FORÇA NÀSTIC

Y en el centro, una pelota. En eso está la quintaesencia de uno de los últimos episodios de la política española: la lucha por el control de los medios de comunicación, dirigida por un gobierno del PP que actúa partidariamente y es reprendido por las autoridades comunitarias por ello sin que se altere lo más mínimo, fiel al retrógrado sostenella e no enmendalla. Pero más allà de esta obviedad, el rifirrafe de la televisión por satélite y el asalto de Telefónica a Antena3 emana de la simple cuestión de quién tiene los derechos televisivos del fútbol español. Porque parece ser que sin eso, poco vale todo lo demás. Ya ven, para poder usar eficazmente los informativos como medio de propaganda o para ganar dinero a espuertas hay que tener bien amarrado el fútbol. Debe ser verdad, a la vista de las peleas que suscita y de la cantidad inmisericorde de partidos que se trasmiten.

Por alguna razón que no entiendo, Tarragona debe ser una excepción. Sobre el seguimiento de los partidos televisados, me callo, huérfano datos. Pero si he de hacer caso de mi experiencia en directo, no cabe duda de que aquí el fútbol convoca pocos entusiastas. Ciudades de dimensiones semejantes a Tarragona, o incluso menores, mantienen su equipo en segunda división, y algunas veces en primera. Aquí, hemos de contentarnos con la segunda B e ir a ver al Nástic es algo parecido a las reuniones clandestinas: pocos y más bien mustios. I eso, aspirando a ascender a la segunda división. En los últimos años, la única vez que he visto el campo lleno fue cuando nos visitó el Betis! Y también da que pensar.

Para evitar ser una rara avis, se me ocurre que parte de la culpa la tiene la proximidad del mega-super-top-més Club de Fútbol Barcelona, que viene a ser como el caballo de Atila, pero con veintidós piernas. Un dato: en Tarragona, en la ciudad y en la provincia, hay más peñas y socios del Barça que del Nástic. Como en tantas otras cosas, se me antoja que Barcelona, más que la capital de un país, es su devoradora. Y su enterrador: un país que sólo tiene una ciudad y un único equipo de fútbol, no es un país. Como síntoma.


MULTAS Y VELOCIDAD

Parece ser que tenemos prisa y poco respeto por las señales de tráfico. Esto es, al menos, lo que se deduce de las cifras que sobre las multas de tráfico del último semestre ha hecho públicas la Delegación del Gobierno en Cataluña, y donde se afirma que la mayor parte de las sanciones son por exceso de velocidad. Entre los apresurados destacamos nosotros: es en la demarcación de Tarragona donde han aumentado más y hemos pasado de 4897 a 7001. No es poco. Sobre todo, si tenemos en cuenta, por mera experiencia personal, que los sancionados no son sino una pequeña parte de los infractores. Salvo en la N-340 a su paso por nuestras comarcas, en que excederse de velocidad es simplemente imposible, es obvio que circulamos frecuentemente por encima del límite.

¿Se imaginan ustedes tener una casa de tres pisos, pero de la cual sólo pueden usar los dos primeros? Sí, sí: la ley les autoriza a levantar casas de tres pisos, incluso de cuatro o cinco; pero les prohibe usar los pisos superiores. En fin, una sinrazón. Y sin embargo, eso es exactamente lo que ocurre con los automóviles y las motocicletas de gran cilindrada. Se autoriza la fabricación y comercialización de vehículos que alcanzan con facilidad más de 160 Km/h, pero no hay ni un sola carretera de España, ni de Europa, donde pueda circularse a esa velocidad. Luego, claro, lamentamos los índices de siniestralidad y elaboramos informes sobre la peligrosidad de algunos coches pequeños y rápidos, especialmente entre los jóvenes. Pura hipocresía. Con unos gobernantes - nacionales y comunitarios - altamente reguladores que igual te mandan sacrificar vacas que te ordenan arrancar olivos, o impiden determinadas operaciones económicas, cuesta entender que no se decidan a intervenir en el sector de la automoción. Digámoslo claro: la gran industria automovilística es intocable y chulea a políticos y parlamentos. Ante esta realidad, los límites pueden cambiarse, pero si han de ser seguros siempre estarán muy por debajo de las posibilidades de los coches, y las multas - recaudación a parte (¿o quizás ése es su único interés?) - son poco eficaces. ¡Con lo fácil que sería, al menos, obligar a colocar un estrangulador como lo llevan des de hace algunos años los autocares!


