Atraco en la Joyería Aldao  

    añana de mayo de 1.956. Madrid. La joyería de Manuel Fernández Aldao, era una de las más importantes de España. En sus vitrinas del número 15 de la Gran Vía exhibía la mayor riqueza en joyas, relojes, calculándose que el valor de lo expuesto ascendía a  60 millones de pesetas. Un capital para la época. Iban a dar las diez. A la puerta se detuvo un "Seat 1.400" con matrícula del Ejército de Tierra (ET) número 0621 y se apearon dos hombres que llevaban unos uniformes que parecían ser del Arma de Aviación. Uno de ellos portaba en la mano un paquete alargado. Cruzaron la acera y entraron. En el escaparate un empleado arreglaba las joyas que habrían de exhibirse aquél día. En el interior  se encontraba Antonia Fernández Aldao, hija del propietario, otra empleada y un representante, de visita habitual.

        En un despacho, cuya puerta estaba entreabierta, se hallaba el dueño de la joyería, Manuel Fernández Aldao, en compañía de otro empleado. Ya en el interior, uno de los asaltantes abrió el paquete que llevaba y sacó lo que pareció una metralleta. Apuntando con ella a todos, les conminaron a que se estuvieran quietos, amenazando de muerte a los que no le hicieran caso. Su acompañante, que enarbolaba un "Colt", lo dejó sobre una de las vitrinas y empuñó una especie de raqueta como las que emplean los "crupiers" en los casinos. Con gran celeridad atrajo hacia sí cantidad de joyas, introduciéndolas en un macuto. El total de lo robado ascendía a 8 millones de pesetas. Entre ello había un collar que valía más un millón y medio y una sortija de 900.000 pesetas. Mientras sucedía todo, la hija del propietario, Antonia Fernández Aldao, entró muy agitada en el despacho de su padre, diciéndole que estaban atracando. El dueño, que no se había dado cuenta de nada, al ver a su hija en aquél estado, empuñó una pistola "Luger" y asomándose por la puerta vio lo que sucedía.  Disparó sobre el de la metralleta. Le alcanzó porque el atracador hizo un movimiento extraño, aunque siguió de pié. Los atracadores ya habían salido precipitadamente y llegaron al coche, que arrancó y se perdió en dirección a la plaza de Cibeles. 

        Hubo una gran movilización en la Policía y en la Guardia Civil. Se avisó a fronteras y aeropuertos, en especial al de Barajas, de donde partía el primer avión para el extranjero una hora después de cometido el atraco. Se había dado por Radio Nacional de España una descripción de los asaltantes y la marca, modelo y matrícula del coche facilitada por los testigos. El que se creía que llevaba una metralleta era menudo, delgado, con bigotillo recortado y el pelo rizado. El otro, el que se apoderó de las joyas del escaparate, era bastante más joven, también delgado y con bigote.

        La primera deducción de la Policía fue que, los malhechores habían usado un coche robado y con matrícula falsa. Efectivamente, la víspera un ciudadano había denunciado la desaparición del "Seat 1.400"  de color oscuro, de su propiedad. Y cuatro horas después del atraco, cuando la radio informó a sus oyentes del suceso, los empleados de un taller de metalurgia de la calle Julián Gayarre, al lado de Menéndez Pelayo, vieron abandonado un coche matrícula ET-0621. Llamaron inmediatamente a la Policía. El coche era, en efecto, el mismo. Uno de los cristales presentaba un impacto de bala de dentro a fuera, que se les debía de haber escapado a uno de los atracadores. En el interior había una pistola, con algunos cartuchos disparados y gran abundancia de huellas dactilares. Esto y el hecho de que se hubieran dejado los atracadores el envoltorio de la metralleta y el revólver "Colt", demostraba que la Policía tenía que verse con aficionados. También era propio de novatos el modo de cubrirse en retirada y el momento que escogieron para actuar. Era evidente que uno de los atracadores había sido herido por el señor Aldao. Había otra pista, el acento del único que habló, era suramericano.

