NOTAS DE VIAJE

Cracovia

Cracovia

Amigo Juan Carlos:

 

Te escribo desde mi nuevo escritorio que con algo de imaginación me he improvisado en la cabina de gobierno del Mistral. Teniendo como fondo una tertulia sobre educación que desde la pagina de Libertad Digital me bajé junto con otras te quiero enviar unas pinceladas de las últimas millas náuticas (me sale el marino frustrado) que he recorrido desde mi crónica de Briançón.

 

El pasado quince de este mes atravesé la frontera entre Eslovaquia y Polonia por el paso de Zacopane. En el momento de comenzar esta crónica llevo ya dos días navegando por el sur del país de Chopín (estoy esperando una noche de luna llena para oír las polonesas que llevo en mi MP4).

 

Todos estos países del antiguo área comunista se encuentran todos ellos en una etapa de su evolución económica que correspondería a como estaba nuestro país en la década de los sesenta, circunstancia social que a mí me agrada mucho pues huyo de las grandes aglomeraciones. Las carreteras secundarias (hablo de Polonia donde permaneceré has mediados o finales de Agosto) tienen un tráfico muy escaso aunque el problema es que por el estado de las carreteras parece que navego por las carreteras de García Aldave de los años sesenta (ahora no sé cómo estarán).

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Czestochowa

Czestochowa

Retomo la redacción de esta crónica, caro amigo, aparcado a escasos kilómetros de la frontera entre Polonia y Alemania; a este último país me lleva el interés de visitar la ciudad de Dresde pues parece ser que tiene un buen Museo de pintura, de esa pintura que nos gusta a ti y a mí…¡la buena, claro!.

 

He pasado la noche con el cabrilleo de la lluvia sobre la techumbre de mi carromato zíngaro en la villa polaca de Zlotorija y la lluvia aún no me ha abandonado en los kilómetros que he recorrido después de levantarme, desayunar austeramente y arranchar este pequeño velero de tierra que me está llevando a recorrer los países de la Europa del Este.

 

Está siendo un viaje muy instructivo desde el punto de vista sociológico y económico. Es evidente en el momento que te echas a la calle con el ojo avizor que nuestros compañeros de esta parte de Europa (además de tener unos países con una geografía bellísima y una arquitectura civil popular de lo más hermosa, eso si algo deteriorada por el tiempo y que la escasez de recursos les impide tenerla como aquel amigo nuestro de Francia (Bernard no sé qué) que se peinaba el mostacho ante un tiesto de encendidos geranios. Esto es un paréntesis y no los que hacia Marcel Proust). ¿Por dónde iba? Pues eso, que cuando barojeas un poco por las calles te das cuenta que aún se notan los efectos de una economía dirigida. Ese consumismo desmelenado del occidente europeo aún no ha sentado sus reales de una forma rotunda en la sociedad.

 

Los grandes bulevares de las ciudades (hablo tanto de Polonia como de Chequia, Eslovaquia, Eslovenia, etc. etc. que son los que llevo recorridos) muchos de los cuales se diseñaban desde un despacho estatal en Moscú, están todavía casi vacíos de coches, muchos de los cuales aún son aquellas robustas camionetas, feas y resistentes como una ama de cría, muy parecidos a los que yo en mi infancia ya veía abandonadas en la Plaza Vieja como refugio nocturno de aquellos tiernos borrachos que se iban dejando el hígado a plazos en el mostrador de Ortega (¡¡¡¡Juanito….-la voz ronca de Salvador Ortega- a ver cuando viene ese tinto para este amigooooo!!!!-y un sorbete de nicotina). Pues aún andan por estas carreteras esas camionetas que no alcanzan la velocidad de un tractor. Lo de la Inspección Técnica de Vehículos aquí les suena a algo parecido a “si hay vida en Marte”. Al menos son muy correctos y educados en la conducción y respetan a raja tabla los límites de velocidad. Te puedes encontrar una fila de treinta o cuarenta vehículos andando a cuarenta por hora en una recta donde aparentemente no se ve ninguna dificultad pero en cuyas orillas te acechan las cámaras de fotos. Yo que llevo sobrecargados los pañoles y bodegas del Mistral y que no rebaso allá de los ochenta, en estas carreteras no paso de sesenta lo que redunda en beneficio de mi ya viejo compañero de viajes (222.441 kilómetros que no está mal).

