Pasados unos días, quizás podamos abordar, desde una óptica distinta al hipócrita espíritu justiciero con que ha sido tratado, el hecho de que el PSC haya decidido mantener en la ejecutiva al exdiputado JM. Sala. Y digo hipócrita porque es obvio que todos los partidos han tenido sus "salas". Escandalizarse no es más que otra forma de fariseísmo y sinvergonzonería política por parte de quienes se han salvado por los pelos en casos como el de Casinos de Cataluña, o los de Mallorca, y no hubiera estado de más un discreto silencio del PP i de CIU. Al fin y al cabo, la justicia queda más cumplida de lo que lo ha sido en cualquier otro caso con la sentencia condenatoria y la devolución de las actas de diputado y senador.
No me han sorprendido ni las defensas públicas de los suyos, como la del diputado por Tarragona Lluís Miquel Pérez (está en la esencia del partidismo), ni que los fariseos pidieran más (está en el espíritu mezquino de ventajista del mismo partidismo político). Y en cambio, me parece perfectamente lógico que un sector de la sociedad, en el que me incluyo, crea poco edificante la actitud de los socialistas.
El partido, en tanto que entidad privada, tiene todo el derecho a tomar sus decisiones; pero con su deseada e inevitable proyección pública debería ser más exquisito. Y no es una cuestión formal. En absoluto. No es baladí para la democracia que uno de los principales partidos del país ignore las decisiones de los órganos judiciales. Vaya, que en la ejecutiva de un partido no debería haber nadie recién condenado por un tribunal. La distinción entre ética y estética que ha hecho el PSC para justificarse no es más que un juego de palabras: la solidaridad con Salas y la defensa se su inocencia debe ser compatible con el respeto más escrupuloso a las decisiones de los jueces. En sus consecuencias, también. Si no, resulta casi inevitable acordarse del reaccionario cerrar filas al que nos van acostumbrando entre unos y otros. Por otro lado, eludir el tema diciendo que al final serán los electores quienes decidirán con su voto, como ha hecho Raimon Obiols, es una triste manera de reconocer que no hay argumentos y, aún peor, de someter a un chantaje poco honesto a los propios votantes.
Eso es: lo tenemos medio y, aunque con dos pasos adelante y uno atrás, vamos avanzando en la voluntad de tenerlo entero. Aunque no es fácil. Una política eficaz de medio ambiente suele colisionar con otros intereses, por lo demás perfectamente legítimos, y a veces resulta poco simpática cuando no claramente incómoda. En Tarragona esta semana ha sido especialmente activa en noticias relativas a ello.
Los pescadores han hecho oír su voz para pedir, entre otras cosas, que se revise a la baja la normativa que regula las medidas mínimas que pueden pescarse. O sea, que se afloje en las campañas contra la captura de pez inmaduro y se les deje usar malla más estrecha. No quieren cumplir la ley y quieren que se modifique. En cambio, el sindicato UGT abandera la defensa de la industria de la fabricación de PVC y de cloro, contra Greenpeace, bajo el estandarte de la defensa de los puestos de trabajo y el cumplimiento de la ley.
Al mismo tiempo, el Centre d'Iniciatives Ecològiques Mediterrània de Tarragona ha denunciado a una empresa de transportes y a la depuradora de residuos industriales del polígono de Constantí, a quienes acusan de actividades contaminantes, ante la Junta de Residus de la Generalitat y el Ayuntamiento del municipio; y el Departament de Medi Ambient de la Generalitat ha expresado su "sorpresa" porque el Ayuntamiento de Tarragona no aporta residuos orgánicos procedentes de la recogida selectiva, a la planta de compuesto del Baix Camp, en Botarell.
Cada noticia es distinta, pero coinciden en señalar que el tema medioambiental está ya presente en nuestra vida cotidiana. Y lo está porque el país es suficientemente rico para planteárselo y nuestro sistema democrático hace posible la expresión de voces distintas y contrapuestas. El gran reto es sin duda, armonizar los intereses particulares de determinados colectivos con los generales a largo plazo, sabiendo que el planeta no es nuestro, ni su mar, ni su atmósfera, ni su tierra; que, llegado el caso, el interés particular debe someterse al general, y que no tenemos otro camino que el de la ley. Una ley que, debe no olvidarse, está también sometida a cambios y que previsiblemente será cada vez más exigente.
El próximo sábado se hará público el veredicto de los Premis Literaris Ciutat de Tarragona en el Teatre Metropol, tras la representación de El sexe nostre de cada día, a cargo de la compañía Trono Villegas.
Los premios, nacidos hace años del tesón d'Òmnium Cultural y consolidados con el patrocinio del Ayuntamiento, a través de la Fundació d'Estudis Universitaris de Tarragona, puede que hayan cubierto una etapa: la participación es buena y la publicación del Pin i Soler, de narrativa, del Rovira i Virgili, de ensayo, y del Ramon Comas i Maduell, de poesía, por parte de la Editorial el Mèdol los hace atractivos y les garantiza una difusión mínima. Y no obstante, me temo que no tienen ninguna repercusión en la ciudad y viven entre las brumas de la lluvia de certámenes que anualmente se celebran en toda Cataluña. Por eso puede que sea el momento de replantearlos. Y lo primero quizás sea preguntarse para qué se convocan.