CONTRA LILIPUT

Éste es un país pequeño. Tan pequeño que uno puede cruzarlo de cabo a cabo en una jornada y aún le sobra medio día. Por eso es tan importante tener siempre abiertas puertas y ventanas: para personas y para ideas. Sin embargo, desgraciadamente, no a todo el mundo les gusta sentir correr el aire. Ello no tendría la menor importancia si no fuera que a menudo quien se esfuerza en echar cerrojos es justamente quien tiene la autoridad para hacerlo. Y el resultado, triste resultado, no es otro que un país cada vez más pequeño.

Hay más de una manera de hacer pequeño un país. Se hace cuando se discrimina injustificadamente a sus ciudadanos por sus ideas o por cualquier otra razón; se hace cuando se sustituye la variada riqueza de la realidad por la limitada percepción propia o cuando se reduce la complejidad de la vida a un estereotipo; y sobre todo cuando se siente que no hay nada mejor que lo de uno, tanto como cuando se siente exactamaente lo contrario.

Lógicamente, quienes mayor responsabilidad tienen en este asunto son los que, en razón de su mayor proyección pública, mayor capacidad tienen para empequeñecerlo. Y a la cabeza, políticos y comunicadores en general. Cuando desde una radio que presume de ser la nacional de Cataluña se anuncia como noticia que tal dia se estrena una conocida película de Spielberg en Barcelona, cuando se está estrenando en toto el país, le recortamos algún centímetro; cuando en radios y televisiones se repite una y otra vez la misma corta nómina de invitados para que opinen sobre los helados o sobre el arte gótico, le damos otro tijeretazo; y cuando los políticos no se escuchan y se encastillan en las razones de partido, en las orejeras del localismo o en la pura demagogia, o en la mentira, continuamos la amputación. Al final nos queda no un país sino un patio.

Y un patio, aunque se acicale con toda suerte de elementos, no deja de ser una birria de espacio. Tan birrioso como quienes nos lo ofrecen. Por suerte, el país no es tan pequeño como nos lo presentan. Digámoslo.


¿ES USTED UN PROBLEMA?

Hace días un conocido mío tuvo un pequeño problema con el transporte municipal y acudió a solucionarlo al Ayuntamiento. Sin embargo, no llegó ni siquiera a plantearlo. A penas había franqueado el umbral del despacho del conejal competente en la materia, lo frenó un cartel que le conminaba enérgicamente a no dar la tabarra. Decía: "Quien entre en este despacho a plantear problemas, si no propone soluciones, forma parte del problema". Desde entonces mi amigo ha ocupado sus últimos días de vacaciones en encontrar la solución a su problema. Y no la ha encontrado. Así que para no convertirse él mismo en un problema, que a sus años y con su natural tímido es algo que no está dispuesto a afrontar, renuncia a plantearlo.

Seguramente es un cartel inocente, de esos que se ponen en los lugares de trabajo y que pretenden ser simpáticos. No quiero imaginarme que el cartel quiere decir lo que parece que dice, o sea: que nos den morcilla, y que el concejal sea tan maleducado. Porque si es cierto que todos somos responsables de nuestras ciudades, también lo es que los grados de responsabilidad son diversos y son los políticos que ocupan cargos públicos los que deben asumir la máxima, y sin regateos. Así que, seguramente, es un cartel inocente. O quizás es que el concejal ya no da más de sí, o incluso puede que quiera ser una llamada a la participación ciudadana. Vaya usted a saber, porque con políticos profesionales que firman cheques sin mirarlos o emiten facturas millonarias por equivocación, por poner un ejemplo reciente, uno ya no sabe qué pensar. Además, ¿se imaginan un cartel así en su banco, en el taller de reparaciones, en el restaurante o en el Tanatorio Municipal?

Las bromas están bien, sin duda, pero debe saberse cuándo, dónde y a quién hacerlas. El mejor destino de tal cartel no es otro que la papelera. Porque el tono y las formas son también importantes. Aunque si el cartel va en serio, más que enfadarse, propongo, para que no se repita el caso de mi tímido amigo, que en el despacho se habilite una antesala y se llene de jubilados, a manera de consejo de ancianos, para buscar las soluciones a los problemas de los ciudadanos a fin de que no vayan a presentarse sin ellas ante el concejal, el pobre.


