Bienvenidos a la realidad. Fueran cuales fueran sus sueños, Sus Majestades los Reyes Magos ya habrán mostrado su real voluntad. ¿Se han portado bien? ¿Han satisfecho sus peticiones? Sea como sea, con su paso se habrá acabado el paréntesis navideño que convierte las fiestas en un vivir en excesos más bien poco sensatos. Se acabaron, pues, unos días en que, a fuerza de costumbre, de bombardeo publicitario, de religiosidad superficial y de sensiblería de duro sevillano, vivimos un poco con la voluntad secuestrada por la tarjeta de crédito y la libertad envuelta en papel de regalo. Un poco.
De todas las fiestas es justamente la de Reyes la que se me antoja la
menos cristiana. Porque más allá de sus aspectos positivos, o sea, de su
capacidad para despertar la ilusión infantil, de hacer brillar sus ojitos y
de provocarles un temblor de emoción, es también la que causa mayores
decepciones y dolores, y sacrificios. Y no sólo a los niños. Aunque lo peor
no es eso; lo peor es que, incluso sin darnos cuenta, una mentira pueda ser
utilizada para el chantaje eterno del premio y del castigo. ¡Y encima no
cumplimos! Porque mal está que exijamos bondades a cambio de juguetes, bajo
la amenaza explícita del carbón; pero aún está peor que lo hagamos a
sabiendas de que en realidad el grado de cumplimiento de los deseos
expresados inocentemente en una carta no va a depender del comportamiento
sino de la cartera. Los Reyes se convierten así en la expresión más pura de
la arbitrariedad y de la injusticia. ¿Cómo explicarle al peque que se
muestren siempre muy generosos con los vecinos ricos, aún si son más malos
que atila, y en cambio sean permanentemente mezquinos con otros, aunque
hayan sido buenos hasta la beatificación? Cualquier metáfora, cualquier
explicación bondadosa se estrella ante esta evidencia. Como dice mi amigo
Flavià, no debería extrañarnos que esta experiencia infantil ante unos
Reyes que, con la connivencia eclesial, prefieren frecuentar las casas
nobles e ignorar las modestas, deje a menudo un profundo, aunque sea
moderado, poso antimonárquico y hasta anticlerical.
Vamos a suponer que el tren passa por su ciudad y para, luego se pone en marcha y empieza a recorrer quilómetros, pero ya no vuelve a parar hasta que llega a la estación en que ha subido. ¿Bonito, no? Pasear es relajante y poder comtemplar el paisaje, un lujo. Pero este tren es poco útil. Pues algo así es aún Internet por estos pagos. Parece que comercios e instituciones no acaban de convencerse de que el futuro está ahí.
Si se conecta usted a Internet podrá obtener toda la información que precise de los temas más variados, podrá colarse en los museos, hablará con amigos y enemigos, podrá llevar-se a casa muchas de las mejores obras de la literatura universal o conocer las línias de metro de las principales ciudades europeas y estar a la última en predicciones metereológicas; y és posible que pueda comprar una casa en París o un castillo en Inglaterra. Pero no podrá comprar nada en nuestra ciudad. Ni siquiera las grandes superfícies facilitan este servicio, aquí.
Tampoco podrá saber cual es la programación teatral del Metropol porque la página web del Ayuntamiento se ha fosilizado en el mes de abril de 1997. Aunque respira. Porque si es verdad que el último boletín municipal que puede verse es el que apareció por Sant Jordi y la programación de teatro es la de la primavera pasada, no es menos cierto que alguien se ha preocupado de añadir el logo con que se promociona la candidatura de Tarragona a ser declarada patrimonio de la humanidad. O sea, por lo que parece, importa menos el servicio que la página pueda prestar a los ciudadanos que su valor como escaparate. Y digo que no debe importar porque la parálisi de la página ya fue denunciada por los medios de comunicación, sin conseguir su actualización. Y usar internet sólo como escaparate es como usar el tren sólo para ver el paisaje.
