POR TIERRAS DE LA ANTIGÜA UNIÓN SOVIETICA

Panorama de Kaunas (Lituania)

Ayer, sobre las cuatro y media de la tarde, con cielo bajo, gris y lluvioso llegué a la ciudad de Kaunas, procedente de Vilnus que es la capital administrativa de la república lituana. En Vilnus, de buena mañana, me había llegado hasta la dirección facilitada desde España por mi amigo Salvador Evangelista y en la que según me indicaba en el mensaje de móvil se encontraba la Embajada Española. Después de enterarme de que Rusia solicitaba la propina de trescientos euros por entrar en su país me decidí a limitar mi periplo por ahora a las antiguas repúblicas socialistas dependientes hasta no hace mucho del terrible politburó moscovita, y que integradas en la comunidad europea han abandonado esta feisima costumbre comunista de atracar al viajero al pie mismo de sus aduanas inclinándome por navegar hacia el norte hasta llegar al puerto de Tallín en la república de Estonia y desde esa ciudad tomar un ferry para pasar un día en la capital de Finlandia.

 

Pero ahora, como te decía, amigo Juan Carlos, me encuentro en Kaunas. El primer paseo lo dí por la Aleja Laesves o Alameda (dudo de mi traducción) que tiene casi dos kilómetros de pista peatonal poblada de árboles y de sucursales de Zara y demás. Lo primero que salta a la vista es la limpieza de la ciudad, claro que, hay que decir que el alto índice de alcoholismo colabora a ello pues los cascos de cerveza y las latas de aluminio son recogidas de forma ávida por los adictos al alcohol que intercambian esos envases (que aquí si son retornables) por unas dosis de cerveza que los mantenga las veinticuatro horas en ese nirvana que le fuerza a subir al tranvía como si andara por la cubierta de un ballenero en plena galerna.

 

En general, el aspecto de estas ciudades me recuerda la España de los años anteriores a la década de los sesenta en que nos introdujimos al desarrollismo y el consumismo más desenfrenado. El tráfico automovilístico es escaso y las ciudades son remansos de tranquilidad por los que se pasea con bastante comodidad. No me desagradaría en absoluto vivir en este tipo de sociedad. La gente por la noche duerme en el mas absoluto silencio y durante el día se dedican a buscarse el cobre cotidiano con el que adquirir la alimentación necesaria, lo cual no es obstáculo para que los sábados y los domingos, todas las ciudades y los pueblos más pequeños adquieran un aire de festín pues todo el mundo se echa a la calle y toman las plazas y jardines pastoreando a su plebe menuda de pelos rubios y ojos claros.

 

Las jóvenes lituanas son, al igual que las de Polonia, delgadas, hermosas y de movimientos gráciles y elegantes. En los autobuses (en Lituania hay que hablar de trolebuses..si, si, Juan Carlos, como los que había en Tetuán y que mi tío Pepe condujo) el silencio es absoluto y se echa a faltar esa bulla alegre de nuestras tierras más meridionales; estoy pensando en Turín por donde pasé…ya no me acuerdo…..donde me quedaba embelesado por ese aleteo casi musical de los finales en “i” de los plurales italianos y que la mujer italiana vocaliza con tanta sensualidad. De todas formas mi corazón se siente cerca de este pueblo que tanto ha debido de sufrir en los años que ha estado pisoteado por el duro tacón estalinista que nunca les preguntó si el pisotón les agradaba. Y a propósito de esto, debo decirte que de vez en cuando me tropiezo con antiguos edificios de la siniestra KGB y que, según reza la placa conmemorativa crucificada en la fachada del tenebroso inmueble que no han querido derribar, fue una de aquellas cárceles anónimas donde la gente desaparecía por el resto de sus días sin sospechar que al otro lado de su calabozo estaba su propia ciudad y por cuya acera pasearía su mujer o sus hijos ignorando que él, a escaso metros de la vivienda familiar se encontraba enterrado vivo…..En algunos de ellos se lee una lista de nombres de los desgraciados que terminaron sus días en aquellos pequeños y domésticos gulas.

