Lo hemos celebrado como solemos hacerlo por aquí, con pólvora y sacando en procesión el Seguici Popular, y con el grado de satisfacción lógica. Y ahora que estamos todos contentos porque la Tarraco romana es Patrimonio de la Humanidad y lo hemos disfrutado, bueno sería darle la palabra al abogado del diablo para que nos vaya devolviendo a la realidad, de la cual los festejos son una parte importantísima pero parte al fin y al cabo. Y dice él que no sale de su asombro al ver a los políticos del gobierno municipal comportándose como si acabaran de levantar la muralla romana con sus propias manos y que le parece excesivo porque en el ránquing medallero, ellos deben ser los últimos. Me sorprendo y le pido que lo establezca él y acepta: medalla de oro para los romanos. Aunque no van a poder disfrutarla, se lo concedo porque con la desidia con que se gestiona el patrimonio que una parte se conserve sólo hay que atribuirlo a la solidez de su construcción, un mucho al azar y no poco a la medalla de plata. Con distinción y todo, el teatro es un descampado, el acueducto del Pont del Diable un lugar magnífico para atracar turistas mientras no se caiga y el resto un magnífico conjunto para una especie de juego de pistas gracias a la inexistencia casi total de señalización.
Medalla de plata a la sociedad civil que ha trabajado por preservar el patrimonio de la depredación a través del tiempo, y de una manera especial a la Societat Arqueològica de Tarragona, que sigue velando por él.
Medalla de bronce a los políticos de la Unesco que vaya usted a saber por qué nos han distinguido esta vez aún cuando la situación es la misma que cuando no lo hicieron: tenemos los mismos monumentos, en el mismo estado, con la misma falta de señalización y carecemos del organismo único de gestión que habían reclamado. Y al final diplomas: a los que han trabajado en la candidatura; a los que creen que la preservación del patrimonio es una exigencia de la cultura y la civilización, y no del comercio y del desarrollo turístico; a los que prefieren la tenacidad y la perseverancia inteligente a la tozudez en la vida social y política; y en fin, a todos aquellos que a pesar de su tozudez algo incompetente lo han deseado y se han alegrado. A todos, felicidades.
De pequeño debió imaginar que de mayor él también estaría solo ante el peligro, así que en cuanto le han puesto la estrella en el pecho ha creído que todos somos forajidos. Y quizás porque no lo somos, este fin de semana ha habido una manifestación para decirle que los "sheriff" son para proteger a los ciudadanos en lugar de acosarlos con una concepción autoritaria de la ley. Aunque él, el subdelegado del gobierno en Tarragona, Raúl Navarro, no parece haberlo entendido. Y debe ser el único porque manifestantes, partidos políticos, sindicatos, asociaciones ciudadanas y periodistas entendieron perfectamente que la reivindicación era ésa y él quien se había situado al otro lado.
Y es que desde su llegada a la subdelegación no ha dejado de chocar torpemente con los ciudadanos ¿Por qué cada vez que abre la boca, lo que dice suena a amenaza? Contra los vecinos de Benissanet porque pedían soluciones a un problema perfectamente conocido y delimitado; contra la Unió de Pagesos, ante sus legítimas reivindicaciones; contra políticos y ciudadanos de El Vendrell, hartos de incumplimientos en la ejecución de obras necesarias, o con su idea de atajar los problemas de seguridad del Port Esportiu con controles de acceso, en lo que con toda probabilidad vulnera los derechos básicos de todos nosotros.
El último caso de su exceso de celo ha sido el emprendido contra los pacifistas de Tarragona por sus acciones de protesta contra la presencia permanente de barcos de guerra americanos en el puerto. Al subdelegado le basta con que hayan pintado alguna tapia, y aunque los propietarios de las tapias no han emprendido ninguna acción contra ellos, tres han sido llevados a juicio y otros tres, en una decisión que recuerda los viejos gobernadores civiles del franquismo, han sido sancionados con multas gubernativas. Ante exceso tal sólo se me ocurre decir que yo también me autoinculpo de haber hecho acciones y declaraciones pacíficas en defensa de la cultura de la paz y de ser responsable de decir no a la presencia de buques de guerra en el Puerto de Tarragona, desde esta misma columna.