Y si eso hace el Ayuntamiento, que es uno de los pilares que sostienen la
red ciudadana de Tinet y hacen posible que Tarragona ocupe una situación de
vanguardia en España en esta cuestión, los demás... Pregúntenselo a La Caixa
i a la Autoritat Portuària, que, según dicen, ya se han desinteresado del
proyecto y le han retirado su apoyo económico. Deben pensar que no tiene
futuro.
No basta con perder pelo, enderezarse y aprender a hablar. La civilización es una meta permanente y no un punto al que ya hemos llegado. Y el nuestro, un andar lento y desigual. El síntoma más notorio, y cruel, de nuestras insuficiencias está en la permanencia de la violencia y en su uso para imponer voluntades. Por la misma razón, el respeto a los demás, y a su derecho inalienable a decidir, es la muestra más palpable del camino recorrido.
Entre todas, la nuestra es una sociedad que ha dado grandes pasos en esa dirección. Pero aún quedan muchos por dar. Desgraciadamente, sólo los damos acuciados por el dolor. Es absurdo negarlo e hipócrita disfrazar la evidencia: el respeto a los derechos humanos y las formas avanzadas de convivencia social son el resultado del sufrimiento. Cada uno de los derechos de que disfrutamos ha tenido que ser conquistado. En el camino han quedado muchas vidas sacrificadas. Las manifestaciones de violencia doméstica, especialmente contra mujeres, ancianos y niños, son la evidencia vergonzosa de que estamos más cerca del árbol de lo que nos gusta creer. Y las actitudes benevolentes o comprensivas, especialmente por parte de quienes deberían protegernos de ella, un escarnio al esfuerzo que llevamos hecho por abandonarlo. Las agresiones recientes a mujeres por parte de sus parejas nos lo recuerdan dolorosamente.
Por otro lado, la muerte del tetraplégico gallego, deseada y
permanentemente reclamada, reabre un viejo debate. Es curioso que la
declaración de los derechos humanos recoja el derecho a la vida y, en
cambio, no recoja el de la muerte. No ignoro que es una cuestión de gran
complejidad y que su regulación es forzosamente difícil, pero deberíamos
ser capaces de afrontarla dejando de lado cualquier consideración de índole
religiosa. Porque la idea de imponer una determinada visión religiosa de la
vida, privada y social, al conjunto de la sociedad es incompatible con la
civilización. Incluso cuando se hace de buena fe. Tal práctica,
desgraciadamente, tiene en el mundo islámico un presente sangrante y en el
cristianismo un pasado vergonzoso. Nadie puede ser obligado a ejercer un
derecho, pero nadie debería ser privado de ejercerlo.
El jueves entrará en vigor la nueva ley del catalán, por eso y porque en su momento me manifesté en este mismo espacio a favor de su retirada, creo que es justo que diga ahora si pienso sumarme a la llamada a la desobediencia civil que el diputado Vidal-Quadras promueve. Pues no.
El trámite de la ley ha demostrado la debilidad de la conciencia ciudadana y la de los partidos políticos que la representan en la defensa de la lengua; ha evidenciado una vez más la deserción del catalán de nuestra burguesía y hasta qué punto es visceral y violento el españolismo anticatalán de algunos medios de comunicación; nos ha deparado el sorprendente encuentro en su horror a la diferencia de sectores aparentemente dispares y ha desvelado cómo algunos intelectuales hacen deshonestas piruetas verbales para negar a otros lo que ellos ya poseen. En definitiva, nos ha permitido constatar lo que ya sabíamos: que el "España una", o el "antes roja que rota" de sus miedos sigue obsesionando a la derecha y a cierta izquierda.