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Ya han pasado sobre la proa del Mistral algunas millas más. Me encuentro, en el momento de tomar estas ultimas notas, aparcado en un barrio residencial de las afueras de la villa de Tartu, en tierras ya de la antigua república de Estonia, en la que según me chapurreaba en un pésimo ingles una mocita cajera de una sucursal del Swedenbank al que acudí para abastecerme de moneda local, era y es válido usar el euro como moneda comercial, lo cual pude comprobar al meterme en un almacén de ropa usada y resultarme familiar las etiquetas de los precios. Amigo Juan Carlos, cuando he visto la cantidad de tiendas de ropa usada que hay por estos países de la antigua estalinilandia me he acordado de esos contenedores en los que en nuestras ciudades depositamos la ropa que ya hemos desechado por puro capricho de la moda y las sacrosantas ordenanzas del “cortinglé” y he dicho para mi magín..¿No será que detrás de esos contenedores de recogida humanitaria de ropa usada hay una mafia que los carga en enormes containers y en discretos cargueros entran por los puertos del Báltico para abastecer a nuestros queridos estonios, letonios, lituanos, etc etc etc de esos modelitos que ellos ven en la televisión y que (eso si algo ajados) pueden adquirir por unos pocos euros. Porque es evidente que esa ropa usada no es segregada por los indígenas sino que les viene de afuera porque ellos lo que hacen es comprar no vender.

 

He pasado dos días en la ciudad de Riga y es casi o mas hermosa que la de Gdansk. El río amplio y navegable le da una vida que además de comercial es turística. Por el módico precio de 4 litas pude pasearme en un pequeño vaporetto que te aleja algo de la costa y puedes ver una panorámica de la ciudad bastante agradecida.

 

Como se me está alargando mucho el viaje y aún me quedan las tres joyas de la corona de esta parte de Europa (Viena, Praga y Budapest) he decidido comenzar a bajar hacia el sur la semana que viene y dejar esta costa del Báltico para el próximo viaje que no va a ser muy tarde.

 

En Estonia se ve algo más de fortaleza económica aunque me sigo encontrando con una población masculina de entre los veinte y los cuarenta años a los que el exceso de vodka les impide conservar una verticalidad medianamente estable. A veces me los encuentro en los viejos tranvías que van a los barrios más humildes echados sobre el cristal de la ventana y dormitando sus melopea tristes y solitarias. Las mujeres cuando los ven de subir al tranvía en ese estado y descubren por mi chapurreo que son “de fuera” las veo sienten un arrobo de vergüenza por sus paisanos.

 

Las mujeres jóvenes, al igual que en Polonia son de unas medidas volumétricas muy apetitosas; no me encuentro con la cantidad de obesas jóvenes que se ven por los países mediterráneos, o más bien habría que decir del área consumista-descocado-coca colero-burger.es..no. Y es que la bicicleta se ha adueñado del paisaje urbano y claro eso se nota en las tallas de los pantalones. Pero aquí no es como en nuestro país que un par de horas se hace bicicleta (disfrazado de ciclista) y luego la cuelgas de la terraza. No no. Aquí se sale por la mañana de la casa con la bicicleta puesta y se regresa a la tarde del trabajo pedaleando bajo las sombras frescas de la Aleja Lenin (que en lituano es como decir alameda Lenin); son unas bicicletas enormes, robustas y con unos manillares muy amplios. La señora Angeliska Bukowsky, todas las mañanas se iza, Dios sabrá como, sobre aquel titán de ruedas y pedales y llevando en la cesta a su perrita Laika se marcha a comprar al mercado pedaleando junto a camiones de diez toneladas que le levantan el flequillo a la perrita que ya se ha acostumbrado a ese viaje cotidiano.

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Siguiendo el proyecto esbozado al principio de esta crónica me encuentro en estos momentos a bordo del soberbio ferry estonio-finés BALTIC PRINCESS que en dos horas me llevará a través de las frías aguas de este norte hasta el puerto de Helsinki. El Mistral ha quedado aparcado en un parking municipal donde por 1,60 euros tendrá derecho a reposar su rotunda geometría durante veinticuatro horas.

 

El alegre bullicio de las estrechas callejuelas del Pannoletto de Nápoles ha irrumpido desde el sur en este confortable salón de moqueta y sofás con un grupo de turistas italianos que han subido en tropel por la escala con la vista clavada en el paraguas de color chillón que la empleada de la Agencia enarbola a la cabeza del grupo. Un niño se agarra a la falda de la empleada y ésta sin dejar de mirar a su rebaño le grita al niño: Andate con la tua mamma…andate, pero el niño ni se inmuta ante la invocación por parte de la empleada de una institución italiana tan sagrada como la de la Mamma.

 

La tarde de ayer, una vez gestionada mi excursión a Helsinki la emplee como suelo hacer siempre en barojear un poco por los barrios del extrarradio que son los que aún no han sido falsificados por el marketing de las agencias de turoperadores.

 

Firmada esta crónica en una entrañable librería de viejo del casco histórico de Vilnus el día 27 de agosto del año 2011,

 

Por Jean Valjean - Escritor -

 

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