EXIJAMOS RESPETO

El alcalde de Tarragona, primero en el acto institucional del 11 de septiembre ante el monumento a Rafael de Casanova y después en la inauguración del busto de Salvador Allende, quiso resaltar el valor de la tolerancia y mostró su esperanza en que las reivindicaciones nacionales de Cataluña fueran comprendidas en España. Y lo hizo apenas unas horas después de que algunos ciudadanos de la capital del estado- ¿muchos, pocos?, en todo caso demasiados - abuchearan a Raimon por cantar en catalán y a José Sacristán por defenderlo y por recitar a Brecht. Magnífico. Sobre todo porque el acto era - debía ser -un canto a la tolerancia..

Ya lo ven, desgraciadamente, el recordatorio del alcalde no tiene nada de retórico. Que ciudadanos que se reúnen para expresar su rechazo a los que llevan su intolerancia hasta el asesinato acaben silbando a quien habla una lengua distinta del castellano sólo puede querer decir que la convivencia está todavía un poco verde. Y lo peor no es eso, no es que haya ciudadanos fascistas o simplemente intransigentes. No. Lo peor es que los abucheos hayan sido justificados por el director general de TVE, el ¿señor? Fernando López-Amor, en nombre de la libertad de expresión. Una majadería y una muestra de la confusión mental de algunos ciudadanos cuando se trata de comprender principios democráticos, y algo absolutamente inadmissible en un destacado miembro del PP, responsable, además, de la televisión pública del estado.

Pero no es suya toda la culpa, sino que deben repartírsela generosamente quienes en los últimos años - y aún ahora - abanderan irresponsablemente actitudes demagógicas anticatalanas y levantan gratuitamente el espantajo del agravio comparativo, convirtiendo cualquier discrepancia política en un cataclismo nacional; quienes en lugar de una visión plural de España, han preferido explotar sentimientos cainitas, profundamente mezquinos y reaccionarios. Y éstos tienen nombres y apellidos: sus posaderas ocupan importantes sillones en conocidos medios de comunicación y en los máximos órganos de los partidos polítcos. En el PP, claro; pero también en los autoproclamados partidos de izquierda. Y también en Cataluña.


EL PONT DEL DIABLE

La UE ha denegado una subvención de 280 millones de pesetas al Ayuntamiento de Tarragona para remodelar un espacio de 35 ha. en el que se encuentra el Pont de les Ferreres, el acueducto romano popularmente conocido como el Pont del Diable. No debe extañarnos si tenemos en cuenta la gran cantidad de proyectos que la habían solicitado. Paz, pues. I trabajo. Porque el entorno de este singular monumento sigue siendo una auténtica vergüenza. I van muchos años. No es comprensible que una pieza arqueológica de primer orden de Cataluña, y uno de los más interesantes atractivos turísticos del municipio esté en el estado de abandono en que se encuentra y se haya convertido a menudo en un campo de actuación de salteadores de caminos o de desvalijadores de coches, cuyas víctimas son justamente nuestros visitantes más bien informados.

El proyecto incluía la limpieza de las antiguas canteras romanas, la reforestación, la recuperación de los jardines románticos, el acondicionamiento de los accesos y la creación de itinerarios recreativos y pedagógicos, así como la adecuación de una zona de párquing, la construcción de un mirador y diversos equipamientos para convertirlo en lo que debe ser. Y es un proyecto que tiene que convertirse en realidad, como muy oportunamente ha declarado Gabriel Mas, concejal de Promoción Económica.

Doscientos ochenta millones de pesetas no pueden ser un obstáculo insalvable, a la vista de la inversiones que se vienen haciendo y del grado de endeudamiento que soportamos. Menos aún cuando la ciudad aspira a ser declarada patrimonio de la humanidad, justamente gracias a su legado romano. Debe finalizar ya la incuria con que los sucesivos ayuntamientos han venido despreciando el acueducto. ¡Suerte que los romanos hicieron bien su trabajo y no se nos ha venido abajo!

Rescatar ese espacio y dignificarlo no es sólo un deber para con la historia y la protección del patrimonio cultural, ni una inversión turística; es, sobre todo, una deuda con el país y con la ciudad, siempre escasa en espacios verdes, para darle una zona de expansión lúdicodeportiva que no nos sonroje y nos invite a usarla.

Que disfrutemos una buena Fiesta Mayor y un buen día de Santa Tecla.