La ley, además, nos ha traído algunas paradojas divertidas. Por ejemplo, que los más tenaces monolingües se hayan convertido en defensores acérrimos del bilingüismo. O que un diputado conservador, y con él la caverna parafascista, se nos vuelva insumiso y predique la desobediencia lingüística. Es una burrada: Vidal-Quadras y los suyos descubrirán, o no (las obsesiones no son cosa de la razón) que para desobedecer no deben hacer nada. En un país serio, que un diputado predique desobedecer una ley aprobada por el 80% del parlamento al que pertenece sería motivo sobrado para pedirle que deje el escaño. Aquí, al PP le parece que no. Otra paradoja, el foro Babel local reúne a sus adictos para que un intelectual los adoctrine. I allí, un profesor que presume de anarquista, provocador e internacionalista, se da un baño de ego y vende libros ante un auditorio que raya los sesenta, con la excepción de algunos rojos anguitistas. ¡No me digan que no da de si, la ley!
Acabo: ya saben ustedes que en mi opinión la ley ha quedado por debajo de
las expectativas que despertó y por debajo de las necesidades reales; ahora
bien, una vez aprobada soy el primero en defenderla y en pedir que se
aplique.
Quan la Mònica somia escriure's Monika". Este es el título del vídeo que estudiantes de Vilafranca del Penedès, bajo dirección de Fontxo Blanc, presentaron el pasado día 21 de Enero. El vídeo culmina el trabajo iniciado hace años por este profesor de Altafulla y resulta ser un proyecto de ortografía fonética única europea. ¿Un visionario? Desde luego, por su aspecto barbado y voluminoso, y su hablar entusiasta y algo atropellado, lo parece. En el fondo, sin embargo, late una idea compartida por muchos y expresada en mayo del 97 por Gabriel García Márquez en el I Congreso Internacional de la Lengua Española, a saber: "Jubilemos la ortografía."
Los profesores sabemos hasta qué punto se extiende el fracaso escolar en el aprendizaje de las convenciones ortográficas en toda Europa, a medida que se generaliza la enseñanza; y los correctores editoriales podrían explicarnos cómo escriben nuestros escritores, para sorpresa de muchos. Excluir a las mismas normas de responsabilidad en ello es una manera de cerrar los ojos. Y responder con bromas y textos caóticos e ilegibles, como en su día se hizo con García Márquez, una manera de perder el tiempo. Si admitimos que todo cambia al ritmo de los tiempos, costumbres, hábitos y usos lingüísticos, ¿por qué oponerse a que la ortografía nos acompañe en ellos? A las puertas del 2000 es anacrónico que siga siendo un rehén del latín y mantengamos unos edificios ortográficos plagados de excepciones y grafías obsoletas que la lengua hablada ha eliminado hace siglos y que no tienen ninguna funcionalidad. Se trata pues de rescatarla del anquilosamiento para darle su único sentido de medio de comunicación útil y al alcance de todos los hablantes; de rescatarla del elitismo culto i latinista en que nació. ¿Si puede ser más sencilla, por qué ha de ser complicada?
Por sentido común debemos ser capaces de abrir el debate sin miedos: las "h" son una reliquia inútil; la "l·l" del catalán, no digamos; los acentos diacríticos, superfluos; la diéresis..., la grafía g/j... Que el CD ROM del diccionario (catalán y castellano) no contenga voz es la muestra más evidente del divorcio que existe entre los hablantes y la lengua, y las academias.
No hace muchos años, cuando había que celebrar algo o simplemente se quería comer fuera de casa, se iba a la fonda, aunque el establecimiento no lo fuera. La palabra restaurante era aún excesiva para las costumbres modestas de nuestros abuelos. Hoy, en cambio, cualquier bar con un menú y cuatro mesas se anuncia así. Nada que objetar. Afortunadamente los hay para todas las ocasiones y, lógicamente, de todos los precios.
En los últimos años la oferta se ha diversificado en Tarragona con la obertura de muchos establecimientos y puede satisfacer nuestros deseos gastronómicos. Los restauradores son profesionales, aunque, como es razonable, los hay más exigentes y rigurosos que otros. Pero, ¿y nosotros? ¿Cuántas veces hemos ido a un restaurante y nos han servido un plato que no ha sido de nuestro agrado y sin embargo hemos dicho que estaba bueno? ¿Cuántas nos han cambiado alguno de sus componentes sin consultar y lo hemos aceptado con un silencio? ¿Cuántas nos ha parecido insuficiente o excesiva la cantidad, nos ha decepcionado su presentación o nos ha disgustado su temperatura, y hemos sonreído sumisos? Me temo que la experiencia es general y que somos unos consumidores aún por educar.
