva, a punta de herejías y retazos.

De vacío para un experimento, escenario apenas, seremos pueblo de pie ante el destino. Nuestro telúrico misterio es el tamaño, la grandeza, que ahora defendemos. Y a soberbios solidarios, no hay quien nos gane. Ya el salvaje sabe cual es su utópica presencia. Sujetos de la historia, ante el orbe que nos mira, en la corriente, entre el desierto, construiremos la nueva levadura, el nuevo pan: la paz, el lauro, la memoria.

Nuevos Comuneros, daremos socorro a nuestros sueños. No araremos en el mar porque hollaremos duro el caos primitivo con las cien cabezas de la hidra. Instauraremos la nuevavieja costumbre de hombres-salvajes-buenos- malos entre la sombraluz, de manos con el Sol. Haremos la síntesis, más allá de cruces, lenguas, misterios y milagros. Daremos con el primer quejido yaraví, la sonrisa primigenia con que saludáramos a nuestros dioses.

Para decirle al mundo que en su desierto, de tránsito, vamos perseguidos, persiguiendo. Con nuestros viejos nuevos trastos, cántaros, chícaras, chorotes y tapices, daremos calor, aguamiel y aguardiente a la esperanza, hasta hacer bailar a las estrellas, cuando canten los gallos de otro modo, al despertar la nueva madrugada.

Lejos quedaron los agobiantes lingotes del camino, los espejos. Cosmos es ya el caos, ecuménica energía. Vamos con el Creador y la creatura, en salvajes Catedrales, copulando en silencio, anudados durante siglos, pisoteados por las bestias. Vamos con el horno salvaje de todas las especies, con los manglares que penetran en el mar, borrachos de salmuera.

En cósmicos ayuntamientos, entre dioses, árboles y piedras; con las altas hierbas, la obsidiana, el cocotero, la libélula, la mosca, el escarabajo, la gaviota, la Mujer-Lagarto, el Suelo-duro, la caña, la raíz, el tiburón, la fina polvareda del aire. Con el hombre degollado hecho Luna. Con el buitre, el águila, la chicharra, el armadillo; las enredaderas, los torrentes, las cerbatanas y todos los caminos.

Con Pachacámac, Atampam, Guamán, Jadán, Gualanlema, Quilaquilago, Caxicóndor, Pumacuri, Tomayco, Cuchitaype, Guaicaipuro, Paramaconi, Sorocaima, Duchinachay, Dumbay.

Con nuevos paradigmas, instrumentos, direcciones, firmas, sinclinales, singladuras, óleos, espátulas, escuadras, capodastros, martillos, asombros y plomadas. A perseverar. A sobrevivir. A nuestra hacencia. A la duda. A compartir. A comprender a los ladrones, los grillos, los azulejos, los dementes, los zancudos. A quitarle zánganos al viento. A agregarle estrellas a los cielos.

Vamos a encontrarnos y a encontrar siquiera una parcela, por mínima que sea, una franja de nuestra fecunda antigua humanidad. Despiertos con el despertar del viento.

¡A libertad por todos los caminos!

CREAREMOS AL HOMBRE.

Creeremos en el hombre. Armaremos de acero los cantos. Hasta de dos en dos armarnos y amarnos hasta el fin.

Rauda vendrá la nueva primavera. Se acabarán las llamas de los bosques. Dejaremos el nido a los turpiales.

La paz devorará por fin la guerra. Se conciliará el hombre con su infancia. Se cubrirán de flores los desiertos. Y un gran amor inundará la tierra.

El lobo habitará con el cordero. El leopardo irá con el cabrito. Pastorearán niños al león. Felices, jugarán con la culebra.

¡Dichosa tu misión, Francisco hermano!

DEL POETA

que escriba en menguante. Del sol que caliente la miseria. De la antigua procesión de hojas marchitas. Del virginal destierro sin regreso. Del zorro tiempo que cosió el silencio. De las vergüenzas, los odios, los bisiestos años. De los millones, billones o trillones de justos. De sus escombros, sus heces, sus herbajes. De los hombres buenos, fraternos o pendejos. De las rojas calificaciones del rocío. De la criptografía de los espías. Del aurinegro estiércol de los diablos. De los fatídicos cálculos arábigos.