Raúl Navarro debe irse. Porque su concepción de la autoridad y de la seguridad nos convierte a todos en sospechosos, pervirtiendo el espíritu del estado de derecho.
Francisco Franco ya no es alcalde honorario de Altafulla, aunque sigue luciendo en el pecho la medalla de Reus i su escudo saqueado a los Reyes Católicos continúa presidiendo los plenos del Ayuntamiento de Tortosa. Veinticinco años después de muerto i en ciudades de alcalde socialista, no está mal. A veces, ingenuamente, aquí se piensa que esas cosas sólo pasan por Castilla y la gente que viaja va contando que en Salamanca hay una placa que recuerda que el Caudillo dirigió la cruzada desde allí o que en Toledo se exhibe sin pudor toda clase de homenajes a los protagonistas del alzamiento faccioso. Es cierto, pero no son los únicos: un reciente reportaje televisivo nos ha recordado que tales restos son más comunes de lo que creemos. En Cataluña, también. Aquí mismo, ya lo ven.
Aunque lo peor no son los detalles más o menos simbólicos sino las actitudes que perviven . El franquismo fue nacionalismo español unitarista con una idea de España construida sobre la aniquilación de las diferencias, era catolicismo rancio e intervencionista, militarismo déspota, tradicionalismo castrador, conservadurismo social y autoritarismo represor. No quiero decir que fuera sólo eso o que todo lo inventara él, por supuesto. Pero el franquismo amparó ese conjunto y le dio poder para dominar sin rendir cuentas ante nadie. Y ahora, aunque los tiempos son distintos y el sistema democrático impone límites evidentes, ha bastado una mayoría absoluta del PP para que algunas de esas tendencias tornen a levantar el vuelo con prepotencia, muy especialmente las referentes a la concepción nacional de España. Y basta ver algunos programas de Televisión Española para captar un aire antiguo que todos creíamos superado.
Y lo que es más preocupante: las actitudes políticas que se exhiben desde el gobierno transmiten a veces tics sociológicamente franquistas. El desprecio de algún ministro por la oposición política y social a sus planteamientos, como en el reciente caso del Plan Hidrológico Nacional, o la escasa voluntad de diálogo con las otras fuerzas políticas en temas de gran trascendencia como la organización territorial, el terrorismo o la ley de extrangería, de consenso casi obligado, evidencian un estilo a veces más próximo al pasado de lo que sería deseable.
Puede que ande equivocado y su trabajo consista también en eso, pero si es así el asunto es aún más grave de lo que me temía y su profesión se banaliza cada vez más. Les explico. Yo, si no tengo algún motivo especial, suelo perderme todos los actos públicos más o menos protocolarios, tengo escasa predisposición a asistir a inauguraciones y prefiero disfrutar de muestras, exposiciones y espacios en el anonimato de la normalidad. Ya sé que mi asesor de imagen y relaciones públicas, de tenerlo, me censuraría por ello, y que me pierdo los canapés, pero estoy seguro de que mi salud sale ganando. Los políticos, en cambio, no paran. Ignoro si todos van con gusto a todos los actos en que se les puede ver, aunque sospecho que las más de las veces lo hacen por obligación. Y ese es el problema. Porque, ¿es razonable que estén tantos y en todas partes?
Desde luego se han lanzado tan de lleno a ello que va a ser difícil dar marcha atrás, pero a este paso van a acabar asistiendo incluso a bautizos y comuniones. Ahora están enteramente disponibles y muy a menudo son requeridos para pronunciar algunas palabras sobre algo de lo qual no saben nada y que puede que no les interese. Vivimos en un sistema en que su presencia es requerida casi para todo y se han convertido en una especie de guinda con la que la sociedad civil adorna su actividad. Francamente, lo siento por ellos.
