LOS DIARIOS DE JEAN VALJEAN (III)

LA JOVEN ENCINA bajo cuyo pie reposan las cenizas de Conchi (la mujer con la que he compartido diez años de mi vida) se encuentra en el paraje conocido como La Fuensanta, en la Sierra de las Nieves, muy cerquita del pueblo de El Burgo (¡¡¡qué nombres!!!). Ayer muy de mañana fui a regarla, y la joven encina mostraba la misma lozanía y frescura que el día que la plantamos. Se bebió, sin rechistar, treinta litros de agua. Al despedirme de ella, besé una de sus pequeñas hojas y me recordó cuando besaba el lóbulo de la pequeña y bien formada oreja de Conchi. La primera vez que lo hice, posé mis labios también en una apenas ya perceptible cicatriz que desde la nuca bajaba por su espalda, recordatorio de los dificiles y crueles tiempos de su primer encuentro con el cancer; ella, entonces, hacía como que protestaba porque yo viera su cicatriz...Creo que fue la noche de ese día cuando, en la soledad de mi biblioteca compuse para ella el poema Belle-de-Mar que tanto la impresionó al leerlo. Y aunque Conchi ha muerto, Belle, estará siempre conmigo. Cuando en el silencio de mi pequeña biblioteca vuelvo a leer ese poema me viene como una vaga impresión olfativa del perfume que ella usaba y que yo uso ahora. Y cuando a la noche, cansado ya, abro la puerta de mi dormitorio creo que voy a encontrarla a ella, sentada ante su espejo, arreglando con mimo los pequeños arañazos que el Tiempo iba dejando ya en su bello rostro.
Conchi le tenía mucho miedo al fondo del mar. En vida, me insistía siempre que hablábamos de estas cosas: "Mira de que mi familia no me tire al agua, como hicimos con mis padres. En tierra, yo quiero tierra" Dudaba -sin razón- que al no estar casados legalmente yo no pudiera imponer mi criterio en la sala de banderas de la familia, su familia. De los días previos al entierro de sus cenizas he encontrado estas anotaciones en mi Cuaderno de Notas: HE pasado esta tarde de domingo preparando el tarro hermético que voy a enterrar junto con las cenizas de Conchi el próximo domingo. Además del texto que sigue he introducido en él, en ese tarro, una pequeña lechuza de bronce, animal totémico en el imaginario de Conchi, una moneda de curso legal para que Caronte la acomode bien en su barca, y un tarrito diminuto con unas más diminutas florecillas disecadas, junto con una pequeña nota biográfica en la que puede leerse : Bajo este árbol fueron depositadas el día 26 de junio del año 2005, las cenizas funerarias de doña Concepción Ramírez Sáenz, Maestra de Escuela, que nació en Málaga el día 18 de julio del año 1955 y falleció en la misma ciudad el día 31 de mayo del año 2005, víctima de una dolorosa enfermedad. Vivió, sufrió y amó. Descanse en paz.
Las encinas son mi árbol favorito por la constancia y la dureza con la que resisten las peores condiciones climáticas.
------o0o-------
JILIPONESES. Dentro del género turista, la subespecie jiliponés (cuyo plural es jiliponeses) representa la degradación máxima adonde ha llegado nuestro glorioso antepasado el Viajero. A los jiliponeses se los encuentra uno, por ejemplo, ante las murallas de Ávila, fotografiando todos la misma piedra, al mismo tiempo y desde el mismo ángulo, o caminando arrebañados siguiendo la ola de un paraguas rojo, o azul, o de un prospecto de hotel enrrollado. Aborrecen la soledad y es por ello que caminan en rebaño por las hermosas callejas de nuestros viejos pueblos. Beben Cocacola en La Rioja y comen en un Burger cuando viajan por un pueblecito pesquero de nuestras costas. Se aburren en los Museos pero han desarrollado una habilidad casi textil para disimularlo, y se agolpan como moscas en los escaparates de TODO A CIEN. El Viajero ha muerto: ¡Viva el Jiliponés!
------o0o-------
ACABO de leer de un tirón El Jarama la novela de Rafael Sánchez Ferlosio. Ha sido una de mis lecturas más tardías. Me ha parecido una buenísima novela. Es un cuadro impresionista de la España de posguerra. Creo que ese estudiante de Medicina que aparece al final de la novela llamado Rafael Soriano Fernández ha querido el autor dejar su firma..algo parecido a lo que hacía Hitchcock cuando en alguna escena pasaba por el fondo de pantalla con su traje de maestro de escuela. Durante toda la lectura he tenido la sensación de que veía una película de Berlanga. Si al final de la novela me hubiese encontrado con el José Isbert de El Verdugo que regresa también a Madrid con los siniestros hierros sonando en su maleta no me habría sorprendido nada. ¿Qué movió a Ferlosio a retirarse de la narrativa después de esta novela? Habremos de esperar a sus Memorias para desvelar ese misterio.
