Alicia Jrapko y Bill Hackwell, integrantes del Comité Norteamericano por la libertad de los Cinco, Visitan a Gerardo en  la Prisión de Lompoc

(Por Alicia Jrapko y Bill Hackwell) 161002

TODOS JUNTOS PODEMOS LIBERARLOS

HAY UNA GRAN DISTANCIA ENTRE LOMPOC CALIFORNIA Y HABANA.

Al igual que muchas prisiones en California, la Penitenciaría Federal de Lompoc se encuentra en una zona aislada, lejos de cualquier centro urbano. Está ubicada sobre tierras donde hasta no hace mucho tiempo se cultivaban comida y flores y donde se alimentaba toda clase de ganado. Hoy, el centro de Lompoc se caracteriza como un lugar saturado de restaurantes de comida rápida y hoteles baratos.

La mayoría de los familiares que visitan prisioneros en Lompoc viajan desde largas distancias y se quedan allí a pasar la noche, lo cual les significa un gran sacrificio económico, ya que la mayoría de ellos son  pobres. 

Lompoc también es conocida por otra cosa; la Base de La Fuerza Área de Vandenburg, una base militar de larga extensión donde los Estados Unidos  lanzan secretamente misiles balísticas intercontinentales para practicar el derribo de blancos sobre el Océano Pacífico.

La prisión de Lompoc no es solo una instalación, sino que es una serie de instalaciones federales que incluye desde una prisión de mínima seguridad  hasta una de máxima seguridad. En esta última, es donde se encuentra encarcelado Gerardo Hernández, uno de los cinco prisioneros políticos Cubanos. Esta prisión es difícil de encontrar y está ubicada al final de un camino que no conduce a ninguna parte. 

En camino hacia la prisión, nos preguntábamos, como podía ser posible que cinco hombres que han estado luchando para prevenir ataques terroristas en contra de su país, Cuba, se encuentren languideciendo detrás de esas paredes? 

Mientras nos acercábamos a la entrada principal, tuvimos que detenernos para contestar preguntas por parte de un guardia anónimo, a través de un micrófono desde una torre de control. Grandes carteles con avisos de advertencia describían todas las cosas que no se podían entrar a esta propiedad federal. El guardia nos preguntó entre otras cosas, porque estábamos allí y que traíamos en nuestro vehículo. Después que se nos permitió estacionar, fuimos a una sala de espera donde las autoridades confirmaron que nuestra visita había sido aprobada con antelación. Después tuvimos que llenar formas individuales y pasar por un proceso de control y medidas de seguridad, incluyendo un sello con tinta invisible, en nuestras manos. 

Antes de entrar, tuvimos que dejar absolutamente todo en un armario,  incluyendo papel y lápiz. Lo único que las personas que visitan a los prisioneros pueden tener en su posesión, además del deseo de ver a sus seres queridos, es rollos de monedas para comprar comida (sin ningún valor nutritivo) y compartirla con los prisioneros.

Mientras esperábamos en grupos pequeños para continuar el camino hacia la sala de visitas, las puertas metálicas rodeadas de alambres de púas, nos recordaban permanentemente donde nos encontrábamos. Pero nada podía empañar la alegría anticipada del encuentro, ni siquiera el sonido estruendoso y vacío de la puerta corrediza de metal   que se cerraba detrás de nosotros. 

Finalmente, entramos a un cuarto amplio lleno de mesas pequeñas que se encontraban en hileras. En cada una de ellas se encontraban los familiares de otros prisioneros de un lado de la mesa y el prisionero del otro lado. No quedaba duda de quienes eran los prisioneros y quienes no lo eran, ya que todos los presos vestían sus uniformes color caqui. La gran mayoría de las personas en esa habitación eran Negros y Latinos. Un panel largo en la mesa separaba a los familiares de los prisioneros para evitar cualquier tipo de contacto físico.  El contacto personal es una zona gris,  prohibida por las reglas de la prisión pero dictadas por los guardias que se encuentran en la sala de visitas.

Fuimos asignados a una mesa y allí esperamos a que Gerardo viniera a nuestro encuentro. No pasó mucho tiempo hasta que se abrió la puerta y Gerardo casi rebotó en frente de nosotros. A pesar del medio ambiente opresivo nos dio la bienvenida con un fuerte abrazo como si estuviésemos entrando a su casa. Fue en ese preciso instante cuando entendimos porque Gerardo es considerado un Héroe por el Pueblo Cubano.

Durante las cinco horas siguientes de conversación informal con Gerardo, no podíamos evitar pensar que frente a nosotros se encontraba un hijo de la Revolución Cubana, un Hombre Nuevo, un ejemplo del Che, un ser humano humilde, sincero, generoso y digno, quien cree que un mundo mejor y menos peligroso es posible. Este hombre que confronta dos cadenas perpetuas más ochenta meses, conserva su buen sentido del humor, y continúa siendo un orgulloso hijo de su patria, a pesar de las condiciones adversas. 

El tiempo se nos escapó de las manos. Hablamos de nuestras respectivas infancias, compartimos anécdotas familiares, conversamos sobre eventos políticos de actualidad y la posibilidad de una guerra. También conversamos sobre el trabajo de nuestro Comité Nacional Libertad para los Cinco. Una vez mas Gerardo expresó su agradecimiento a todos los comités que alrededor del mundo están ayudando en la lucha para liberar a los cinco y también a todos aquellos que a diario le envían a el y a los otros compañeros numerosas cartas.

A las 3 de la tarde todos los visitantes tuvimos que abandonar la sala y los prisioneros regresar a su celda. Llego el momento del abrazo de despedida mientras nos decíamos adiós. Parecía como que el tiempo se hubiese detenido por un minuto mientras cada uno de los allí presentes hacia un esfuerzo por guardar en la memoria la imagen de sus seres queridos y llevársela con ellos  hasta la próxima visita.  A Gerardo se le ha negado injustamente el derecho de este contacto humano con su esposa Adriana.  Ella recibió una visa en Agosto para visitar a Gerardo, pero en una maniobra sádica y cruel, el gobierno de los Estados Unidos la detuvo en Houston y después de interrogarla por largas horas la expulsó del país y tuvo que regresar a Cuba sin poder ver a su esposo.   

Unos minutos antes de que se cerrara la puerta, Gerardo nos contagiaba su fuerza y determinación mientras sonreía y cerraba sus dos puños. Nos fuimos con el sentimiento profundo de que Gerardo así también como René, Ramón, Fernando y Antonio son prisioneros políticos injustamente encarcelados en los Estados Unidos y de que es mas imperativo que nunca continuar con nuestro trabajo para que los cinco puedan ser libres y puedan regresar a su patria. 

(Alicia Jrapko y Bill Hackwell son miembros del Comité Nacional Libertad para los Cinco de San Francisco, California)