Yo prefiero que los políticos hagan política; que dediquen su esfuerzo a estudiar nuestros problemas y a encontrarles solución; a prever nuestras dificultades colectivas y a evitárnoslas, en lugar de perder horas y horas en actos en los que no hacen más que de floreros. Se me objetará que el contacto con la sociedad es importante. Y les daré la razón, pero no creo que ésa sea la mejor forma de tenerlo. Al contrario, en mi opinión esa actividad los aleja de nosotros, los convierte an alguien cuya agenda, hecha de reuniones y comparecencias públicas varias, tiene poco que ver con la nuestra.
Yo preferiría que rescatasen su tiempo de esas actividades y lo dedicasen a pasear, a ir a comprar, a estar con la família, a ir al cine,... A ser más normales. Y, la verdad, los demás deberíamos prescindir de poner un político en nuestras fiestas y fastos. Por su bien.
Las palabras del President Pujol sobre los derechos y los deberes de los emigrantes no han sido simplemente inoportunas o políticamente incorrectas; son, sobre todo, la expresión de una desconfianza que comparten muchos ciudadanos y la constatación de una inquietud muy extendida. Y ponen en evidencia la necesidad que el debate que ha de irse haciendo sobre este tema sea sin apriorismos ni descalificaciones fáciles. Porque ni todos los recelos son muestras de racismo ni todas las defensas son necesariamente justificables.
La emigración es un fenómeno complejo que comporta problemas a menudo de difícil solución. No sirve de nada ignorarlo. Pero por la misma razón hacer incapié en los deberes de los emigrantes cuando sus derechos están todavía en discusión es una perspectiva tan comprensible y legítima como decepcionante en boca del President, que no puede ignorar la situación real en que viven la mayoría, y ayuda a fomentar actitudes de recelo. Que los emigrantes tienen deberes es una obviedad, como lo es que nosotros también los tenemos. Y que nosotros tenemos derecho a preservar nuestra identidad no debe ser menos obvio que ellos también deben tener el mismo derecho. Oponerlos como ha insinuado Pujol, no es útil para nada.
En la situación presente hubiera sido más lógico poner el acento en la necesidad de que los emigrantes vean reconocida legalmente su presencia aquí y sean protegidos de los abusos a los que se los somete a menudo aprovechándose de su precaria situación económica y legal. Por lo demás, con relación al estado, no deben tener sino los deberes y derechos que cualquier otro ciudadano. Con eso basta y sobra.
Es tan lógico como inevitable que el colectivo musulmán, el más numeroso, se organice y reivindique un trato diferenciado en determinados ámbitos. Respetar sus creencias en los menús escolares, por ejemplo, es tan fácil que resulta ridículo discutirlo. Tampoco debería sorprender que demanden la enseñanza de su religión o que reclamen ayudas para sus mezquitas. Personalmente creo que la religión pertenece al ámbito de lo privado y todas las iglesias deberían ser sufragadas por sus fieles. Pero si la católica la pagamos todos, ¿por qué no las demás? Así que exijámosles deberes, pero démosles también derechos.
Como que el anuncio del acuerdo de los grupos de la oposición (PSC - IC-V - ERC) en el Ayuntamiento de Tarragona para presentar un presupuesto alternativo era algo insubstancial, el equipo de gobierno, tras un primer intento de menosprecio a base de descalificaciones, convocó una rueda de prensa con la presencia de dos de sus pesos pesados. Si por una tontería, Joan Aregio y Albert Vallvé dejan los asuntos importantes y molestan a los periodistas, una de tres: o definitivamente los políticos del gobierno municipal no tienen trabajo o aprovechan cualquier nadería para abandonar sus responsabilidades, o el tema no era tan insignificante como se esfuerzan en aparentar. Y francamente, si es lo primero o lo segundo habrá que revisar sus sueldos a la baja; y si lo tercero, su comparecencia es decepcionante.
