Un libro és un secreto aún por revelar, una habitación cerrada o una promesa por cumplir; o quizás una urgencia, un sueño o incluso un temor. Y también una tradición que se cumple con ritual exactitud cada 23 de abril, como antes hemos cumplido con la mona o con las castañas. Así, tradición, cultura, fiesta, industria y comercio convierten el libro en protagonista y lo acompañan como lo han acompañado siempre.
Contra lo que suele decirse, creo que nunca se había leído tanto como ahora y no comparto en modo alguno las visiones pesimistas que suelen verter algunos intelectuales mediáticos, que me parecen más una manera elitista de distinguirse que una reflexión seria de la realidad. Lo cierto és que desde el momento que determinados aspectos de la cultura, la literatura también, abandonaron el terreno de la transmisión oral, sufrieron de facto el secuestro de la escritura; un secuestro que la ha mantenido sólo al alcance de la minoría que hasta épocas relativamente recientes ha tenido acceso a la escolarización. Y es el progreso material que ha comportado la generalización de la enseñanza y el proceso de edición y distribución massiva del libro lo que ha hecho posible que hoy exista la mayor oferta y la mayor demanda de libros que haya habido nunca, a pesar de todo y con todos los matices que hagan falta.
Tampoco comparto la idea de que la TV o los productos multimedia vayan a
ser sus sepultueros:deben servir para darle vigor. ¿Cuándo tendremos
programas sobre el libro en TV que no sean un somnífero? Apuesto por seguir
el proceso de rescate del libro de las manos de sus secuestradores: todos
aquellos que desde la cultura y los medios de comunicación reparten honores
y descalificaciones; aquellos que nos aburren con su verborrea
intelectualista y pedante; o aquellos que convierten el mundo del libro en
un juego de favores y fobias. Contra ellos, cojamos un libro y leámoslo. Y
si no nos gusta, devolvámoslo al estante sin complejos: no somos idiotas,
ni el libro es abominable. Es simplemente que no es para nosostros, ni
somos para él. Demos a los libros la oportunidad de encontrar a sus
lectores y seguro que nosotros acabaremos encontrando nuestros libros.
Una de las mejores imágenes de este país, por reducción a la caricatura, nos la dio un chiste. El Honorable Jordi Pujol visitaba la China y al pie de la escalerilla del avión le decía a su anfitrión "som sis milions". El chino sonreía educadamente y respondía, "¡qué bien! ¿Y en qué hotel se hospedan?". ¡Y gracias que nos puso en un hotel, porque bien pudiera habernos enviado a una pensión!
La triste verdad es que más que un país somos un patio de vecinos. Nos gusta pensar que somos una nación, pero es sólo una imagen emocional. Es como el traje de la boda: nuevo, limpio y guardado en el armario con mimo, pero perfectamente inútil. En la vida cotidiana preferimos el traje de faena, mientras nuestros mandarines cepillan el traje de boda y se lo ponen. Y entonces organizan actos y hacen discursos para insistir en la diferencia y reafirmar la catalanidad de un país cada vez más inexistente. ¿Qué tiene de diferente que Santiago Segura sea invitado a todos los programas de TV3 o que llegada la Semana Santa nos cosan a películas como Los Diez Mandamientos o La Túnica Sagrada? ¿Qué es distinto cuando los Consells Comarcals son forzados por CiU a postrarse de rodillas en Montserrat? ¿Qué es nuevo en que el Gobierno de la Generalitat organice una exposición sobre el 98 para ensalzar las maravillas de los catalanes? O tengo poca memoria o todo me suena a viejo.
La impostura también es cultural. Fíjense: un ilustre intelectual que suele
vivir de presupuestos públicos aunque presume de provocador, califica al
público que compra la novela ganadora del Sant Jordi de "badoc, militant o
condescendent", i cree que las novelas premiadas los últimos años "no
passen ni per un llistó literari de dos centímetres"; otro ilustre crítico
literario a quien habitualmente no le gusta nada, encuentra un autor de su
agrado y dice: "… una personalitat d'escriptor capaç de fer indagacions
perspícues en la transversalitat de l'experiència". Ya ven, mientras el
intelectual ejerce de taumaturgo soberbio de las letras i el crítico se
sitúa en el cielo hermético de los iniciados, en la Setmana del Llibre
Català, el libro más vendido no llega a la impresionante cifra de
trescientos ejemplares.
Corría el año 1513 cuando Maquiavelo escribía en "El Príncipe" que había dos maneras de combatir: una con las leyes y otra con la fuerza. Y añadía que aunque la primera es propia de los hombres y la segunda de las bestias, a menudo conviene recorrer a la segunda. Maquiavelo no lo inventaba, simplemente recogía la experiencia de la historia y la elevaba a principio político. Y desde entonces no ha dejado de aplicarse. Así pues no debe causar sorpresa que quien posee la fuerza la use, pero el progreso de nuestra civilización se apoya justamente en someterla a la ley; aunque, paradójicamente, sea con la amenaza de la fuerza.
