AMOR, HONOR Y GLORIA

Por Agustín Marañés Morilla

Arribó a Ceuta pocos meses después de haber sido creado el nuevo “Tercio de Extranjeros” por su fundador el Teniente Coronel Millán Astray. Fue desembarcado por lanchones de la Compañía de Mar en el pequeño y antiguo puerto pesquero, ya que el moderno y verdadero estaba por entonces en construcción. Ojeó a su alrededor buscando a alguien que le indicara lo que venía buscando y viendo cerca una pareja de guardias del “fijo” a ellos se dirigió; dejando a su lado 1a rica maleta de cuero que portaba como único equipaje, les solicitó que le informasen donde podría encontrar las oficinas de reclutamiento de ese ejercito. Éstos, después de señalarle el cercano puente, que desde este improvisado muelle se veía cercano, de igual manera le indicaron una estrecha calle que se encontraba detrás de unos antiguos muros y que le llevaría muy cerca al cuartel que buscaba. Cosa que consiguió después de preguntar una vez mas a un viandante.

Mareado aún por la mala travesía, por un mar agitado e incomodo, en el barco que lo había traído desde Algeciras, se encontró a las puertas de un edificio de dos plantas donde, en su frontispicio se leía en relieve “Cuartel del Rey”. Dejando de lado dos pequeños jardincitos que adornaban un estrecho paso, se dirigió a la gran puerta de este cuartel guardada por una garita de madera, pero inmediatamente fue parado por un centinela que allí guardaba la referida entrada. Sabido este centinela de su intención en alistarse, llamó al cabo de guardia y éste lo introdujo en un zaguán empedrado de guijarros, mandándole se sentase en un rústico banco que allí había mientras él trasmitía a sus superiores las intenciones aludidas por este joven. Mientras esperaba la orden de paso, se fijó que el zaguán daba a un gran patio, dos escaleras, a derecha y a izquierda, daban subida al piso superior, una puerta daba al puesto de guarda y varias ventanas recibían la luz a esta amplia antesala. Pasado unos minutos, fue llamado e introducido en una reducida oficina donde un oficial y un escribiente, después de escrutarlo de arriba a bajo recibió la orden de tomar nuevamente asiento en una destartalada silla.

Aquel instante no lo olvidaría jamás. Recordaba como le pidieron su filiación completa aunque informándole que su identidad poco importaba para su deseo en pertenecer al cuerpo de voluntarios que se había creado no hacía muchos meses. El oficial no dejaba de observarlo y, siendo ya ducho, se fijó en la rica maleta que portaba el nuevo recluta calificándole de hombre culto y de buenos modales. Pese a sus rasgos duros y serios que le hizo pensar que aquel joven huía de algún pasado que le atormentaba como era normal en algunos reclutas ya incorporados. Una vez que el joven se identifico como Enrique M. S. Le hicieron pasar a otra pequeña habitación contigua donde recibió el vestuario del nuevo cuerpo y un librito con el “Credo Legionario”; y, seguidamente, fue invitado a seguir a un numero que le acompañó a los distintos apartamentos del cuartel para que lo conociese.

Resuelto los trámites pertinentes, empezó la nueva vida para el nuevo recluta al que, desde aquel mismo instante se le conocería como simplemente Enrique. A lo largo de dos intensos meses, todas las noches, caía rendido por el rudo trabajo al que jamás había estado acostumbrado, sin embargo nunca rechazo las duras pruebas a que le sometían y, aunque su instrucción fue tanto de día o de noche, con lluvia o sol, fue endureciendo su cuerpo y su mente. Dada su rectitud y buen comportamiento, pronto fue apreciado por sus mandos y camaradas, aunque sobre éstos siempre procuro guardar las distancias en lo posible ya que dentro de este grupo de hombres los había de todas las especies, condiciones, nacionalidades y razas, incluidos ladrones, criminales y gentes de mal vivir.

Nadie esperaba que, a los pocos días del tercer mes de su llegada y mientras la tropa se encontraba comiendo el rancho, les comunicaran que el propio fundador del Tercio, el Teniente Coronel Millán Astray, los visitaría después de la jura de bandera tras lo cual les pondría en conocimiento del día en que deberían partir para reforzar los distintos cuerpos que soportaban el peso de la guerra y la pacificación del norte de Marruecos. Nadie en el cuartel dudaba que esta visita marcaría el próximo futuro pues, hombres ya fortalecidos por el credo legionario y por la constante preparación, sólo deseaban participar en aquella guerra que a pocos kilómetros se desarrollaba, y de la que sólo tenía noticias por los múltiples heridos que a diario eran atendidos en el hospital central, allá en la Calle Real y frente a una pequeña plazoleta.

Enrique había conocido, de entre sus camaradas, a un compañero al que escogió como amigo debido a su parecido carácter, por lo que se hicieron indispensables en esa ruda vida cuartelera.

Solían visitar una destartalada tasca con el nombre de “El Trompeta”, llamada así porque su propietario había sido un antiguo soldado mutilado y con su retiro montó este negocio en la plaza de África, donde cierto día, sentados frente a frente el uno del otro, pidieron una jarra de buen vino que prontamente no sólo aturdió sus mentas sino que dio riendas sueltas a sus propias historias hasta entonces retenidas.

