Hola, me llamo Makalu Sportiva, soy una bota italiana de alta montaña con un bonito tono de piel, buena suela y dispuesta a hacer pasar a mi dueña momentos inolvidables. Os voy a contar cómo fue mi primer contacto con ella y cómo decidió llevarme a mi primera experiencia con la alta montaña.
Hace unos meses me compraron en Andorra, mi dueña estaba preocupada pues no sabía cómo iba a responder ante un viaje que llevaba preparando desde hacía algún tiempo, quería llevarme a los Alpes, a hacer un cuatromil. ¡Dios mío!, un viaje así y el primero, es el deseo de cualquier bota de alta montaña.
Para ponerme a prueba me llevó al Tristaina (2878 m), un pico andorrano con bonitos lagos en su base. Existen varias vías de ascensión, escogió la que va a través de la tartera y la cresta hasta llegar a la cumbre, son cinco horas de excursión aproximadamente, mi dueña estaba encantada conmigo, se encontraba cómoda y no le hacian daño los pies.
Me voy de viaje, ¡a por un cuatromil¡.
El pico que
desea hacer se llama Castor (4226 m) y se encuentra en el macizo del Monte
Rosa, se ataca desde la vertiente italiana y el “campo base “ se sitúa en
Gressoney un precioso pueblo del valle de Aosta. Después de varias horas de
viaje llegamos a nuestro destino, mi dueña va acompañada de amigos que tienen
más experiencia que ella en estos menesteres.
La primera imagen que veo de los Alpes es majestuosa, en los Pirineos las montañas van ganando altitud progresivamente, aquí en cambio las montañas se levantan de golpe por encima de los cuatromil. Delante de mi aparece con todo su esplendor la figura del Lyskamm y a su izquierda un poco más pequeño nuestro objetivo, el Castor.
Dos días después se realiza la aproximación al refugio de Quintino Sella (3585 m), hay que preparar la mochila, no se puede quedar nada olvidado, todo te parece mucho y poco a la vez, es nuestro primer cuatromil y estamos nerviosas. Para subir al refugio hemos de coger un funivia seguido de un segovia (que nombres más divertidos), dejamos el segovia y emprendemos la marcha, ¡cómo pesa la mochila!.
A medida que ascendemos el paisaje va ganando majestuosidad, se ven las primeras morrenas que indican hasta donde llegaba el glacial, la cola de este, los seracs, las peligrosas grietas, las siempre temidas cornisas de nieve, pero todo queda aún muy lejos.
Justo antes de llegar al refugio hemos de superar una cresta de piedra bastante aérea, nos ayudamos de una cuerda fija pero debemos ir con cuidado, yo procuro adherirme bien a la roca para no resbalar. Prueba superada, llegamos al refugio, aquí pasaremos la noche y mañana bien temprano a hacer cumbre. Mi dueña tiene un poco de dolor de cabeza, le comentan que es un síntoma del mal de altura y le recomiendan que se tome una pastilla y beba mucho líquido.
Día “D”- Hora “H”.
Descansados y bien desayunados, preparamos todo el equipo, me han colocado los crampones, me siento un poco rara pero me acostumbraré rápido. Formamos dos cordadas, el ritmo de ascensión es lento pero continuado, empieza a amanecer y se prevé un día soleado lo cual, nos permitirá tener buena visión. A medida que vamos ganando altura el paisaje que veíamos ayer tan lejano se hace más evidente, va aumentando en esplendor. A nuestra espalda aparece el macizo del Gran Paradiso (en este momento nadie imagina que dentro de unos días estaremos allí), el Monte Bianco, pero la pregunta está en el aire, ¿veremos el Cervino?. Continuamos la lenta subida hasta que de pronto alguien nos llama la atención, la increíble cima del Cervino aparece a nuestra izquierda, forma un triángulo perfecto.
Encontramos la primera
rampa seria (35º) pero la superamos sin grandes dificultades, estamos en la
Punta Felik (4174 m) Continuamos tras comer algo, cada vez está más cerca la
meta, ya se divisa. Una estrecha cresta de nieve nos llevará a la cima, hemos
de pasarla con mucho cuidado de no resbalar y manteniendo las distancias, la
cuerda debe estar bien tirante, un posible resbalón y no quiero pensar en las
consecuencias, el patio que hay a ambos lados es bastante considerable, por eso
piso bien fuerte con la ayuda de los crampones. Hemos llegado a la cima, la
emoción se ve reflejada en la cara de todos, que satisfecha estoy del servicio
prestado a mi dueña y de acompañarla hasta aquí.