Me recuerda el libro aquellas excursiones que hacíamos con nuestros padres al pinar de Garcia Aldave, cerca ya de la frontera con Marruecos, donde nos tomábamos la gaseosa calentorra y la tortilla fría y salpicada de hormigas, y en las que papá, que echaba la siesta sobre la corteza lagartacea de un pino, regresaba siempre a casa con la camisa manchada y pegajosa de resina, y en esos casos, el viaje de regreso era amenizado por las diversas recetas para quitar las manchas de resina con que no asaeteaban nuestros progenitores mientras el motor del viejo Ford protestaba en las cuestas que al entrañable coche le parecían demasiado impertinentes.
------o0o-------
LA CAMARERA que sirve cervezas y bocadillos en el chiringuito de la Estación de Autobuses, cuando escancia mi "sanmiguel" en la copa, antes de servirmela, tiene algo de la Diane Keaton, que hemos visto en las pantallas complementando a Woody Allen; claro que sólo tiene el aire pues la actriz americana es más alta, más espigada, y esta camarera es, digamos, más proletaria, más horizontal. Tiene, cuando habla, un claro acento argentino que ella muy lejos de disimular, hace todos los esfuerzos porque reine en las ondas que en ese instante transportan sus palabras. Ha llegado ya a esa edad en que la mujer que fue hermosa, (y esta muestra apetecibles evidencias de que lo fue) agradece una mirada de apetito por parte del barón que se aproxima a sus terrenos de caza. Yo, desde que utilizo este kiosco para calmar mi sed le brindo algunas, miradas que ella acusa con mohines que tienen un encanto otoñal. No sé como se llama y tampoco sé si quisiera saberlo. Ha de vivir en alguna zona cercana a mi domicilio, pues alguna mañana me la he encontrado en el mismo autobús que yo tomo para ir a la ciudad, el ciento sesenta, ella sentada cerca de la ventanilla y acabando la toilette, utilizando la ventana como espejo de camerino improvisado. Por la edad que le supongo, no creo que pertenezca a aquella hornada de argentinos que, huyendo de los horrores de la dictadura, recalaron en nuestras costas por los años en que yo trabajaba de Profesor en Barcelona...o que perteneciera a los hijos de aquellos. Más bien parece que ha sido regurgitada al Atlantico por la crisis económica que viene azotando en los últimos años aquel pais hermano. Me los encontraba, en los tuneles del Metro, con su timbre de voz tan característico y sus jergas del estilo de: "¡vamos, che...¡no digás pavadas!". Entre la clase privilegiada se repartían el rol del exilio, los periodistas, los sicólogos y los dentistas. Ya se me ha olvidado el nombre de un alumno que tenía yo en el colegio y que soñaba con ser Maradona. Su padre vendía restos de ropa por los mercadillos ambulantes. Al final regresaron de nuevo a su pais. Y por más esfuerzos que hago no recuerdo el nombre de aquel joven que tenía tanta pasión por el futbol.
Pero me había sentado para escribir sobre la camarera...
Tiene las mejillas coloreadas de una campesina, con lo que pierde mucho de americanismo ese gesto a lo bogarth que hace cuando enciende el cigarrillo, al que ella, seguramente llamará pitillo.
Con sus formas opulentas, me recuerda a esas holandesas de cofia y corpiño que aparece en los bodegones de los primitivos flamencos, y no doy nombres porque mi cultura pictorica es completamente roma desde el punto de vista de la erudición, lo cual no me impide temblar de emoción ante un nocturno de Regoyos o una marina de Pissarro. Siempre que me tomo la cerveza en este bar, insisto por descubrir qué es lo que me lleva a hermanarla con Diane Keaton, pero aún no lo he descubierto. Tengo una potente imaginación pero yo no puedo controlarla.
------o0o-------
TAMPOCO esta vez ha habido suerte en el certamen literario. No creo que llegue a publicar nunca nada de lo que escribo. Mi caracter es tan debil que no soporta más de dos veces las negativas de las editoriales, o los fracasos en los certamenes literarios. Tendría que remontarme a la infancia para encontrar las causas de este caracter mío que me lleva a carecer de las más mínimas defensas. Tendría que mandar mis escritos a las editoriales. Y, una vez echados en el buzón de Correos, olvidarme de ellos y ponerme a trabajar, a seguir escribiendo cosas nuevas. Pero eso, que para cualquier otra persona sería tan facil, para mí resulta practicamente imposible. Decía Freud, que cuando estás intentando encontrar la causa de alguna patología síquica y te viene un recuerdo de algún hecho acaecido en tu infancia, posiblemente ese hecho esté relacionado con esa patología...Y en mi caso, siempre que reflexiono sobre esta cobardía mía a enviar manuscritos a las editoriales y a los concursos, me viene a la mente un recuerdo de mi infancia.
Por
Jean Valjean - Escritor -