Albert Vallvé, en una actitud poco cristiana para alguien de UDC, repitió las acusaciones gratuitas y malintencionadas del alcalde contra Dolors Comas (IC-V) y Xavier Almagro (ERC), a quienes culpó de venderse por un plato de lentejas (y eso que CiU ha pactado con quien sea con tal de seguir mandando) e incomprensiblemente les afeó que quisieran llegar al poder para gobernar la ciudad (¿lapsus, tránsito, ataque de ascetismo por vergüenza a causa del caso Pallerols en su partido?)
De Joan Aregio me quedo con su impagable calificación del pacto como un "todos contra uno". ¿Uno? ¿No son tres los que gobiernan? Llevo días sin dormir intentando descifrar la expresión. Como que no puedo creer que Joan Aregio ninguneara a propósito al PP, su socio de gobierno, aprovechando que no estaba, o que ignorara que a su lado había un representante de UDC, socio suyo de coalición y de gobierno, sólo se me ocurre pensar que la trinidad se ha hecho carne entre nosotros. Es decir: tres partidos distintos (CDC - UDC - PP) y un solo Poder verdadero. ¿No es una ambición desmesurada? ¿Traicionan los nervios?
No se lo reprocho: el acuerdo de la oposición es una excelente noticia para todos los que creen que el debate y la existencia de propuestas que contrastar es esencial para el sistema democrático y la mejora de nuestra sociedad. Sólo las órdenes de los tiranos y los misterios no se someten a discusión. ¿En qué estaría pensando el equipo de gobierno?
Es perfectamente posible que CiU y PP no sepan muy bien para qué quieren el Palau de Congressos, que quería ser de congresos y ferias, pero se siente tentado de convertirse en auditorio musical y va siendo para que los institutos de secundaria inauguren el curso y, quién sabe, puede llegar a ser un magnífico lugar para bodas, bautizos y comuniones. En fin, no creo que lo sepan, pero parece claro que sí saben para qué no lo quieren: no para celebrar la muestra de Tardor que nos ha ocupado de nuevo la Rambla estos últimos días. Eso de tener las ideas claras está bien, aunque yo creo que se precipitan, porque lo primero sería saber si lo van a acabar y si vamos a poder pagarlo.
Vamos a imaginar que lo acaban, porque a copia de tozudez y trabajo, ya que no de lucidez y de planificación, un día u otro se acabará. Y vamos a suponer también que lo pagarán nuestros nietos que son quienes van a cargar con las deudas que el Ayuntamiento actual va dejando. Y vamos a suponer, por último, que el flamante recién constituido Convention Bureau para organizar la promoción del Palau funciona a las mil maravillas y dentro de algunos años la ciudad se nos llena de congresos y de congresistas. Pues bien, llegados a ese punto, tendremos que darle la razón a Raül Font y reconocer que en efecto, la Mostra de Tardor no debía ir al Palau. Que mezclar médicos, físicos o agentes de seguros con chorizos de Guijuelo, fuet de Vic, quesos de tetilla, academias de inglés, sofàs antiestrés y vendedores de artilugios para trocear las zanahorias en un totum revolutum de digestión imposible no tenía ningún sentido.
Ah, cuando llegue ese día seremos de verdad una ciudad de ferias y congresos y ya no organizaremos muestras pueblerinas de fiesta mayor en pleno centro de la ciudad en Otoño. Entonces tendremos ferias temáticas y muestras especializadas que reunirán a las empresas punteras de los diversos sectores. Y ya no tendremos a ningún concejal que confunda llenar la rambla de productos comerciales habituales y de gente paseando y curioseando con un éxito y con una muestra comercial seria y aún menos con una feria digna de una ciudad cuya obra emblemática quiere ser un palacio de ferias y congresos. Ya, ya sé que es difícil imaginarlo, pero ese día llegará.