Y nos equivocamos doblemente: por nosotros y por los restauradores. La exigencia, siempre de acuerdo con las expectativas del establecimiento en precio y pretensiones, y siempre educada y cordial, es esencial para que los profesionales ajusten su oferta y todos disfrutemos más y mejor con ella.
Por ejemplo, pedir la carta en la lengua de nuestra elección y exigir que no tenga errores. O hacer notar que no podemos elegir un vino de la DO. Priorat y aún menos de Tarragona, cuando parece razonablemente exigible que en la oferta de vinos se reserve un apartado para los de la propia zona, aún si son modestos; algo absolutamente normal en Francia y que aquí es habitualmente descuidado. Tampoco olvidarnos de felicitar aquellos establecimientos que al llegar los postres nos permiten elegir algo más que la carta de una heladería industrial o algunos derivados lácteos, como ocurre con frecuencia hasta en restaurantes donde no debería suceder.
Hagámoslo. Todos saldremos ganando.
La Associació d'Editors en Llengua Catalana y el Departament de Cultura de la Generalitat andan a la greña por la campaña de promoción de la literatura catalana que la Institució de les Lletres Catalanes quiere poner en marcha bajo el nombre de Punt de Lectura. ¡Paradójico país este, en que los presuntos beneficiados amenazan con denunciar ante la justicia al presunto protector! Alegan aquéllos que la campaña beneficia especialmente a una editorial y argumentan competencia desleal. Sorprende, desde luego, que la campaña promocione específicamente a doce autores, algo así como si para promocionar la higiene bucal, la Generalitat hiciera anuncios publicitarios en TV de 12 marcas de dentífricos.
Pero en realidad lo que sorprende más es que en toda la polémica no se haya escuchado a penas la voz de los autores. ¿ No interesa? ¿Tememos ser acusados de envidiosos o vaya usted a saber de qué? En cualquier caso, silencio.
El hecho evidencia el pobre estado en que vive la literatura catalana. Las cifras sobre títulos publicados o autores que publican con regularidad, o incluso las valoraciones positivas de su calidad son engañosas y esconden una realidad mucho menos presentable: Salvadas las excepciones, que las hay, las tiradas de las ediciones son pequeñas; los lectores, un grupúsculo; la presencia social de la literatura catalana, escasa; y la valoración y el prestigio de sus escritores, insignificante. En consecuencia, el grado de profesionalización de los escritores es puramente testimonial. Se quejan los editores, que viven de eso, pero los autores que vivimos de la enseñanza, del periodismo, de la abogacía, de la política o de cualquier otra actividad, nos la miramos de lejos, posiblemente convencidos que ninguna campaña publicitaria cambiará la situación.
I es que ¿cómo va a florecer una literatura que se escribe en una lengua a la que se regatean sus derechos y lleva siglos de anormalidad; una lengua que las autoridades valencianas trocean contra toda la comunidad científica y que tiene que pedir perdón por existir? La salud de una literatura precisa autores y editores, pero depende de la autoestima de su sociedad. Y nos queremos poco.
La lista no para de ampliarse: inocente, culpable, prescrito… y, ahora, culpable no tipificado. O sea que aunque la ley es para todos, con un poco de suerte se puede burlar. Por ejemplo, si los legisladores se chupan el dedo y se olvidan de tipificar precisamente esas irregularidades ¿Me siguen?