¡Librémonos

De los escupitajos. De los mortecinos ecos de una infancia hueca. De lunas distraídas, putrefactas, con psoriasis. De la antigua costumbre de ir por las laderas del hocico de algún pan sin nombre y apellido. De los cimientos, aleros o gargantas donde los helechos ocultan las crecientes y clinejas. De alguna vez sin sombra. De esos ojos que se van poniendo chinos de puro sentimiento muerto.

¡Librémonos!

De la brisa muda, confundida, agazapada. De la herida lágrima del beso de la puerta. Del llanto aguacero del payaso de los pájaros. De las simas infernales de la hormiga. De algún día sin noche. Del eterno aprendiz de pordiosero, de poeta. De ser tan sólo trapo viejo de cocina esenia. De la marginalidad de la mordaza. De la ciudadanía de la maleza. De la confusión de los espíritus. De las malas tintas, trinitarias, con pereza azulmarina. Del alegre gasto de hojllas, saludos, palabras y regresos.

¡Librémonos!

De los relojes de los largos sueños. De los gestos, los cantos, cuernos, cuentos y coros de la tarde. De las viejas arenas del río. De las azules piedras del mar, sus costados y quebrantos. De mirar sin miedo a maltratar al ciego. Del hórrido graznido de un auricular espía. Del sol, la luna y las estrellas. De la luz que fue hecha. Del desorden sacrosantamente público. De los orinocos de la angustia básica. De la andanza de los cristos encarnados, truculentos.

¡Librémonos!

Del pavoroso tesoro del hambriento, el eterno basural de los sinsontes. Del hueso gustero. Del mañanero pedazo de candela. De la saneada policía embrutecida, envenenada. De la santidad de las semanas. De la conjunta mortandad de los calvarios. De la muda orfandad de los samanes. De los apócrifos pensamientos. De su vigencia escandalosamente moribunda. De tanto malandrín contemporáneo tan lleno de sabor latino.

¡Librémonos!

De alguna lupanaria invasión de los marines. De posesiones, transmisiones, misiones, sumisiones. De agresiones, regresiones, transacciones, conciliaciones o casinos. De la ginecocracia de la mujer. De las angélicas pasionarias arenas de las flores y las algas. De quienes juntan casa a casa y añaden heredad hasta ocuparlo todo. De maquinaciones, de coyundas y de yugos. Del monte sin bramido de ganado. De la economía sin fronteras. De las firmes retiradas. De las mentiras, de las granadas, de las carcajadas.

¡Librémonos!

De los amparos, los desamparos, los roperos, los preparos y reparos De los trabajos, los dioses y los días. De los bravos, de los buenos, de los feos, de los malos. De los barcos juguetes de garbanzos o gabazos. De las gaviotas de cada día. De la luz eléctrica desinfectante y puta. De quien nos siga, nos hurgue, espere y desespere. Del Eclesiastés. Del Eclesiástico. De los Excelentísimos Señores Superviajeros. De los pasajeros. De los proverbios, los refranes y los eros. De los cinco o cinco mil panes. De los cinco puntos cardinales de los canastos engrifados por el llanto.

¡Librémonos!

De los canarios, los gallos, los grillos, los cristianos y los trompos tuertos. De cualquier unión patriótica. De cualquier estado hideputa unido, supremo, checo, eslovaco, ecuménico o romano. Del nostradámico naufragio del planeta. Del enfermo pobre. Del remedio caro. Del tramposo viejo. De la hornilla muerta. Del acecho de la sierpe. De la estatua del silencio. Del complejo azucarero del diabético. De las impúdicas raíces cuadradas, literarias. De las impunes rimas estridentes, procelosas, desnudas o atenuadas. Del pus supremo de los viudos y los solos. De la ponzoña, la maleza y la cizaña.

¡Librémonos!

De las Constituciones, los Constituidos y las Constituyentes. De las vulvas quebradas del quebranto. De los suspiros lustrales del torrente. Del delirio augusto en torrencial plegaria. De la sinérgica vacuidad del cosmos. Del lirio y la vagina a la intemperie. Del cante jondo de Dionisio en galla misa. De los Smith, de sus deudas indeseadas, inmorales, indexadas. De los Truman vagabundos de la guerra.

¡Librémonos!

De los racimos del hambre y la miseria. De los ridículos seguros poderosos previsores. De las bárbaras sedes de los deltas del silencio en alta mares crines de arrechera encabritada. De la ansiedad de las pedradas. De virtudes, peines, arañas, alacranes y pañales. De la solemne soledad de los agostos. De la tristeza, esa mierda, compañera insoportablemente legañosa, tiernamente oscura.