Un Barça-Madrid es una bendición. Tiene la virtud de aparcar la vida de millones de ciudadanos y de inyectar miles de euros a negocios grandes y pequeños, legales y fraudulentos. Ahí, ganadores y vencidos forman parte de un mismo cuerpo, si bien con distinta suerte. Aunque no importa: llorar o reír es lo accesorio, lo contingente y puntual. La ceremonia es única para todos. Un Barça-Madrid es un paréntesis apasionado en la cotidianidad. No es el único, pero éste, a diferencia, por ejemplo, del cine, permite un papel activo. Es impensable que pasemos una semana hablando de una pel·lícula o de una obra de teatro antes de su estreno, absolutamente imposible que los espectadores de una sala expresen sus emociones libremente a grito pelado durante la proyección e increíble que alimente discusiones aún la semana siguiente. Aquí, eso sólo lo consigue un partido de fútbol entre el Barça y el Madrid.
No crean que estoy contra el fútbol. Al contrario, me gusta, sigo con regularidad al Barça y asisto a los partidos del Nàstic, del que soy socio. Pero no puedo evitar una cierta tristeza cuando veo que sólo unos mil ciudadanos creyeron que valía la pena molestarse para asistir a una manifestación en Barcelona en apoyo del pueblo palestino que estos días anda peleándose a pedradas contra los fusiles y carros de combate del Estado de Israel. ¿Demagogia fácil? Pues no lo creo: la relidad es así de tozuda y de bestia. Miles de personas, la mayoría de buen corazón, irritadas de santa indignación porque Figo viste de blanco, dispuestas a enfadarse con el vecino, el compañero de trabajo o incluso el pariente próximo por ello, pero absolutamente indiferentes ante las víctimas de la represión israelí. Por lo visto, que la policía de un estado "amigo" del Occidente democrático utilice fuego real para reprimir a los manifestantes no va con nosotros. Es sólo un ejemplo, continúen ustedes.
Y aunque no debería ser difícil hacer compatible la pasión por el fútbol y la pasión por una actitud ciudadana más comprometida, chocamos de bruces con una realidad que, impasible, nos echa en cara nuestra miseria colectiva. Y resultamos no ser más que una caricatura de aquello que nos gustaría ser y, lo que es peor, de lo que posiblemente creemos ser.
Esta ciudad se nos va a hundir el día menos pensado. Lo digo muy en serio. Al ritmo que vamos en la construcción de aparcamientos subterráneos, y eso sin contar la cueva que los espeleólogos descubren cada vez más grande, el problema va a ser sostener la ciudad sobre el inmenso agujero en que la tenemos. Y no, no me refiero sólo a los 16000 millones de deuda municipal que soportamos, que el concejal de hacienda ya ha dicho que eso no es nada y ha recordado a los políticos de la oposición que al Ayuntamiento se va a hacer política y no a hacer cuentas. ¿A que no sabían que eran cosas diferentes? Pues ya lo saben. Y el que quiera aprender, que vaya a los plenos.
Eso tranquiliza, la verdad; aunque a mí no se me quita de la cabeza que estamos en un equilibrio inestable. Físico, quiero decir. Porque no es solo que vayamos vaciando el subsuelo a copia de explosivos y excavadoras, sino que además vamos cargando el suelo de toneladas de hormigón. Y es que estos políticos son de la generación del cemento. O sea, lo explico para que nadie crea que hablo con doble intención: aquellos que creen que el progreso y el bienestar se mide exclusivamente por el número de grúas que apuntan al cielo y las toneladas de materiales de construcción que se gastan. Por eso no debería extrañarnos que hayan dado el visto bueno al proyecto de paseo marítimo de la playa del Miracle que de lejos parece un mamotreto enorme y de cerca es un mamotreto enorme. De todas las soluciones posibles han optado por la menos esbelta y por la más agresiva con relación al espacio. Aunque eso sí, la que más hormigón ha utilizado.
