MEMORIAS (1)

 

El día que tocaba comer lentejas, mamá, la noche antes, congregaba a toda la tribu familiar alrededor de la gran mesa de la cocina, para que expurgáramos a las pequeñas legumbres de aquellos bichitos negros tan desagradables, duros como cabezas de clavo (y que nosotros nombrábamos con el enternecedor apelativo de “cocos”) que, cuando éramos niños, acompañaban indefectiblemente a esta leguminosa, amén de las piedrecitas que abundantemente engordaban su peso en casa del tendero y que se llevaron por delante, en la modesta masticación, más de uno y más de dos postizos dentales de nuestros abuelos. Yo, cuando oía los comentarios tan poco edificantes que pronunciaba mi padre sobre la elasticidad que presentaba la moral del tendero del barrio me lo imaginaba –¡al tendero ¡claro!- ejecutando, con alevosía, premeditación y nocturnidad, la operación inversa a la que nosotros nos veíamos obligados a realizar cada martes por la noche (los miércoles tocaba lentejas) es decir, sentado en la cocina de su casa y en compañía de su esposa, (o no) seleccionando cuatro o cinco kilos de piedrecitas pequeñas, semejantes a las lentejas, para verterlas en el saco donde dormían las legumbres, ajenas por completo a la contaminación de la que estaban siendo víctimas.


Después de colocar sobre el tablero, la manta vieja de planchar, si era invierno, o el hule viejo de las excursiones, si era verano, y de colocar un cenicero cerca del abuelo, volcaba mamá en el centro de la mesa, aquel sinaí egipcio de lentejas, donde yo, aguzando la visión podía ver ya algún coco tratando de escalar aquella montañita de hidratos de carbono, destinada a convertirse bajo una sabia cocción vigilada por mamá en nuestro alimento al día siguiente. Papá, si no lo había hecho ya, enchufaba entonces la radio en un aplique que tenía la bombilla, que con los años se volvió negro y apestaba, como decía papá “a coche quemado” y mientras perseguía cocos o piedras, trataba de oir las noticias del "parte", pidiendo silencio cuando la gravedad de la noticia lo requería, como aquel año que mataron a Caryl Chessmann, el asesino de la luz roja, y papá estuvo comentando la vida carcelaria de este díscolo norteamericano durante tres o cuatro tertulias. Como si fuéramos a jugar al tute, cada uno de nosotros tomaba su montoncito de legumbres para purificarlo mientras participábamos en la tertulia familiar.El año en que mataron al Presidente Kénnedy, las lentejas ya venían limpias y empaquetadas, y el abuelo ya no estaba con nosotros.Era en estas tertulias nocturnas, en las que papá nos contaba historias de su juventud y de su infancia. En una de ellas oí hablar por primera vez del abuelo Francisco, "un chisgarabís", a juzgar por las opiniones de papá, que en su juventud había trabajado de camarero en un bar para señoritos en el centro de Sevilla, llamado La Venta de Eritaña, y que se gastaba el sueldo en frecuentar las otras tabernas con aquella atrabiliaria compañía que olía a perfume francés y fumaban tabaco de Vuelta Abajo. Los sentimientos que papá mostraba hacia el abuelo Francisco navegaban entre las contradicciones mas sólidas. Se ve que al ser tan niño no llegaron a su alma infantil el odio hacia el padre crápula que le quisieron inocular las hermanas de su madre, pues llegaba a hablar incluso con cierta admiración, debido sin duda al anonimato en el que siempre se movió ese ser que durante los tres primeros años de su vida hacía de padre, y no un padre precisamente ejemplar. Según oyera él, de niño, en casa de la abuela, su padre escondía parte de la semanada cobrada en el trabajo debajo de una maceta de donde lo iba sacando poco a poco para pagarse sus francachelas. Cuando papá se atrevía a hacer alguna crítica seria al comportamiento de su padre, lo hacía siempre guardando las formas y lleno de commiseración hacia la memoria de ese padre que -decía- sólo Dios sabía cómo habría abandonado este mundo y cómo le habría ido desde que abandonó el domicilio conyugal. A la edad de catorce años, su tía Catalina, que se parecía mucho a la Pardo Bazán, estaba suscripta al Blanco y Negro y plagiaba con el mayor descaro todos los vestidos que la Reina sacaba en esta revista, esa tía, hermana de su madre y que regentaba una posada en el pueblo por los años de maricastaña, lo llevó a él ante la mesa camilla de una medium; la medium, con los ojos vueltos hacia arriba y soltando regüeldos de ginebra, informó a papá, de que el abuelo crápula habia emigrado a Cuba donde vivía, con la nueva familia que él mismo había fundado, en una ciudad cuyo nombre papá tardó poco tiempo en olvidar, se supone que por lo enrevesado y exótico de su nombre.