POLÍTICOS PROFESIONALES

Cuando la actividad política se convierte en una profesión remunerada y va ocupando años de dedicación, a los políticos cabe exigirles coherencia con su ideario, desde luego, pero no únicamente: también debe serles exigible la competencia y la aptitud profesional, igual que se la exigimos a nuestro médico o al cartero. Sobre todo porque es una profesión a la que han accedido voluntariamente y muy conscientemente. A todos, en el gobierno o en la oposición, y en los distintos niveles de la administración pública.

Más allá de las actitudes delictivas, obviamente, la negligencia o la arbitrariedad, el desconocimiento de los temas, la inasistencia injustificada, la demagogia como discurso, las declaraciones excesivas que no sirven más que para ofender e irritar, la prepotencia o la improvisación, cuando no la mentira, por ejemplo, no sólo son censurables moralmente, sino que constituyen actos de falta de profesionalidad, de incompetencia, en definitiva, que no toleraríamos en el albañil o en el carpintero, en sus respectivas profesiones. Curiosamente, en cambio, la aceptamos con normalidad cuando se trata de los políticos. Sólo por ello, por haber perpetuado una actitud de desconfianza en buena parte de la sociedad hacia la política, debería darles vergüenza. Y a algunos debe dársela, aunque no parece que colectivamente estén dispuestos a hacer nada para frenar el descrédito.

Porque curiosamente son los profesionales que gozan de mayores privilegios: son ellos mismos quienes fijan sus retribuciones y sus condiciones de trabajo, y al mismo tiempo son los mejor blindados del país: una vez han accedido al cargo, y aunque no den pie con bola y sea de dominio público su incompetencia, no hay forma humana de desposeerlos de él: ni siquiera expulsándolos del partido. Qué virtud tenían los políticos ineptos cuando fueron elegidos por el partido es una incógnita imposible de resolver. Quizás conocían a alguien, o sabían algo, o vaya usted a saber. Quizás es que no había nadie más que quisiera presentarse.

¿Que de quién estoy hablando? ¡Hombre, no me dirán que no se les ocurre ni un sólo nombre! Pues de él.


LA IZQUIERDA CANÍBAL

Max Estrella, el "cráneo previlegiado" del magnífico esperpento de Valle-Inclán, Luces de Bohemia, afirmaba: "España, en su concepción religiosa, es una tribu del Centro de Africa". Hoy sólo bastaría añadir que políticamente también. Al menos, en cuanto a una determinada izquierda se refiere, parece que las disputas tribales son inevitables.

Algunas tribus políticas de izquierda - no se me ofendan, que es una metáfora -, andan por la historia convencidos de que poseen la verdad. La verdad esencial, quiero decir. En consecuencia, todo lo demás es herético y censurable -y perseguible, según los tiempos-. Por otro lado, como toda religión tiene más de un dogma, el principio de la unidad es también indiscutible. Por eso se llama Izquierda Unida (¿o tal vez debería llamarse uniforme?) Aunque, quizás porque los dos principios, tal como los interpretan, son relativamente incompatibles, más parece la unidad del yugo o los grilletes que la del pensamiento y la libertad. Es, en todo caso, una historia vieja, viejísima, del cainismo de la izquierda comunista, siempre más dispuesta a descuartizar a sus primos hermanos que a sus adversarios. I siempre, claro, en nombre de la unidad y de la verdad. Porque para cualquier religión, no hay más unidad que aquella que acepta su verdad; ni más sacerdotes que aquellos que la administran. La verdad soy yo; la unidad, también.

Ante la ruptura de IU. con IC., el PCC y algunos resucitados ilustres acaban de presentar en Tarragona la enésima representación del misterio de la "reconstrucción de la unidad de la izquierda", que por supuesto son ellos en exclusiva. Rompieron el PSUC, rompen IC y siempre en nombre de la unidad. En realidad, un nuevo intento de crear un PCE radical y anticatalán en Cataluña, absolutamente marginal. ¡Que felices deben ser, siendo poseedores del verdad! Lo digo porque yo también la he poseído. En fin, un discurso más trasnochado que un bolero. Porque, en serio, la unidad de la izquierda era Esquerra Catalana (Frente Democrático de Izquierdas, en el resto de España) en 1977, liderada por el fenecido Partit del Treball de Catalunya (PTE, en el resto), que es quien, digan lo que digan, estaba es posesión de la verdad. Ridículo, claro. Veinte años después, la misma concepción es simplemente patética.



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