Esta semana volvemos a ser testigos de un acto brutal: la policía serbia de Yugoslavia, con la complicidad del Ejército federal, ha lanzado una ofensiva sobre trece aldeas de Kosovo, de mayoría albanesa, con artillería, carros blindados y helicópteros, en una acción que ha recordado las operaciones de limpieza étnica perpetradas por el Ejército yugoslavo en Bosnia en 1992. Podemos estar, pues, a un paso de la guerra y de asistir de nuevo a la vergonzosa ceremonia de la duda y del egoísmo que ya protagonizamos los europeos ante la barbarie en los Balcanes. Aquella en que los estados se miran el conflicto en función de sus intereses; aquella en que escondemos nuestra miseria tras resoluciones que no son más que papel mojado; aquella en que los intelectuales se encogen de hombros o se enzarzan en la discusión bizantina, perdida en la complejidad de las razones históricas, los matices, las culpas y las memorias, mientras quien posee la fuerza la usa con brutalidad contra los débiles.
Urge reaccionar y parar la maquinaria de la muerte. Tomar partido por la
paz y el respeto a la palabra. Más allà de razones, culpas o simpatías, a
nadie debería serle difícil condenar a aquellos que responden los atentados
de un grupo contra una comisaría o un coche de policía, con el bombardeo
indiscriminado sobre la población. Desmintamos a Maquiavelo y hagámoslo
pronto.
Parecía que sólo los toreros con arte salían por la puerta grande, vitoreados y a hombros de los entusiastas y que la política, en cambio, era una cosa más grave, cuyas pasiones se manifestaban por otros derroteros. Pues no, siempre ha habido políticos ávidos de la popularidad de las estrellas del fútbol o del toreo y ciudadanos que se comportan como la peña del Niño del Barrio, mucho más niñistas que el propio Niño. Aún así, las muestras de fervor popular por los políticos, si no insólitas, son poco frecuentes y, desde luego, son escasísimas en relación a políticos locales. Pues bien, en Tarragona acabamos de vivir una.
Un grupo de vecinos de Bonavista (o de pseudovecinos, porque no se han identificado) ha decidido mostrar públicamente su agradecimiento, apoyo y entusiasmo por el trabajo del concejal por CiU del Ayuntamiento, Pere Gibert, cuya actuación en el barrio ha sido puesta en cuestión por otros ciudadanos. Éstos le acusan de actuar sin tener en cuenta las necesidades del barrio y movido únicamente por criterios de clientelismo electoral. Aquéllos, en cambio, le agradecen su apoyo a las casas regionales y a las escuelas de baile, sus viajes a Rusia en pos del deseado dólar de los nuevos ricos y que reúna continuamente a los guías turísticos de la ciudad, entre otras cosas. Ah, y que trabaje catorce horas diarias, también.
Desde luego, él no tiene por qué compartir el escrito, ni tener ninguna
relación con su redacción, pero debiera incomodarle tanta rosca; aunque
deben ser sinceros en sus halagos, porque si no, no se explica el esfuerzo
que han hecho para comunicárnoslo esas veintidós personas que sienten en
sus carnes los ataques que sufre el concejal; veintidós personas que se
reúnen, redactan un escrito de apoyo y lo traducen - por una cara en
catalán, por la otra en castellano, con una sintaxis dudosa; veintidós que
lo firman de su puño y letra (aunque las firmas son en su mayoría ilegibles
y tanto pueden ser veintidós como dos), lo fotocopian y lo distribuyen por
los buzones de la ciudad. ¡Eso sí que es una pasión! ¿Hay algún otro
político del gobierno o de la oposición que pueda presumir de un club de
fans como éste? Pero Pere, ¿qué les da?
La competencia mejora los servicios. Eso es al menos lo que dicen los defensores del liberalismo y los idólatras de la iniciativa privada. Callan, eso sí, que si creen que pueden perder dinero son los primeros en exigir la intervención de los poderes - y de los presupuestos - públicos en forma de ayudas, estímulos fiscales, etc. Por eso quieren gobernar: así es más fácil privatizar los beneficios y socializar las pérdidas. En lo esencial, y dejando de lado el toque demagógico y simplificador del párrafo, eso es verdad, aunque no sea toda la verdad.
Con todo, ni siquiera es siempre verdad. A menudo, la competencia no existe y se substituye por una convivencia pactada, que elude las leyes antimonopolio y que deja indefenso al ciudadano. Véase como ejemplo el resultado real de la liberalización del mercado de la gasolina en nuestro país.