        La dueña una pensión de la calle Esparteros, detrás de la Puerta del Sol, se presentó en la Comisaría de Centro para denunciar que uno de sus huéspedes, un joven con acento suramericano, parecía que estaba herido, y, como había oído en la radio aquello del atraco, pues mire usted señor comisario, he venido a denunciarlo.

        Estaba al frente de la Comisaría de Centro un policía prestigioso: el Comisario del Cuerpo General, Manuel López Daza, que inició las primeras diligencias. Sabía por confidencias las andanzas de dos sujetos que gastaban demasiado dinero en tugurios del Madrid frívolo y a quienes se había visto últimamente en compañía de una guapa mujer llamada Tita (María Josefa) Alemany, que se hacía pasar, a veces, por esposa de uno de ellos.

        Se pudo saber, que Tita, enfermera de profesión, había acudido en compañía de los dos a un médico amigo suyo, pretendiendo que curara al herido con la excusa de que había sido una refriega por motivos políticos. El médico dijo que lo curaba pero que tenía que dar parte de ello.

         La mujer y sus amigos se fueron de la consulta del médico. Tita Alemany era una mujer muy guapa. Natural  de Segovia se había titulado de enfermera ejerciendo la profesión en un centro asistencial. Luego marchó a Madrid en busca de mejor fortuna, y conoció a los que decían llamarse Enrique Alarcón Ruiz y César Eugenio Cruz Zurita, dos suramericanos simpáticos y adinerados. Intimó, sobre todo, con Enrique, quien a pesar de decirse chileno se hacía pasar por edecán o ayudante del ex presidente argentino Juan Domingo Perón. Llevó una temporada con ellos una vida de vino y rosas.         

        Cierta mañana la llamaron por teléfono y le dijeron que bajara a la calle en donde le estaban esperando en un "Chevrolet" matrícula de Tánger. El coche lo habían dejado en la calle de Julián Gayarre, abandonando el "Seat" con matrícula falsa militar que habían utilizado en el atraco. Subió al "Chevrolet". En el interior se hallaba César Eugenio Cruz, herido y al parecer de gravedad. Le dijeron que habían tenido una pelea a tiros por motivos políticos y le pidieron que lo curara por no querer que trascendiera.

        Fueron a una farmacia de la Puerta del Sol y compraron unos antibióticos. Tita le inyectó una dosis en el mismo coche, y en él se trasladaron a El Escorial, a una casa que los atracadores habían alquilado unos días antes. Pero como el estado del herido no mejoraba y había fracasado la gestión de la enfermera acerca del médico amigo, decidieron regresar a Madrid. Se fueron los dos hombres a la pensión de la calle de Esparteros, y María Josefa Alemany, a su casa.

        La detención de la chica permitió la de los dos atracadores que felicitaron deportivamente a los policías que procedieron a su captura. En una bolsa de plástico, en la pensión, se encontraron todas las joyas robadas. La supuesta metralleta que empuñaba Cruz no era tal sino una carabina de aire comprimido a la que le habían acoplado un falso cargador delante del gatillo. 

        El procedimiento sumarial era en aquéllos años rápido cuando intervenía la Justicia (militar, por supuesto). Así, el Consejo de Guerra, presidido por un Teniente Coronel del Ejército, se celebró un mes después de los hechos en el edificio de la calle del Reloj, junto a la Capitanía General.

        Mientras, se descubrió que Enrique Alarcón Ruiz se llamaba en realidad Marcelo Albino Ramírez y César Eugenio Cruz era Alberto Orlando Guanaite. Eran argentinos y no chilenos los pasaportes eran falsos. El fiscal solicitó para cada uno, como autores de un delito de robo a mano armada, previsto en la entonces vigente Ley de Bandidaje y Terrorismo, la pena de treinta años de reclusión mayor. Además los consideraba autores de otros delitos: tenencia ilícita de armas, uso de nombre supuesto, utilización de vehículo ajeno y uso indebido de uniforme militar.