¡Librémonos!

De tropezar con un martes trece. Con un caballo loco o un león insomne en fuego. De una madrugada acacia hambrienta. De la corneja al lado adverso del destino. De alguna tristeza ultramarina. Del aullido de la hiena. De la salvaje cabra, del chacal y del hurón. De la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra.

¡Librémonos!

Del canto del gallo en aguacero. De la abismal oquedad de la renuncia. Del carcomido silencio en increíble soledad deshabitada. De los toreros muertos, de los huérfanos teteros. De la zocacola, las anhedonias, los pericos. De los fantasmas de Canterville. De los sobrevivientes. De Chernobyl. De las intelectuales escrituras patriarcales pendulares.

¡Librémonos!

Del rap de las hormigas. Del carrousel de las Eduvinas, las Adelas y las Adelitas. De los enanitos verdes. De los traviesos gusanitos. De los políticos paralíticos, sifilíticos. De la escasez del tiempo para el ocio, el vicio y el fornicio. De las mezclas con efectos especiales. De los bebedizos, menjurjes, barbechos y barbascos. De los puercos y los porchettos.

¡Librémonos!

De los contagios del alma. De los rituales. Del limbo y los reptiles. De los cristianos, cristales y vitrales. De los juanes, los mordiscos, las trompadas, estallidos y luceros. De los venenosos invidentes. De las tuercas, tutecas, lagartijas y cangrejos. De la tara, las lesiones, sus corotos, tormentos y lecciones. De las guerrillas, las calabazas, los velorios. De las ocurrencias de la muerte. De los ojos abiertos de los ciegos.

¡Librémonos!

Del medio camino de la vida. Del azufre, del agüero, del aojo. De la desnuda mariposa salamandra. De la amapola en luna descubierta. Del tísico pañuelo de la guerra. De consejas, sinagogas, conjuros y consejos. De argucias, fraudes, hurtos, dolos y asechanzas. De echar dado falso, de cargarlo. De caer en el señuelo o en el lazo. Del necio, sus celadas y sandeces. De confundirnos alguna vez de mano, de palabra, de noche o de locura. De lluvia, de casa o de garganta. Del canalla y sus vilezas. De la sangre colorada en desamparo permanente. De acampar algún día en ensangrentado llanto. De tener que cargar con la rosa agusanada sobre el opaco lomo del que nunca fuera.

  • ¡Librémonos!
  • De la matadura de la memoria voraz que atiza los relámpagos. Del desbocado potro que golpea en el pecho sus chispeantes cascos herrados por el viento. Del vórtice abierto que engulla nuestra esperanza desolada. De la desolladura del barro que seremos. Del errante diluvio de los párpados insomnes. Del estridente relincho del rayo de los pájaros.

    ¡Librémonos!

    De tener que mear sangre en los hocicos de los gusanos o pagar peaje con vinagre de Mahfud. De tener que presenciar el duelo de una telaraña con la lluvia. O el de un colibrí con el sueño de una cerbatana. De tener que oírle a la lluvia un cante jondo. O asistir al entierro de una hormiga virgen. De tener que andar en puntillas sobre un silencio o liberar una estrella de una luz alpina.

    ¡Librémonos!

    De tener que regresarnos de la muerte u oírle al mar sus coruscantes sinfonías de agua. De tener que cambiar de aldea. De que se desteja el encaje del sol enfurecido. De que se desgaje el transido corazón del hombre. De que se desate la noche de la guerra o se zafe el curricán del mar.

    ¡Librémonos!

    De que nos sorprenda el aplauso de un pájaro salvaje o la madre del caracol huyéndole a la pena. De aquél que no conozca la tristeza. De las indómitas fieras de la guerra. De tener que ver los mil cielos sin estrellas. De que el sueño sea el camino de la muerte. De querer en alguna madrugada abrirse una vena o un ojo que nos dé la libertad eterna.

    ¡Librémonos!

    De la culebra amarilla de la acera en donde guiñan nuestra vida los goznes de los miedos menguados de unos asnos escondidos en los postigos del tiempo, amarrados al fulgor de la garita quejumbrosamente polvorienta de la lluvia en suerte.

    ¡Librémonos!