Por la misma razón - ¿o hay otra? - se autoriza la construcción de grandes edificios, cuando todos creíamos que tenderíamos a edificaciones razonables de tamaño medio: ahí están para muestra algunos de la Vall de L'Arrabassada, junto a la circunvalación, en Rovira i Virgili, donde estaban los cuarteles, o la inmensa pared en la entrada de Sant Pere i Sant Pau por la carretera de Lleida.
Menos mal que el alcalde ya ha identificado a los malos tarraconenses, que son quienes creen que es un poco anormal que el Palau de Congressos todavía no esté acabado y su presupuesto de obra siga creciendo. ¡Que Dios le conserve ese sentido del humor tan fino!
No deberíamos aceptar como normal que siempre vayan a remolque, pero parece que es así como los gobernantes entienden la política. Los ciudadanos, en nuestra incorregible inocencia pensamos que están para solucionar problemas y hacernos la vida más fácil, creemos que incluso deberían avanzarse a la aparición de los mismos, cuando estos son perfectamente previsibles, y evitarlos con las medidas adecuadas. ¡Menuda ingenuidad! La realidad es que no y a veces incluso son ellos mismos quienes crean los problemas, como ha hecho recientemente el subdelegado del gobierno, Raúl Navarro, con su torpeza y su autoritarismo.
Lamentablemente las más de las veces, los gobernantes tienden a dejar que los problemas crezcan delante de sus ojos en una actitud que si políticamente es censurable, profesionalmente no tiene explicación. O si la tiene: la seguridad de escapar a todo control real. Entiéndanme, no me refiero a valorar su actuación en términos políticos, pues eso no sólo es opinable sino que forma parte del sanísimo juego que gobierno y oposición deben mantener. Me refiero a su profesionalidad. Los políticos están en general bien pagados y en la medida que cobran como profesionales, deberían responder ante la sociedad como tales. Hacer las cosas mal o tarde, o ambas cosas a la vez, debería poder ser censurado de inmediato. Pero no es así y de esta manera se actúa con absoluta impunidad profesional puesto que no se responde más que ante el propio partido. O lo que es lo mismo, ante nadie. ¿Se imaginan que se comportaran de la misma manera arquitectos, médicos, fontaneros o albañiles?
Digo esto porque alguien debería dar explicaciones de por qué el Gobierno ha dejado que el tema del aumento del gasóleo haya llegado hasta donde lo ha hecho, con protestas generalizadas de payeses, pescadores, transportistas o taxistas. Teniendo en cuenta los precendentes en Francia o Inglaterra, su traslado a España era más que previsible. Y si al final el Gobierno ha tenido que acabar sentándose en una mesa con el talonario de cheques, todos nos hubiéramos tenido que ahorrar unas molestias que podían haberse intentado evitar con una actuación más eficiente de quienes han convertido la política en una profesión, però aún evitan responder como profesionales.
Pobre Raúl Navarro, el Ayuntaminento de El Morell podría declararle persona no grata por los malos tratos de la policía a su alcalde y dirigente de la Unió de Pagesos, Pere Guinovart, en la carga policial contra los payeses. Los concejales deberían ser hacer extensiva la declaración al señor Puig, delegado de la Generalitat en Tarragona, quien, con Guinovart aún tumefacto y en comisaría, suponía que la policia había actuado como debía. Y es que a pesar de su supuesta rebelión con las matrículas, CiU va del brazo del PP: en esto, en su apoyo a los presupuestos generales, a la Ley del Suelo, a la Ley de Extrangería, a las medidas antiterroristas o al Plan Hidrológico Nacional. En fin, si el giro catalanista del PP es de 360 grados, y quedan donde estaban, el de CiU es de 180 y quedan donde está el PP.