Tarragona, ciudad que aspira a ser declarada Patrimonio de la Humanidad… de aquí a diez años, no ha querido quedarse atrás y sus gobernantes de CiU, convencidos de su lideraje, han asumido con convicción la representación de esa nueva especie. Sin complejos, además. Revisen si no las hemerotecas y verán el alborozo y el desparpajo con que recibieron la decisión de la fiscalía que daba carpetazo al caso aunque ya certificaba la existencia de ilegalidades administrativas presupuestarias entre 1993 y 1995, y advertía que las irregularidades vulneraban los principios éticos que deben regir la buena administración. Entonces, en lugar de pedir perdón, el alcalde y los concejales de CiU se lanzaron a dar dentelladas y lo celebraron como una victoria.
Ahora, meses después, ha sido la Sindicatura de Comptes ante una comisión del Parlament de Catalunya quien ha denunciado las ilegalidades del gobierno de la ciudad en aquellos años, ha lamentado que un vacío legal impida perseguirlas y ha urgido una vez más al Parlament para que legisle sobre el tema. O sea, culpables sí, aunque de un delito no tipificado. A ver, pues, si sus Señorías espabilan.
Mientras, lo suyo sería instalar unos altavoces en el balcón del Ayuntamiento para que todos pudiéramos escuchar su arrepentimiento; o que se constituyeran en cofradía de penitentes y salieran en la procesión de la próxima Semana Santa. O simplemente que reconocieran que lo hicieron mal. Pues no, siempre fieles al reaccionario y contumaz sostenella y no enmendalla, siguen diciendo que lo hicieron por nuestro bien y que otros hacen lo mismo. Pues oiga, por mi que no se salten la ley. Y lo del mal de muchos...
Aunque lo peor para ellos es que ni su propio grupo político, lo dijo el portavoz de CiU, Francesc Codina, los quiere defender porque entiende que su actuación es indefendible. ¡Suerte que siempre quedan los parientes y los amigos!
¿Recuerdan El Buscón de Quevedo, cuando Don Toribio se rocía la barba de migas de pan y Pablos se hurga los dientes con un palillo a fin de que todos crean que acaban de comer y viven en la opulencia, mientras debajo de la capa no hay más que harapos, miseria y hambre? Algo así le ocurre al Nàstic. Después de dos años de aspirar a la segunda división, esta temporada se renovó la plantilla y el equipo técnico en un proyecto que pretendía culminar el ascenso. He aquí la capa, el palillo y las migas en la barba. La realidad es otra: un club sin a penas patrimonio y que económicamente depende del Ayuntamiento, un estadio que se cae, socios que no llegan al millar y un déficit de unos 26 millones.
A pesar de ello, J.L. García ha decidido asumir la presidencia, dice, para garantizar la supervivencia del club ¿Por qué no? Aunque no me digan que no resulta curiosa esa afición de los empresarios de la construcción a presidir clubes de fútbol. Su majestad Carnestoltes sospechaba turbios asuntos inmobiliarios; pero claro, su majestad es poco de fiar.
Por lo demás resulta pueril negar la implicación del Ayuntamiento, a no ser que el hecho de que haya tres concejales en la nueva junta (uno a la derecha del padre - J.L. García- y otro a su izquierda, en la foto) sea una coincidencia y una anécdota el que las reuniones se hayan celebrado en el domicilio del alcalde. Es poco presentable, pero están en su derecho y al menos Ferran Sánchez Camins ha estado vinculado al club desde siempre. Y atención: no hay nadie más.
Sin embargo, donde hay que estar atentos es en la participación económica del Consistorio. ¿Quien va a hacerse cargo realmente de déficit previsto? Esta temporada, ha destinado ya unos 40 millones, y las inversiones necesarias en la rehabilitación del estadio se cifran en algunos cientos. Pero ¿estamos de acuerdo en que los ayuntamientos financien así el fútbol profesional? El Ayuntamiento debe atender otros temas, incluido el deporte de base, pero no debe ser el principal inversor del profesional. Eso no. Quisiera el Nàstic en segunda, pero si con sus socios no puede estar más que en tercera, a tercera. Y lo digo desde mi condición de socio y de exdeportista del club.