    De las sombrillas del corazón. Del desierto de las bolsas. De las zapatillas de las brujas. De las gusaneras del Palacio. Del abrazo de un ogro purulento. De un Judas vivo o un Vallejo muerto. Del hambre, digo, del hombre decente, parte de la Religión, ese viejo escondite, guarida de dioses, infiernos y demonios. Del corazón, ese tercer cojón del hombre. Del sidoso divino providente. De los cojones de la Divina Providencia.

    ¡Librémonos!

    AY DEL HOMBRE

    que tenga que recordar: aprendí de niño a disparar con la pistola de mi padre! Bienaventurado, en cambio, quien confirme: aprendí a leer en el seno de mi madre. Empecé a conocerla por su sonrisa.

    Bienhadado quien aprendió el color tostado de la guerra en los ojos enloquecidamente tiernos de su Cristo o quien leyó los grandes peligros de su patria en el crujido terrible de sus goznes.

    Afortunado aquél que hubiere habitado en el "Techo de la Ballena" porque ese sí sabe de "Las hogueras más altas". También quien hubiere estado en las entrañas del monstruo porque, como nadie, supo de sus horrendísimos secretos, maquinaciones y asechanzas.

    Agraciado aquél que no esquiva la mirada ante la ruin miseria porque sabe del hormigón de las vocales, lejos del dominio de los perros vivos.

    Enorgullézcase el que atine a leer la historia del viento y de los pájaros en la música arbolada de la sombra mañanera.

    Florézcale la vida a quien en un acordeón palpe la lágrima del hambre escondida en la garganta de un hombre o en un fusil o ametralladora ajena, mercenaria.

    Confórmese quien detecte tantas muertes anunciadas lejos de Macando, entre su aldea, cerca de su casa o en su propia cena.

    Bienafortunado el hombre que lea los grises secretos del camino en los augurios de las aves, laderando sueños detrás de alguna barricada.

    Feliz quien, a primera leída, lo asombren los relámpagos del pobre o los rostros de las palabras muerte, sobrevida o pan o rabia.

    Venturoso el hombre que acostumbre leerle a las horas sus celadas; a los sueños, sus celadas; y a los hombres, sus celadas.

    Bienaventurado quien conozca el sigilo misterioso de las Cuevas donde yacen los botines y maldades de los dioses, los demonios y los bosques.

    "Bienaventurado el hombre que no sigue las consignas del Partido ni asiste a sus mítines ni se sienta en la mesa de los gángsters ni con los Generales en Consejo de Guerra".

    Bienaventurado quien diese de beber a las botellas y comprenda que a las noches también les da sueño.

    Bienaventurado quien supiese por qué "las gaviotas no toman Coca-Cola".

    Bienaventurado quien desease, vehementemente, ver a Teresa de Jesús haciendo el amor a Dios.

    Bienaventurado quien confíe en que basta un lucero para que haya noche. También el hombre que jugase con el sol y más el sol porque juega con el niño.

    EL HOMBRE

    proviene de una despeñadura enloquecida. Insinúa una suave sonrisa divinal. Respira la celeste mirada de su sol. Consume la agónica tristeza de las hojas. Interpreta la silenciosa huracandad del tiempo. Cavila debajo de la noche y la tormenta. Desangra en las cinco parcelas de la Tierra. Navega entre borrasca, grito y alborada. Agoniza en la nieve, en el llanto y en el plato. Cabalga con toda la tristumbre de los montes. Transita en tempestades mundanal miseria. Maldice las horrendas torturas del hermano. Consagra la levadura eterna de los panes. Conoce los pasos permanentes de la sombra. Despliega temores, ramalazos y portentos. Se agita en el fuego bravío de la mar. Se afinca en la locura en lucha con su pena. Mendiga la lumbre de la gota en el alambre. Quisiera recuperar el curricán perdido. Tritura las indómitas fieras que lo acosan. Renace de entre la podredumbre de la fosa. Se entrega en las redes de un tiempo submarino. Violenta volcánico la luz de otras estrellas. Arremete contra la infancia alada de las rosas. Se enrumba delirante al acecho de otra aurora. Se astilla ante el antiguo malecón del puerto. Desgarra el alma fulgurante de la flor. Se inclina sobre los fogonazos de sus huesos. Se aferra a las entrañas de su viejo pan. Llovizna sobre la polvareda de sus sueños. Desguaza furente el huracán en alta mar. Desgaja las indomables fauces de la lucha. Se eterniza sepultado en la fragua de la guerra. Se esfuma entre las ventanuras del azul. Nos acusa, nos grita y nos reclama.