En mi opinión reina una cierta indefinición. Creo recordar que el primer impulso nació del deseo de estimular la reflexión, con la condición que el ámbito de estudio fuera el del área de habla catalana. El eje era, pues, el premio de ensayo Rovira i Virgili. Sin embargo, no ha sido así y, de hecho, éste es el premio que habitualmente recibe menos originales. El futuro, en todo caso, posiblemente pase por popularizarlos más y por dotarlos de una personalidad que los haga únicos y los singularice. La convocatoria del nuevo premio para cuentos breves transmitidos a través de Internet, es un paso en esa dirección, como lo son también la recuperación del Ricard Opisso, de historieta gráfica, y la ceremonia pública de entrega de los premios en el teatro, por primera vez. Pero no basta. Puede que convenga vincular el de literatura juvenil Domènec Guansé a los centros escolares, para enraizarlos en la ciudad, y redefinir el de narrativa Pin i Soler - ahora un gran saco donde caben cuentos, novelas, libros de viajes, etc.,- bien en la línea de acotar el género, bien reservándolo a algún tipo de participantes; o también, como ha apuntado en alguna ocasión Joan Cavallé, convocar un premio a la creación teatral. Pero primero habrá que saber para qué queremos los premios.
Puede que sea por deformación profesional, pero no puedo evitar que me incomode que se usen las palabras indebidamente. Por ejemplo: que se predique tolerancia cuando no se respeta al discrepante; que se hable de inocencia donde sólo hay una prescripción o un archivo de la causa; o que una ministra, especialista en ideas de momia, vea un éxito rotundo en que cuatro comunidades autónomas exijan la retirada de su proyecto sobre la enseñanza de las humanidades. Por eso me desagrada que alguien juegue con los conceptos a la ligera: porque tienden a confundirnos y a manipularnos. Excepto en la literatura, las palabras deben significar lo que el diccionario y la tradición cultural dicen que significan. Lo contrario es pura sinvergonzonería intelectual.
Estos días Maulets han utilizado las paredes de la ciudad para proclamar que los integrantes del Foro Babel son unos fascistas. Bueno, vayamos por partes: maulets es el nombre que en el País Valencià se daba a los partidarios del archiduque Carlos en la guerra de Sucesión. Y el fascismo es una ideología autoritaria de la primera mitad de siglo. Lo de las pintadas no debe ser esto, claro, porque tanto maulets como fascistas deben estar muertos. Entonces ¿qué es? ¿Un anacronismo? ¿Una metáfora? En mi opinión, una estupidez.. Y un derecho, a pesar de todo. Derecho porque expresa una opinión, aunque no sea un espray y una pared el mejor método para hacerlo en democracia; estupidez porque si llamamos fascista a quien piensa de modo distinto, ¿cómo vamos a llamar a quien no nos deja ni hablar y nos impide vivir en libertad.? Y como el espíritu justiciero es tan cercano al patético orgullo que ridiculizaba Quevedo en su Buscón, el Foro Babel ha denunciado las pintadas en el juzgado. Otro derecho. Y otra estupidez. Sobretodo cuando algunos de sus miembros aún deben tener los dedos manchados de pintura de espray de otras pintadas.
Afortunadamente, sobreviviremos a los babélicos tenazmente monolingües, más bien talludos y sorprendentemente entusiastas del catalán, y a los maulets bilingües, más bien imberbes y evidentemente inmaduros en política. Y, ambos, en el necesario arte de convivir.
Entre cuevas subterráneas y aparcamientos, Tarragona es la ciudad gruyère. No sé si los tarraconenses somos demasiado conscientes de que vivimos sobre un agujero y también desconozco los efectos psicológicos que puede tener entre la ciudadanía saber que en un sentido estricto no se tienen los pies sobre el suelo. Pero deben existir. Si siempre ha habido quien no toca de pies en el suelo, en Tarragona, al menos, ya es comprensible. Sólo así se explica que algún político haya reaccionado declarando que ni conoce los análisis ni le hacen falta, porque él ya ha decidido que el agua no es la misma, ante la noticia de que según los análisis de los espeleólogos el agua filtrada en las obras del palacio de congresos es igual a la del lago subterráneo. Con lo fácil que era seguir el sensato ejemplo del alcalde al decir que, en todo caso, siempre hay recursos técnicos para solucionar estos problemas.
También puede deberse a la falta de cimientos que nos vamos descubriendo que algunos comerciantes del centro de la ciudad hayan decidido olvidar el subsuelo y sugieran que se haga un nuevo párquing en el Balcón. Por lo visto aún queda alguna tienda sin un aparcamiento a menos de 100 metros y el Balcón está a mano. Pues nada, a solucionarlo: que se haga el párquing. Y además, que lo que quede de balcón, sea, en realidad, un gran escaparate, panorámico, tridimensional e interactivo, de manera que cuando nos acerquemos a "tocar ferro" en lugar del mar veamos las novedades en ropa y complementos. A considerar, también, la remodelación de la estatua de Roger de Lauria, que podría dedicarse a promocionar los comercios de la zona: hoy luce un vestido de este comercio, mañana un abrigo de aquél y pasado mañana una faldita plisada del de más allà; hoy proclama las excelencias de la cocina tradicional y mañana las de la comida rápida. Bolso y zapatos a juego. Y sobretodo urge la creación de áreas de carritos de la compra bien repartidas por todo el centro y de CMTAV ( o sea: Cintas Mecánicas Transportadoras de Alta Velocidad), para que podamos ir de una tienda a otra con nuestro carrito. Eso, Tarragona, una gran superficie comercial a cielo abierto. El Sr. Esteve se encontraría en su casa.