UP ha pedido la dimisión del subdelegado del Gobierno. Se equivocan. Lo hizo bien. Le acusan unánimemente de haber incumplido el acuerdo que subscribió, de una carga policial franquista: brutal e innecesaria, y de mentir cuando intentó justificarla.Y debe ser verdad: a tenor de lo que han contado los periodistas – magnífica la cobertura de Tarragona Ràdio - la carga se produjo gratuitamente y con una violencia injustificada. Pero ¿qué iba a hacer si el gobierno se lo había ordenado? ¿Quiere la UP. que el subdelegado tenga personalidad, convicciones y respete su propia palabra? ¡Hombre se juega el puesto! Hay que comprenderlo, Navarro es un esforzado ciudadano que ha hecho carrera gracias al PP, primero como Delegado Provincial de Trabajo y ahora como subdelegado; es una autoridad, asiste a actos oficiales y le invitan a cenar los gourmets. Y hace tan poco tiempo que es lógico que quiera durar, así que es comprensible que, antes que su propia dignidad, ponga por delante una obediencia mansa de discutible inteligencia. Y digo lo de discutible sin ánimo de ofender, pero su respuesta a los golpes a Guinovart fue de la antología de los patosos. Le pegaron, Navarro dixit, porque los antidisturbios no lo conocían ya que eran de Valladolid. ¿Quería decir que eran soldadesca de ocupación de esa que no conoce ni a su madre o insinuaba que un ciudadano no tiene los mismos derechos que un alcalde en la misma protesta? Por lo demás hizo lo que le mandaron y el Gobierno y la Generalitat deberían premiarlo con un viaje a Israel para que vea en directo lo que es una auténtica carga policial a balazos. No para que la copie, claro. Pero si no puede ir a El Morell, al menos que se consuele sabiendo que se quejan por nada.
Según parece Agustí Mallol piensa llenarnos la ciudad de pancartas con el lema "Tarragona és la millor." Eso es lo que dijo en una reciente entrevista en Tarragona Radio mientras batía su propio récord de elogios al alcalde por minuto. Dijo también que nos lo merecíamos. Y mira, me puse contento de merecérmelo. Siempre habrá aguafiestas a quienes el eslogan les parecerá vacío y provinciano, pero esos son los que no se lo merecen. Seguro que hasta cogieron el automóvil el día veintidós en un intento mezquino por boicotear el Día sin Coches o al menos empañar su éxito aquí.
Nuestras autoridades se habían adherido a la campaña, absolutamente concienciadas de la necesidad de trabajar esforzadamente por una ciudad más limpia y menos ruidosa, más humanizada y ecológica, económica y sostenible. Todo esto. Y habían tomado las medidas necesarias para asegurar el éxito de la jornada. Y los ciudadanos formamos como un sólo hombre junto a nuestros líderes para demostrar que en efecto, somos los mejores. ¡Qué les voy a decir que nos sepan! No se podía circular por la Part Alta y no se circuló. Pero no sólo eso, fuimos más allá y durante todo el día no se vio ni un solo vehículo en la calle Sant Agustí, August, de l'Hospital o Méndez Núñez, por citar las más céntricas. Que esas calles sean peatonales es un detalle insignificante, como también es irrelevante que la Part Alta estuviera ya cortada al tráfico por las fiestas de Santa Tecla. Porque como todos sabemos, lo importante es participar.
Los miserables de siempre dirán que era en la Rambla, Prat de la Riba o Ramón y Cajal donde debía haberse hecho, y los más radicales añadirán los accesos a Sant Pere i San Pau; o exclamarán que hay que tener poca vergüenza para apuntarse al Día sin Coches mientras se incentiva su uso con párquings subterráneos en todas las zonas para poder ir en coche hasta al lavabo, o incluso recordarán con malicia que no se ha construido ni un solo carril bici urbano. Pero ni caso. Nosotros a lo nuestro.
Y para celebrar que somos los mejores propongo que el Ayuntamiento nos organice un encuentro en el Palau de Congresos, mientras lo van acabando, y así vamos subiendo su índice de utilización y acallamos las críticas de los enemigos de la ciudad. Toca, Peron.