    LABERINTO

    perdido, estrella sin rumbo. Oscura vereda, ilusión mortecina. Sin prados frescos, un desierto el alba. Un espinar la tarde. Un tunero la noche. Llaga desolada. Fosa implacable. Falsa promesa. Suprema confusión. Apagado lucero. Fango turbio. Ciénaga. Linterna falsa. Desesperada ficción. Sequía desbordante. Magma horrible. Falsa vida. Falsas aguas. Falso sol. El alma confortada en los vericuetos de la noche. Púdrese el enfermo. Nadie trae el pan. No lo hay. Hay hambre, desolación, gemido, pena. Nadie le permite al ojo ver la inexistencia. Nadie quiere ver al Rey.

    Muerte, en cada esquina. Veredas en la sombra. Caminos falsos. Falsas esperanzas. Promesas falsas. Falsas obras. Todo ensombrecido. Falsificación total. Valle de tinieblas. Valle lóbrego, tenebroso. Largo dolor. El hombre, gran dolor en viaje. Sin una lucecita para tanta pena. Para tanto lagrimón en la vereda. Celadas, sueños, emboscadas. Cuevas, botines, dioses, demonios, bosques y maldades.

    Nunca, un cayado más incierto. Jamás, noche más sombría. Horripilante y ciega. Embuste, delirio, desconcierto, desespero. Universal destierro. Infame la carroña, la hambrienta oscuridad en que amaneces. Perfume, óleo, copa, aceite, vino, se acabaron. No hay cena. Todo está a la intemperie. Ácido, vinagre, llanto. Mal onoto. Caña amarga. Trago largo. Larga pena. Miente la derecha. La izquierda a carcajadas ríe. Nos sentaremos frente al templo. O en la horrenda gruta. Con Dios o con el pueblo. Hacia el Miedo, el Cielo o el Infierno.

    Aguardemos así, obedientes y sin más remedio, la vuelta, el desagravio. La mañana eterna, el desayuno. Volvamos de golpe el golpe. Envetemos bolivarianas fragosidades. Mastiquemos brasas, ya no hay dónde bajar, ya no hay dónde subir. Arriba el sufrimiento armado. Varios días el viento cambia de aire. Cae agua de revólveres lavados. Recógete a reír en lo íntimo de este celo de gallos ajisecos soberbiamente, soberbiamente ennavajados. Nos espera la sombra apercibida. Nos espera la sombra acuartelada.

    ( Al alimón, con Guillermo Morón )

    ( Leyendo a Saint-John Perse )

    ACONTECE

    en mar adentro alrededor del mar donde algo desaparece y viene y viene y desaparece y viene sestea en el mar amariza sale del mar está en el mar

    Pez riachuelo sueño cocuiza zarzuela zaranda lentejuela azucena enramado corazón callado ombligo ala rota hoja de sol de ola de estrella de neblina amorardiente barinés colina

    Huele a noche a madrugada a yerbabuena a piedra quiere oler a abuela a quebrada a lagartija a centinela Sabe de nubes ventisqueros playas De pronto intenta éxtasis en lunas lanas limos linos se fatiga tiembla y amanece

    Comulga colectivamente con la especie toda Canta a un árbol o a una jarra Mestiza voz mestiza los espíritus Retorna cada estación con un pájaro verde en las hojas de su alma

    Sueña en islas verdes más verdes que el sueño Está en el trigo en las peñas y mareas en las olas en las rocas en las rosas en las albas entre sementeras nerudas amarillas en los juegos del cuerpo en las ofrendas en los naufragios en los puertos en las riberas en las memorias del sol

    Aroma calor arena aliento magia fiesta llama temblor de sueño exclamación de escama fuego verde piélago culebra de fuego verde y otra vez verde mirlo carcajada diluvial con pecas en sus ojos claros carámbanos azules mares

    Huele a agua verdiazul a virgen a sombra a bondad etrusca a monja turca a flauta asiática Cómplice de aguas y de quejas jadea se despeina y amanece nuevamente arrullo arroyo tempestad quejido matinal de alondra acantilado corazón galope abierto

    Estruja gime queja chilla embiste reta marcha por el mundo sueña Erizada rozagante recula arquea va de frente cabalga silba frena celebra nocturnales en la mar