        La enfermera, según dijo el fiscal, no estaba probado que conociera  de antemano lo que habían hecho sus amigos, por lo que solicitaba su absolución. Fue muy elocuente la defensa de los procesados, a cargo del letrado del Colegio de Abogados de Madrid y Capitán Interventor del Ejército del Aire Rafael Pazos Blanco, que actuó vestido de uniforme (militar, por supuesto).El defensor, en su alegato, disintió en la aplicación de la Ley de Bandidaje y Terrorismo, pues opinó que se les debía de aplicar la Código Penal común, como autores de un robo con intimidación en las personas. Los uniformes, aseguraba el señor Pazos no correspondían a ningún Arma del Ejército Español.

        La sentencia, dictada inmediatamente como era preceptivo en los Consejos de Guerra, condenaba a Alberto Orlando y Marcelo Albino a veintitrés años y un día de reclusión mayor por un delito de robo a mano armada. Seis meses de arresto y multa de 1.000 pesetas por el uso de nombre supuesto; seis meses y un día de arresto por conducir un vehículo ajeno y con matrícula falsa. Tita Alemany, la guapa enfermera fue absuelta. Pero aquí no terminó todo. Todavía se habló más de los atracadores de la Joyería Aldao.                

        Fueron a cumplir la condena al penal del Puerto de Santa María, en donde residieron unos dos años y medio. Era domingo. Los reclusos, estaban autorizados por el director para reunirse en las galerías interiores a escuchar retransmisiones de los partidos de fútbol. Nadie quedaba en los patios, y la vigilancia, tanto del exterior, como la del interior estaba bastante relajada.

        En el patio central del penal, dos reclusos, mecánicos de profesión, estaban arreglando un Seat 600 que servía para el suministro de víveres. Los dos penados, Antonio Ramírez Pérez, de veintinueve años y Evelio Peña Alguita, de veintisiete, terminaron su trabajo y llegaron al rastrillo interior. Les abrió el vigilante, al que golpearon con las herramientas de su trabajo, y tras arrebatarles la pistola de reglamento le encerraron en un cuarto. Lo mismo hicieron con otros dos vigilantes, uno de los cuales guardaba la llave de una puerta que daba a una carretera lateral. Y acto seguido -lo tenían preparado de antemano- se unieron con los dos argentinos. Subieron los cuatro al coche recién reparado y emprendieron la huída hacia la carretera general Madrid-Cádiz.

        Dieron la voz de alarma y se organizó una persecución implacable. Los cuatro reclusos, entre tanto, habían detenido otro coche más potente, un "Buick", donde viajaban un militar americano de la Base de Rota, su esposa e hijastras y tras recorrer algunos kilómetros por carreteras secundarias en dirección a Sevilla, obligaron a la familia americana a bajar y los abandonaron en un descampado, prosiguiendo el viaje en otra dirección, que se perfilaba  como la frontera portuguesa de Badajoz. La Guardia Civil estaba ya alertada. El General de la Zona planeó la captura de los cuatro evadidos como si se tratara de una operación (militar, por supuesto).

        No tenían más remedio que caer. Era de noche. Habían abandonado el auto, que fue tiroteado en una ocasión por las fuerzas del orden. Se internaron en una finca propiedad del marqués de Huétor de Santillán, que daba la casualidad que era nada más y nada menos que Jefe de la Casa Civil del Jefe del Estado. O sea, Franco. Ya tuvieron mala suerte, ya.... 

        Alguien los vio y les denunció. Y a la mañana siguiente la Guardia Civil que les iba pisando los talones, les dió el alto. Contestaron disparando las pistolas que habían arrebatado a los funcionarios de la prisión. Y, al repeler la agresión, los Guardias Civiles, certeros como de costumbre, los acribillaron a balazos a los cuatro.

        Así terminaron los atracadores de la Joyería Aldao y aquéllos dos mecánicos españoles, ocasionales compañeros de este último viaje sin retorno....A uno de ellos le faltaban solo cuatro meses para cumplir su condena.

     Fdo.Capitán Centellas

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