Pero no me estoy refiriendo únicamente ni fundamentalmente al precio, sino a la variedad de la oferta. En realidad, aquello que comúnmente llamamos competencia guarda mayor relación con la lucha de las empresas por el mercado que con la calidad del servicio, que algunas veces incluso empeora con ella. Las grandes empresas promueven la masificación y la homogeneización del mercado por su necesidad de generalizarlo en la venta y de acotarlo en la oferta. Los ciudadanos simplemente nos conformamos con esta pasteurización de nuestros gustos y el empobrecimiento de nuestros deseos, cada vez más uniformados, deslumbrados por la apariencia, fascinados por los envoltorios, sin caer en la cuenta que sólo se nos ofrece un mismo producto, eso sí, decorado con mil lazos distintos. Piensen, si no, en clave de oferta real, en los establecimientos de comida rápida, en la moda de la ropa deportiva, en la programación de las televisiones o en los modelos físicos de la publicidad. O, en un ámbito más local, en la cartelera de los cines, absolutamente dependiente de las multinacionales americanas y donde es fácil ver las mismas películas en varias salas y exhibidas semana tras semana, mientras otras muchas no encuentran sala o son relegadas a horarios nocturnos y retiradas de inmediato.
¿Pero por qué van hacerlo de otro modo si así les va de
maravilla?
Cientos de familias de Tarragona viven directa o indirectamente de la fábrica de Tabacalera; miles en toda España. El gobierno ha anunciado su próxima privatización y los trabajadores han visto el anuncio como una amenaza a sus puestos de trabajo. Desgraciadamente, la experiencia ha demostrado que el traspaso de empresas al sector privado suele ir acompañado de planes de reajuste que acaban pagando siempre los trabajadores.
Los sucesivos gobiernos han llevado a cabo la liquidación del patrimonio industrial del Estado ante la pasividad de la sociedad civil, en otro tiempo algo más combativa. Y aquello que era de todos ahora es de algunos. Empresas muy rentables como Repsol, Telefónica o Argentaria han dejado de dar beneficios a la colectividad y los dan a sus accionistas. Otras, de gran impacto social como SEAT, dependen ahora de decisiones que se toman muy lejos de aquí y sirven intereses que no son los nuestros. Tabacalera será la próxima, el último capítulo de la política del mal heredero, jugada indistintamente por socialistas y populares: aquél que vende las tierras de sus padres para tener dinero y al poco tiempo no tiene ni dinero ni tierras. En el fondo, una política que favorece la lógica del capitalismo, justificada con tecnicismos económicos, coherente en el PP; en el PSOE, una renuncia más.
El informe de uno de los grandes bancos españoles prevé que después de la
privatización se cierren la mitad de las fábricas de Tabacalera en un plazo
de unos cinco años, entre ellas posiblemente la de Tarragona. La alarma es
pues justificada. Si la privatización y la reconversión posterior son
inevitables, es imprescindible que alguien vele para que se haga de la
forma menos dolorosa posible y de acuerdo con criterios también sociales y
no únicamente económicos. Ese alguien es el Estado. Convencer al Gobierno
de esa necesidad y evitar que renuncie a su responsabilidad, es tarea de
los políticos; como lo es evitar el desmantelamiento de la fábrica de
Tarragona. Los trabajadores ya se han movilizado por ello, ahora deben
hacerlo todos los grupos políticos de la ciudad y el mismo Ayuntamiento. Y
no basta con palabras y palmadas en la espalda.
El Tribunal Supremo estudiará si pide un suplicatorio para procesar al alcalde de Tarragona, Joan Miquel Nadal, por un supuesto delito de prevaricación. La noticia, lamentablemente, no es ninguna novedad. No lo es que demasiados políticos profesionales aparezcan mezclados en asuntos, digamos, sospechosos; como tampoco lo es que nuestro consistorio merodee con insistencia por los límites de la legalidad. Lo que resulta sorprendente es que el Supremo envista a nuestro alcaldediputado. Sólo se me ocurre pensar que después de constatar el desprestigio de la justicia haya optado por acciones kamikaces o que ignora la verdadera identidad de Nadal.
Aquí, en cambio, sabemos, porque nos lo ha dicho él, que nuestro alcalde lleva una bestia dentro, agazapada. Y aunque no la hemos visto, creo que podemos presumir fundamentadamente que debe ser terrible. Suficientemente terrible para que, sin llegar a mostrarla, su partido se limite a darle una palmada en la espalda como si fuera un niño mal criado después de que rechazara con un "me importa un bledo" el informe de sus ilegalidades presupuestarias hecho por una comisión del Parlament de Catalunya, en lugar de exigirle respeto, sentido común y cultura democrática; o para amenazar a la Generalitat por sus advertencias de ilegalidad en el convenio de los trabajadores municipales (que por cierto podrían pedir un plus de peligrosidad por si se escapa la bestia).
A estas alturas no me negarán que la curiosidad por conocer una bestia con ese poder de intimidación es más que razonable. Y todavía es más lógico que queramos saber si controla las transformaciones o por el contrario son imprevisibles y pueden suceder tanto en la inauguración de una guardería como durante la visita de los responsables de la UNESCO. Por eso, si la noticia de las intenciones del Supremo no es buena ni para el alcalde ni para la ciudad, al menos quizás tenga la virtud de hacer que la bestia salga de su escondrijo y sepamos por fin si tiene el aspecto del incontrolable Mr. Hyde, se parece a la inofensiva que enamoró a la bella, retira al letal Alien o es tan vulgar como Tyson.
Por si acaso, quede claro que esto no es más que literatura.