    Velamen velero nacimiento atajo bajel que no se va azul tormenta una sola y vasta umbela pestañea merodea abre la cima de sus alas En ella tiene lugar la ventanura la noche la sonrisa el navío el ventanal la singladura

    Le dolía la guerra canturriaba quejábase del sol gemía niñita sudanesa gorjeo trino aire barcarola rosicler cantinela yaraví alalá copla milonga vidalita

    El agua es con ella baña su cadera en la estrella y a las estrellas en sus pliegues baña mientras entrelaza su brisa con la risa semilla para el regreso curva para el círculo y la recta

    Aguacero ventisquero brisa lluvia proa y ola y soledad entera hoja de ola estrella tormenta y huracán

    De sueño azul de aurora gris de plateada espera de solapa verdinegra de amarillo terciopelo ajado de camisa real de claro de tierra de serpentina calma

    De zaguán abierto de quebrada huerta de gigante cuadra de esperanza ancha ajena de celeste angustia de infinita reja de capacho viejo de quebrado pie de sombra blanca azul... de luz marina...

    El circuito dorado de la sombra... La curva que se inscribe en la pura delicia del amor...

    ¡Un acontecimiento en alta mar!

    ¡Solar solar solar como la paz!

    ANCHA SOLEDAD

    de los desiertos. Sol en los tejados. Silenciosa frescura del aljibe. Vellón azul rondando por el aire. Voz en alta llamarada. Milagro para el rayo en muerte de la guerra. Canto de la brisa, el sol y las quebradas. Amor que no puede caminar como una hoja.

    Una hoja entre el viento que camina o un camino entre el vientre de la hoja que se va. Hoja y camino. Camino caminando con el viento. Incógnita en el tiempo. Una pregunta en pie para los hombres. Colina para otear a Dios. Hondonada para hallar la luz. La cresta de un lucero, por el postigo corazón mirando.

    Susurro de los árboles, tu sueño. Tu corazón, del tamaño del mar que conocemos. Tu cabellera, los ríos, las quebradas, los riachuelos. Diminuta, te escondes en los sauces que duermen a los lagos, en los cipreses de la tumba ajena, en los aljibes de las casas solas; en los zaguanes del amor del viento o en las pestañas de la madre pobre.

    Hojarasca entre la noche de los pájaros. Tronco fatigado por el tiempo y la tormenta. Latido de fogata crepitando entre la fronda.

    Lumbre y mujer para la misma sombra. Sueño y silbido para el mismo abismo. Amanecer y tarde florecidos, floreciendo en las sienes de la flora. Lucero y arrebol, azules horas. Cocuyo entre rastrojos vespertinos, iluminando el resplandor tardío, las noches de vigilia arrobadora.

    Júbilo, alumbramiento, bienvenida. Ara en fulgor para el altar del tiempo, para elevar el corazón festivo. Trino con que cantamos a la vida, cuando la suerte nos ofrece el huerto para sembrar de estrellas el camino.

    El pan, el oro, la solemne sombra en esplendor divino, la alegría. Infancia en llama, en canto, en lejanía que el transparente corazón la nombra. La soledad que en la vereda asombra al trigo, al viento, al lirio en noche fría. Ardiente claridad la poesía que el huracán del corazón alfombra.

    Encanto de la luz, la Navidad que alumbra el triunfo matinal del hombre y el silencioso arroyo del deseo. En glorias del amor, la huracandad con que la brisa de la luna asombre la encantadora música de Orfeo.

    Conoces nuestra locura como nadie más conoce. Nos visitas muy de madrugada o cuando cae el sol sobre el tejado. Contigo "supimos los misterios de las cosas como si fuéramos espías de los dioses". Sus secretos descubrimos.

    Conoces todas las nieves, todos los riscos, todos los gestos de los hombres, todo el espesor del viento, la justa medida de la espera junto a la luz total de nuestras cosas. Fabricas los sueños del jardín. Doblegas la furia de la guerra. En cada atrinchera nos proteges; nos cubres en cada retirada y avanzas con nosotros, la primera.

    Has asistido a mil batallas y tienes otras mil por combatir. Ilesa saldrás en cada portachuelo. Ninguna polvareda nublará tu paso, menos las luces de tus blancos senos.

    Mientras seamos capaces de asistir a un terremoto sobre un rayo de luna o a una tempestad en una gota de sol, crecerá tu sombra, Hilandera Majestuosa, la de todos los hilos de los sueños.