Cuando yo percibía que el montoncito de lentejas se iba acabando, con la fatal consecuencia de que mamá diera por terminada la tertulia, enseguida me levantaba y tomando un puñado del cartucho de papel estraza alimentaba el banco comunitario de legumbres, sirviéndole a papá las suyas y animándole a continuar su historia, más que por el argumento que ya nos sabíamos todos de memoria, por verle inflar el pecho, ahuecar la voz, e imitar el acento caribeño que él se imaginaba tenía el Embajador de Cuba (por el sólo hecho de estar residiendo en esa isla) cuando respondió a su carta inquisidora sobre el paradero del abuelo. "Consultados los libros de Registro de esta Embajada he de comunicar (coma) al interesado (coma) que no consta en dicho Registro ningún súbdito español que responda al nombre y a los apellidos reseñados. Lo que hago saber para...etc etc etc"Firmado y rubricado Excelentísimo señor embajador de España en la República de Cuba. El nombre del embajador también lo había olvidado. El pobre papá se había forjado un mito en su mente de niño con aquel padre que salió fugado del pueblo con los gritos de las cuñadas peinándole los flequillos de la chaqueta. En cambio se mostraba reacio a creer la otra versión que había circulado por los domicilios familiares y que lejos de ningún romanticismo caribeño aterrizaba y se movía entre la vulgaridad más grisacea, como era la de que el abuelo había muerto en un hospital de Alicante a los dos años de haber abandonado el pueblo. Parece ser que viendo ya cerca la hora de su muerte había escrito a la familia reclamando la presencia de sus hijos a los pies de su modesta cama hospitalaria, carta que las cuñadas resentidas ya se habrían encargado de hacer desaparecer y guardarse mucho de decirle nada a los huérfanos, de los cuales, las dos hembras mayores hubo de mandarlas al Orfanato de Sevilla, llamada la Gota de Leche o Casa Cuna de donde las sacaría papá, para llevárselas a vivir con él, cuando montó casa y negocio.Yo mismo, que defendía esta romántica versión traté de convencer con ella a papá siendo ya los dos mayores. Me devolvía una mirada desconcertada cuando yo le hablaba de la posibilidad de que el abuelo hubiese fallecido al poco tiempo de marcharse del pueblo, y argumentaba mi tesis con el hecho de que nunca había dado señales de vida. Cuando me entregué al vicio de la escritura, me desvié por un tiempo hacia la historia genealogista y comencé con muchas ganas la investigación de este abuelo paterno del que ni siquiera llegué a conocer en foto, pero, al final, cediendo a mi natural pereza y a mi inconstancia pronto me aburrí y lo dejé. Aunque no dudo de que, antes de nacer yo, ya se celebrarían en la familia estas tertulias nocturnas alrededor de las lentejas, mis recuerdos más lejanos en esta actividad nocturna se remontan a la casa que compartíamos en el número dieciseis de la calle Castillo Hidalgo, adonde nos fuimos de alquiler después de abandonar el domicilio de los abuelos que tan generosamente nos recogieron cuando nuestro padre vendió la casa en la que yo naciera. La cocina donde tenía lugar la reunión era de proporciones bastantes generosas y semejaba la camara de un barco pues se accedía a ella después de transitar por un largo pasillo que como la quilla de un buque atravesaba la casa de punta a punta. La escalera de madera que conducía a la azotea todavía reafirmaba más el aire marinero de la cocina. Y por si ello no fuera suficiente, en invierno, el temporal de Levante golpeaba toda la noche esta parte de la casa orientada al mar. En la esquina opuesta se hallaba una alacena cubierta con tela metalica donde mamá guardaba los alimentos con los que diariamente nos preparaba la comida. A esta cocina llegó nuestro primer frigorifico que todavía llamaban neveras. Era americano, de marca Frigidaire, y en él confeccionó mamá nuestros primeros polos de chocolate utilizando como moldes las bandejitas para fabricar los cubos de hielo; a veces me lo he encontrado en el decorado interior de alguna película americana de aquellos años y -¿qué quieren?- me ha dado mucha ternura. De esta casa saldré con dieciseis años para trasladarme junto con la familia hasta la nueva vivienda que nuestro padre había comprado en la misma barriada en la que nací y en la que estuve hasta que cumplí los cinco años. Un miembro de la familia había fallecido en la casa que abandonábamos y mis dos hermanos saldrían para casarse de la nueva a la que íbamos. De esa casa también saldré yo, una vez concluidos mis estudios de Magisterio, para no volver más. Para no herir el pudor de mamá, accedimos a su deseo de efectuar el traslado de noche, y como la distancia que separaba ambos domicilios no era importante porteamos a hombro todos nuestros enseres domésticos por los callejones de la barriada huyendo de las calles más concurridas.A medida que mis hermanos mayores iban contrayendo matrimonio iba conquistando yo parcelas de espacio en el domicilio familiar hasta que me hice con toda la planta baja con derecho a llave propia. Nuestros padres serán los últimos en abandonar esta casa para acompañar a nuestra hermana en su exilio a la búsqueda de un puesto de trabajo.

 
NOTA.- En mi última visita al pueblo, visita que hice acompañado de mi hermana, ella me pidió, cuando recorríamos el viejo barrio y llegamos a la calle Falangista Castillo Hidalgo, me pidió que le hiciera una foto delante de nuestra antigua casa en la que habíamos vivido siendo niños; mesándose con cierta coquetería el cabello entrecano de la sien se colocó delante de la puerta, y yo mientras hacía el encuadre me acordaba, al ver aquella señora en el objetivo, me acordaba de la niña que se ve en la foto que encabeza este relato abrazada a su muñeco. Aquel día me olvidé de decirle que se había fotografiado en el mismo sitio donde se fotografió mamá en la primavera del 56 cuando estrenamos la Kodak que papá compró en casa Ros y que nos llevamos en nuestro viaje a Ronda.

Por Jean Valjean - Escritor -

 

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