Luís, como así se llamaba este camarada y amigo, fue el primero, entre maldiciones, en desahogar su contenida conciencia. Había sido un feliz comerciante que dejó su pueblo para trasladarse a la capital y allá no sólo prosperaron sus negocios sino que empezaron también sus calaveradas. Su gran fortuna y clientela fue menguando poco a poco según pasaban los años y, encontrándose un día con numerosas deudas a las que no podía hacer frente, decidió, ante la vergüenza de su fracaso, no regresar ni a su pueblo. En todos aquellos años, no había siquiera visitado ni a sus padres y por ello decidió alistarse a este cuerpo de extranjeros para no caer en los brazos de aquellos y tener que confesarles la mala vida que hasta entonces había llevado y el deshonor que a ellos le causaría ver a su hijo arruinado. Seguidamente fue Enrique el que habló reflejando en su semblante toda la tristeza que sus recuerdos le traían. Y así empezó su triste historia.

Dijo ser hijo único de una familia noble de Madrid, con entrada a palacio y banquetes de la alta sociedad. Su educación fue fruto de los distintos colegios y academias en los que sus progenitores le obligaron a estudiar. Un día, en uno de esos ágapes a los que la familia era invitada, fue presentado ante un senador y su esposa. Ésta era una criatura sumamente bella y mucho mas joven que su marido. Sus dulces pero tristes ojos eran de una claridad turquesa que evitaron en todo momento la mirada abierta y franca de Enrique. Sus cabellos castaños, algo ondulados, caían en cascada sobre sus desnudos hombros que, con un vestido negro de escote redondo, dejaban adivinar un firme y voluptuoso busto. Enrique se enamoró inmediatamente de aquel ángel. Contó como los sueños de aquella noche fueron inquietantes y tormentosos y que, al amanecer, se echo a la calle para indagar donde vivía tan hermosa mujer e intentar conocer cómo se desarrollaba su vida. Por ello supo que María, que así se llamaba aquella joven mujer, tenía por costumbre salir a pasear a diario acompañada por una doncella por el Paseo de Recoletos, lo que llevó a Enrique a presentarse al siguiente día haciéndose el encontradizo con María y como, al momento, Enrique se dio cuenta que esta belleza era difícil de abordar, y no precisamente por los deseos de mantener con un conocido una amistosa charla, sino por algún temor que reflejaba en su mirada y que le prohibía este placer. No obstante por ello y aunque siempre con los demostrados recelos, Enrique no dejó de prodigar sus matutinos paseos y encuentros ocasionales, pudieron ambos jóvenes disfrutar de unas cortas palabras; y como, de esta manera, fue creciendo una regular amistad entre ellos.

Enrique, con la mirada fija en el recuerdo no cesaba de hablar y, después de un largo sorbo de vino, continuó con que cierta mañana, sentados ambos en uno de los bancos del mencionado paseo y siempre acompañados de la habitual doncella, se aventuro a interrogar mas íntimamente a María y ella, al comprender descubierta la tristeza que reflejaba en su bella mirada, se atrevió a contar entre lagrimas su triste vivir.

María era hija de una también acomodada familia rural, fue criada en un feliz hogar desplazándose muy de tarde en tarde a Madrid por los negocios de su padre, aunque toda la familia prefería la tranquilidad y sosiego del pueblo donde vivían. Una tarde, su padre, que la amaba apasionadamente, le refirió que había contraído numerosas deudas por una mala cosecha y que prontamente tendría que hacer frente a ellas si no quería ser deshonrado y quizás rozar la ruina de toda la familia; que el usureo en quien confió le había propuesto zanjar todos sus débitos si se le permitía entrar en la familia autorizándole tomar por esposa a María a quien había conocido en uno de los viajes a Madrid y que, aunque sabedor de la gran diferencia de edad que existía entre ambos, él confiaba que, con el lujo que la rodearía, María sabría asumir esta diferencia, máxime cuando la colmase de cuantos caprichos tuviese además de lo admirada que sería dentro del círculo de amistades en el que, como senador, acostumbraba a moverse; además de que no sería de extrañar que en las próximas elecciones nacionales le propusiesen para desempeñar un puesto en el mismo gobierno de la nación.

Con gran horror escucho María la propuesta que le había dicho su padre y, arrojándose a sus brazos y llorando ambos, consintió María en sacrificar su juventud y entregarse a aquel hombre que no conocía, antes que pasar por el dolor de ver a sus padres en la miseria. La boda fue cuestión de días pues así lo había acordado el miserable usurero comenzando así para María una prisión de cristal ya que su esposo la tenía retenida en el amplio palacete de su propiedad, en el Paseo del Prado, y vigilada por aquella doncella que la acompañaba en sus salidas, aunque puntualizó que con su dulce proceder se había ganado el afecto de esta alcahueta y nada temía de ella.

BIBLIOGRAFÍA: El Faro de Ceuta 20-09-08 LXXXVIII ANIVERSARIO DE LA LEGIÓN

Para ponerse en contacto con el Webmaster, pulsa sobre el tintero.

Volver a "La Legion"

Volver a la Pagina Principal