    Desde los Decretos de Belén y de la Sala de Actos del Smolni, con el mundo entero por testigo, tranquilidad no del orden existente, sino la de un orden nuevo, en busca de una humanidad nueva.

    La de elevar al hombre nuestro sueño.

    La de tan amarte y tan morirte,

    P A Z.

    PARA RECOGER

    la rabia y la ternura de los sueños. Para escudriñarle los secretos a las piedras. Para adentrarnos en la memoria de los soles. Para recordar la vida de alguien que se llamó Fray Luis y era poeta. O María Bonita a secas. Para encontrarle los quinientos y tantos sinónimos a eso que llamamos elegir.

    Para llegar al corazón del hombre que nos mira desde arriba, de la estrella. O desde abajo, nos grita, nos pide le ayudemos

    Para afinarle la guitarra a alguna tarde. Para dar con el nombre esacto de las cosas. Para descifrar la semiótica de las flores, las estrellas, los temblores y los pobres.

    Para levantarse a las tres de la madrugada a torear la muerte, llena de una larguísima tristeza con tantos pasos para dar con uno.

    Para sabernos vivos todavía "bajo el granado trigal de la noche insomne, rumorosa de viento alto y de luceros".

    Para templarle la cuerda a la esperanza en busca de un pedacito más de vida. Para burlarnos de las comillas de modo que el plagio siga siendo eterno, consubstancial al hombre.

    Para saludar a la nieve allá en Saluggia o recordar que a veces el azul está de luto. Para sentir los taladros de la muerte o las pisadas nocturnas del labriego o los pasos de Dios sobre el planeta.

    Para saber que al hombre lo vigila el corazón. Para convencernos que roja será la rosa en el azul del sueño. Para llegar al mar y a tanta llamarada viva.

    Para caer en cuenta que calladamente, todo, el hombre va dejando. Para acompañar la vida a sol y sombra, donde sea preciso. Para confiar en la vida repentina o en "la dicha de vivir completamente".

    Para dar con la lluvia deshojada. Para la soledad, el musgo, el conticinio Para cobijar el soñar de la demencia.

    Para la verdad que sólo conocen las estrellas. Para vigilar nuestra rebelde sembradura. Para el fogonazo o la luz total de nuestras cosas.

    Dicho entre comillas, para revelar el mundo, el hombre; para protegernos de la muerte con pistolas cargadas, capaces de hacer que cada hombre tenga que inventar cada día.

    Para contarle a Manuel Felipe que nadie le canta a la neblina o apenas si se ven las mariposas. Para caer en cuenta de la nada.

    Para que el niño de la Tierra tenga al lado de un Platero su guitarra. Para que la ancha pena dolorida se esfume diariamente en la alegría.

    Para entonar el sideral concierto del turpial. Para alojar en el alero a la antigua serenata.

    Para que a Jara lo lleve una paloma entre sus alas. Para abrirle las puertas a la noche por donde pase la ilusión del alba.

    Para que el arco iris vesperal al hombre de la estrella nos remonte. Para que la aurora sea capaz de convertirse en Dios. Y el canto de la alondra instaure la alegría en el viejo dividive.

    Para que el arma se deponga pronto y se empuñe la paz de la mañana. Para que cese el cósmico dolor de la galaxia. Para que a tantas guerras desbocadas las detenga un bordón adormecido.

    Para saber que está completamente prohibido llorar sobre los vivos y menos aún sobre los muertos.

    Para abrazarnos a la Paz desde las barricadas de la guerra. Para prestarle al Comandante su montaña, su sierra, sus morteros; su soledad, su naufragio, sus planos, sus trincheras, sus secretos; su escondite, sus manos y portentos; para empuñar fusiles nuevamente.

    Para prestarle su mochila, su escopeta, su carabina, su boina, su barba, su estrella, su bandera o arrechera; su revólver, su camisa, guayabera y documentos.

    Sus botas, su pistola, su dolor, su ternura, su sonrisa, su tormento y recovecos; su frente, su fusil y sus morteros; su fuerza, su foco, su asma, su garganta y su pañuelo.

    Su morral, su memoria, sus veredas; su nobleza, su magia y suerte y comunión y poesía y espera; el tiempo que le falte para una Nueva Era.

    Para respirar juntos el silencio del silencio del silencio del silencio del silencio...