La panorámica es impresionante: el Gran Paradiso, el Mont-Blanc, el Cervino, el Breithorn, el Lyskamm. Desayunar mientras contemplamos esa maravilla hace que el esfuerzo exigido para llegar aquí se olvide y tan solo se piense en la belleza que nos proporciona la tierra en que vivimos.
Emprendemos el descenso mucho más relajados y radiando alegría, ya se piensa en la cena para celebrar el éxito, el primer cuatromil de mi dueña, su pareja y el mío. Por supuesto lo celebramos con cava. ¡ El Castore es nuestro!.
En el transcurso de la cena surge la posibilidad de hacer el Pollux (4091 m), el pico gemelo del Castor. Dicho y hecho, dos días después emprendemos rumbo al Polluce, poco antes de llegar a la cima hay un monolito de piedra (un gendarme) de 30 m que habrá que superar obligatoriamente, pero nada nos detiene.
El día que intentamos hacer cumbre
se levanta frío, con niebla y un poco de viento, aun así decidimos intentarlo.
Resulta un poco dura la progresión, ante el gendarme, el frío y el viento
arrecian pero no desistimos, nos damos cuenta en ese momento que si contásemos
con un poco más de material la escalada resultaría más fácil y cómoda, lo
superamos. Una vez arriba nos espera una Madonna, nos separan 60 m por cresta
de nieve de la cumbre pero las condiciones atmosféricas nos dicen que
desistamos, resulta demasiado peligroso y tampoco estamos disfrutando.
A la bajada el día se abre un poco, eso nos permite observar unos enormes seracs, amplias grietas, los diferentes aspectos y colores que toma el glaciar Verra a lo largo de su recorrido y también algo maravilloso, el ruido que produce el hielo al crujir, es escalofriante pensar en el poder que alberga su interior.
No hemos hecho cumbre pero para nosotros tiene la misma importancia, estamos pletóricos.
Con este estado de ánimo nos embarcamos en otra aventura, el Gran Paradiso (4061 m), levantamos el campo base y nos trasladamos. ¡Sorpresa!, al dejar la autopista que sale del valle de Aosta dirección a Val Savaranche nos encontramos de frente con el Montblanc, la vista desde el lado italiano es impresionante, yo no tengo palabras para definir a ese monstruo de piedra y hielo.
El Gran Paradiso es un pico mítico para los italianos, se encuentra dentro del parque nacional del mismo nombre, tiene una aproximación muy larga (1300 m) desde el refugio de Vittorio Emanuel II (2775 m) pero no resulta complicada. Hay un paso comprometido antes de llegar a la Madonna de la cima, con material y un poco de paciencia se consigue, se accede por una cresta bastante aérea con buenos agarres pero demasiada gente. El día es radiante, nos recuerda al del Castor, la panorámica no deja de sorprendernos, estamos de enhorabuena.
Durante el descenso tenemos que ir con mucho cuidado pues es ya muy tarde y la nieve está pastosa, se forman “panots” bajo mis suelas, temo pisar mal provocando una caída. A la mitad del descenso podemos comprobar los efectos del mal de altura sobre un alpinista (vómitos, diarreas, pérdida del equilibrio,...), le ayudamos a bajar al refugio.
¿Cómo
expresar todas las sensaciones ante algo tan grande?, resulta difícil por no
decir imposible. No se puede pedir más: hemos hecho varias cimas, buen tiempo,
ningún contratiempo y además en un ambiente de amistad y compañerismo tan
necesario en estas altitudes. Si tuviese que elegir una frase para definir la
experiencia sería “hem triomfat”.
Gracias a todos por dejarnos ir con vosotros y enseñarnos lo maravilloso que puede ser el alpinismo. Hasta la próxima.
P.D. – Para quien desee saber los detalles técnicos ponerse en contacto con la dirección de la revista o bien consultar la página web.
Angus Robles