 

El coste de la vida es bastante bajo. Para que te hagas una idea: Un pensionista español, con su modesta nomina de seiscientos euros, podría vivir en Polonia con un poder adquisitivo de casi 1.800 euros…¡¡¡cómo se enteren los del Casino de Hiende la Encina, provincia de Ávila..o no).

Visto desde un punto de vista algo egoísta debo confesarte que es un país ideal para viajar en autocaravana pues al ser un vehículo que aún no ha hecho su aparición de forma masiva, suele caer simpático y cuando paso por los pueblecitos se me quedan mirando como hacíamos nosotros en la rampa del ferri cuando veíamos bajar del barco a aquellas macizas suecas, o las pizpiretas francesas, a bordo de sus “cuatro ele” camino de Marruecos.

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El Mistral, amigo Juan Carlos continua navegando con buen viento y mejores aguas por la raya entre Polonia y Alemania por tierras del primero. Van a dar las siete de la mañana del día veintiocho de julio. Ha amanecido con un suave pero insistente sirimiri (que me ha producido algunas filtraciones en la techumbre de mi camper móvil y he de galafatear cuanto antes) en la villa de Pyrzyce muy cerca del muy navegable rio Oder que era por donde les entraba a los naturales del país las sucesivas invasiones de los aguerridos y belicosos y carnívoros pobladores del frio y blanco norte palabra que aquí significa ya casi el círculo polar. Ayer, recién llegado a Pyrzyce recorrí sus amplios bulevares modernos a la búsqueda de ese casco histórico. Pronto me hube de dar cuenta de que casi todos los pueblos de esta zona de Polonia que linda con Alemania (otro pueblo con antecedentes muy poco pacifistas) y al borde del pasillo acuático del Oder no pasaron de ser, casi hasta el siglo XX unas miserables aldeuchas al pie de rotundas fortalezas de frontera hundidas (las aldeuchas naturalmente) entre la nieve y la bota del señor del castillo.

 

Ahora, cuando sean las ocho de la mañana me llegaré a la Biblioteca Pública en la que, si es cierto lo que me dijo ayer una señora, hay servicio de internet. En ese caso trataré de enviarte mi crónica. Después de la comida (que no existe en mi dieta) salgo para Szczecin ciudad en la que me encuentro con la desembocadura del rio Oder y al mar Báltico aquel nombre que memorizábamos en la Geografía Universal de nuestro Bachillerato y que confirmamos adolescencia arriba en los tebeos de Hazañas Bélicas con los Spitfire ingleses (¿o americanos?) sobrevolando sus populosos puertos a la caza de los barcos alemanes.

 

¡Bueno! Ha habido suerte. Esta crónica la concluyo a las ocho y media de la mañana en la Biblioteca Pública de Pyerzecy arropado por el paraguas de internet, así que me dispongo a enviártela para que la publiques en Ceuta Nostalgia.

 

A ver si se mandar alguna foto…si no…no dudo de que tú las encontrarás mejores que las mías con tu ratón.

 

Saludos desde la verde y cálida Polonia….

 

P.D.- La próxima Crónica te hablaré algo de Gdansk (Danzig) y sus alrededores hacia donde me dirijo.

 

Otra P.D.- Las bicicletas polacas son robustas y bonitas (mezcla sin duda del realismo socialista y del encanto de la bohemia varsoviana). Posiblemente me lleve una p'ehpaña.

Por Jean Valjean - Escritor -

 

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