    ¡Para esa Gruta Clara y Luminosa! ¡Toda nosotros, toda violencia, toda muerte!

    Para la aspiración. Para la espiración. Para la queja, la aflicción, para el deseo. Para que sople el viento blandamente.

    Para respirar el aire que quedó en la infancia. Para juntar todos los pasos y oír la algazara de los sueños. Para los silencios de las sombras que esconden a su Dios. Para el azul que ennegrece las colinas. Para la aldea sin molinos, para sus casas de cal, sus cafetales, sus veredas, sus esquinas húmedas de llorar por dentro, de tanto ser testigo.

    Para el silencio de la arboleda. Para espiar cada aurora y comprobar claramente que el día no existe, que la noche se apoderó del mundo.

    Para enredar las trinitarias con el melindre, la harina y el azúcar del silbido penetrante de la flauta pequeña de los ángeles. Para cantarle a la fogata. Para la serena mirada de la abeja en medio de la plegaria de la violeta y el responso de la araña. Para ese párpado de hormiga que apenas somos.

    Para el letargo de las horas, donde yacen el alarido, la conciencia, las carnes vulneradas.

    Para despertar a latigazos el silencio.

    Para los estambres, las astillas y estallidos.

    Para estrenar truenos, trenos, trinos, tiros,

    franjas, fraguas, fragores, fogonazos...

    EL LUTO

    humano anuncia grandes cementerios bajo la Luna. O bajo los soles de arena y viento, donde los seres de este mundo asistimos a un nuevo Apocalipsis.

    Sombrío señorío sobre la vida y la ilusoria paz, el exterminio de todo lo que suspira y palpita, en soledad, en multitud, por mar, aire y polvo, en cita atroz.

    Ya no somos lo que somos. Ya no hablamos por nosotros mismos. Ya piensas como ellos. Tienes la libertad que ellos te permiten o te dan. En sus manos está el salvoconducto. Está la muerte, la bola negra. Tu palabra la detendrá la maquinaria de los imperios.

    Ya no somos lo que somos. Somos lo que ellos quieren que seamos. Desde las orillas del mundo, nuestra palabra corre el riesgo de no ser. El gran dilema, ser.

    ESTAMOS EN LA CAVERNA

    de los alfabetos. Los lenguajes se tornan más oscuros cada día. Se precisan corredores de muertos, cavernas purificadoras, para dar finalmente con jardines de cantos, hasta llegar al soplo de los vientos cósmicos.

    Muchas muertes serán necesarias antes que el hombre comprenda que nació para entenderse con los hombres.

    Morimos con el siglo y desconocemos nuestro propio lenguaje todavía. A menos que estemos de acuerdo en que nuestra mayor palabra sea guerra por ahora.

    No todos los hombres saben de la noche que los cruza. Los gigantes nos comprueban que su mirada es de túnel. Los David siempre darán con la frente del talón. Todo está en el interior de la mirada. El Cíclope no escapará.

    ¡Volved a la Infancia de la Escritura Humana!

    ¡Luz, Luz, Luz. Fuera de la Luz, la Muerte!

    ¡Alfabetos, Lenguas de la Tierra, retornad a la luz!

    ¡La Luz, la Luz, sin la Luz, estamos condenados a morir!

    MIENTRAS

    El Péndulo de Foucault nos inunda con su eco, dejando que el universo se mueva a su alrededor, en la honda noche diluvial de esta hora en que el sueño pertinaz de la vida corre peligro de quebranto, en esta hora tristísima del hombre, en esta hora de guerra planetaria, en la noche de la guerra, del hambre y de la lluvia, donde aparece, gigante, la sombra de la muerte, en este instante estremecido del alba, antes que a Dios le sea fácil matar del todo su obra, empecinados en sus caprichos de que son pocos los que sueñan el mundo, pensando que son sus únicos espectadores, que si dejaran de verlo se moriría, desde sus "Torres de Timón", con fervoroso asombro, como presentimiento tembloroso del amanecer horrible que amenaza estos arrabales desmantelados, Borges, Ramos Sucre, Pablo, dos poetas, cinco poetas, diez poetas, veinte poetas, cien, mil, quinientos mil, gallos flacos, desgreñados, cantando juntos a la vez, los Poetas de la Tierra, a coro en el asombro, en soledad centenaria, trasnocharán, hasta que la noche gastada se quede en los ojos de los ciegos y nuevamente el mundo sea salvado.

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